Pesimismos flaubertianos, cruzadas contra la estupidez

15 02 2014

[Puede que esta tarde invernal sea la perfecta para ofrecerte esa entrada prometida sobre Bouvard y Pécuchet. Tras la ventana aúlla el viento. Aquí, en el interior, todo es literatura].

Gustave Flaubert jamás te deja indiferente. Si has leído Las tentaciones de San Antonio, Salambó, La educación sentimental, Madame Bovary o, al menos, cuentos como Un corazón sencillo, sabrás a qué me refiero. Podrá parecerte tedioso, exigente, brumoso o incomprensible. También profundo, lúcido, apasionante, inaprensiblemente plástico. Pero jamás inofensivo.

Él, para quien la escritura de cada una de sus obras fue una inmersión completa en los asuntos que trataba, un replanteamiento del estilo y un combate contra sus propios prejuicios, emprendió cuando le quedaban ya pocos años de vida un proyecto que acariciaba desde la adolescencia . Se trata de la más rara, desconcertante y, en mi opinión, deliciosa de sus novelas: una historia que trataría acerca de la necedad humana.

Bouvard y Pécuchet, de Gustave Flaubert, Madrid, Cátedra, 366 páginas.

Bouvard y Pécuchet, de Gustave Flaubert, Madrid, Cátedra, 366 páginas.

Para ello recurrió al humor y al enciclopedismo, siguiendo el recorrido de dos escribientes, Bouvard y Pécuchet, que deciden abandonar París y retirarse a una finca cercana a una pequeña ciudad de provincias. Allí, el miedo al hastío, el ansia de recuperar los años perdidos, o acaso el simple esnobismo, les irán llevando de una a otra rama del conocimiento humano, desde las artes de la tierra a la arqueología; desde los estudios históricos a los teológicos; desde la química a la medicina, sin dejarse atrás disciplinas pseudocientíficas como el espiritismo y el magnetismo. Así, de materia en materia (de fracaso en fracaso), Bouvard y Pécuchet son los clowns que nos divierten en esa despiadada sátira flaubertiana que tanto tiene que ver con su pesimismo acerca de la excesiva confianza romántica en los saberes. Pero no menos ridículos que los dos solterones son los burgueses que les rodean, tipos humanos que ya encontramos en Madame Bovary y que representan la mediocridad del common sense tan odiada por el autor.

Cuando uno navega por las páginas de esta novela inacabada, cruel y desternillante, mientras asiste a los sucesivos fracasos de los dos aprendices de todo, piensa inevitablemente qué hubiera pensado Flaubert hoy, cuando la constatación de la necedad humana se ha amplificado gracias a Internet. Porque en la época de Flaubert las idioteces se decían en los libros o en el entorno social inmediato, pero en la actualidad no hay por qué ceñirse a esos ámbitos: el burgués, ahora, puede ser idiota globalmente. Puedes constatarlo escuchando tertulias televisivas, leyendo debates telemáticos, siguiendo hilos de comentarios en cualquier periódico o, simplemente, repasando intervenciones parlamentarias: los sofismas, las falacias argumentales, los prejuicios emitidos como si se tratara de verdades universales, están ahí, al alcance de la mano (o la pantalla) para constatar que Flaubert no se equivocaba; que la verdad que expone continúa teniendo validez; que hoy, como en sus tiempos, es más fácil ser un cretino.

Cuando preparaba Bouvard y Pécuchet Flaubert dedicó varios años a consultar más de dos mil libros, que darían como fruto el que debía ser lógica secuela del libro: el Diccionario de prejuicios (este se publicó, como la novela, póstumamente, al cuidado de su discípulo Guy de Maupassant. Podemos leerlo en castellano en la edición de Valdemar bajo el título Estupidario. Diccionario de prejuicios). Quizá en estos tiempos Flaubert no hubiera consultado tantos libros, quizá se hubiese abierto una cuenta en cada red social, se hubiese suscrito a las ediciones digitales de los medios de comunicación, para tener, así, la estupidez a un golpe de clic.

Lee a Flaubert. Lee Bouvard y Pécuchet. No serás más feliz. Seguramente, te ocurrirá todo lo contrario. Pero, al menos, sabrás, como Bartleby, el de Melville, dónde estás.


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