De ratones y hombres, entre la crueldad y la ternura

29 03 2014

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De ratones y hombres, de John Steinbeck, Barcelona, Edhasa, 167 páginas.

De ratones y hombres, de John Steinbeck, Barcelona, Edhasa, 167 páginas.

Te traigo esta semana la historia de George y Lennie, dos braceros que, en plena Gran Depresión vagan por la América rural, trabajando como jornaleros y persiguiendo el sueño de reunir lo suficiente para comprar una pequeña granja y retirarse del mundo. George, aunque inculto, es un hombre inteligente y con sentido común, que sabe cuidarse a sí mismo y cuidar también de su amigo Lennie, un gigantón que sueña con tener conejos para poder acariciarlos siempre que quiera. El cuerpo de Lennie es enorme y fuerte, pero su mente es muy débil, necesita que le protejan de lo que sus manos pueden hacer cuando desea expresar su ternura.

Así arranca De ratones y hombres, una novela publicada por John Steinbeck en 1937 y que pasó rápidamente al teatro y, de ahí, al cine. Tiene dos versiones cinematográficas: una de 1939, dirigida por Lewis Milestone y otra de 1993, firmada e interpretada por Gary Sinise.

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En la novela, George y Lennie van huyendo de otra granja donde han tenido problemas por esa manía de Lennie de acariciar cosas suaves. Porque se le ha antojado acariciar la falda de una chica y, como en ese momento, la chica la llevaba puesta, lo han acusado de violación. Así que George le ha aleccionado para que se esté callado y se porte bien y no acaricie a ningún animalillo. Digamos que una caricia de Lennie es peligrosa: en su dulce inocencia, no se da cuenta de que sus manazas asesinan a los ratoncillos que adopta y acaricia incesantemente.

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Así las cosas, van a llegar a una granja donde se encontrarán con otros desheredados, como Slim, el viejo Candy (quien se sumará a ese sueño de irse a vivir a una pequeña finca) y, desgraciadamente, Curley, el cruel hijo del patrón, quien, junto con su mujer, hará que se desencadene la tragedia.

Con una eficiencia no exenta de lirismo, y utilizando con sencillez los recursos del buen novelista (los objetos mágicos, los símbolos, las simetrías), Steinbeck va colocando todo en su sitio desde la primera página, construyendo impecablemente un edificio narrativo perfecto, sólido y consistente, adobado por unos diálogos magistrales en los que, con palabras sencillas, se nos sugieren asuntos muy complejos.

De ratones y hombres es una novela sobre la soledad, las desigualdades y la injusticia, pero también sobre la solidaridad y la amistad y el ansia de amor y aceptación que sienten todos los seres humanos. Sus personajes, incluso los más crueles, inspiran una cierta lástima, porque representan la cara B de una sociedad que no protege a sus miembros más débiles, quienes están abocados al dolor y a la desesperanza.

 

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John Steinbeck, junto con Faulkner, Erskine Caldwell y Carson McCullers es uno de los grandes de la novela norteamericana y ya algún oyente nos había preguntado por las redes cuándo nos ocuparíamos de él.

Nació en 1863, en Salinas, California, hijo de un contable y una maestra. Nunca se graduó, y se dedicó a viajar por los Estados Unidos, trabajando como periodista free lance, como obrero en la construcción del Madison Square Garden y como guía turístico en el Lago Tahoe.

Pero, por suerte para nosotros, combinó todo esto con la literatura. Su primera novela, La copa dorada, sobre el Pirata Morgan, fue un fracaso. Luego escribiría otras obras, como A un Dios desconocido, pero el éxito le vendría precisamente con De ratones y hombres, que en 1937 tuvo una acogida realmente apoteósica y, como decía, fue inmediatamente adaptada al teatro y al cine con muchísimo éxito.

Ese sería solo el comienzo de su carrera. Seguirían unas cuantas obras maestras, como Las uvas de la ira, una novela en la que cuenta las andanzas de la familia Joad, un clan de aparceros que recorre la América Profunda enfrentándose a la pobreza y la injusticia, La perla, otra novela corta, ambientada en una aldea de pescadores mexicana, o Al Este del Edén, la más ambiciosa y compleja de sus obras y, por cierto, la preferida de Steinbeck. Estoy seguro de que si has leído esas novelas estás recordando obras que no te dejaron en absoluto indiferente cuando las leíste.

Y es que Steinbeck es de esos narradores que consiguen hacerse inolvidables. Es de los que buscan al ser humano, y lo encuentran, en el fondo de sus historias de perdedores, de desclasados y excluidos del discurso, de oprimidos por un sistema que solo les tiene en cuenta para aprovecharse de su buena fe y de su fuerza de trabajo.

Y, para introducirse en esta obra singular e imprescindible, se me ocurre que no hay nada mejor que esta novela que te traigo hoy, De ratones y hombres, donde se dan cita la crueldad y la ternura.





Imagina

26 03 2014

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Un pequeño ejercicio mental:

Imagina un país en el que cientos de miles de personas se dirigen a la capital reclamar sus derechos.

Un país que desconfía de la buena fe de sus ministros, porque ya está tristemente acostumbrado a que estos estén al servicio de grandes empresas nacionales (o, aun peor, multinacionales), y no al de los gobernados.

Un país donde los policías son apaleados en batallas campales en las que la gente pierde los dientes o los testículos. Un país en el que muchas personas no necesariamente malvadas se sienten incapaces de experimentar empatía hacia esos mismos policías, ya que en otras ocasiones recientes ellos no han mostrado piedad mientras aporreaban a chicas jóvenes o ciudadanos que, simplemente, pasaban por allí.

Un país donde hay quienes no pueden encender la calefacción por miedo a no poder hacer frente a unas tarifas incomprensibles dictadas por el capital privado; en el que la gente rebusca comida en los contenedores y familias enteras son desalojadas de sus casas mientras gran cantidad de viviendas permanecen vacías.

Un país en el que varios millones de trabajadores y trabajadoras están dispuestos a perder sus derechos y su dignidad con tal de poder llevar un plato de comida a su mesa.

Un país en el que el estudiantado, el personal sanitario, el funcionariado y hasta el pequeño y mediano empresariado muestra un casi unánime rechazo a las medidas adoptadas por su gobierno.

Imagina un país en el que todo el mundo sabe que los poderosos campean a sus anchas y pueden destrozar las vidas de miles y miles de personas para enriquecerse, sin que la justicia pueda hacer nada por impedirlo, porque aquellos jueces que quieran evitarlo saldrán mal parados.

Ahora imagina que eres el presidente de ese país.

¿No te preguntarías, acaso, si estás haciendo algo mal?





Pizarnik: un rayo de enloquecida lucidez

22 03 2014

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Ayer fue 21 de marzo, equinoccio de primavera y, por tanto, Día Mundial de la Poesía, según la UNESCO. Y ¿quiénes somos nosotros para contradecir a la UNESCO? Así que esta semana toca poesía y poesía de la buena, yo diría que de la imprescindible.
En La buena letra, hemos hablado de grandes poetas, pero, repasando los archivos, he descubierto que no habíamos hablado de una de mis preferidas, ese rayo de enloquecida lucidez que fue Alejandra Pizarnik. Así que, aprovechando la fecha, hablemos, por ejemplo, de su Poesía Completa, editada por Lumen al cuidado de Anna Becciu. Una compilación, como dice su editora, hecha “con lealtad a Alejandra Pizarnik, y devoción a su obra, única e irrepetible”.

Poesía completa, de Alejandra Pizarnik, Barcelona, Lumen, 470 páginas

Poesía completa, de Alejandra Pizarnik, Barcelona, Lumen, 470 páginas

Pizarnik vivió poco. Nació en 1936 y se suicidó en 1972, a los 36 años, ingiriendo 50 píldoras de Seconal. Hija de inmigrantes judíos y eslovacos, nació y se crió en el barrio bonaerense de Avellaneda, y cursó estudios de letras en la Universidad de Buenos Aires sin acabarlos. Luego iría a estudiar a París, donde tomaría contacto con Julio Cortázar, Rosa Chacel y Octavio Paz, además de traducir a autores como Antonin Artaud o Henry Michaux, antes de volver a Buenos Aires en 1964.
Pero todo esto no evitó que los graves problemas de autoestima que arrastraba desde la infancia se fueran agravando en una espiral de depresión, abuso de las anfetaminas e insomnio que agravó el trastorno límite de la personalidad que al parecer sufría.

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Publicó en vida nueve libros de poesía, algunos de los cuales habían deslumbrado a sus contemporáneos. El primero, de 1955, es La tierra más ajena. El último, El infierno musical, de 1971. En medio, otros libros fascinantes como Extracción de la piedra de locura o, mi preferido, Los trabajos y las noches. Pero, además, dejó carpetas completas de poemas mecanografiados y corregidos luego a mano, que Olga Orozco y la propia Anna Becciu editarían póstumamente.
La poesía de Pizarnik tiende al minimalismo, al poema breve influido por el simbolismo, pero con una tendencia al surrealismo que convoca asociaciones inesperadas. A veces es oscura y feroz, o tierna y triste, pero jamás deja indiferente al lector. La voz de Pizarnik ya era madura, creo, en 1955. Y con ella habla en susurros, con una poética que tiende al silencio, internándose en las zonas más oscuras del ser humano: la soledad, el dolor, la infancia, la muerte, la sensualidad, la relación entre el cuerpo y la identidad, o la reflexión sobre el propio lenguaje.
Además de todo esto (que ya vale para tener un lugar privilegiado en la historia de la literatura), Pizarnik dejó un diario de casi un millar de páginas y algunos textos en prosa, como La condesa sangrienta.
Pero yo te recomendaría, si aún no la has leído, una zambullida de golpe en su obra poética, por ejemplo, con esta Poesía Completa editada por Lumen en Barcelona en 2000 y que no deja de reeditarse casi cada año, acaso porque se trata de 470 páginas absolutamente adictivas, de esas que uno lee y relee continuamente sin que sepa exactamente por qué, pero de forma inevitable.





Vindicación del editor

15 03 2014

Hoy he vuelto a repasar un libro que siempre vale la pena releer: la Correspondencia, 1948–1986 entre Miguel Delibes y Josep Vergés.

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Es un epistolario de 469 páginas entre el autor vallisoletano y el que fuera su editor en Destino durante muchos años, desde la concesión del Premio Nadal al primero en 1947 por La sombra del ciprés es alargada (fue así como se conocieron) hasta el fallecimiento del segundo. En esas cartas el lector asiste al desarrollo de una relación que comienza siendo estrictamente comercial y acaba convirtiéndose en algo realmente íntimo. Hay grandes o pequeñas disputas sobre liquidaciones, juegos de pruebas y oportunidad o no de editar un determinado título en una determinada fecha. Pero también la clara disposición de Vergés para apostar siempre por los títulos de un autor que él consideraba de valía, aunque con algunos de sus libros (la producción de Delibes fue siempre variada e incesante) pudiera, en ocasiones, salir perdiendo desde un punto de vista estrictamente económico.

Esto me ha recordado la queja reciente de un autor más veterano que yo, y a quien respeto muchísimo, acerca de que editores así han sido sustituidos, en las grandes editoriales, por comerciales sin gusto ni real conocimiento literarios. En efecto: las fusiones, las absorciones, el fallecimiento de propietarios de editoriales cuyos herederos acaban poniéndolas en manos de grandes grupos, han llenado el sector de agentes comerciales más centrados en hojas de cálculo que en juegos de pruebas. Por suerte, continúa existiendo un gran número de editores y editoras que están enamorados de su trabajo y saben hacerlo bien, pero a veces son como Los Últimos de Filipinas: no solo deben resistir a la tendencia oligopolista del mercado, sino a la aparición de nuevos soportes de difusión (el ebook, naturalmente), cuyos defensores (a veces ingenuos, a veces interesados) parecen ver en ellos una figura obsoleta e innecesaria.     Últimamente he tenido la discusión de siempre con varias personas, acerca de estos nuevos soportes (papel versus ebook, para entendernos). Mi posición, más o menos conocida, es que los nuevos soportes serán el futuro, pero aún no son el presente (al menos no el presente ideal) para la difusión de la literatura. Vivimos una época de cambio y reajuste.

En esa discusión, cuando los polemistas queremos llegar a un cierto acuerdo, solemos acabar conviniendo en que lo importante es el contenido y no el soporte en el que se difunde, el cual es indiferente.

Pero no lo es. No lo es, del mismo modo que la técnica y los motivos que un artista utiliza para un pintar un lienzo no son los mismos que cuando practica un grabado. Cualquiera que haya leído La obra de arte en su época de reproductibilidad técnica, de Walter Benjamin, entenderá por qué no puede serlo.

En el asunto, claro está, suelen entrar en juego factores comerciales y uno de los argumentos que escucho con más frecuencia en defensa del soporte electrónico es el de que, gracias a la eliminación de intermediarios, la cultura se democratiza, el escritor (el creador) se independiza del capital y puede difundir su trabajo sin depender de criterios comerciales ni de aquellos que (se supone) fagocitan parte de su producción. No sé hasta qué punto es cierto, habida cuenta que las plataformas de venta de esos libros son, en su mayoría, multinacionales y que el posicionamiento de los títulos en ellas dependerá de su relevancia en cuanto al número de ventas (no se me ocurre manera más tosca de confundir precio con valor).

En esa consideración del editor como un intermediario, se olvida, además, que es intermediario en un muy otro sentido en que lo es, por ejemplo, un intermediario frutero. Esa imagen del editor como un señor de chaqueta y corbata que enciende puros con billetes de cincuenta y alza el pulgar ante los manuscritos ciñéndose a criterios estrictamente comerciales me parece una grosera simplificación y no se corresponde con la de ninguno de los editores y editoras que conozco.

He trabajado con varios editores y sigo con atención las carreras de otros: algunos de ellos trabajan para editoriales, o se juegan sus propios cuartos, y, por tanto, forman parte de ese grupo que el gobierno de este país denomina “emprendedores”, esos que se baten diariamente el cobre desde sus pymes intentando sobrevivir en un mercado complicado. Pero, mercados y demás capistaladas aparte, profesionales como Arianna Squilloni, Gregori Dolz, Josep Forment, Anik Lapointe, Pere SuredaEsperanza Moreno, Jorge Liria, Plácido Checa, Pablo Cruz, Cristina Herreros o Belén Bermejo son personas que trabajan en el mundo del libro porque lo aman, y no viven de la literatura, sino que viven en ella, probablemente mucho más a fondo que muchos de los autores que intentamos colarles nuestro último original.

Pere Sureda. Navona Editorial.

Pere Sureda. Navona Editorial.

Y no es cierto que no sean necesarios. Los autores discutiremos con ellos o no, tendremos grandes o pequeñas disputas sobre liquidaciones, juegos de pruebas y oportunidad o no de editar un determinado título en una determinada fecha. Pero su figura me resulta, como autor y como lector, prácticamente imprescindible. El editor es el espejo en el que un autor se mira de frente y ve todas las imperfecciones que ha de corregir. Es el entrenador que te dice dónde están tus vicios y tus taras, qué habilidades debes potenciar y cuáles son los puntos flacos que has de corregir. Su intervención suele constituir la diferencia entre un simple texto y un libro, haciendo que lleguen al lector obras de calidad.

Arianna Squilloni. A Buen Paso Editorial.

Arianna Squilloni. A Buen Paso Editorial.

Sé que no es políticamente correcto defenderlos, que es más molón defender la creatividad independiente (como si ellas y ellos no fueran creativos y no fueran independientes), pero, como autor, sé que siempre soy mejor si tengo cerca a un editor. Y, como lector, siempre prefiero libros que han sido editados a aquellos que han sido meramente publicados. Estos dos términos pueden parecer sinónimos, pero no lo son; de hecho, como me hizo notar un editor hace muchos años, los sinónimos no existen.

Disculpa la extensión de este texto. Si hubiera tenido a mano a alguno de mis editores, seguramente me hubiese aconsejado que procurara condensar, hacerlo más breve. Y hubiese tenido, como casi siempre, razón.





Los cuentos de Katherine Mansfield

8 03 2014

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Tú ya sabes que en Ceremonias en general y en La Buena Letra en particular no hace falta que sea 8 de marzo para que se hable de escritoras, porque suelo reseñar indistintamente a autoras y autores, según van cayendo y sus libros me llegan a las manos. Pero, aprovechando la fecha, la uso como excusa para hablar de una escritora grande y sorprendente, que quizá no mencionamos demasiado porque escribía cuento literario y en este país de bestias la narrativa breve, sencillamente, no goza de gran popularidad entre los lectores. No obstante, tú, que eres persona de buen gusto, sabrás apreciar lo que te traigo: una selección de Relatos breves, de Katherine Mansfield, con selección y estudio preliminar de Juani Guerra.

Relatos breves, de Katherine Mansfield, Madrid, Cátedra, 330 páginas

Relatos breves, de Katherine Mansfield, Madrid, Cátedra, 330 páginas

Mansfield nació en Nueva Zelanda en 1888 y murió a los 34 años. Comenzó a publicar a los 19 años, se vinculó al grupo de Bloomsbury. Fue amiga de D. H. Lawrence y la autora a quien nada menos que Virginia Woolf envidió. Como Rimbaud, como CapoteCarson McCullers o Mishima, fue uno de esos raros casos en los que la juventud no mella la calidad de la obra. Pero como fue una mujer bella y murió joven, como dejó a un viudo editor y a gente que la adoraba, el estudio crítico de sus textos fue sustituido por la vindicación de su figura. Para resumirlo: el personaje se ha antepuesto a la obra (quizá también le ha ocurrido esto mismo a los propios Mishima y Rimbaud).

Pero todo esto es anecdótico. Lo que hay que hacer es leer sus cuentos, que son inmensos en su brevedad, de una levedad solo aparente y una ejecución impecable.

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Influida por Anton Chéjov, Mansfield compone sus historias como pequeñas ráfagas de realidad, en las que en torno a anécdotas cotidianas muy pequeñas, recrea el universo entero de unos personajes. Se dirá que esto es lo que hace cualquier buen cuentista. Y es cierto. Solo que ella fue, probablemente, la primera que lo hizo en inglés. Cuentos como “Garden Party”, “El alma moderna”, “El extraño” o (uno de mis preferidos) “La mosca” son hoy de referencia para cualquiera que se interese en cómo se cuentan los grandes temas desde lo más breve y, aparentemente, leve.

Rápida, inteligente, sensible, hábil constructora de personajes, su destreza para la sugerencia, para decir las cosas sin decirlas solo podemos encontrarla, probablemente, en su maestro, Chéjov.

Desgraciadamente, en nuestro país no ha sido suficientemente divulgada, acaso precisamente porque donde brilla es en el cuento y en España no es un género que se valore demasiado. Pero como yo sé que tú sí sabrás apreciarla, aquí va la recomendación: Relatos breves, de Katherine Mansfield.





Leopoldo María Panero, el personaje y el poeta

6 03 2014

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Para los habitantes de mi ciudad era el poeta loco, el que desde hacía un par de décadas estorbaba el paso a los viandantes, se reclinaba al sol en un banco de San Telmo, el que trasegaba ingentes cantidades de Coca Cola y quemaba cigarrillos, uno tras otro; con voz nasal, con mirada torva, con gestos de reojo a quienes no vivían en ese mundo en el que solo cabía él.

Para los habitantes de mi ciudad era, sí, un personaje, un hombre desconcertante que daba conferencias en garitos o publicaba libro tras libro, solo o a cuatro manos con poetas locales.

Muchos de los habitantes de mi ciudad no le han leído: para ellos es una leyenda, la presencia cercana en su mundo terrenal de semáforos y pasos de peatones de aquel que, según dicen los que entienden, ha descendido hasta el último sótano del Infierno y ha vuelto para contárnoslo.

Muchos ignoran el alcance, el tamaño de la obra de ese animal extraño y bello que es Leopoldo María Panero, quien falleció anoche, probablemente sin recibir los Santos Sacramentos ni la Bendición Apostólica porque maldita la falta que le hacían.

Leopoldo María, último de su estirpe, hijo mediano de Leopoldo Panero, hermano de Juan Luis y de Michi (el más desmedido de los desmedidos hijos de Felicidad Blanc), benjamín de los Nueve Novísimos antologados por José María Castellet en 1970 (José María Álvarez, Manuel Vázquez Montalbá, Pere Gimferrer, Vicente Molina Foix, Antonio Martínez Sarrión, Félix de Azúa, Guillermo Carnero y Ana María Moix, también recientemente fallecida) había continuado publicando incesantemente nuevas entregas de su obra poética desde 1968, además de hacer incursiones narrativas y ensayísticas y traducciones personalísimas (si eres amante de las curiosidades, no deberías perderte Matemática demente, la divertida selección de textos lógicos de Lewis Carroll que publicó en Anagrama).

Ambos, el personaje y el poeta, forman ya parte de nuestra memoria, acaso de nuestra biografía sentimental. El primero, humano, falleció hoy. El segundo, inmenso, sigue y seguirá vivo en su oficio ya para siempre. Si conocías al primero y nunca has frecuentado al segundo, ahora tienes una excusa perfecta para hacerlo (una lástima que no descubramos a algunos poetas hasta que mueren, pero seguro que no será la primera vez que te ocurre). Su Obra Completa consta de dos entregas publicada en Visor por Túa Blesa, pero también hay una cantidad ingente de libros suyos editados por Lumen, Huerga y Fierro, El Ángel Caído, Hyperión, Valdemar o Calambur. Ahí están los Poemas del manicomio de Mondragón, Tango o Sombra, esperándote. Si aún no sabes si te interesará, te dejo aquí una muestra, antigua y leve:

A FRANCISCO
Suave como el peligro atravesaste un día
con tu mano imposible la frágil medianoche
y tu mano valía mi vida, y muchas vidas
y tus labios casi mudos decían lo que era el pensamiento.
Pasé una noche a ti pegado como a un árbol de vida
porque eras suave como el peligro,
como el peligro de vivir de nuevo.
 
“Last night together” 1980




1913, un año hace cien años

1 03 2014

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Te traigo una joyita que salió en la primavera del año pasado, se agotó inmediatamente y volvió a ser editado en diciembre. Está escrito por Florian Illies y se titula 1913, un año hace cien años.

1913, un año hace cien años, de Florian Illies, Barcelona, Salamandra, 315 páginas

1913, un año hace cien años, de Florian Illies, Barcelona, Salamandra, 315 páginas

Illies fue director del suplemento literario del Frakfurter Allgemenine Zeitung, y del Die Zeitde y la revista de arte Monopol. En la actualidad es socio de una prestigiosa casa de subastas, en la que es responsable de arte del Siglo XIX. Así que se trata de un hombre de vasta cultura, que ha leído todo lo que hay que leer (todas las biografías y autobiografías, los diarios y los epistolarios) y ha sabido relacionar sus contenidos, pensarlos y ofrecérnoslos en esta delicia que con humor y cierta sensibilidad inteligente, recorre, a través de doce capítulos correspondientes a sus doce meses, ese año crucial para el Occidente contemporáneo.

Cuando hablamos de 1913 hablamos, por supuesto, del año previo a la Gran Guerra. Faltaban cuatro años para la Revolución Rusa, Thomas Mann había publicado La muerte en Venecia y planeaba La Montaña Mágica, Marcel Proust estaba a punto de publicar Por el camino de Swann, Freud y Jung rompían definitivamente, Kokoschka y Alma Mahler (la viuda de Gustav Mahler) escandalizaban Europa con sus aventuras, Gustav Klimt hacía lo propio con sus desnudos, Kafka se carteaba con Felice Bauer y Wittgenstein acababa de salir del armario y comenzaba a escribir su Tractatus Logico–Philosophicus que, siendo acaso la más breve, ha sido una de las obras filosóficas más influyentes del Siglo XX. Pero también es el año en que el mundo descubre el Machu Pichu, gracias a un reportaje fotográfico de National Geographic, el año en el que se sintetiza por primera vez el éxtasis y se habla de la necesidad de una Unión Europea. Artistas como Grosz, Camille Claudel, Picasso o Juan Griss están revolucionando el arte y Stravinski y Schönberg están haciendo algo parecido con la música, mientras Robert Mussil escribe El joven Törless y James Joyce, Dublineses.

Todos estos hechos son públicos, están en todas las efemérides. Pero Illies repara también en cosas menos evidentes. Por ejemplo: en 1913 coinciden en Viena tres individuos anónimos, tres tíos jóvenes que no se conocían entre sí: uno era un pintor de baratillo, el otro un activista político ruso y el tercero se dedicaba a probar prototipos automovilísticos y a vivir de las mujeres. Eran, respectivamente, Hitler, Stalin y Tito.

Pero es más: en el mismo mes en que Stalin y Trotsky se ven por primera vez, nace en Barcelona Ramón Mercader, quien muchos años más tarde asesinaría al segundo por orden del primero.

El mérito de Illies no está solo en su erudición, sino en cómo relaciona la información y sabe ofrecérnosla en este hermoso texto que se lee como una novela y combina la efeméride, el anecdotario y la elucubración sobre lo que pudo haber ocurrido en ese año en la vida íntima del sinfín de hombres y mujeres que, en ese momento, estaban haciendo que el mundo se encaminara hacia la modernidad. Un ejemplo: la anécdota con la que se abre el libro.

Transcurren los primeros segundos de 1913. En la oscura noche resuena un disparo. Se oye un leve clic, los dedos se tensan en el gatillo, luego hay otra detonación, sorda. Se avisa a la policía, que acude y detiene en el acto al autor de los disparos. Se llama Louis Armstrong.

El muchacho, de doce años, quería dar la bienvenida al año nuevo en Nueva Orleans con un revólver robado. La policía lo encierra en un calabozo y a primera hora del 1 de enero lo envía a un correccional, el Colored Waifs’ Home for Boys. Allí se comporta fatal y al director de la institución, Peter Davis, sólo se le ocurre ponerle una trompeta en la mano.

Así pues, lo que propongo para esta semana es este libro culto, ameno, divertido y lleno de historias y referencias que nos pueden llevar a muchísimos otros libros. Algo que le está pasando a algunos amigos que lo están leyendo es esto: lo leen anotando nombres de autores y libros que quieren leer. Ya lo dice una amiga mía: me gustan los libros porque son amantes que mueven a la promiscuidad. Pues bien: este libro podría ser, perfectamente, el comienzo de una orgía. 1913, un año hace cien años, de Florian Illies, editado en Barcelona por Salamandra, 315 páginas sobre un año crucial, el año en que el mundo comenzó a ser diferente.








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