Algo personal

13 08 2014

¿Recuerdas aquella canción de Serrat en la que hablaba de tipos que se tiran de los pelos pero para no ensuciar van a cagar a casa de otra gente y juegan con cosas que no tienen repuesto? Yo no paro de acordarme de ella en estos últimos tiempos y, hoy mismo, tras conocer que el Gobierno ha autorizado finalmente las prospecciones frente a las Islas Orientales, me considero incapaz de quitármela de la cabeza.

 

Plataforma retocada foto alexis ravelo

Ya sé que la estrategia de la prensa adepta ha sido pintar este asunto como una guerra entre la Administración Central y la Autonómica o, incluso, como un enfrentamiento personal entre Paulino Rivero y José Manuel Soria. No niego que esa animadversión exista, pero poco o nada tiene que ver con el hecho de que estas prospecciones son un peligro medioambiental en una zona tan deprimida que ya casi solo cuenta como recurso con el medio ambiente. Porque, aparte del Gobierno de Canarias y de los cabildos y municipios de las islas más afectadas, hay un sinfín de organizaciones no gubernamentales que rechazan frontalmente las prospecciones.

Por supuesto, la propaganda funciona. Los voceros (directamente pagados o económicamente interesados) de la compañía petrolífera y del entorno del ministro hace tanto tiempo que cruzaron la línea que separa el disparate del sentido común que ya esta casi no se ve. Entre otros, hay algunos singularmente falaces. Por ejemplo: si España no explota esos recursos, Marruecos lo hará. Uno podría hacer una sencilla analogía: si mi vecino acumula basuras en su azotea, la solución no es que yo organice también un vertedero en la mía, pero vayamos a la realidad. Para empezar, los sondeos marroquíes se hacen en la plataforma continental, que no es la misma que aquella donde se harán las prospecciones de Repsol. Además de a la realidad geológica, los partidarios de ese argumento tienen que enfrentarse al hecho de que las diferentes empresas interesadas en esa zona, han ido desistiendo debido a la baja calidad del crudo.

Otro argumento, bastante espurio, es que, en el actual contexto de crisis, España necesita esos recursos. Ese no estaría mal, si no fuera porque la concesión se hace a una empresa privada que pondrá el posible crudo en el mercado internacional. Con esto, por cierto, se cae la analogía de quienes no paran de citar el caso de los Fiordos: las explotaciones noruegas son de titularidad pública. Una variante de ese argumento es que las prospecciones animarán el mercado laboral. Tengo muy oído eso, siempre en boca de alguien que deseaba lucrarse a costa del medio ambiente, normalmente caciquillos locales que pretendían instalar miles de camas hoteleras en paraísos naturales. Recuerdo, concretamente, el asunto de El Cotillo. En todo caso, aceptándolo, habría que compararlos con las cifras y datos reales que la propia empresa ha ido poniendo sobre el papel desde que comenzó su campaña, los cuales han ido menguando conforme se acercaban a la consecución del permiso gubernamental.

Un último ejemplo de argumento, cuanto menos, preocupante, este bastante gracioso: no pasará nada y, si pasa, todos los protocolos de seguridad funcionarán y, si no funcionan, Repsol pagará. Esto tiene varias partes, por supuesto. En cuanto a que no pase nada, el informe de la propia compañía reconoce la existencia de riesgo. Y sobre cómo funcionan los protocolos en España ante este tipo de contingencias, no solo tenemos la tragedia del Prestige, sino un caso muy reciente de absoluta ineficacia ante un vertido relativamente pequeño en aguas de Arinaga. Y sí, en último término, Repsol pagará: según el acuerdo, deberá depositar sesenta millones de euros. No sé si esa cantidad es suficiente o no, pero, en caso de un vertido, ¿de qué va a servir todo el dinero de Repsol? ¿Tiene el dinero de Repsol la milagrosa cualidad de resucitar a los ejemplares de especies únicas que podrían morir?

Dejo aquí el argumentario de los defensores de las prospecciones. No toco las ideas más ridículas, como la ocurrencia de un edil conejero que sostenía que el pichi es fácil limpiarlo, porque flota y no se mezcla con el agua, y que remataba la faena añadiendo que, en todo caso, un vertido proporcionaría empleo a muchos parados que podrían trabajar en las labores de limpieza. Ni las más retorcidas, como el recurso de que los aviones que traen a nuestros turistas necesitan petróleo (supongo que quien la aportó organiza una matanza en el salón de su casa cada vez que quiere cenar unas chuletas). Ni las más claramente falsas, como la de que habrá regalías para Canarias, bulo directamente propagado por el ministro, para estupor del propio presidente de Repsol.

Simplemente, te invito a considerar el siguiente punto: ¿qué interés pueden tener las organizaciones no gubernamentales en rechazar las prospecciones petrolíferas? Sus advertencias sobre el impacto medioambiental de las prospecciones (y aun de los propios sondeos, en una zona cercana a las rutas de cetáceos) no tienen que ver con ninguna adversidad política ni con la captación de votos. Ni siquiera están pagadas por ninguna empresa o compañía transnacional que tenga intereses económicos en la zona. ¿No será más bien que obedecen a la prudencia y al sentido común?

En mi humilde opinión (hoy más humilde que nunca, porque no soy biólogo, ni geólogo, aunque sí que soy un ciudadano con derecho a tenerla), Repsol y el Ministerio de Industria están jugando a la ruleta rusa haciendo una apuesta económica muy baja, sobre todo porque la cabeza contra la que apuntan no es suya.

¿Qué podemos hacer? Parece que muy poco, aunque siempre nos queda ejercer ese poder que nos otorga la única condición que a las empresas del IBEX les interesa: la de consumidores. Yo no tengo coche, pero tú, si lo tienes, podrías pensar en ello la próxima vez que te toque repostar. O cuando te preguntes dónde quieres guardar tus ahorros. A un capitalista que no respeta el medio ambiente (que no es de nadie y, por tanto, es de todos) y no te respeta a ti como ciudadano, solo puedes atacarle de una manera: negándote a darle tu dinero, convertirlo en algo personal.

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La Virgen Cabeza, ese fogonazo

3 08 2014

Hay joyitas que, cuando te llegan a las manos, te hacen preguntarte cómo diablos se te habían escapado hasta ese momento. En este caso, existe cierta justificación, ya que está editado en Argentina y no es fácil conseguirlo en España, salvo pedido en grandes librerías. Pero vale la pena el esfuerzo si la recompensa es poder disfrutar de La Virgen Cabeza, la breve y sorprendente historia con la que Gabriela Cabezón Cámara (San Isidro, Buenos Aires, 1968) se estrenó en 2009 y que ha continuado reeditándose incesantemente.

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Contada en analepsis por Qüiti, cuyo relato es interrumpido en ocasiones por Cleopatra, la verdadera protagonista, cuenta la historia de El Poso, una villa miseria de Buenos Aires, donde Cleo, hermosa travestí con una poronga de proporciones épicas, comienza a ver a la virgen tras ser violada y golpeada en una comisaría. La Virgen le manda organizar la villa, sacar a los chicos de las drogas y los atracos, a las chicas y los travestís de la prostitución. A estos milagros les seguirán otros más mundanos: el arrepentimiento de los policías que han maltratado a Cleopatra, la llegada de Daniel, un agente gubernamental que busca purgar sus culpas ayudando a la gente de la villa, del chino Wan, proveedor y asesor en la cría de carpas, la organización de toda una comunidad en torno a la cumbia, el asado diario que frecuentemente acaba en alegre orgía, el cuidado comunal de los niños y, sobre todo, la llegada de Qüiti, acomodada periodista que encuentra entre las chabolas  las ganas de vivir que han abandonado hace tiempo su lujoso loft del barrio de Palermo.

Rica en acontecimientos, populosa en personajes, la novela combina sabiamente el humor, la emoción, el erotismo, la reflexión y el relato de hechos brutales en un discurso de inusitado lirismo construido a partir de las voces de la calle, con continuas referencias cultas para el lector cómplice y momentos deliciosamente tiernos, en los que las protagonistas adoptan una postura casi naif ante situaciones terribles.

Como sucede con los grandes libros, La Virgen Cabeza es también fecunda en interpretaciones y temas: la existencia o no de Dios, la pérdida de la inocencia y la expulsión del paraíso, la educación sentimental, la opresión, la tolerancia, el amor, la libertad. Me atrevería a decir que no se puede contar más en menos páginas. Y añadiría que, además, no se puede contar mejor, con esa rapidez y consistencia, con la inusitada ternura, la tremenda compasión que nos asalta casi a cada página en una lectura de esas que no queremos que se acaben y que piden, casi inmediatamente, relectura.

En los últimos años, casi siempre procedentes de Hispanoamérica, he ido descubriendo voces que, como fogonazos, iluminan ese territorio, a veces estilísticamente sombrío, del panorama narrativo. Son nombres como los de Mario Bellatin, Ignacio Padilla, Fernando Iwasaki o Pedro Salmerón. A esta lista de autores que me reconcilian con el oficio, añado desde hoy el nombre de Gabriela Cabezón Cámara, una autora de la que, si me resulta posible, no pienso perderme a partir de hoy ni una sola palabra. Y tú, si tienes la posibilidad de hacerte con La Virgen Cabeza, no deberías perderte este relámpago de irrepetible literatura. Edita Eterna Cadencia, en Buenos Aires, y son 160 páginas de las que nos gustan: para leer rápido y pensar despacio.








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