La Virgen Cabeza, ese fogonazo

3 08 2014

Hay joyitas que, cuando te llegan a las manos, te hacen preguntarte cómo diablos se te habían escapado hasta ese momento. En este caso, existe cierta justificación, ya que está editado en Argentina y no es fácil conseguirlo en España, salvo pedido en grandes librerías. Pero vale la pena el esfuerzo si la recompensa es poder disfrutar de La Virgen Cabeza, la breve y sorprendente historia con la que Gabriela Cabezón Cámara (San Isidro, Buenos Aires, 1968) se estrenó en 2009 y que ha continuado reeditándose incesantemente.

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Contada en analepsis por Qüiti, cuyo relato es interrumpido en ocasiones por Cleopatra, la verdadera protagonista, cuenta la historia de El Poso, una villa miseria de Buenos Aires, donde Cleo, hermosa travestí con una poronga de proporciones épicas, comienza a ver a la virgen tras ser violada y golpeada en una comisaría. La Virgen le manda organizar la villa, sacar a los chicos de las drogas y los atracos, a las chicas y los travestís de la prostitución. A estos milagros les seguirán otros más mundanos: el arrepentimiento de los policías que han maltratado a Cleopatra, la llegada de Daniel, un agente gubernamental que busca purgar sus culpas ayudando a la gente de la villa, del chino Wan, proveedor y asesor en la cría de carpas, la organización de toda una comunidad en torno a la cumbia, el asado diario que frecuentemente acaba en alegre orgía, el cuidado comunal de los niños y, sobre todo, la llegada de Qüiti, acomodada periodista que encuentra entre las chabolas  las ganas de vivir que han abandonado hace tiempo su lujoso loft del barrio de Palermo.

Rica en acontecimientos, populosa en personajes, la novela combina sabiamente el humor, la emoción, el erotismo, la reflexión y el relato de hechos brutales en un discurso de inusitado lirismo construido a partir de las voces de la calle, con continuas referencias cultas para el lector cómplice y momentos deliciosamente tiernos, en los que las protagonistas adoptan una postura casi naif ante situaciones terribles.

Como sucede con los grandes libros, La Virgen Cabeza es también fecunda en interpretaciones y temas: la existencia o no de Dios, la pérdida de la inocencia y la expulsión del paraíso, la educación sentimental, la opresión, la tolerancia, el amor, la libertad. Me atrevería a decir que no se puede contar más en menos páginas. Y añadiría que, además, no se puede contar mejor, con esa rapidez y consistencia, con la inusitada ternura, la tremenda compasión que nos asalta casi a cada página en una lectura de esas que no queremos que se acaben y que piden, casi inmediatamente, relectura.

En los últimos años, casi siempre procedentes de Hispanoamérica, he ido descubriendo voces que, como fogonazos, iluminan ese territorio, a veces estilísticamente sombrío, del panorama narrativo. Son nombres como los de Mario Bellatin, Ignacio Padilla, Fernando Iwasaki o Pedro Salmerón. A esta lista de autores que me reconcilian con el oficio, añado desde hoy el nombre de Gabriela Cabezón Cámara, una autora de la que, si me resulta posible, no pienso perderme a partir de hoy ni una sola palabra. Y tú, si tienes la posibilidad de hacerte con La Virgen Cabeza, no deberías perderte este relámpago de irrepetible literatura. Edita Eterna Cadencia, en Buenos Aires, y son 160 páginas de las que nos gustan: para leer rápido y pensar despacio.


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