Que levante mi mano quien crea en la telequinesis

27 12 2014

Porque ando liado con un texto que no acaba de salir bien, porque Mariano Rajoy amenazó con pisarnos la sección o, simplemente, porque no me siento este año demasiado navideño y no noto en la epidermis que se acabe nada y empiece otra cosa. Lo cierto es que, por cualquiera de estos motivos, por los tres al mismo tiempo o por esos y algunos más, este año no hemos dado el tradicional repaso al año que solemos hacer en La Buena Letra, esa sección con la que invadimos la última media hora del Hoy por Hoy Las Palmas de cada viernes.

Que levante mi mano quien crea en la telequinesis, de Kurt Vonnegut, Barcelona, Malpaso, 118 páginas

Que levante mi mano quien crea en la telequinesis, de Kurt Vonnegut, Barcelona, Malpaso, 118 páginas

No obstante, lo que sí me apetece es recomendar un libro para que acabes tu año con buen sabor de boca, que te haga reírte y te obligue a pensar en dosis proporcionales; algo ligero pero no frívolo, que te ayude a amenizar un poco toda esta realidad que tenemos que tragarnos a cada telediario pero sin evadirte de ella. Y no se me ocurre mejor libro para esto que una joyita que nos trajo Malpaso en octubre: Que levante mi mano quien crea en la telequinesis y otros mandamientos para corromper a la juventud, de Kurt Vonnegut. Se trata de un libro que recoge nueve discursos de este grandioso novelista norteamericano, siete de ellos pronunciados en universidades ante graduados y otros dos ante asociaciones de derechos civiles. Prologados por su amigo y editor Dan Wakefield. Traducidos por Ramón de España. Con un epílogo consistente en unos cuantos aforismos escogidos. Ilustrado con dibujos del propio Vonnegut. Se podría pedir más, pero no sé quién podría darlo.

En estos textos, pronunciados en diferentes momentos entre 1978 y 2004 (Kurt Vonnegut falleció en 2007), brillan la inteligencia y el ingenio del maestro. Y su maravillosa mala uva, esa lengua afilada que se convertía en un látigo contra todo aquello que oliera a violencia, clasismo, conservadurismo o injusticia. Le da tanta leña a George Bush, como a la propia América blanca en la que él mismo se crio. Y él, cuyos textos formaron parte siempre de esa tradición que ataca a la solemnidad, se revela (y se rebela) como un orador desacralizador y divertido en esos actos solemnes que son siempre los actos de graduación.

Imagino a los graduandos del Freedonia College, de Nueva York, escuchándole decir a aquel ilustre invitado, (que se suponía debía arengarles y aconsejarles sobre lo que les esperaba en el futuro), que comieran mucho salvado y no se metieran nada en la oreja, o a los de la Eastern Washington University de Spokane, oyéndole decir que «los únicos que quieren llegar a presidente son los majaretas». Agrega a continuación: «Eso ya sucedía hasta en mi propio instituto. Solo los alumnos más desequilibrados se presentaban a delegado de clase. Podríamos hacer que los psiquiatras examinaran a todos los candidatos. Pero ¿quién, sino un chiflado, querría ser psiquiatra?».

En estos discursos de Vonnegut, brilla la asombrosamente sencilla lucidez de los sabios. Opinaba que la docencia es la profesión más noble en una democracia, porque el ordenador enseña al niño lo que el ordenador puede dar de sí, mientras que la persona culta enseña al niño lo que el niño puede dar de sí; que somos adictos a los combustibles fósiles pero negamos la evidencia porque estamos a punto de que nos dé el mono; que, aunque él no era cristiano, reconocía que Jesucristo debía de ser un gran tipo porque pronunció el Sermón de la Montaña; y que un matrimonio, una familia, no eran suficientes para hacerte feliz, sino que debes formar parte de una comunidad (cualquier organización solidaria, un club de lectura o los bomberos voluntarios); y, sobre todo, recordaba seguir el consejo de su tío y decir en voz alta: «No me digas que esto no es bonito» (de hecho, ese es el título original en inglés: If This isn’t Nice, What Is?) antes cualquier pequeña situación agradable, porque así evitábamos el no reconocer la felicidad en los breves instantes en que se la alcanza, mientras aún está ocurriendo.

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Leí este libro donde suelo: entre paradas y asientos de guagua, rodeado de otros usuarios que pensaban que yo no estaba normal (e igual tenían razón), dadas mis carcajadas y asentimientos de cabeza. Porque, al fin, esta recopilación de discursos acaba convirtiéndose en un decálogo ético formado por sencillas verdades expresadas de forma irónica e inteligente. Así es como se escribió también toda su obra: con inteligencia e ironía.

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Kurt Vonnegut (1922–2007) es uno de esos casos en los que un gran éxito popular va acompañado de un merecido prestigio crítico. Era el típico muchacho de Indianápolis, hijo de inmigrantes alemanes, que interrumpió sus estudios para alistarse durante la Segunda Guerra Mundial. Y allí, en la campaña de Europa, fue prisionero de guerra y vivió cómo las bombas de los aliados caían sobre él durante el bombardeo de Dresde. Supongo que por eso acabó convirtiéndose en un convencido pacifista. Al volver a EEUU, realizó estudios de antropología y trabajó como redactor para una agencia de noticias, al tiempo que comenzaba a publicar sus primeros textos literarios. En su obra hay unas cuantas obras maestras, como Matadero Cinco (su cuarta novela, que le consagró como ácido y mordaz crítico de la civilización contemporánea), Barbazul o El desayuno de los campeones. Yo conservo una especial predilección por Madre Noche, probablemente su novela más sombría. Lo descubrí gracias a ella a los dieciséis años y me enamoré para siempre de su escritura.

Vonnegut es uno de esos escritores muy técnicos, cuya técnica no se ve. El lector sigue un texto aparentemente coloquial, escrito como si estuviera improvisado, pero finalmente descubre que la novela estaba planificada hasta la última palabra, con una consistencia a prueba del análisis más meticuloso.

Así que no hay que perdérselo. Si ya lo has leído, disfrutarás con este reencuentro. Si aún no lo has leído, quizá sea una buena manera de acercarse a él. Pero, en cualquiera de los casos, yo en tu lugar no me perdería esta joyita: Que levante mi mano quien crea en la telequinesis, de Kurt Vonnegut, editado en Barcelona por Malpaso, 118 páginas de las que nos gustan: para leer rápido y pensar despacio y siempre con una sonrisa.

Ah, y no olvides no temerte cosas en las orejas.


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