Aviso por si paso cerca de tu casa

18 04 2015

Llega el Día (la semana o las semanas) del Libro y toca hacer las maletas y viajar a diferentes lugares para celebrar la existencia de esos objetos mágicos que dan gustito, esas máquinas del tiempo que conectan a los lectores con el pasado y a los escritores con el futuro. Durante un par de semanas no vamos a hacer La Buena Letra, al menos en radio. Yo seguiré (si las infraestructuras telemáticas lo permiten) haciéndola aquí.

Hago esta entrada para advertirlo (no vaya a ser que luego digas que no doy palo al agua) y, de paso, para avisarte de dónde voy a estar y lo que voy a hacer, por si estoy y lo hago cerca de tu casa y te apetece pasar a hacerme una visita y que nos veamos el hocico.

Por lo pronto, este lunes 20 andaré en La Palma (esa isla a la que uno siempre quiere volver), en la Biblioteca Municipal de Los Llanos de Aridane, en una presentación-debate de Las flores no sangran. El acto comienza a las 20:00 y es de esos en los que el público interviene, así que puedes aprovechar para preguntar, hacer observaciones o ponerme a parir, que para algo eres la clientela.

Las flores no sangran, Alrevés editorial, 336 páginas

Las flores no sangran, Alrevés editorial, 336 páginas

El jueves 23 de abril, más flores y más libros, porque la cita es, cómo no, en Barcelona, para celebrar Sant Jordi. Estaré por la mañana en el puesto de Alrevés en Las Ramblas y por la tarde en la Librería Negra y Criminal, en la calle de La Sal, en Barceloneta.

LCA

Y el viernes 24, me muevo a Cuenca, para participar en el III Encuentro Las Casas Ahorcadas, esa golfada que comisaría cada año el peligrosísimo Sergio Vera. El plantel de autores que acudirá este año es, como el del anterior, estupendo. Y sospecho que lo vamos a pasar estupendamente, porque además Cuenca es una de esas ciudades civilizadas en las que los bares disponen de Ron Arehucas.

La semana siguiente estaré en Los Cristianos, impartiendo talleres en los institutos del municipio, como preparación para el encuentro que tendrá lugar entre el 13 y el 15 de mayo, la Octava Edición de las Jornadas NNegra de Arona.

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El 8 de mayo, con José Luis Correa, estaré en la Université de Fribourg-SUISSE  (La Gruyére, Suiza) participando en el Seminario de Literatura Policial que allí se organiza cada año, y participando en un coloquio con los alumnos de Máster.

NNegra_2015

Y la semana siguiente, retorno a Los Cristianos, para participar (ahora sí de cara al público), en las Octavas Jornadas Nnegra de Arona. Este año quedan aún presencias por confirmar, pero ya es seguro que estaremos con José Luis Correa, Marcelo Luján, Rosa Ribas y el crítico y periodista Eduardo García Rojas. Y se está cociendo alguna sorpresa, así que no te me despistes si vives en Tenerife y pon gasofa en el coche o consulta los horarios de TITSA, que Eduardo Pepe y yo ya estamos un poco más vistos, pero Rosa Ribas y Marcelo Luján no vienen todos los días (de hecho, ha habido una titánica lucha con sus agendas para que pudieran venir a Canarias).

valencia negra

Luego llega el fin de semana, pero tampoco descansamos, porque el 16 de mayo, viajo (esta vez con Rosa Ribas) a Valencia, para asistir al Tercer Festival Valencia Negra. No solo supone el reencuentro con un montón de amigos, sino que encima Las flores no sangran está entre las novelas nominadas para el Premio a Mejor Novela en Castellano, junto con otras que me encantan, como Subsuelo y Mistralia. Si quieres votar (por cualquiera de ellas u otra) solo has de hacer clic aquí.

Así que ya ves, agenda completa durante unos cuantos días. Y mucho viaje y mucha maleta, pero también, vaticino, muchas sonrisas y gratos encuentros. Mientras tanto, siempre que pueda, iré dejando miguitas de pan aquí, en esta que es tu casa, donde espero que continúes entrando y dejando tu huella.

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Grass y Galeano para ser todos

14 04 2015

Me gustan los escritores incómodos, los solos, los francotiradores. Aquellos cuya obra se resiste al encasillamiento, al agrupamiento cerril, a la simple etiqueta cronológica, geográfica o estilística, y a quienes, cuando nos empeñamos en la maquinita erudita de aplicar etiquetas, el rigor nos obliga a añadirles un «sin embargo», un «sí, pero no», un «no obstante». Acaso sea porque uno sabe que esta tarea de la escritura es labor de solistas y que, como decía Sándor Márai, «el escritor que decida cantar en un orfeón descubrirá que su voz no se distingue del coro».

Acaban de dejarnos dos escritores que soportaron cada uno su correspondiente etiqueta pero supieron sacudírsela a través de sus voces únicas, de su empeño en no cantar a coro, en sus inclementes dedos índices señalando incesantes nuestras vergüenzas, nuestros olvidos, nuestras más bajas incomodidades: Günter Grass y Eduardo Galeano —y las baldas de la letra g de mi biblioteca alfabéticamente desordenada vuelven a sufrir un temblor similar al de cuando se fueron Gelman y García Márquez—.

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Grass, para nosotros, fue, sucesivamente, uno de los nuevos narradores alemanes de posguerra, un cachorro del «Grupo 47» —anótesele para encasillar después de Böll, cerca de Walser, antes de Handke—, el de El tambor de hojalata, el que luego continuó escribiendo «libros gordos» como El rodaballo, el que confesó que había llevado un uniforme pardo —y entonces pareció que nadie en su país tenía pasado salvo él y todos miraron la paja en su ojo— y, en los últimos tiempos, el que denunció a Israel como potencia desestabilizadora.

galeano

Galeano fue el último de los últimos herederos del Boom, el uruguayo ese que escribe textos sobre los indios, el que tiene ocurrencias ingeniosas y tiene textos muy breves que juegan con las palabras, el que habla por los desarrapados y denuncia las contradicciones del capitalismo en libros que no sabemos si son narrativa, ensayo, reportaje o un cajón de sastre donde cabe todo, el que escribió sobre fútbol y nos contó que el mundo está patas arriba, ese cuyos vídeos vemos en las redes y enviamos a los amigos indignados. Un perroflauta, al fin.

Tantas etiquetas inexactas, que sirven para resumir lo que no se puede resumir: los años de dedicación y esfuerzo; los años de vivir en el seno de una sociedad pero sabiendo trascenderla para observarla con rigor y lucidez y denunciar sus taras, caiga quien caiga, moleste a quien moleste, cueste lo que cueste, no por joder, sino simplemente por coherencia, por ser fiel con uno mismo.

Grass y Galeano —el autor de El gato y el ratón y el autor de El libro de los abrazos, por citar dos títulos por los que recomendaría comenzar a quienes aún no les hayan leído— se nos van en un momento en el que todo es cada vez más hipócrita o, aún peor, convencional y mainstream, que es la forma en la que la ignorancia es hipócrita; un tiempo en el que necesitamos que alguien continúe hablándonos de quienes ponen los muertos y la escasez, cuando precisamos que los autores continúen siendo francotiradores y no se vendan ni se dejen alquilar, que prosigan con esa incómoda labor de ser uno solo para ser todos.





Kafka y La transformación: mitos, bichos y confusiones

12 04 2015

[Si quieres escuchar el podcast de La Buena Letra y La Butaca solo has de hacer clic aquí]

Esta semana no lo he tenido difícil para elegir el libro a recomendar en La Buena Letra, porque el jueves ocurrió algo fantástico: en Twitter fue tendencia durante varias horas el nombre de alguien que no es un deportista ni un canchanchán ni una folklórica ni un tarado que sale en un reality ni un político corrupto o bocazas, sino, simplemente un escritor (que tampoco acababa de morirse): el enorme, el gigantesco Franz Kafka. El motivo de que de pronto todo el mundo se pusiese a nombrarle fue, al parecer, la coincidencia de la aparición de varios artículos que se referían al centenario de la primera publicación de Die Verwanlung, La metamorfosis o, menos popular pero más exactamente, La transformación, esa historia que comienza cuando Gregor (o Gregorio) Samsa se despierta una mañana tras un sueño intranquilo en su cama de siempre, pero convertido en un horrible insecto. En realidad, el centenario del incombustible relato de Kafka no se cumple en primavera, sino en noviembre de 1915, cuando el editor Kurt Wolf arriesgó los cuartos dándole una oportunidad al amigo Franz. Pero, qué demonios, aparte de las ya existentes han aparecido dos estupendas nuevas ediciones: una, de Nórdica, a cargo de Isabel Hernández, tomando el título más tradicional, La metamorfosis; otra, la que recomiendo (ya sabes que soy amigo de libros económicos y disfrutables en la guagua), preparada por Xandru Fernández y publicada por Navona. Y siempre es buen día para recomendar la lectura de Franz Kafka y para celebrar que Twitter de algo bueno y no perecedero.

La transformación, de Franz Kafka, traducción de Xandru Fernández, Barcelona, Navona, 115 páginas.

La transformación, de Franz Kafka, traducción de Xandru Fernández, Barcelona, Navona, 115 páginas.

Y como tú ya habrás leído la historia de Gregor Samsa (o al menos sabrás de qué va y si aún no la has leído no sé qué diantres haces perdiendo el tiempo leyéndome a mí en lugar de correr a la biblioteca o librería más cercana), y, poco más o menos, todo el mundo tiene una idea de quién fue Kafka pero las bios de solapa y la clínica del rumor han ido deformando hasta la estupidez lo que sabemos de él, creo que es buena oportunidad para aclarar algunas cuestiones, malentendidos o creencias populares, esas cosas que uno escucha al pasar y que normalmente no tenemos tiempo para andar aclarando.

Franz-Kafka-portret

La primera: Kafka no publicó nada en vida. Falso. Publicó poco, pero publicó. Si no hubiera sido así, no estaríamos hablando del centenario de una de sus publicaciones, sino tendríamos que esperar, al menos, hasta 2024 para hacerlo, que es cuando se cumple el centenario de su fallecimiento. Antes del libro que nos ocupa hoy había publicado Contemplación y El fogonero (un cuento que fue presentado como un fragmento de la que sería su novela América o El desaparecido) y después publicaría también La condena. Cierto es que ninguno de estos títulos tuvo demasiado éxito (más bien él y su editor se los comieron con papas), pero también lo es que despertaron cierta curiosidad entre el público entendido. Un ejemplo: en la correspondencia de Hermann Hesse hay una carta dirigida a Kurt Wolf preguntándole si disponía de más títulos suyos.

Kafka era un marginado social y un triste. Inexacto. El caso es que nos encanta esa imagen del escritor solitario, pobre y tísico. Muy probablemente se tratara de un hombre tímido, algo neurótico y muy nervioso. Pero, por lo que se deduce de sus diarios, su correspondencia y lo que sabemos por los testimonios de la época, Kafka no era ajeno a la vida social de la Bohemia de entonces: era un burgués que participaba en actividades culturales y en reuniones sociales, asistía a los teatros e iba a balnearios (aún antes de que la tuberculosis comenzara a matarlo). Además, estaba dotado de un fino y singularísimo sentido del humor, que en ocasiones podía ser negro (sus dibujos son muy ilustrativos a este respecto) o, incluso, directamente escatológico (algún párrafo de sus diarios habla de las lecturas adecuadas o no para el retrete). Max Brod cuenta cómo Kafka se partía la caja de risa cuando iban leyendo fragmentos de El proceso.

kafa en la playa

Kafka es confuso. Esto me cabrea bastante. El sentido último de las ficciones de Kafka es oscuro, eso es innegable. Nunca terminamos de entender del todo lo que quiere comunicarnos (puede que ni él mismo lo hiciera). Pero su prosa es sencilla, sin barroquismos, con los adjetivos justos, casi austera. Trabaja siempre con el mínimo de medios y no abusa de los artificios técnicos. Pero ocurre que, como ya entendió Camus en El mito de Sísifo, su asunto principal es el absurdo y las preguntas que nos obliga a hacernos sobre nosotros mismos y sobre el mundo. Evidentemente, si eres de esos lectores que quieren seguir siendo como eran antes de leer un libro, de esos que no quieren libros de esos que te provocan preguntas, sino de esos otros que te dan respuestas, no te conviene leer a Kafka: mejor elegir un buen catecismo.

Dos curiosidades referidas a La transformación:

Un escarabajo, no una cucaracha: Kafka describe muy minuciosamente al insecto en el que se convierte Gregor Samsa, pero se niega a decirnos el nombre de la especie concreta. Tradicionalmente, muchos lectores (incluidos algunos tan ilustres como Augusto Monterroso), han entendido que se trataba de una cucaracha. Pero Vladimir Nabokov (que aparte de escribir como los ángeles y jugar al ajedrez era un entomólogo reputado) hace un preciso análisis de la descripción kafkiana del bicho (puede leerse en su Curso de literatura europea), llegando a la autorizada conclusión de que se trata de un tipo de escarabajo. Esto, probablemente, no cambia para nada el sentido último del relato, pero no está de más saberlo.

Sobre el título: la temprana traducción de Borges apareció titulada, para sorpresa del propio Borges, como La metamorfosis. Y así es como ha sido conocida durante décadas en el mundo hispanohablante. Pero lo cierto es que Kafka tituló el texto Die Verwanlung (Literalmente, La transformación). Cuenta Xandru Fernández (y yo estoy de acuerdo) que si Kafka hubiera querido que se llamase La Metamorfosis, simplemente lo hubiese titulado Die Metamorphose.

Dichas esta cuatro o cinco cosas, ahora olvídate de todo y busca a Kafka. Busca sus magníficas e hipnotizantes novelas: El desaparecido (América), la inconclusa El castillo o la incesante El proceso; su Diario (lo edita Tusquets) o sus correspondencias (con Felice, con Milena, con Brod o su famosa Carta al Padre); pero, sobre todo, sus cuentos. Los publicó ya hace años Alianza en diferentes colecciones (La muralla china, La condena) y hoy están disponibles en un solo volumen en el Club Diógenes de Valdemar. O, simplemente, si aún no le has leído, hazte con un ejemplar de La transformación, esas 115 páginas rara vez igualadas en la Historia de la Literatura y que hoy edita Navona. Hazlo como sea, lo traduzca quien lo traduzca y lo edite quien lo edite. Porque hay ocasiones en que uno se despierta convertido en un horrible insecto, y entonces uno de los pocos consuelos que quedan es saber que eso ya le ocurría a los seres humanos hace cien años.





Marvin Harris o un zarpazo de amable lucidez

4 04 2015

Esta semana, en La Buena Letra, había previsto recomendar algo de literatura infantil y juvenil, por aquello de que el piberío anda de vacaciones y de que la familia que lee unida permanece unida. Pero ayer, cuando me levanté de madrugada para ver los periódicos antes de preparar la sección, me encontré con varias noticias que compartían espacio: por un lado, las sempiternas procesiones de Semana Santa, Cristo de la Buena Muerte incluido; por otro, el cabreo de Benjamin Netanyahu por el acuerdo entre Estados Unidos e Irán; pero, sobre todo, la horrorosa matanza ocurrida en Kenia: 147 personas fallecidas en un asalto de Al–Shabab a la Universidad de Garissa.

En un principio, se supone que estas noticias no tienen relación entre sí. Y no la tienen, al menos una relación evidente. Tampoco una explicación racional: se supone que las creencias religiosas y los modos de vida que emanan de ellos (masoquismos, victimismos y extremismos asesinos incluidos) están más allá de aquello que podemos comprender racionalmente y, cuando intentamos explicar (y explicarnos) el porqué de unas determinadas costumbres que atañen a lo religioso acabamos diciendo que, simplemente, se trata de creencias, que no se puede decir nada científicamente sobre ellas. Pero los antropólogos saben bien que esto no es del todo cierto. De hecho, hay un antropólogo cuyas obras nos muestran que no existe eso de los ritos y las creencias inexplicables, que utilizando la razón podemos entender muchas de las costumbres que nos parecen incomprensibles. Y ese es Marvin Harris, cuyos libros continúan publicándose y atrayendo la atención de los lectores desde que comenzaran a publicarse hace unos treinta años.

Como ejemplo, este libro que te traigo hoy: Vacas, cerdos, guerras y brujas: Los enigmas de la cultura, de Marvin Harris.

Vacas, guerras, cerdos y brujas. Los enigmas de la cultura, de Marvin Harris, Madrid, Alianza Editorial, 304 páginas

Vacas, cerdos, guerras y brujas. Los enigmas de la cultura, de Marvin Harris, Madrid, Alianza Editorial, 304 páginas

En Vacas, cerdos, guerras y brujas, el punto de partida es la investigación de una serie de mitos que siempre se consideró inexplicables. ¿Por qué las vacas son sagradas en India, un país donde hay necesidades alimentarias? ¿Por qué el judaísmo y el Islam prohíben comer carne de cerdo? ¿Cuál es el verdadero motivo de la existencia de las guerras? O ¿qué relación existe entre el mesianismo hebreo y la instauración de los cultos cristianos?

Harris, utilizando principalmente explicaciones materiales (que tienen que ver con la infraestructura, el modo de producción y de control de la natalidad de cada sociedad, que comprende a su vez el conjunto de variables demográficas, económicas, tecnológicas y ambientales) se acerca a cada uno de estos temas con una mirada nueva, que arroja muchísima luz. Por ejemplo, su explicación a la sacralización de la vaca en India, tiene que ver con el hecho, puro y simple, de que la vaca viva es mucho más eficiente que muerta y devorada: prácticamente no genera gastos, pues se alimenta de rastrojos, se emplea como animal de tiro, produce leche, y su bosta es utilizada como combustible, fertilizante y para revestir el suelo de cultivo. A una población que está pasando una época de sequía y hambruna, es mucho más eficaz imponerle un tabú religioso fuerte que explicarle todo esto, si se desea evitar la tentación de matarlas en época de sequías y hambrunas.

Este es solo un ejemplo de los muchos tabúes y enigmas que Marvin Harris va aclarando a lo largo del libro. Y siempre con esa gracia particular que tenía y que acerca perfectamente al profano al complejo mundo de su disciplina. Aunque muy rigurosos, los libros de divulgación científica de Marvin Harris son muy amenos. Tiene una prosa ágil, con mucho sentido del humor y una cierta tendencia al uso de la intriga, que hace que el lector disfrute sus textos como si se tratara de novelas.

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Harris (1927–2001) era neoyorquino y desarrolló la primera parte de su carrera en la Universidad de Columbia, donde fue presidente del Departamento de Antropología de 1963 a 1969. En 1980 (justo cuando se publicó este libro) se trasladó a la Universidad de Florida, donde permaneció hasta su fallecimiento a los 73 años.

Fue el padre del materialismo cultural, esta corriente antropológica que estudia las culturas utilizando un método de origen marxiano que relaciona infraestructura con estructura (organización doméstica y política) y superestructura (ideas, símbolos y valores) en los grupos humanos. Frente a otras estrategias de investigación, como estructuralismo o el relativismo, el materialismo cultural tiene ciertas ventajas: es más abierto, más global, estudia los fenómenos integralmente, no excluye los descubrimientos de otras disciplinas científicas y proporciona explicaciones normalmente muy coherentes.

Y Harris, personalmente, fue un lujo, porque acercó esta ciencia al gran público, estudiando desde las costumbres alimentarias de sociedades de caza y recolección, hasta la tendencia a la concentración del poder económico y político en la sociedad norteamericana contemporánea (cosa que, naturalmente, levantó muchas ampollas). Algunos de sus títulos: Bueno para comer, Jefes, cabecillas, abusones, La cultura norteamericana contemporánea o Caníbales y reyes. Yo recomendaría muy especialmente Antropología Cultural, una versión divulgativa de su Introducción a la Antropología General, que es un resumen muy completo de su obra y su pensamiento.

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En cualquier caso, Marvin Harris es uno de esos autores en los que vale la pena refugiarse cuando abres el periódico y ves que la gente sale de procesiones, se mata en nombre de una religión o ve con malos ojos un acuerdo de paz. Entonces, cuando sospechas que hay un hilo secreto que une todas estas cosas, pero no logras dar con él, autores como Marvin Harris te lo iluminan y la oscuridad del mundo es algo menos confusa. Así que, para este fin de Semana Santa: Vacas, cerdos, guerras y brujas. Los enigmas de la Cultura, editada en Madrid, por Alianza, ininterrumpidamente desde 1987 hasta hoy, 304 páginas de esas que necesitamos: para leer rápido y pensar despacio.








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