El libro, por un día

22 04 2016

El libro. Ah, el libro. Llega el 23 de abril y el libro, por una vez sale a la calle, se visibiliza, es respetado, se habla bien de él. Hay que fomentarlo, divulgarlo, exhibirlo. Esa actividad normalmente individual, íntima,  casi secreta, de la lectura, se hace, por una vez, pública, colectiva. Se exponen manualidades en las que Don Quijote, Sancho y Dulcinea sustituyen en la entrada al empleado de la empresa de seguridad subcontratada en institutos, bibliotecas y museos. Informativos que de ordinario prefieren rellenar sus huecos libres con vídeos de Youtube sobre accidentes y perritos conmovedores, o con reportajes sobre el calor o el frío que hace, se dignan a dedicar totales de un par de minutos a Cervantes. Centros comerciales que exponen los libros mucho peor que los perfumes ponen en estos días mesas de saldo que sirven para vaciar su fondo de almacén. Maestros y profesores de instituto piden a los escritores locales que den una charla sobre la importancia de la lectura a un alumnado que ni les ha leído ni les leerá. Autoras y autores asisten a dar conferencias gratuitas a foros públicos gestionados por productores de eventos, intermediarios ineptos que sí cobran. Políticos de todos los colores y sabores se apresuran a hacerse fotos con libreros, escolares o académicos en puestos callejeros o en aulas magnas, dando discursos sobre la importancia de la lectura, esa que no tienen en cuenta casi nunca al elaborar los presupuestos generales de las instituciones que gobiernan.

Kira

Por supuesto, está bien que se celebre el Día Mundial del Libro y el Derecho de Autor. Tú, que lees y eres persona generosa, sabes que el libro no da la felicidad (la ignorancia es más útil cuando uno lo que quiere es ser feliz), pero hace a las personas más libres, y por eso siempre te prestas a colaborar con esas actividades de promoción y visibilización, a alegrarte públicamente de ellas, a celebrarlas. Pero tú, precisamente tú, que lees todo el año, que todo el año fomentas la lectura entre quienes tienes alrededor (y la actividad del fomento de la lectura es tan sutil que, simplemente, llevando en la guagua un libro y no un móvil ya estás contribuyendo a ella), que frecuentas las librerías y las bibliotecas, sientes siempre que ahí, al fondo, persiste ineluctablemente un dejo de impostura, algo de ceremonia formal en torno a una faceta de la cultura que, en realidad, nos importa mucho a muy pocos y casi nada a la mayoría. Sabes que ese político que acaba de abandonar la feria con un libro debajo del brazo no ha leído nunca al escritor con el que se acaba de sacar la foto y jamás ha pisado ni pisará la librería cuyo stand ha visitado. Sabes que esa reportera que ha hecho el reportaje con el actor de cuarta disfrazado de Cervantes está tan interesada en El Quijote como en la vida sexual del escarabajo pelotero.

El libro continúa siendo ese objeto que da gustito, que te conmueve y te desordena la conciencia, que da un codazo a la realidad para que puedas verla con más lucidez. Lo es, lo fue y lo será, a pesar del político, el reportero, el profe, el jefe de planta y el productor de eventos que solo se acuerdan de su existencia en abril, para hacerse la foto o para hacer caja, que en el fondo es lo mismo. Somos otros (autores y autoras, bibliotecarios y bibliotecarias, libreros y libreras, editores y editoras, lectores y lectoras, que solemos ser, además, varias de estas cosas a la vez) quienes hacemos que diariamente se celebre  al libro y al derecho de autor. A veces no es complicado, ni requiere presupuesto ni grandes esfuerzos: cuando le regalamos a alguien una novela o un libro de poemas, cuando preferimos ir a nuestra librería de confianza en lugar de a una página de descarga gratuita en Internet, cuando nos encontramos en una esquina y hablamos sobre lo último que hemos leído, ya estamos haciendo más de lo que hacen muchos. Los demás, aparecen una vez al año (durante un día, una semana, un mes, lo que dure el programa de actos) para quedar bien o llenarse el bolsillo. Y nosotros, tú y yo, callamos y fingimos ser felices así: para un día al año en el que parece que el libro le importa a todo el mundo, tampoco vamos a aguar la fiesta. Pero, cuando nos cruzamos en esos actos, esas charlas, esas ferias, nos sabemos miembros de una misma secta, comandos de la misma guerrilla, esa que sabe que un libro es una trinchera, una barricada, una atalaya de francotiradores refractarios a la impostura.


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5 responses

22 04 2016
Interrobang

Jajaja leyéndote no puedo evitar recordar mi, contestaria, juventud en la que ni celebraba mi santo (santo=religión) ni compraba libro por Sant Jordi ya que yo los compraba todo el año y regalaba un alcachofa, eso si con una cinta cuatribarrada con nudo de corbata, para no caer en lo que para mi era un pack tópico, mercantilista y adocenado.
Pero ya ves tu con el tiempo me he vuelto más positivo y aunque sigo pensando parecido adopto un papel más comedido y si que compro ni que sea un libro y lo paseo para intentar contagiar a los dudosos y mejorar las estadísticas y compro rosas solidarias (este año las Rosas Salvavidas).
Por cierto, hablando de flores algunas de las ventas en el Vallès Occidental de mañana de Las flores no sangran se deberán a mi proselitismo😉
Un abrazo!

22 04 2016
Alexis Ravelo

Qué bueno saber de ti, querido. Bueno, yo, mañana (en estos días, en general) también colaboraré públicamente, como siempre. Pero a veces es bueno dejar claritas estas cosas, para que, cuando nos crucemos con los impostores, ellos sepan que nosotros lo sabemos.😉

22 04 2016
Leandro Pinto

Enhorabuena por esta reflexión, lúcida y certera.

Contigo en la trinchera. Siempre.

Un abrazo.

22 04 2016
Alexis Ravelo

¡A las barricadas, compañero!

22 04 2016
Josefa Molina Rodríguez

Totalmente de acuerdo contigo, Alexis. ¡Una reflexión llena de aciertos! Hay que seguir apostando por la trinchera literaria. Son los pequeños gestos los que terminan llevándose el gato al agua. A por ello!! Un abrazo.

PD: Me llevo tu comentario al face.

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