Todo eso que late. Sobre La condición animal, de Valeria Correa Fiz

25 10 2017
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La condición animal, de Valeria Correa Fiz, Madrid, Páginas de Espuma, 2016, 163 páginas.

Mis enemigos no lo saben, pero siento una especial predilección por el cuento literario, que para mí es a la vez la más primitiva y la más vanguardista de las formas del relato, esa manera de contar que nace de la noción de límite y es, como dijo Cortázar, un caracol del lenguaje, un hermano secreto de la poesía. Por eso me hace feliz que aún existan editoriales que le presten especial atención, dando, además, cabida a nuevas voces que lo cultivan con inteligencia y destreza.

En este sentido, La condición animal, de Valeria Correa Fiz, publicado por Páginas de Espuma, me hizo muy feliz. Porque desde las primeras líneas pude intuir que esa autora disponía de un rico bagaje de lecturas antes de enfrentarse a la página en blanco; porque también casi inmediatamente me di cuenta de que todavía existe futuro para la literatura en nuestra lengua si continúan surgiendo autores así, de los que trabajan con solidez y coherencia, con oficio, sin sombra de diletantismo; porque, con toda probabilidad, suponía el descubrimiento de un autora que en el futuro nos depararía muchas sorpresas.

Sobre un esquema ya clásico (la división en cuatro partes que aluden a lo elemental como podrían haberlo hecho a las estaciones del año), Correa agrupa doce ficciones breves ejecutadas con enfoques y técnicas variados (desde los más clásicos de “Una casa en las afueras” o “Lo que queda en el aire” a los más experimentales de “El mensajero” o “Regreso a Villard”) en argumentos que no desvelaré pero que acaban llevando sin defecto a las pulsiones más instintivas del ser humano, a todo eso que late en lo hondo del malestar en la cultura y que determinadas situaciones permiten hacer brotar. Al fin, en el fondo de todos y cada uno de estos cuentos se ocultan siempre la crueldad y su reverso, conectadas con la presencia (en primer plano o al fondo) de algún animal, insertando el libro en esa tradición que coquetea con la fórmula del bestiario.

Ningún libro de cuentos (como ningún libro de poemas), nos afecta de manera uniforme. De esto no se salvan ni siquiera los maestros del género (Borges, Cortázar, Carver, Mansfield). En cada libro de relatos, el lector suele disfrutar más unos que otros. Olvidará varios, pasará con indiferencia ante alguno y, posiblemente, adopte como inolvidables aquellos que, sin ser perfectos, entran luego a formar parte de esa especie de antología ideal que todo lector de cuentos acaba haciéndose en la cabeza. Pese a que muchos de los cuentos de La condición animal (“La vida interior de los probadores” o “Perros”, por ejemplo) me parecen sencillamente fantásticos, si hubiera de elegir solo y solo uno de ellos, me quedaría finalmente con “Nostalgia de la morgue”, que, paradójicamente, por su extensión y tratamiento (casi los de una nouvelle) ya se sitúa fuera del paradigma del cuento. La historia, los personajes, el manejo de tiempos y puntos de vista, su tristeza radical y su brutal erotismo le han hecho ya un hueco a este texto (que me remite a las desasosegantes novelas de Mario Bellatin) en esa antología ideal que guardo en la memoria.

La mayor parte de lo antedicho se escribió en primavera, cuando leí La condición animal (el libro se había publicado es septiembre de 2016) y solo hoy lo he rescatado de mis notas de lectura. Viajes, trabajos, otras obligaciones que imponen lo urgente a lo importante me impidieron escribir y publicar esta reseña en su momento. Luego ocurrió algo que nos ocurre a los que vivimos entre libros y no hemos sabido adoptar los hábitos de las personas ordenadas: mi ejemplar se ocultó entre las montañas de libros que van invadiendo los rincones aún vírgenes de mi casa. Solo apareció hace poco. Y la relectura me ha confirmado en mi impresión inicial. Mientras tanto, su autora no se ha quedado quieta: ha obtenido el Premio Internacional de Poesía «Claudio Rodríguez» con el libro El invierno a deshoras, publicado hace unos meses por Hiperión, confirmándome así en mi primera idea: no es ninguna diletante, antes de publicar su primer libro ya era una escritora hecha aunque clandestina, en el futuro, ahora estoy seguro de ellos, nos deparará deslumbrantes sorpresas.

 

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