Palabrota poeta, ese juego tan serio

30 06 2014

[Si no pudiste escuchar La Buena Letra el pasado viernes, solo tienes que hacer clic aquí]

Palabrota poeta, de Federico J. Silva, Madrid, Vitruvio, 56 páginas

Palabrota poeta, de Federico J. Silva, Madrid, Vitruvio, 56 páginas

La semana pasada se presentó en Las Palmas Palabrota poeta, de Federico J. Silva. Alguna vez ya hemos hablado aquí de Federico J. Silva, uno de los mejores autores de una de las mejores generaciones de poetas que ha conocido la literatura insular. Francotirador inteligente, irónico y lúdico, mas tierno al fin, nos trae ahora su último experimento: un libro de tautogramas escritos mediante una técnica combinatoria.

Te explico el palabro: un tautograma es un poema o verso formado por palabras que comienzan por la misma letra. Las técnicas combinatorias (tan características de las Vanguardias y de la literatura potencial) consisten en establecer juegos lingüísticos con reglas más o menos fijas a partir de las cuales el autor se propone hacer literatura, sometiéndose a esas reglas y extrayendo la estética oculta que hay tras las palabras.

En este caso, Federico J. Silva eligió al azar una serie de listas de palabras y, a partir de ellas (y a lo largo de diez años), fue componiendo poemas tautogramáticos (en general, de tema amoroso) desvelando o creando sentidos nuevos para viejas palabras o construyendo neologismos a partir de palabras que parecían gastadas. Digamos que es un juego. Pero un juego practicado con los elementos con los que los seres humanos nos jugamos la forma del mundo. Puede que no haya ningún juego tan serio.

Aun tomándose algunas licencias (introducción de artículos, conectores, etc.), el resultado es como una cachetada de aire fresco para un lector que agradece la acidez, la inteligencia y el espíritu lúdico que preside los 34 poemas que componen el libro y que tiene momentos estupendos, como estas estrofas del primer poema:

Te apostrofo en mi aun apócrifa, ay, adversidad:

adverbia mía, antagonista mía, adversidad adversativa.

Adviérteme aulaga asterisca, audaz seda,

acerca de mi afección y afanes,

que, adyacido, te advoco.

Sin ardites, sin argucias,

absorto amén de abstruso y abyecto,

abalorios afuera y ajorcas,

anónimo, andrajoso anhelo

te acucio acezante

alucinaria augusta.

Aquí en tu ardentía me abismo, abdicado de mí te abordo,

me apocopo, te acato, me acabas asaz,

me aglutinas, me artefactas, ah, el acabose.

Parece fácil, ¿verdad? Pues intenta hacerlo tú.

Por páginas así me parece que este, que huele (y muy bien) a Oliverio Girondo, a Guillaume Apollinaire y a Raymond Queneau, es uno de esos libros perfectos para iniciar el verano. Poesía de la buena y recién salida del horno: Palabrota poeta, de Federico J. Silva, publicada en Madrid por Ediciones Vitruvio, 56 páginas para pasárselo estupendamente jugando con la palabra, esto es, jugando con el mundo.

Anuncios




Calmas aparentes y bombas de relojería

23 06 2015

[Si quieres escuchar La Buena Letra de la semana pasada y, amén esta reseña, escuchar cómo Fortunata devora Cincuenta sombras de Grey, solo has de hacer clic aquí]

Las calmas aparentes, de Federico J. Silva, Tenerife, Baile del Sol, 89 páginas.

Las calmas aparentes, de Federico J. Silva, Tenerife, Baile del Sol, 89 páginas.

En La Buena Letra de la semana pasada hablamos sobre un libro que aparecerá esta en tu librería: Las calmas aparentes, un verdadero acontecimiento porque es, nada más y nada menos, la primera novela de uno de nuestros mejores poetas: Federico J. Silva. La presentación oficial tendrá lugar este viernes, 26 de junio, a las 19:30 en el Museo Poeta Domingo Rivero (calle Torres, 10, 1º). Y acompañando al autor tendremos el placer de estar Antonio Becerra y yo mismo.

11219066_380613992130377_291570409847705774_n

A Silva le bastan 89 páginas para construir una novela caleidoscópica, en la que se cruzan personajes, argumentos y temas como en una bomba de relojería que está a punto de estallar. Por un lado, la aventura sexual con visos de convertirse en amorosa (ya sabes: son amigos con derecho a roce o, follamigos, como quiere ahora la RAE) entre una funcionaria de mediana edad y un periodista desencantado, y el triángulo que se establece cuando este último comienza a flirtear con Maica, una joven compañera de redacción. Por otro, la amistad entre la funcionaria y su amiga Asun, casada con un político con quien no tiene una vida sexual demasiado normal. Y, last but not least, la guerra que mantiene con su periódico otro periodista aún más desencantado que el primero, ingobernable e izquierdoso, de nombre Manu, que no piensa callarse ni debajo del agua en su denuncia de los males del sistema. Todos estos argumentos, todas estas historias, todos estos personajes, están sólidamente entrelazados (en ocasiones en una telaraña carnal, mostrada en pasajes de un marcado erotismo) para formar una historia que transcurre en una sociedad corrupta, de doble moral, en la que está a punto de estallar una revuelta. Una sociedad que podría ser la nuestra. Y que quizás lo sea.

Como en sus libros de poesía, Federico J. Silva también resulta aquí transgresor y juguetón en las formas. Para empezar, plantea un homenaje a Cortázar proponiendo al lector dos formas distintas de leer la novela: una lineal, siguiendo las convenciones, y otra según un orden que establece en un tablero de dirección. Pero, aparte de ese guiño, la novela está contada en capítulos muy breves, que son fragmentos de monólogos interiores de los personajes, los cuales vierten los diálogos en estilo indirecto libre, conformando así un texto que se lee, sin embargo, de una manera muy clara pero con toda la complejidad de lo que podríamos denominar una novela potencial (Maica está a su vez escribiendo una novela que, descrita usando la narratología de Genette, coincide estructuralmente con Las calmas aparentes) que será el lector quien acabe construyendo cuando entre a formar parte de estos juegos.

Y esa novela no trata sobre cualquier cosa: trata sobre nosotros, sobre nuestra soledad oculta, nuestra confusión en un mundo en el que la información que nos llega de forma atropellada está, normalmente, llena de falsedad o de verdad a medias, que es la forma más eficiente que puede adoptar la falsedad.

origi_th_p1013429

No me canso de decir que Federico J. Silva es una de las voces poéticas más interesantes surgidas a mediados de los años noventa. Ha firmado libros fascinantes, como Sea de quien la mar no teme airada, El crimen perfecto, Era Pompeia y, el más reciente, Palabrota poeta. Todos ellos libros-juego, libros que se plantean romper con la mediocridad estilística a través de juegos que imponen a su autor reglas muy estrictas. Ahora que se estrena como narrador, creo que vale la pena seguirlo y estoy seguro de que quien se acerque a esta novela de urgencia escrita para entender estos días convulsos, no se va a sentir defraudado. Se encontrará con uno de esos libros que nos gustan a ti y a mí: para leer rápido y pensar despacio.





Qué alivio lo de Bob Dylan

17 10 2016

bob-dylan-es-alias-en-pat-garrett-billy-the-kid

Qué alivio lo del Nobel de Literatura para Bob Dylan, qué fácil será todo ahora. Vale: como casi siempre te han cogido con la guardia baja. Tú estabas desempolvando ese borrador de artículo que escribiste hace ya tiempo sobre tu adorado Murakami (Haruki, al Ryu ese ya no lo lee nadie), preparando algo sobre Phillip Roth, o, a todas malas, intentando enterarte de quién carajo eran Ngugi Wa Thiong’o, Ismael Kadaré o el tal Adonis, por si los de la Academia te hacían lo de otros años y te ponían a escarbar en Wikipedia para escribir una cosa que quedara bien sin que se te notara demasiado que no los conocías ni de nombre antes de estar en la quiniela anual. Esta vez sí que puedes hablar libremente, escribir tu articulico, dar declaraciones al periodista de turno (ese que te tiene en su agenda para llamarte cada vez que se muere alguien de quien no ha preparado obituario), poner comentarios en las redes sociales y hasta parecer democrático, moderno y progresista, porque Dylan es de los que se mojaban cuando había que mojarse, cuando tú aún ibas al cole y ni siquiera sabías que existía, cuando el cura progre de tu parroquia dejaba que los catequistas amenizaran la misa con aquella versión del “Blowing in the Wind”. Quizá esa fue la primera vez que oíste la melodía, que no la letra, de una de sus canciones. ¿Recuerdas? Además, el tipo se puso como apellido artístico el nombre de no sé qué poeta y así la cosa suena más a poesía. Lo cierto es que eres incapaz de recordar más de cinco canciones de Bob Dylan sin acudir a internet y que en tu casa es posible que no haya más de un disco (si hay al menos uno) de los suyos, pero, si haces memoria, conoces la mentada “Blowing in the Wind” (ha salido en muchos documentales, aunque sea un poco mónotona), “Knocking on Heavens Door” (qué chula aquella versión de Guns and Roses), “Mr. Tambourine Man” (había una peli en la que Michelle Pfeiffer la usaba para civilizar a unos jóvenes sociópatas) y, cómo no, “Like a Rolling Stone”, aparte de “Times are Changing”, ideal para finalizar tu comentario o tu artículo de opinión.

De cualquier manera, esta vez también te han hecho una pequeña faena, porque en estas ocasiones no basta con que digas que no te disgusta, hay que haber sentido a-do-ra-ción, tener al individuo como icono, haberlo seguido desde siempre. Y a ti, Dylan, recónocelo, ni fu ni fa y el gangoseo con el que canta pone a prueba tu inglés de academia Stillitron. Ya se lo podían haber dado a Silvio Rodríguez, a Sabina o al Nano, que los tienes más fresquitos y encima cantan en cristiano. Pero, a fin de cuentas, no es lo mismo que cuando se lo dieron a Alice Munro (a quien solo había leído la madre de tu mujer en un club de lectura), a Le Clézio (mencionado una vez por ese amigo solterón que siempre te encuentras en la mesa del fondo de la librería, donde están las rarezas), a Mo Yan (que te sonaba poco) o a Thomas Tranströmer (que no te sonaba nada, porque, total, no pensabas que se lo fueran a dar a un sueco y tú, suecos, un par de novelistas de policíaca y para de contar).

En todo caso, es bonito que puedas decir “Bob Dylan” y todo el mundo sepa de quién hablas. Cuando uno dice “Tranströmer”, o “Svetlana Aleksiévich” en una reunión social, todos lo miran como si hubiera dicho una palabrota, lo acusan con la mirada de ser un pedante insoportable. Y tú tienes que parecer culto, pero no pedante.

Así que ahora puedes decir “Bob Dylan” y añadir que en sus canciones hay también poesía. Y de la buena, de la que llega a todo el mundo (ya sabes que hoy es mejor llegar a todo el mundo que llegar a cada uno, que es el camino que hasta hoy recorría la poesía). Sí, tras el impacto inicial, puedes escribir un artículo valorando positivamente la cosa y caerás muy bien en las redes, no serás uno de esos culturetas carcas que no están en el siglo. Y preguntarte por qué no le van a dar el Nobel de Literatura a un cantautor (aunque hace poco hayas leído que «¿Por qué no “no”, entonces, si el mejor razonamiento que puedes hacer es por qué no?»), obviando el hecho de que hay poetas que también han sido cantautores (Boris Vian, sin ir más lejos) y cantautores que han sido pintores (Luis Eduardo Aute, por ejemplo) y hasta cantautores que han sido actores (el propio Bob Dylan), pero que si un cantautor, por el hecho de serlo, fuera ya poeta entonces no necesitaría guitarra. Alguien podría decirte esto, pero, entonces, sería fácil argüir que la poesía es mucho más que escribir en verso, que la poesía está en todos lados, está en el aire, en el fondo de uno mismo, en un viejo sentado en un parque y en un niño jugando con un barquito de papel. Si alguien insiste, diciéndote que los poetas son precisamente las personas que se dedican a intentar captar toda esa belleza re-creándola en firmes palabras, en obras a las que la palabra le basta por sí sola para evocarla, dispones de varios recursos: hablar de la dilatada trayectoria de Dylan, de su influencia, de la ocasión en que se publicó un libro con sus letras. Si todo esto falla, puedes terminar la polémica diciendo que hay que abrir la mente, acostumbrarse a los nuevos tiempos, democratizar la cultura (siempre es más fácil democratizar la cultura que democratizar la sociedad), abandonar los prejuicios (obviando el hecho de que los prejuicios nos sirven para establecer categorías entre lo que percibimos, permitiéndonos diferenciar, por ejemplo, entre un pene y una silla, lo cual nos permite andar con menos cuidado a la hora de elegir dónde sentarnos). Y, por supuesto, acabar diciendo que los tiempos están cambiando. Que nadie te quite tu final de artículo.

Eso sí: vas a guardar el borrador sobre Murakami (Haruki). Todavía es posible que, en una de estas, le den un Grammy.

P.S.: Lo que yo he nombrado como “Times are Changing” en realidad se titula “The Times They are A-Changin'”. Gran error que espero no haya causado grandes males a la humanidad ni haya herido la sensibilidad de ningún fan de Dylan y que intento subsanar en esta nota.





Un brindis por Josep Forment

9 07 2015

t9Jdkfr2

Nos tratamos poco tiempo (apenas un año y medio), pero me influyó mucho. Como los grandes personajes del teatro, apareció en mi vida después de anunciarse a través de la admiración que provocaba en los demás (Gori, Ilya, Roger, Claudia, Angels), y cuando lo hizo superó con creces las expectativas que los comentarios sobre él habían despertado.

En persona, al principio, me pareció una especie de Woody Allen catalán. No por su físico ni por su forma de vestir, sino por su inteligencia. Y no el Allen de los escándalos y las frivolidades, sino el que yo adoraba en los años noventa, el de los aforismos mordaces y la mirada a la cultura desde los márgenes del discurso. Culto, irónico, sutil, pero capaz de vestirse de inocencia para mirar con curiosidad a las personas más allá de los prejuicios (eso que solo hacen los sabios), se convirtió para mí en un referente. Recuerdo agradables charlas en torno a la mesa de Gori Dolz; largas conversaciones telefónicas que tenían como excusa los textos sobre los que trabajábamos pero acababan derivando en debates sobre las contradicciones entre el mundo editorial y el mundo de la literatura (tú ya sabes que no son el mismo; nosotros lo sabíamos también y eso nos preocupaba); un Sant Jordi en el que él estaba abrumado por el éxito de su edición de los textos de Pepe Rubianes, pero aun así se aseguró de que no me perdiera nada de la magia de ese día y en el que le mostré, con orgullo de canario, un libro de poemas de Federico J. Silva, cuyos juegos supo entender. Recuerdo también mi primera Semana Negra de Gijón (la del año 2013), que vivimos juntos, y los no menos largos debates sobre ese mismo tema, su idea de poner las cosas claras acerca de esa escisión entre precio y valor de la obra, mi empeño en que escribiera un ensayo sobre ello. Y después recuerdo también sus traducciones de Rimbaud (tradujo toda la obra de Arthur Rimbaud, en formatos muy originales) y sus libros sobre él, que los lectores inteligentes buscarán y que yo no tuve tiempo de decirle que me parecían un antes y un después en el conocimiento en castellano de este poeta que, según él señaló, era también un filósofo. La última vez que hablamos fue, si no recuerdo mal, el sábado 5 de julio de 2014. Esa conversación fue crucial para mí: discutimos cosas que ni a él ni a mí nos gustaban del libro que yo estaba terminando; también cosas que a ambos nos parecían filones a explotar. Por último, le pregunté si iría ese año a la Semana Negra, si repetiríamos nuestros paseos y nuestras charletas. Me dijo que ese año no acudiría, que ya habría otras ocasiones, que volveríamos a vernos, que volveríamos a hablar. Eso jamás ocurrió. El día 9 de julio, cuando yo hacía las maletas para ir a Asturias, Roger Clanchet me llamó para darme la noticia increíble de que había fallecido repentinamente.

libro_1327579995

Pocas personas a las que haya tratado tan poco tiempo han dejado tanta huella en mí. Así que comprendo perfectamente la huella que Josep Forment (autor, editor, pensador) ha dejado en quienes le trataron más estrechamente y durante mucho más tiempo. Y mi dolor chico de amigo es incapaz de hacerse una idea de la amplitud del dolor grande que dejó en su familia.

Hoy, a la siete y media de la tarde, hora peninsular, algunas de esas personas se reunirán en la librería Negra y Criminal de Barcelona (ese foco de activismo cultural que Montse Clavé y Paco Camarasa mantienen encendido en Barceloneta) para recordarle y brindar por él. Por lo que fue. Y por lo que es, eso que sigue vivo en sus libros (los que escribió y los que editó, haciéndolos posible y, sin duda, haciéndolos mejor de lo que podrían haber sido) y, sobre todo, eso que sigue vivo en la memoria de quienes le conocimos y le quisimos, que viene a ser lo mismo, porque no se me ocurre que alguien pueda haberle conocido sin quererle.

Desde este cachito de África, este autor calvo también brinda por ti, Josep Forment, con infinito agradecimiento por haberte conocido, aunque fuera por tan poco tiempo.








A %d blogueros les gusta esto: