Filológicamente demostrado: Don de lenguas, de Ribas y Hofmann

22 06 2013

Rosa Ribas y Sabine Hofmann firman esta delicia que te traigo hoy: Don de lenguas, editada hace un par de meses por Siruela, y que está dando mucho que hablar.

Don de lenguas, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann, Madrid, Siruela, 408 páginas

Don de lenguas, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann, Madrid, Siruela, 408 páginas

Como Tu nombre envenena mis sueños, de Joaquín Leguina, o Beltenebros, de Muñoz Molina, Don de lenguas transcurre en la posguerra, a principios de los cincuenta y comienza según mandan los cánones: aparece muerta Mariona Sobrerroca, una viuda de la alta sociedad barcelonesa. El caso hay que resolverlo rápidamente, porque está a punto de celebrarse en Barcelona el Congreso Eucarístico y hay que dar una imagen impoluta de cara al extranjero. El encargado de la investigación será el inspector Isidro Castro, de la Brigada de Investigación Criminal, perro viejo de la temible policía franquista.

Pero el protagonista no es Isidro Castro. En realidad, las protagonistas serán dos mujeres. Una veinteañera, Ana Martí, periodista hasta entonces confinada en la sección de ecos de sociedad para La Vanguardia e hija de un jefe de redacción depurado, a quien se le dará la oportunidad de cubrir la noticia. Ella encontrará nuevas pistas que la llevarán a consultar a la otra prota de la novela, Beatriz Noguer, una eminente filóloga, también depurada, a la que le pide que analice el contenido de unas cartas.

Creo que estas dos mujeres brillantes y luchadoras en medio de una sociedad mediocre que castiga la lucha, la brillantez y lo femenino, verán en este asunto algo así como una vía de escape a la gris opacidad a la que les ha condenado esa sociedad. O acaso, un medio para intentar hacer algo de justicia, aunque sea poética, en un mundo injusto.

Sean cuales fueren los motivos, son muy interesantes en esta novela los métodos, porque es a partir de la intervención de Beatriz cuando la lingüística (la hermenéutica, diría yo) comienza a cobrar una gran importancia en la resolución de los enigmas. El amor por la palabra, el respeto por el lenguaje, recorre todo el libro sin que en ningún momento resulte forzado, con esa naturalidad con la que los marineros hablan del mar, en esta novela negra se habla mucho de literatura, de lenguaje, de variantes léxicas y de idiolecto, hasta el punto de que algún personaje llega a justificar uno de sus descubrimientos diciendo que ha sido filológicamente demostrado.

Hay dos tipos de intrigas criminales: las que te dan una sorpresa al final y las que te dan sorpresas casi a cada página. Don de lenguas, por suerte, es de esta última clase, así que no puedo contar mucho más sobre el argumento. Pero, fíate de mi palabra: Rosa Ribas y Sabine Hofmann han perpetrado, en mi opinión, una estupenda novela filológico–policiaca. Nos dan lo que espera cualquier buen lector de novela negra: una buena trama policial, personajes aparentemente arquetípicos pero en realidad novedosos, un argumento que se va enredando sobre sí mismo y funciona como una máquina perfectamente engrasada, imitando verosímilmente los azares de la vida y, sobre todo, buena, excelente literatura.

Así, Ribas y Hofmann nos llevan de la mano hasta esa Barcelona (esa España) de los cincuenta, la España del estraperlo y la leche en polvo, de las hieleras y las esquelas, del jabón el Lagarto y los concursos radiofónicos, que es también la España de las rencillas, los gobernadores civiles y la inmisericordia con los perdedores; la España del machismo y la homofobia, la de los represaliados y la de los falangistas de primera y segunda hora que hacen maridaje con los privilegiados de toda la vida. Y pueblan el recorrido con personajes de toda calaña, donde hay criadas, porteras, serenos, abogados y periodistas afectos al Régimen o no, policías de los malos y de los no tan malos (en esa época no hay ninguno bueno), estafadores y ladrones con encanto, como el Boira o Pepe el Araña, tipo, este último, de quien me declaro fan absoluto.

Rosa Ribas es una vieja conocida nuestra. Catalana de nacimiento, alemana de adopción, vive en Frankfurt del Meno y es muy conocida por sus novelas de la comisaria Cornelia Weber–Tejedor (Entre dos aguas, Con anuncio, En caída libre), aunque ha firmado otras cosas estupendas, como La detective miope o Miss Fifty.

Sabine Hofmann es alemana y está especializada en filología Románica y Germánica. Ahora vive en el sur de Alemania, pero trabó amistad con Rosa cuando ambas impartían clases en la Universidad de Frankfurt.

Parece ser que escribieron la novela con un método muy peculiar: cada una de ellas tomaba la perspectiva de uno de los personajes y escribía el capítulo en su lengua materna. Luego la otra leía el capítulo y lo traducía a su propio idioma, retocándolo inevitablemente. Por tanto, al finalizar el trabajo, tenían en las manos dos originales: uno en alemán y otro en castellano.

Lo hermoso es que han conseguido una sola voz, rica en matices y giros. Y el resultado es una novela llena de intriga, de Historia y de verosimilitud, de reflexión sobre la lengua y la literatura y de personajes de los que uno se enamora irremediablemente.  Reunir todas estas cosas en un solo libro, trabajando, además, a cuatro manos es muy difícil y, de hecho, muchos han fracasado al intentarlo. Pero estas mujeres no: ellas han conseguido una novela estupenda, que puede leerse por mera fruición (porque es muy divertida) o de forma más reflexiva, pues, como todo buen libro, presenta diferentes niveles de interpretación que, creo, la hacen merecedora de relectura.

Así pues, para esta semana, Don de lenguas, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann, editada en Madrid por Siruela, 408 páginas de buena novela negra y, en todo caso, estupenda literatura. Y eso es un hecho filológicamente demostrado.

[Si te apetece escuchar el podcast y averiguar, de paso, por qué Fortunata, nuestra cabra galdosiana, devoró esta semana Los hombres son de Marte, las mujeres, de Venus, solo tienes que hacer clic aquí. Ya sabes que, además de La Buena Letra, tienes La Butaca, con Francisco Melo Junior y todo ello en SER Las Palmas de Gran Canaria, a las órdenes de Eva Marrero]





Nnegra de Arona 2015

11 05 2015

El miércoles, día 13, a las 18:00, en el Centro Cultural Los Cristianos comienzan las Jornadas Nnegra de Arona. No son las más multitudinarias ni las que ocupan mayor espacio en la prensa. Ni siquiera son las que reúnen a mayor número de autores. Pero desde hace ocho años llevan reuniendo en Los Cristianos a lo mejorcito de la novela negra en español y por ella han pasado autores como Andreu Martín, Juan Madrid, Lorenzo Silva, Raúl Argemí, Antonio Lozano, Luis Gutiérrez Maluenda o Eugenio Fuentes, junto a otros más jóvenes como José Luis Correa, Yanet Acosta, Susana Hernández o Javier Hernández (cito de memoria y solo por dar una muestra, por lo cual es muy posible que se me olvide alguno). El encuentro suele desarrollarse a lo largo de tres jornadas vespertinas, combinadas con un taller de mayor duración que se celebra en los institutos del municipio y que culmina en la jornada matutina del viernes, consistente en un encuentro entre uno de los autores invitados y los talleristas.

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El programa de este año es algo apretado, pero completo. El miércoles, a las 18:00, tras la inauguración, me toca a mí dar el pistoletazo de salida con una conferencia titulada «El historial del sospechoso», que pretende ser un rápido recorrido histórico-analítico por el género, antes de la proyección de El último refugio, un peliculón absoluto de Raoul Walsh.

Al día siguiente, siempre a partir de las 18:00, haré una lectura presentación de Las flores no sangran, como telonero de uno de los platos fuertes de esta edición: la presentación de Subsuelo, de Marcelo Luján.

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Luján no solo ha escrito novelas excelentes (La mala esperaMoravia), sino que además es un gusto oírlo hablar. Y esta vez lo hará con Eduardo García Rojas, uno de esos tipos de los que uno aprende algo en cuanto abre la boca.

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El viernes 15, por la mañana, tendrá lugar el acto Descuartizando a Rosa Ribas. Será en el Auditorio de La Camella y los descuartizadores serán los integrantes del alumnado de los institutos de Arona que han participado en el taller literario en torno a La detective miope.

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Y por la tarde, nuevamente en el Centro Cultural de los cristianos, antes de una mesa redonda acerca de la actualidad del género, habrá un encuentro entre Rosa (ese encanto de mujer, esa cabecita tan bien amueblada) y el público adulto, también moderado por Eduardo García Rojas, en el que se hablará de la obra de Ribas, desde El pintor de Flandes Miss Fifty, pasando por las historias protagonizadas por Cornelia Weber Tejedor y las recientes novelas escritas a cuatro manos con Sabine Hofmann, Don de lenguas y El gran frío.

El gran frío - Rosa Ribas - Sabine Hofmann

Así que ya ves, las jornadas Nnegra de Arona 2015 vienen cargaditas y con autores que pisan por primera vez Canarias. Una oportunidad única de conocerlos y acercarte a su obra de primera mano. Si vives en Tenerife y te interesan las últimas tendencias de la novela negra, yo, en tu lugar, no me lo perdería. Pero tú verás lo que haces. Luego no vengas a quejarte.

[Coincidencias de la vida: el sábado, Marcelo, Rosa y yo nos vamos juntos desde Arona directamente para Valencia Negra, donde Luján y yo nos enfrentamos a cara de perro con Empar Fernández, Eugenio Fuentes y Javier Valenzuela por un premio. Como se puede votar por Internet, yo ya he votado. Por la novela de Marcelo, por supuesto].





Libros para un verano

26 07 2014

[Si te perdiste la sección y quieres escuchar el podcast, solo has de hacer clic aquí]

A petición popular, para el último espacio de La Buena Letra de esta temporada, traigo unas cuantas recomendaciones que den para todo el verano. Algunos son libros que hallarás en las mesas de novedades; otros salen con editoriales independientes y habrás de pedirlos en tu librería de confianza, pero te valdrá la pena la espera. Todos son recientes, todos son rica fruta del país y te prometo que no hay entre ellos ninguna comercialada.

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Foto: Verónica Iglesias

Pero primero vamos con el título del que queríamos hablar la semana pasada y que la rabiosa actualidad me impidió reseñar:

 Yonqui - Paco Gómez Escribano

 Yonqui, de Paco Gómez Escribano, Erein, 299 páginas.

En Canillejas, en 1978, el Botas no tiene muchas salidas: a su padre se le reventó el hígado en el bar del barrio; su hermano mayor murió de hepatitis; su hermana huyó de casa y su madre es alcohólica. Así las cosas, no es raro que el pibe ande todo el día metiéndose por las napias o la vena lo primero que encuentra, robando coches para atracar gasolineras o sacando la navaja a la primera de cambio. Con rapidez, con eficiencia, limitando su léxico al argot del personaje, Paco Gómez Escribano pinta un retrato acre y brutal de los barrios periféricos de Madrid durante la transición. Al Botas lo vamos a acompañar en su periplo por el infierno, desde su adolescencia hasta los veintipocos. Estaremos con él en sus palos y trapicheos, pero también en sus diferentes intentos por rehabilitarse y llevar una vida mejor. Y en su encuentro con Lola, otra chiquilla que no se resigna a ser una excluida. Yonqui es una novela sobre navajeros. También una Bildungsroman. Una historia de miseria y violencia con un vocabulario limitado al de su protagonista, lo cual la hermana con La naranja mecánica. Por último, es también el retrato de una época y, como ganancia secundaria para los nostálgicos, un repaso a la historia del rock español, pues el encuentro del Botas con la música supondrá una epifanía y en sus ensayos y tocadas se irá encontrando con Burning, Gabinete Caligari, Parálisis Pemanente o Antonio Vega. Por supuesto, los amantes de la acción y de las persecuciones no se van a sentir defraudados. Pero eso puede tenerlo cualquier novela. Tan buena literatura, hecha con palabras de la calle, no. Así pues, para empezar las vacaciones, sexo, drogas y rockanrrol con Yonqui, de Paco Gómez Escribano, publicada en Donosti por Erein, 299 páginas de alto voltaje.

 El gran frío - Rosa Ribas - Sabine Hofmann

 El gran frío, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann, Siruela, 312 páginas.

Una novela esperada: la segunda aventura de la periodista Ana Martí, protagonista de la estupenda Don de lenguas, que fue de lo mejor del 2013. Como la anterior es novela negra y como la anterior está ambientada en España en los años cincuenta. Pero esta vez la historia ya no transcurre en Barcelona, sino que a Ana la envían a un pueblito de Aragón para cubrir una noticia sensacionalista: la supuesta aparición de los estigmas de la Pasión en el cuerpo de una niña. Y allí va a descubrir un secreto que tiene que ver con un viejo crimen olvidado. Una historia negra en la España más profunda y oscura. Ribas y Hofmann crean personajes casi de carne y hueso, los introducen en una estructura firme que luego exponen con una prosa limpia y eficaz. Pero no solo eso, sino que sus retratos de época están perfectamente ambientados, con una ambientación que no nos da la lata intentando mostrar lo mucho que se han documentado (defecto frecuente en este tipo de novelas), con una mirada lúcida y sincera a la época y la sociedad que describen. Para amantes de la novela negra, de las novelas que hacen retrato de aquella sociedad y, en general, para pasárselo pipa durante tres o cuatro días, porque no te durará más.

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Edad de oro, de Fernando Fernández Rodríguez, Uno Editorial, 448 páginas.

Otra sobre historia contemporánea, pero esta vez una ópera prima y en una editorial pequeña. Fernández Rodríguez se estrena con una novela que trata un filón que solo en los últimos años hemos comenzando a explorar en nuestra narrativa: el de las Vanguardias Históricas en Canarias y el impacto del 18 de julio en las vidas de aquellos artistas. Edad de oro es un viaje desde la actualidad hasta la II República y la posguerra, siguiendo a quienes sirvieron de modelos a Néstor de la Torre para su Poema de la Tierra. Una digna primera novela y una buena oportunidad para acercarse a dos fenómenos sorprendentes: la Escuela Luján Pérez y la facción surrealista de Tenerife.

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Cioran, Manual de Antiayuda, de Alberto Domínguez, Alrevés Editorial, 265 páginas.

Con lúcida mala baba, el joven filósofo catalán Alberto Domínguez ha escrito un suculento ensayo sobre la obra de E. M. Cioran, planteado como una crítica frontal y devastadora a esos libros de autoayuda que suele devorar Fortunata. Una verdadera agresión al buenismo correctista new age y lobotomizado. Para entendernos: es el libro que regalarías a todos esos amigos y amigas que te envían postales con puestas de sol, bebés o cachorritos y mensajes positivistas rotulados con fuentes cursivas y problemas de sintaxis. Y también una amena manera de recordar a Cioran, ese francotirador del pensamiento. Una ganancia secundaria: que sientas ganas de leer o releer Breviario de podredumbre, La tentación de existir o En las cimas de la desesperación. Para lectores de Cioran, por supuesto, pero también para los que están hartos de que los traten como a tontos.

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Aquellos años del boom, de Xavi Ayén, publicado por RBA, 876 páginas.

Se está convirtiendo, quizá, en un fenómeno editorial. Y no es para menos: este extenso volumen cuenta la génesis y desarrollo del boom latinoamericano, huyendo de la hagiografía y del peloteo, y buceando en las vidas y obras de los autores que lo conformaron. Ayén, redactor de Cultura de La Vanguardia, examina, además, los rumores y leyendas sobre sus biografías, buscando la verdad que hay tras ellas. Por eso desvela alguna mentirijilla promocional, algún embuste del marketing. Y, por supuesto, no se olvida de analizar muy bien la figura de la todopoderosa Carmen Balcells, que fue al boom lo que George Martin a los Beatles: aquella que tomó aquellos diamantes en bruto y los engarzó en un collar fastuoso. Para amantes de la literatura hispanoamericana y, sobre todo, para quien quiera contextualizar más allá de querellas y estrategias de márketing, la génesis de algunas de las más grandes obras del Siglo XX.

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Me llamo Suleimán, de Antonio Lozano, Anaya, 197 páginas.

No nos olvidamos de los jóvenes. Para ellos ha aparecido hace poco historia social, dura e interesante, firmada por el compañero y sin embargo amigo Antonio Lozano. Cuenta en primera persona la historia de un joven inmigrante ilegal maliense, su largo viaje desde su pueblo natal hasta Gran Canaria, un periplo en el que hay mafias, necesidades y peligros, traiciones y lealtades, cayucos y centros de internamiento. Una novela muy recomendable no solo porque está estupendamente escrita (de Antonio Lozano siempre nos llegan cosas buenas), sino porque nos acerca a una realidad que tenemos justo delante y que algunos no sabemos ver con claridad.

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Principito debe morir, de Carmen Moreno, Lapsus Calami, 178 páginas.

Y me dejo para el final una esta absoluta sorpresa: una novela de ciencia ficción planteada como una exégesis del clásico de Saint Exúpery. A partir de lo que podría ser una precuela de El Principito, Moreno hace una cosa divertida, ácida, conmovedora y curiosamente coherente, plagada de guiños a la cultura pop y de sátira sociopolítica. Este es para forofos de El principito, para amantes del buen Sci Fi y, en general, para los buscadores de prodigios imaginativos (digamos que si las últimas novelas que has leído te parecen más de lo mismo, deberías dar una oportunidad a este libro fresco y lleno de sorpresas: es muy posible que te reconcilie con la ficción).

Foto: Verónica Iglesias

Foto: Verónica Iglesias

Aquí acaba la lista. Por supuesto, me han caído en las manos otros muchos libros interesantes en lo últimos tiempos (me dejo atrás, por ejemplo, Sylvia, de Howard Fast, publicado por Navona y del cual te prometo reseña), pero no todo cabe en una sección ni en una entrada (esta, de hecho, ya se ha hecho larga hace un par de pantallas). En cualquier caso, aunque no tengamos La Buena Letra en el aire hasta septiembre, Fortunata y yo seguiremos hurgando en las estanterías y trayéndote títulos a Ceremonias, para que los leas a solas o, mucho mejor, los compartas con los tuyos, porque ya sabes: la familia que lee unida…





Cronopios como estos y una guagua ardiendo

14 07 2014
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Con Shuba, que es de los míos. Foto: Marta Menéndez

Es muy difícil contar cómo es un viaje en montaña rusa cuando acabas de bajarte de la atracción. Pero, como prometí, intentaré dar algunas pinceladas que ayuden a entender lo afortunado y agradecido que me siento al volver a casa tras la Semana Negra de Gijón, con Dashiell Hammett bajo el brazo, además. Y sí, eso lo sabrás, me ha ocurrido algo realmente fantástico: La estrategia del pequinés obtuvo el Premio Dashiell Hammett.

A Gijón íbamos con unas cuantas alegrías apuntadas de antemano: la entrega del 33,33% del Premio Novelpol (los otros dos tercios iban para Rosa Ribas y Sabine Hoffman por su exquisita Don de lenguas), el hecho de que nada menos que el gran Paco Camarasa fuera a presentar La última tumba, el encuentro con Fernando López, a quien yo acompañaría en su presentación de Odisea del cangrejo.

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Con el gran Camarasa. Foto: Leer sin prisa

Pero el miércoles pasado, cuando salía hacia Gando, recibí el mazazo del fallecimiento de Josep Forment, uno de los que apostaron por La estrategia del pequinés y por su pobre autor cuando ni uno ni otro apenas existían. Ha sido agridulce pisar los mismos sitios por los que pisé con él hace un año hablando de libros y literatura, de edición y del futuro de la palabra en el mundo ancho y ajeno. Pero he tenido la suerte de encontrarme con buenos amigos que también le conocieron y celebrar su paso por nuestras vidas.

No puedo pormenorizar y se me escaparán muchos, pero cito de memoria algunos momentos realmente mágicos de este año:

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Foto: Leer sin prisa

Las Casas Ahorcadas paseando su alegría conquense por Gijón, con Sergio Vera a la cabeza; el equipo Arretxe-Abasolo proveyendo buen vino; Leersinprisa y Juan Carlos Galindo mostrando sus cuadernos impolutos; José Ramón Gómez Cabezas entregando el novelpol a la una de la madrugada; los gratísimos momentos con Rosa Ribas y con sus padres, que me han hecho entender de dónde le viene esa magia que tiene a su alrededor; Javier Manzano desplegando su generosidad atenta en cada mesa; Martin, Daniel y Laura poniendo ojos a aquello que los demás no sabemos ver; las peleas con Rubén por llegar antes a pagar; Carmen Moreno, sobreviviente de la asfixia, dedicándome sus libros; el descubrimiento de Gabriela Cabezón Cámara, de Mercedes Rosende, de Horacio Convertini, de Charly, de Martin Roberts, de Lilit, de Milo; la maratoniana sesión de tango con la barra argentina (Carlos Salem, Marcelo Luján, Gabriela Cabezón Cámara, Horacio Convertini, José Muñoz, Fernando López, Iñaki y no sé cuántos cronopios más), con quienes cantamos todos los tangos menos dos, que no se han escrito; los comentarios sobre las peripecias del Botas con Paco Gómez Escribano; la aparición estelar y fulgurante de Félix G. Modroño, con su reciente Ateneo de Sevilla; los ratitos con Kari y Nacho Cabana, tras sus pantagruélicos festines asturianos; las charletas con Galindo sobre ese mago oscuro llamado Jim Thompson; las mujeres mineras, que no dan un paso atrás ni para coger impulso; los cigarros putilla y la sonrisa santa del gran Víctor del Árbol; un momento en que unos saxos tocaron el Himno de Riego para Juan Madrid; un cómic sobre el asesino de Green River obsequiado por Cruce de Cables; Thalía Rodríguez siendo llamada chiquitina por todos esos amigos que lo quieren a uno, comenzando por Laura Muñoz; Tony, Iñaki y yo, viendo aterrorizados cómo una gaviota atracaba a un señor que comía churros; el cariño y el buen hacer de la organización del festival, desde el primero al último: Pablo, Marta, Lorena, José Luis, Ángel, Javier, Luis; todas las cosas lindas que cronopios como estos puedan llegar a darle a uno y más. Y una guagua ardiendo.

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Con Rosa Ribas, recibiendo el 33,33 por ciento del Novelpol. Foto: Martin Roberts

Y ahora uno vuelve a casa y se encuentra con todo ese cariño (y con el que le esperaba aquí) que no sabe ya cómo va a ser capaz de agradecer, sino prometiendo que intentará hacerlo mejor la próxima vez.

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Ahora toca volver a la realidad, pero habrá una pequeña celebración de este premio, aprovechando un acto que estaba previsto desde bastante antes: el próximo viernes 18 de julio, en la Librería Nogal, a las 19:00, haremos una pequeña lectura íntima de algunos fragmentos de La estrategia del pequinés. Llevaba el título de El ladrido del pequinés cuando la anunciamos hace ya un mes. Sigue llevando el mismo, aunque hay que incluir un subtítulo: el perro chico sigue ladrando.





Gijón, una hora antes

7 07 2014

Desde el pasado viernes hasta el próximo domingo se está celebrando ya la Semana Negra de Gijón 2014, la única semana que dura nueve días.  Tú ya sabes lo que es la Semana Negra: una fiesta de la palabra, un continuo ir y venir, correr de un acto a otro porque no llegas a la charla, la presentación, la mesa redonda o la actuación musical que no quieres perderte, un encontrarse y reencontrarse con escritores, lectores, críticos, periodistas, editores y demás gente de mal vivir que celebran, una vez al año ese encuentro calidoscópico que se realiza puntualmente cada verano gracias a unos anfitriones de lujo.

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Y este año, como el anterior, hay presencia canaria. No solo está por allá el poeta y cantautor Diego Ojeda, sino que hoy y mañana presentan libros dos tipos peligrosos que, si andas cerca, no deberías perderte. Esta misma tarde, a las 18:30,  José Luis Correa presenta El verano que murió Chavela.

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Y ya está preparado: míralo en la foto, ante la carpa, bebiéndose el último Drambuie que dejó el año pasado en la botella  en el bar del Hotel Don Manuel.

Y mañana, a las 20:15, Javier Hernández Velázquez hace lo propio con Un camino a través del infierno, la novela en la que Matt Fernández viene a tocar los humildes a Gran Canaria.

Además, por si no fuera bastante con la proverbial peligrosidad de estos dos sospechosos habituales, se hacen presentar por dos fuera de serie del asunto negrocriminal: Carlos Salem y Paco Gómez Escribano, respectivamente, harán de padrinos en sentido estricto.

Yo, por desgracia, no voy a coincidir con ellos, porque llego más tarde. Me toca estar el jueves y el viernes, para vivir unos cuantos momentos felices. El jueves, la entrega del Premio Novelpol, del que me toca un 33,33 por ciento, ya que las novelas premiadas este año por esos locos maravillosos son la estupenda Don de lenguas, de Rosa Ribas y Sabine Hoffman y La estrategia del pequinés. Y, esa misma tarde, se presentará allá La última tumba. Pero lo mejor es que la presentación correrá a cargo del cappo di capi en Barcelona, hombre de respeto y ron añejo: nada menos que don Paco Camarasa.

Y el viernes por la tarde me junto con otro de los buenos, el argentino Fernando López, a quien acompañaré para presentar su reciente y fantástica Odisea del cangrejo, un novela tensa, densa y devorable, de esas que te hacen creer en que el oficio no se agota.

Aparte de eso, La estrategia del pequinés anda (y muy bien acompañada) entre los finalistas al Dashiell Hammett, y uno debería andar  por allí tenso como escolar en reválida. Pero, al fin y al cabo, es una historia sobre perdedores, así que a lo que me voy a dedicar es a pasármelo pipa, porque no solo voy a ver al cariñoso equipo de Gijón, sino que, me consta, ya están allí o acercándose los cronopios de Novelpol, y, además de la canaria, las embajadas leonesa, madrileña, catalana, conquense, vasca, mexicana, argentina, venezolana. Sí: Gijón y todo lo que lleva dentro espera allá, más al norte, y yo ando loco preparando las maletas con cuidado de que quede sitio para todos los libros que me traeré a la vuelta. Por el espacio para atesorar los ratos buenos no temo: en un corazón canario cabe mucha gente.





La última Buena Letra del año en que murió Lou Reed

27 12 2013

Fortunata y yo pensábamos hacer hoy el habitual repaso al año literario, recordando aquellos libros que nos gustaron y de los que hablamos en La Buena Letra, esa sección algo golfa en la que hablamos de libros cada viernes en el Hoy por Hoy de Cadena Ser Las Palmas de Gran Canaria, a las órdenes de Eva Marrero o Verónica Iglesias y flanqueados por Francisco Melo Junior, que hace lo propio con el cine desde La Butaca. Además, íbamos a instituir los Premios Fortunata. Pero por los lazos del demonio, a nuestro Presidente le ha dado por fijar para la misma hora y día su primera comparecencia sin límite de preguntas del año (sí, es 27 de diciembre, casi 28).

La Butaca y La Buena Letra en plena desrecomendación de un libro (por llamarlo de alguna manera) de Isabel Allende. Foto: Eva Marrero.

La Butaca y La Buena Letra en plena desrecomendación de un libro (por llamarlo de alguna manera) de Isabel Allende. Foto: Eva Marrero.

Así pues, mientras Rajoy presume del tamaño de sus ‘reformas’ y llama “ese asunto” a la cuestión del aborto, mi baifita y yo vamos a hacer este repaso igualmente. Los Premios Fortunata habrán de esperar al próximo año, porque eso de destruir libros sobrevalorados en silencio, en casa y sin Junior no tiene la misma gracia.

Haciendo balance, veo, en primer lugar, que el número de libros publicados en España que hemos comentado es muy superior al de los extranjeros. ¿Y sabes qué? Que me parece estupendo. Este ha sido para mí el año de descubrir a muchos buenos autores o reencontrarme con otros que se habían hecho desear. En La Buena Letra, este año, comentamos estupendas novelas españolas, sobre todo de género negro, a saber: La mala espera (Marcelo Luján), Don de lenguas (Rosa Ribas y Sabine Hofmann), El Chef ha muerto (Yanet Acosta), 612 euros (Jon Arretxe), y alguna más que no es exactamente negra, pero coquetea con el género, como La tristeza del samurái (Víctor del Árbol). Se nos quedaron atrás cosas estupendas, como Un buen invierno para Garrapata (Leo Coyote), Cien años de perdón (Claudio Cerdán) o La última batalla (José Javier Abasolo). Qué se le va a hacer. No siempre hay tiempo de hablar de todo lo que a uno le gusta. Como tampoco lo hubo para hablar de un estupendo ensayo sobre la novela negra, Literatura del dolor, poética de la verdad, de Eugenio Fuentes, que este año, tras mucho hacerse esperar, hizo doblete con este ensayo y una fantástica novela sobre la Guerra Civil, Si mañana muero, publicada por Tusquets. Ni lo hubo para comentar los nuevos lanzamientos de Javier Hernández Velázquez (Un camino a través del infierno), José Luis Correa (Blue Christmas), Juan Ramón Tramunt (La piel de la lefaa) o Mariano Gambín (La casa Lercaro).

La pluma del arcángel, de Carlos Álvarez. Hora Antes Editorial, 220 páginas

La pluma del arcángel, de Carlos Álvarez. Hora Antes Editorial, 220 páginas

No todo fue semen y sangre, por supuesto. Este año hablamos de La pluma del Arcángel, estupenda novela histórica de Carlos Álvarez que reapareció este año, El despertar, la divertidísima novela de zombis de Elio Quiroga y Brevísima relación de la destrucción de June Evon, el western poético de la gran Tina Suárez. Me corrijo: estas tres novelas también están llenas de semen y de sangre.

El despertar, de Elio Quiroga-Rodríguez, Barcelona, Timun Mas, 253 páginas.

El despertar, de Elio Quiroga-Rodríguez, Barcelona, Timun Mas, 253 páginas.

Como en La Buena Letra no estamos obligados a la actualidad y recomendamos lo que nos place a Fortunata y a mí, también aprovechamos para hablar de algunos libros que tienen unos añitos pero son imprescindibles: Dersu Uzala (Vladímir Arséniev), El camino del tabaco (Erskine Caldwell), El ruido y la furia (William Faulkner), Matadero Cinco (Kurt Vonegutt), o El llano en llamas (Juan Rulfo), libro que en 2013 cumplió, nada menos, sesenta añitos.

Este fue también año de rescates. Alfaguara recordó a John Berger con las reediciones de Hacia la boda, y Fama y soledad de Picasso, y rescató también Intruso en el polvo, de Faulkner. Nórdica hizo lo propio con Elling, de Ingvar Ambjorsen.

Cuentos prohibidos. Para leer en la intimidad, de D. H. Lawrence, Barcelona, Navona, 171 páginas

Cuentos prohibidos. Para leer en la intimidad, de D. H. Lawrence, Barcelona, Navona, 171 páginas

Y para rescatadores, los de Navona, esa gente con buen ojo, que este año iniciaron su colección de novela negra en la que han aparecido textos muy olvidados e interesantes, como La promesa (Frederich Dürrenmatt), Drama en la cacería (Antón Chejov) o El viento y la sangre (M. A. West). Y no se quedan ahí, porque nos han traído cosas exquisitas, entre las cuales están Malentendido en Moscú (Beauvoir), Los caminos que no llevan a Roma (Brassens), las Novelas bálticas (Keyserling) o Cuentos prohibidos para leer en la intimidad (Lawrence).

Como ves, un año completito (y hablo solo de lo que he podido leer yo y de lo que me ha gustado). Sin embargo, no todo es bueno. Este año nos dejaron grandes escritores: José Luis Sampedro, Álvaro Mutis, Tom Sharpe y el estudioso de la literatura canaria El Hadji Amadou Ndoye. Especialmente para la poesía fue un año nefasto, en el que fallecieron mi estimado Luis Natera, Juan Luis Panero, Rubén Bonifaz Nuño (sí, ese autor mexicano a quien citaba tanto Monterroso), Seamus Heany (Premio Nobel de Literatura 1995), Antidio Cabal y Olegario Marrero. No siempre me enteré a tiempo de recordarlos cumplidamente en el espacio radiofónico, y puede que muchos de ellos ni te suenen, pero nunca es tarde para buscar sus libros y hacer que revivan en las páginas que nos dejaron.

Más o menos así fue este año en La Buena Letra. Acaba ya, y es tiempo de arrepentirse de las cosas que dejamos por hacer. Yo, por ejemplo, me arrepiento de no haber tenido tiempo para comentar las nuevas obras de los más jóvenes, por ejemplo, Consejera nocturna (Leandro Pinto), El silencio de Sara (Rayco Cruz), Red Zone (Macu Marrero), Caminarán sobre la tierra (Miguel Aguerralde) o Los sueños de la muerte (Paula Lizarza). Ellas y ellos se atreven con géneros oscuros y son un soplo de aire fresco en este ámbito, el literario, que a veces se viste con demasiada solemnidad.

Fortunata, en cambio, se arrepiente de no haber devorado aún la poesía de José María Pemán, algún libro de César Vidal y el libro de Belén Estéban. Me los ha pedido para Reyes. Pero los Reyes, este año, vienen pobrecitos y yo, por otra parte, cada vez ando más republicano.

Me adentro en el final de año sabiendo que habrá libros, buenos y malos, mejores o peores, leves o densos, en papel o en digital. Da igual: libros, al fin, porque uno los necesita como el aire. Si me preguntas el motivo, citaré Malentendido en Moscú, de Simone de Beauvoir, cuyo personaje se dice a sí misma cuál es la ventaja de la literatura:

Las palabras se las lleva una consigo. Las imágenes se marchitan, se deforman, se apagan. Pero ella volvía a encontrar las viejas palabras en su garganta, tal como habían sido escritas. La unían a los siglos antiguos en los que los astros brillaban exactamente como hoy. Y ese renacimiento y esa permanencia le daban una impresión de eternidad.

Me quedo, hasta que llegue 2014, con esa cita de Beauvoir y con el recuerdo de un grande que también nos dejó en el año que acaba. Sí, porque, para mí, 2013, siempre será el año en que murió Lou Reed.

[Con este repaso a los libros de los que hablamos este año, espero haberle dado, de paso, alguna idea a Baltasar (ya sabes que cada vez que alguien no incluye un libro en su carta a los Reyes Magos, muere un cachorrito de labrador). Como seguramente se me han escapado muchos títulos, no estaría mal que aportaras, en los comentarios, tu propuesta de regalo literario, entre los libros que más te hayan gustado en los últimos doce meses. ¿Qué libro regalarías tú este año?]





Howard Fast, un superventas desconocido

30 05 2015

[Si te apetece escuchar el podcast de La Buena Letra, solo has de hacer clic aquí]

Sí, soy un impresentable, porque he tenido este blog (y La Buena Letra) muy abandonados durante algunas semanas. Pero, para compensar, te traigo una novelaza de esas que todo el mundo cree conocer pero muy pocos han leído, y que, encima, aunque escrita a principios de los años cincuenta, me parece de una vigencia absoluta y la firma un autor interesantísimo al que vale la pena acercarse.

La buena letra, VI, 25 Espartaco, de Howard Fast, Edhasa, Barcelona, Edhasa, 499 páginas

La buena letra, VI, 25
Espartaco, de Howard Fast, Edhasa, Barcelona, Edhasa, 499 páginas

Te hablo de Espartaco, la novela que Howard Fast escribió en 1951 y que dio pie a una película histórica en todos los sentidos, porque no solo es ese su género, sino que cuando Kirk Douglas se empeñó en que en la película de Kubrick figuraran en los títulos de crédito los nombres de Howard Fast y del guionista, Dalton Trumbo, estaba rompiendo oficialmente con el macartismo y con la lista negra.

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Ambos (Trumbo y Fast) llevaban años sin poder firmar con su propio nombre nada en Estados Unidos. El primero, de quien hablamos hace unas cuantas semanas, había figurado entre los Diez de Hollywood. El segundo, se había negado a dar los nombres de quienes contribuyeron a auxiliar a los huérfanos republicanos durante la Guerra Civil Española, y por ello lo enviaron a la cárcel y sus libros, principalmente Ciudadano Tom Paine (una novela histórica sobre la vida de Thomas Paine), fueron prohibidos en EEUU por orden de J. Edgar Hoover. Y allí, a la sombra, Fast, un judío norteamericano de ascendencia anglo–ucraniana, comenzó a interesarse por la historia del gladiador tracio que comandó la rebelión de esclavos que marcó el fin de la República romana. Pero, claro, cuando acabó el libro, ninguna editorial quería publicárselo, porque estaba en la lista negra. Así que hizo lo que ningún autor debe hacer: se lo editó él mismo. Y tuvo suerte: se vendieron 40 000 ejemplares en tapa dura y varios millones más en los años que siguieron. La novela fue traducida a 56 lenguas antes de que diez años después Kirk Douglas decidiera adaptarla al cine.

¿Por qué ese éxito de Espartaco? Uno puede decir que porque se trata de una historia épica, que habla sobre la libertad y sobre héroes peplum, lo cual siempre da momentos entretenidos de domingo por la tarde. Pero, cuando uno lee Espartaco se da cuenta de que el éxito se debe, sencillamente, a que Howard Fast es un escritor formidable.

Para empezar, la forma de composición de la novela es exquisita: la historia comienza cuando ya los esclavos han sido vencidos y sus cadáveres se exponen, crucificados, a lo largo de la Vía Apia. Esa vía la recorren varios jóvenes romanos que se dirigen a Padua y que, en un alto en el camino, se encontrarán con Graco, Cicerón y Craso, tres figuras históricas contrapuestas cuyas vidas han dado un vuelco tras la rebelión de Espartaco. A través de sus recuerdos, de aquellos que han visto o les han contado, de cómo se desarrollan las relaciones entre ellos, va a haber no solo un acercamiento hacia esta figura legendaria del esclavo tracio que logró poner en jaque a Roma, sino un viaje hacia la psicología del dominador, del privilegiado, de aquel que vive sin conciencia de maldad en un sistema cosificador e inhumano.

Es, también, una novela sobre los periodos de cambio de paradigma económico y, por tanto, de cambio de modelo social; esos cambios, como se dice en la novela, que no vemos venir porque se producen tan lentamente que son casi imperceptibles. Y es, por supuesto, una novela sobre la libertad y la justicia, sobre cómo un modelo económico que privilegia a una minoría puede sostenerla sobre la cosificación y la explotación de muchos otros, al mismo tiempo que se crea una enorme masa social que consiente al estar dominada por la miseria moral.

Así pues, Fast construye una novela compleja, inteligente, que trata sobre la humanidad como fenómeno colectivo pero también se acerca al fenómeno humano individual, a su interioridad, hablando de sus pasiones y posibles virtudes, mostrándonos lo peor pero también lo mejor que puede haber en nosotros mismos. Con un hábil manejo de la intriga narrativa, nos lleva a través de pasajes bellísimos y nos hace pensar mucho mientras recorremos este singular periodo histórico.

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A Fast lo estamos redescubriendo en España ahora. Parte de la culpa, la tiene editorial Navona, que está publicando las novelas policiacas que firmó en su momento con el seudónimo de E. V. Cunningham. La primera es Sylvia, que publicaron el año pasado. La segunda, Sally, más reciente. Tanto una como otra son también verdaderas sorpresas, porque, igual que Espartaco trasciende el género histórico o la simple novela de aventuras, estos dos títulos son mucho más que novelas negras al uso.

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Así pues, Howard Fast es un nombre del que yo compraría todo lo que viniera impreso. Y se puede empezar por sus novelas policiacas o por sus novelas históricas, pero no hay que perdérselo. Yo, en estos días, quizá porque la política lo invade todo y en este libro he descubierto respuestas a algunas preguntas que me hago cuando veo cómo algunos y algunas se intentan aferrar al poder, recomendaría, para empezar, Espartaco, publicada en Barcelona por Edhasa, 499 páginas de perfecta literatura.





El coleccionista, un libro para el desasosiego

29 09 2012

Hoy tenía pensado traerte sexo y violencia explícitos, pero como violencia ya hemos visto bastante esta semana he elegido un libro que tiene poca violencia explícita, aunque eso no lo hace menos desasosegante. Se trata del primero de John Fowles: El coleccionista, publicado inicialmente en 1963 y que, dicen los que saben, inaugura esa variante del suspense que es el psichothriller o el thriller psicológico. Es todo un clásico contemporáneo y acaba de rescatarlo Sexto Piso, en una nueva traducción de Andrés Barba.

El coleccionista, de John Fowles, Barcelona, Sexto Piso, 292 páginas.

El argumento es el siguiente: Freddy Cleg es un muchacho retraído, de condición social humilde, que trabaja como oficinista en una oficina municipal. Es muy solitario y siente un secreto amor (aparentemente platónico pero en realidad enfermizo) por Miranda Grey, una joven estudiante de arte a quien jamás le ha dirigido la palabra. Un día, a Freddy le sonríe la suerte y gana en las quinielas más de 70000 libras, así que deja de trabajar y se va del pueblo. Pero sigue obsesionado con Miranda. Cualquier lector razonable pensará que, con la vida resuelta, este muchacho tendrá más seguridad en sí mismo y quizá pueda dejar atrás sus complejos y acercarse a Miranda. Pero Freddy tiene un problema con la comunicación, con el control de las emociones y, sobre todo, con la empatía. Su solución es construir una vivienda subterránea, amueblarla de la mejor forma posible, meter en ella libros de arte, enseres y un considerable guardarropa y raptar a Miranda. Sus fines no son explícita (o inmediatamente) sexuales. Lo que pretende este infeliz (quien, en un primer momento, inspira más piedad que horror) es que Miranda acabe enamorándose de él.

A partir del rapto, en la supuestamente confortable prisión, se establecerá un duelo dialéctico, emocional y hasta intelectual entre estos dos personajes que se intercambian a cada momento sus papeles de víctima y verdugo y que están condenados a no poder comunicarse, no solo por las circunstancias, sino porque sus visiones del mundo son incompatibles.

Fowles compone la novela de manera muy inteligente. El relato, fluido y sin aspavientos, con un ritmo firme cuyo punto fuerte es la postergación, se nos presenta dividido en cuatro partes, de las cuales tres están contadas por el personaje de Freddy. Pero la segunda, que abarca casi la mitad del texto, es un diario que Miranda escribe en secreto, en el sótano donde Freddy la retiene. Mostrando ambos puntos de vista, fijando el foco de atención en lo que cada uno de ellos considera importante y, sobre todo, en lo que omiten, Fowles crea una atmósfera opresiva y claustrofóbica, manejando muy sabiamente el suspense y haciendo que no podamos dejar de leer a lo largo de esta historia que, en mi opinión, no solo trata sobre el control, las parafilias y la psicopatía, sino también (y no en segundo término) sobre la soledad, la incomunicación y el egoísmo.

 

John Fowles nació en Essex en 1926 y falleció en 2005, tras pasar 17 años sufriendo los efectos de un apoplejía. En su juventud fue profesor de lenguas en Francia y en Grecia. Pero a partir de 1963, el triunfo de El coleccionista le permitió dedicarse plenamente a la escritura. Además de esta novela, firmó otra muy célebre, también llevada al cine: La mujer del teniente francés. ¿Recuerdas aquella película de Karel Reisz, con guión de Harold Pinter?

Eggar y Stamp en la película William Wyler

En cuanto a la adaptación de El coleccionista, es una de las últimas películas del gran William Wyler, con un joven y perturbador Terence Stamp y una tremendamente expresiva Samantha Eggar. Seguro que la has visto, porque tuvo, como el libro de Fowles, un enorme éxito e, igualmente, fue convertida por el tiempo en un título de culto.

Eso en cuanto a versiones reconocidas, porque, si afinamos un poco, El coleccionista viene a ser la madre de muchísimas historias desasosegantes que nos han contado el teatro, el cine y la literatura. Piensa en Átame, en Palabras encadenadas o en una de las más recientes: Mientras duermes.

Así pues, para esta semana, la propuesta de La buena letra es un libro fundacional y una novela inolvidable: El coleccionista, de John Fowles, recién rescatada en Barcelona por Sexto Piso Editorial, 292 páginas de suspense, inteligencia y sensibilidad.

(Si quieres escuchar el podcast de esta semana y averiguar, además, cómo y por qué desrecomendamos Eva Luna, de Isabel Allende, pincha aquí).





2666: para un cementerio futuro

13 01 2012

2666, de Roberto Bolaño, Barcelona, Anagrama, 1125 páginas

Esta semana te traigo una novelaza, un novela total, de las que nos llenan muchas horas de placer, nos graban imágenes y personajes inolvidables y nos proporcionan material para pensar sobre el mundo y, acaso, para entenderlo un poco mejor.

Te hablo de 2666, la novela póstuma de Roberto Bolaño. Bolaño, fallecido en 2003, ya acariciaba el proyecto desde los años noventa, pero se lanzó a escribirla cuando supo que estaba muy enfermo y que, probablemente, no sobreviviría. En sus últimos tiempos, obsesionado con dejar algún medio de sustento a su familia, insistió en que las cinco partes que conforman la novela fueran editadas independientemente, a razón de una por año, tras su fallecimiento. Por fortuna (en esta ocasión), la familia, el editor Jorge Herralde, y su albacea literario, Ignacio Echevarría, decidieron que lo mejor sería ofrecer el texto tal y como había sido concebido inicialmente, como una única novela formada por cinco partes íntimamente relacionadas.

Intentemos contar de qué trata este libro de 1125 páginas en un solo post y procurando, además, no destriparlo:

Hay dos líneas principales en 2666: por un lado, la búsqueda de Benno Von Archimboldi, un enigmático y fascinante escritor alemán cuyo prestigio crece año tras año y a quien, sin embargo, nadie parece capaz de encontrar en persona; por otro, una larga y misteriosa serie de asesinatos de mujeres en Santa Teresa, una ciudad norteña de México, trasunto de la tristemente célebre Ciudad Juárez, donde los feminicidios se cuentan por centenares aún hoy en día.

La parte de los críticos, con la que se inicia la novela, comienza como un chiste: hay un francés, una inglesa, un español y un italiano. Ahí acaba la semejanza con el chiste, porque estos cuatro personajes son traductores de Archimboldi a sus respectivas lenguas. El estudio de la obra de este autor marca la vida de estas cuatro personas y las relaciones entre ellas (con un francés, un italiano, un español y una inglesa, ya te imaginarás que habrá bastante tomate sentimental y sexual). Y, un día, por casualidad, oyen decir que Archimboldi ha sido visto en Santa Teresa y hacia allá que se irán, buscándolo. En Santa Teresa se enterarán de los asesinatos de mujeres y conocerán a Amalfitano, un profesor de literatura chileno, protagonista de la parte siguiente, centrada en él, en su hija y en Lola, su mujer, que, años atrás, en Barcelona los ha abandonado para ir a buscar a un poeta loco que vive en el manicomio de Mondragón, personaje a quien uno no puede evitar ponerle el rostro y los modos de Leopoldo María Panero.

La tercera parte está protagonizada por Fate, un periodista afroamericano que viene a Santa Teresa para cubrir un combate de boxeo y que, en una noche de confusión y violencia, traba relación con la hija de Amalfitano. La cuarta parte es una novela coral, en la que se profundizará en la sociedad mexicana a través de los feminicidios. Estos se nos van presentando uno por uno, de manera forense y fría, como si el autor quisiera recordarnos que, aunque la frecuencia de las noticias sobre el mal acabe anestesiándonos, el horror sigue estando ahí y cada violación, cada asesinato, es una puerta al infierno. Por último, tenemos la parte de Archimboldi, la novela que cuenta la vida del escritor, nacido en una aldea prusiana y que vaga por toda Europa a través de la Segunda Guerra Mundial, la posguerra y la Guerra Fría, hasta que nos enteramos, finalmente, de por qué va a Santa Teresa en el año 2000, con ochenta años.

Como ves, una novela compuesta por cinco novelas, íntimamente relacionadas. Pero, también, en cada una de ellas, muchas otras novelas, porque en la buena docena de personajes que la protagonizan coralmente, cada uno de ellos tiene su propia novela.

Un continuo juego de voces que se mezclan en duetos o en tríos, pero que de repente cantan largos y estupendos solos, en muñecas rusas que nos cuentan las vidas de un ghost writer soviético, una vidente mexicana o un editor de Hamburgo.

Con una prosa aparentemente desmañada pero en realidad perfectamente medida, evocadora de la oralidad, formalmente heterodoxa y de una ejemplar incorrección política Bolaño bucea en todos los estilos y subgéneros posibles: el erotismo y lo bélico, lo negrocriminal y lo psicológico, lo existencial y lo social, lo metaliterario y lo realista conviven en esta obra portentosa que va a encantar a los verdaderos lectores de novela, esos que buscan que un libro cree un universo especular verosímil en el que los personajes amen, sufran, gocen, se encuentren, vaguen, se reencuentren y exploren, al fin, todas las posibilidades de lo que existe entre el bien y el mal y entre la vida y la muerte.

Esta vez no hablaré de la vida del escritor, pues su figura (que evoca el malditismo y la contracultura) daría para otra entrada completa. Si quieres saber algo más, puedes ver este estupendo documental (en el que, sin embargo, quizá te moleste, como a mí, el paternalismo de Mario Vargas Llosa)

Jorge Herralde dijo que este libro era el sueño de cualquier editor: un libro unánimemente aplaudido por la crítica (hubo quien comparó su aparición con la de Cien años de soledad) y que, solo en España, se vende por docenas de miles de ejemplares. Se ha convertido, casi desde su aparición en 2004, en un libro de culto y sus admiradores crecen año tras año. Yo, por una vez, estoy de acuerdo con todo el mundo: 2666 es un prodigio, y, sin abusar del término, me parece una obra maestra, una novela imperecedera de esas que te reconcilian con la literatura y te hacen recordar que, en medio de tanta mediocridad, de tantas novelas nuevas con historias que ya has leído mil veces, de tanto “fenómeno editorial” elaborado por el marketing y tantas tonterías sobrevaloradas sin recato (por críticos que escriben para los mismos grupos editoriales que las publican), de vez en cuando todavía puede surgir una voz original y sorprendente que salve a la literatura.





Trillo y la cadena perpetua (revisable)

7 10 2011

Esta campaña electoral va a ser muy divertida. Hoy, sin ir más lejos, Federico Trillo ha propuesto algunas modificaciones al Código Penal. Entre ellas, el señor Trillo incluye la adopción de la cadena perpetua (revisable).

 

Alude el exministro que esta medida está vigente en otros 14 países europeos y que goza del apoyo del 82% de la población. Desconozco, lo confieso, la fuente de estas estadísticas. No obstante sí que sé que entre esos catorce países está el Reino Unido, donde se dieron los tristes casos de los Seis de Birmigham, de los Cuatro de Gildford y, relacionado con este último, de los Siete de Maguire. Y, curiosamente, cuando todas esas personas fueron sentenciadas en procesos vergonzosos a largas condenas (los de Birmingham a cadena perpetua, por cierto), el fallo del tribunal también fue aplaudido mayoritariamente por la opinión pública.

Pero, dejando a un lado que ya contamos de entrada con algunos contraejemplos, obviando también que uno tiene entendido que en la Constitución Española se establece que las penas privativas de libertad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social, y obviando, por último, que a veces parece que en este país la cárcel es solo para quienes no son ricos (y esto lo firma alguien que ha desarrollado actividades en prisiones), demos una oportunidad a la puerta que abre Trillo con esta propuesta. Porque quizá la cadena perpetua (revisable) tenga un conveniente efecto disuasorio sobre los potenciales infractores de la ley. Sin embargo, hay gente que puede no tener miedo a pasarse la vida en la cárcel (hay chusma muy temeraria por ahí). Así que podríamos subir la apuesta. Eso sí, teniendo en cuenta el célebre casticismo del cual ha hecho gala el señor Trillo en muchas ocasiones (sí, es aquel señor del “manda huevos” y del “al alba y con tiempo duro de Levante”) se me ocurren penas más temibles y en consonancia con nuestras tradiciones.

 

Por ejemplo, nuestro maravilloso garrote vil, una pieza maestra de la ingeniería al servicio de la tranquilidad de la mayoría. Aunque, apelando al acervo, podríamos dar aún un paso más y actualizar grandes inventos de la más rancia tradición punitiva: ahí están la rueda o la hoguera, cuyos poderes disuasorios son solo comparables a los de la crucifixión y la doncella de hierro, amén de resultar eficaces, prácticas y económicas.

Por último, aprovechando esta revisión de los instrumentos clásicos, se me ocurre que podríamos incluir también algunos métodos medievales para penas de menor gravedad. Si se me permite, propondría el aceite de ricino para aquellos cargos públicos que sean sorprendidos en falta o la exposición en la picota para sancionar aquellos políticos que sean capaces de proponer cualquier chorrada peligrosa para las libertades con tal de arañar un puñado de votos para su partido.








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