La mala espera, el buen encuentro

21 12 2013

[Si te apetece escuchar La Buena Letra mientras la lees, solo has de hacer clic aquí. De paso, puedes oír cómo Fortunata devora una hagiografía de Jaime Mayor Oreja, lo que tampoco es paja. Estamos a partir del minuto 39]

Tenía que haber descubierto antes a Marcelo Luján. Me refiero a sus textos literarios. De él había oído hablar muy bien y luego nos habíamos encontrado fugazmente en Barcelona, en Gijón, en Madrid, en encuentros en los que no hubo tiempo de hablar demasiado. No fue hasta hace poco que me senté a leer La mala espera, la novela con la que Marcelo ganó el Premio Ciudad de Getafe en 2009. Ahora sé que esperé demasiado para hacerlo.

La mala espera, de Marcelo Luján, Madrid, EDAF, 227 páginas

La mala espera, de Marcelo Luján, Madrid, EDAF, 227 páginas

La mala espera es una novelaza breve y brutal, de esas que huelen a cenicero y hablan del lado más oscuro del ser humano, una historia bien armada y, sobre todo, muy bien contada.

La protagoniza Rubén, el Nene, un argentino que lleva unos años en Madrid buscándose la vida en negocios sucios. Trabaja haciendo recados para Fangio, un cabecilla (entre otros cabecillas más grandes y más chicos) del crimen organizado. Las labores del Nene van desde fotografiar a empresarios en puticlubs para hacerles chantaje a organizar envíos trasatlánticos de droga. En una de esas, el Nene se ha puesto de acuerdo con Angie, otra de las empleadas de Fangio, para quedarse con las sobras de un envío de cocaína. El momento en el que arranca la novela es este: ya han dado ese palo y el Nene espera, disimulando, a que Angie se ponga en contacto con él para repartirse el dinero. Y, mientras tanto, va a cumplir un encargo de Fangio, que tiene que ver con un prostíbulo controlado por unos rumanos.

Hasta aquí, unos personajes y un argumento clásicos de cualquier buena crook story. Por supuesto, como manda el canon, nada será lo que parece y la historia se dará la vuelta de manera brutal.

Pero hay algo que singulariza esta novela: el punto de vista narrativo, la composición y el estilo que maneja Marcelo Luján convierten La mala espera en una absoluta delicatessen literaria.

Está contada en primera persona, en diez capítulos, cada uno de los cuales es un mazazo de realidad en los que la mente del Nene viaja entre lo que le está ocurriendo en esos días en Madrid (en realidad, el tiempo de ficción es de tres o cuatro días) y su pasado argentino. Y eso hace que la novela crezca con las reflexiones y los recuerdos del personaje, a través de ricos monólogos que se van interpolando en la narración directa.

Luján domina perfectamente el flujo del discurso, que es constante, la técnica del contrapunto, la digresión y el manejo del tiempo, desplegando con naturalidad elipsis, analepsis, digresiones y elementos oníricos que se incorporan al discurso otorgándole una densidad notable.

El resultado es una novela estructuralmente compleja, con una composición cuidada al detalle y un estilo realmente hipnótico que hace que no podamos dejar de leer.

Y eso es una alegría hoy en día, con las librerías plagadas de autores que se han apuntado a la moda de la novela negra pensando que no necesitan estilo ni destrezas especialmente literarias. Disfrutarán mucho La mala espera los lectores de novela negra, pero también aquellos que buscan buena literatura, LI–TE–RA–TU–RA con mayúsculas, en un mercado en el que lo predominante son los textos escritos sin gran pericia técnica, pensando más en la acción que en el estilo.

La mala espera es todo lo contrario y uno la disfruta con ese regusto que da leer a los buenos y siente que si aún se publican cosas así, todavía queda esperanza en medio de tanta mediocridad.

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Marcelo Luján es bonaerense, tiene cuarenta años y vive en Madrid desde 2001. Se ha dedicado especialmente al cuento. De hecho, acaba de publicar en Talentura un libro de cuentos titulado Pequeños pies ingleses. Antes han aparecido libros como Flores para Irene (el primero, que, curiosamente, fue premio Ciudad de Santa Cruz de Tenerife, en 2004) y Arder en el invierno, publicado por Baile del Sol.

Y en este año que termina, publicó su segunda novela, Moravia, editada por El Aleph y de la que no paro de escuchar maravillas.

Pero, por ahora, para leer en estos días en los que hay algo más de tiempo, yo recomendaría esta estupenda primera novela que publicó EDAF en 2009: La mala espera, de Marcelo Luján, 227 páginas que nos reconcilian con la buena literatura.

 

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Sí nos vamos a meter en política, doña Esperanza

12 11 2012

“Haz como yo: no te metas en política”. Esa es la frase que, según la leyenda, Franciso Franco le soltó a diferentes personas en diversas circunstancias según quien cuente la anécdota. Es indiferente a quién y cómo, e incluso si realmente llegó a pronunciarla, porque el hecho es que esa actitud fue la que siempre promovió su régimen: la de ver la política como algo indeseable, como algo que las personas honradas deben dejar a un lado. Evidentemente, quienes promueven esta idea olvidan constatar que aquellos que no se interesan por la política acabarán siendo gobernados por quienes sí se interesan.

Aún anda por mi biblioteca un ejemplar de este libro, que no pienso prestar

Lo cierto es que quienes promueven, desde el poder, esa imagen de la política, parecen querer decirte que es mejor que no te preocupes por ella, que te conviene más preocuparte de cómo vas a hacer frente a tus pagos de este mes. Con esa escisión entre esfera privada y esfera pública, rota solo cada cuatro años (cuando se solicita el voto de los ciudadanos para que los políticos profesionales puedan dedicarse a sus labores durante una nueva legislatura), los sectores más reaccionarios de la democracia liberal coinciden con el franquismo en ese desprecio de lo público.

Por supuesto, las cosas han cambiado mucho, pero en el subconsciente colectivo de los españoles queda ese poso de desprecio ante la actividad política que el franquismo tatuó en el cerebro de sus gobernados. Por eso, en estos días, tertulianos de la caverna, líderes patronales e incluso algunos políticos que presumen de demócratas, esgrimen en contra de la huelga general convocada para el 14 de noviembre de 2012 (para el caso, pasado mañana), el calificativo de “política”, como si eso supusiera una descalificación. Acaso deberían entender estas personas que todo aquel que se enfrenta al poder económico, a las oscuras relaciones que este mantiene con el político y sus indeseables efectos sobre los individuos y la sociedad en su conjunto está adoptando una postura ante un estado de cosas sobrevenido a causa de una mala organización de la sociedad y que a eso se le llama adoptar una postura política, así, con todas las letras. Eso es lo que hace cualquier huelga seria: responder políticamente a las agresiones que la ciudadanía sufre por parte del poder. Para decirlo con menos palabras: cuando un ciudadano dice no a una ley que considera injusta, está ejerciendo su derecho a adoptar una postura política.

Así que sí: esta es una huelga, en mi opinión, política. Y quienes secundemos esta huelga o salgamos a la calle o simplemente apoyemos esta movilización el 14 de noviembre, estaremos adoptando una actitud política, porque somos la ciudadanía, los sujetos de los derechos que quienes creen tener la exclusiva de la actuación política están vulnerando con sus decisiones. Y creer que el calificativo de “política” para esta huelga supone una descalificación o una desviación o instrumentalización de sus propósitos es propio de una mentalidad de esclavos que dominó a este país durante cuarenta años y que debió ser desterrada de nuestros discursos en 1978. ¿Queda claro, doña Esperanza?





Nnegra de Arona 2015

11 05 2015

El miércoles, día 13, a las 18:00, en el Centro Cultural Los Cristianos comienzan las Jornadas Nnegra de Arona. No son las más multitudinarias ni las que ocupan mayor espacio en la prensa. Ni siquiera son las que reúnen a mayor número de autores. Pero desde hace ocho años llevan reuniendo en Los Cristianos a lo mejorcito de la novela negra en español y por ella han pasado autores como Andreu Martín, Juan Madrid, Lorenzo Silva, Raúl Argemí, Antonio Lozano, Luis Gutiérrez Maluenda o Eugenio Fuentes, junto a otros más jóvenes como José Luis Correa, Yanet Acosta, Susana Hernández o Javier Hernández (cito de memoria y solo por dar una muestra, por lo cual es muy posible que se me olvide alguno). El encuentro suele desarrollarse a lo largo de tres jornadas vespertinas, combinadas con un taller de mayor duración que se celebra en los institutos del municipio y que culmina en la jornada matutina del viernes, consistente en un encuentro entre uno de los autores invitados y los talleristas.

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El programa de este año es algo apretado, pero completo. El miércoles, a las 18:00, tras la inauguración, me toca a mí dar el pistoletazo de salida con una conferencia titulada «El historial del sospechoso», que pretende ser un rápido recorrido histórico-analítico por el género, antes de la proyección de El último refugio, un peliculón absoluto de Raoul Walsh.

Al día siguiente, siempre a partir de las 18:00, haré una lectura presentación de Las flores no sangran, como telonero de uno de los platos fuertes de esta edición: la presentación de Subsuelo, de Marcelo Luján.

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Luján no solo ha escrito novelas excelentes (La mala esperaMoravia), sino que además es un gusto oírlo hablar. Y esta vez lo hará con Eduardo García Rojas, uno de esos tipos de los que uno aprende algo en cuanto abre la boca.

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El viernes 15, por la mañana, tendrá lugar el acto Descuartizando a Rosa Ribas. Será en el Auditorio de La Camella y los descuartizadores serán los integrantes del alumnado de los institutos de Arona que han participado en el taller literario en torno a La detective miope.

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Y por la tarde, nuevamente en el Centro Cultural de los cristianos, antes de una mesa redonda acerca de la actualidad del género, habrá un encuentro entre Rosa (ese encanto de mujer, esa cabecita tan bien amueblada) y el público adulto, también moderado por Eduardo García Rojas, en el que se hablará de la obra de Ribas, desde El pintor de Flandes Miss Fifty, pasando por las historias protagonizadas por Cornelia Weber Tejedor y las recientes novelas escritas a cuatro manos con Sabine Hofmann, Don de lenguas y El gran frío.

El gran frío - Rosa Ribas - Sabine Hofmann

Así que ya ves, las jornadas Nnegra de Arona 2015 vienen cargaditas y con autores que pisan por primera vez Canarias. Una oportunidad única de conocerlos y acercarte a su obra de primera mano. Si vives en Tenerife y te interesan las últimas tendencias de la novela negra, yo, en tu lugar, no me lo perdería. Pero tú verás lo que haces. Luego no vengas a quejarte.

[Coincidencias de la vida: el sábado, Marcelo, Rosa y yo nos vamos juntos desde Arona directamente para Valencia Negra, donde Luján y yo nos enfrentamos a cara de perro con Empar Fernández, Eugenio Fuentes y Javier Valenzuela por un premio. Como se puede votar por Internet, yo ya he votado. Por la novela de Marcelo, por supuesto].





La última Buena Letra del año en que murió Lou Reed

27 12 2013

Fortunata y yo pensábamos hacer hoy el habitual repaso al año literario, recordando aquellos libros que nos gustaron y de los que hablamos en La Buena Letra, esa sección algo golfa en la que hablamos de libros cada viernes en el Hoy por Hoy de Cadena Ser Las Palmas de Gran Canaria, a las órdenes de Eva Marrero o Verónica Iglesias y flanqueados por Francisco Melo Junior, que hace lo propio con el cine desde La Butaca. Además, íbamos a instituir los Premios Fortunata. Pero por los lazos del demonio, a nuestro Presidente le ha dado por fijar para la misma hora y día su primera comparecencia sin límite de preguntas del año (sí, es 27 de diciembre, casi 28).

La Butaca y La Buena Letra en plena desrecomendación de un libro (por llamarlo de alguna manera) de Isabel Allende. Foto: Eva Marrero.

La Butaca y La Buena Letra en plena desrecomendación de un libro (por llamarlo de alguna manera) de Isabel Allende. Foto: Eva Marrero.

Así pues, mientras Rajoy presume del tamaño de sus ‘reformas’ y llama “ese asunto” a la cuestión del aborto, mi baifita y yo vamos a hacer este repaso igualmente. Los Premios Fortunata habrán de esperar al próximo año, porque eso de destruir libros sobrevalorados en silencio, en casa y sin Junior no tiene la misma gracia.

Haciendo balance, veo, en primer lugar, que el número de libros publicados en España que hemos comentado es muy superior al de los extranjeros. ¿Y sabes qué? Que me parece estupendo. Este ha sido para mí el año de descubrir a muchos buenos autores o reencontrarme con otros que se habían hecho desear. En La Buena Letra, este año, comentamos estupendas novelas españolas, sobre todo de género negro, a saber: La mala espera (Marcelo Luján), Don de lenguas (Rosa Ribas y Sabine Hofmann), El Chef ha muerto (Yanet Acosta), 612 euros (Jon Arretxe), y alguna más que no es exactamente negra, pero coquetea con el género, como La tristeza del samurái (Víctor del Árbol). Se nos quedaron atrás cosas estupendas, como Un buen invierno para Garrapata (Leo Coyote), Cien años de perdón (Claudio Cerdán) o La última batalla (José Javier Abasolo). Qué se le va a hacer. No siempre hay tiempo de hablar de todo lo que a uno le gusta. Como tampoco lo hubo para hablar de un estupendo ensayo sobre la novela negra, Literatura del dolor, poética de la verdad, de Eugenio Fuentes, que este año, tras mucho hacerse esperar, hizo doblete con este ensayo y una fantástica novela sobre la Guerra Civil, Si mañana muero, publicada por Tusquets. Ni lo hubo para comentar los nuevos lanzamientos de Javier Hernández Velázquez (Un camino a través del infierno), José Luis Correa (Blue Christmas), Juan Ramón Tramunt (La piel de la lefaa) o Mariano Gambín (La casa Lercaro).

La pluma del arcángel, de Carlos Álvarez. Hora Antes Editorial, 220 páginas

La pluma del arcángel, de Carlos Álvarez. Hora Antes Editorial, 220 páginas

No todo fue semen y sangre, por supuesto. Este año hablamos de La pluma del Arcángel, estupenda novela histórica de Carlos Álvarez que reapareció este año, El despertar, la divertidísima novela de zombis de Elio Quiroga y Brevísima relación de la destrucción de June Evon, el western poético de la gran Tina Suárez. Me corrijo: estas tres novelas también están llenas de semen y de sangre.

El despertar, de Elio Quiroga-Rodríguez, Barcelona, Timun Mas, 253 páginas.

El despertar, de Elio Quiroga-Rodríguez, Barcelona, Timun Mas, 253 páginas.

Como en La Buena Letra no estamos obligados a la actualidad y recomendamos lo que nos place a Fortunata y a mí, también aprovechamos para hablar de algunos libros que tienen unos añitos pero son imprescindibles: Dersu Uzala (Vladímir Arséniev), El camino del tabaco (Erskine Caldwell), El ruido y la furia (William Faulkner), Matadero Cinco (Kurt Vonegutt), o El llano en llamas (Juan Rulfo), libro que en 2013 cumplió, nada menos, sesenta añitos.

Este fue también año de rescates. Alfaguara recordó a John Berger con las reediciones de Hacia la boda, y Fama y soledad de Picasso, y rescató también Intruso en el polvo, de Faulkner. Nórdica hizo lo propio con Elling, de Ingvar Ambjorsen.

Cuentos prohibidos. Para leer en la intimidad, de D. H. Lawrence, Barcelona, Navona, 171 páginas

Cuentos prohibidos. Para leer en la intimidad, de D. H. Lawrence, Barcelona, Navona, 171 páginas

Y para rescatadores, los de Navona, esa gente con buen ojo, que este año iniciaron su colección de novela negra en la que han aparecido textos muy olvidados e interesantes, como La promesa (Frederich Dürrenmatt), Drama en la cacería (Antón Chejov) o El viento y la sangre (M. A. West). Y no se quedan ahí, porque nos han traído cosas exquisitas, entre las cuales están Malentendido en Moscú (Beauvoir), Los caminos que no llevan a Roma (Brassens), las Novelas bálticas (Keyserling) o Cuentos prohibidos para leer en la intimidad (Lawrence).

Como ves, un año completito (y hablo solo de lo que he podido leer yo y de lo que me ha gustado). Sin embargo, no todo es bueno. Este año nos dejaron grandes escritores: José Luis Sampedro, Álvaro Mutis, Tom Sharpe y el estudioso de la literatura canaria El Hadji Amadou Ndoye. Especialmente para la poesía fue un año nefasto, en el que fallecieron mi estimado Luis Natera, Juan Luis Panero, Rubén Bonifaz Nuño (sí, ese autor mexicano a quien citaba tanto Monterroso), Seamus Heany (Premio Nobel de Literatura 1995), Antidio Cabal y Olegario Marrero. No siempre me enteré a tiempo de recordarlos cumplidamente en el espacio radiofónico, y puede que muchos de ellos ni te suenen, pero nunca es tarde para buscar sus libros y hacer que revivan en las páginas que nos dejaron.

Más o menos así fue este año en La Buena Letra. Acaba ya, y es tiempo de arrepentirse de las cosas que dejamos por hacer. Yo, por ejemplo, me arrepiento de no haber tenido tiempo para comentar las nuevas obras de los más jóvenes, por ejemplo, Consejera nocturna (Leandro Pinto), El silencio de Sara (Rayco Cruz), Red Zone (Macu Marrero), Caminarán sobre la tierra (Miguel Aguerralde) o Los sueños de la muerte (Paula Lizarza). Ellas y ellos se atreven con géneros oscuros y son un soplo de aire fresco en este ámbito, el literario, que a veces se viste con demasiada solemnidad.

Fortunata, en cambio, se arrepiente de no haber devorado aún la poesía de José María Pemán, algún libro de César Vidal y el libro de Belén Estéban. Me los ha pedido para Reyes. Pero los Reyes, este año, vienen pobrecitos y yo, por otra parte, cada vez ando más republicano.

Me adentro en el final de año sabiendo que habrá libros, buenos y malos, mejores o peores, leves o densos, en papel o en digital. Da igual: libros, al fin, porque uno los necesita como el aire. Si me preguntas el motivo, citaré Malentendido en Moscú, de Simone de Beauvoir, cuyo personaje se dice a sí misma cuál es la ventaja de la literatura:

Las palabras se las lleva una consigo. Las imágenes se marchitan, se deforman, se apagan. Pero ella volvía a encontrar las viejas palabras en su garganta, tal como habían sido escritas. La unían a los siglos antiguos en los que los astros brillaban exactamente como hoy. Y ese renacimiento y esa permanencia le daban una impresión de eternidad.

Me quedo, hasta que llegue 2014, con esa cita de Beauvoir y con el recuerdo de un grande que también nos dejó en el año que acaba. Sí, porque, para mí, 2013, siempre será el año en que murió Lou Reed.

[Con este repaso a los libros de los que hablamos este año, espero haberle dado, de paso, alguna idea a Baltasar (ya sabes que cada vez que alguien no incluye un libro en su carta a los Reyes Magos, muere un cachorrito de labrador). Como seguramente se me han escapado muchos títulos, no estaría mal que aportaras, en los comentarios, tu propuesta de regalo literario, entre los libros que más te hayan gustado en los últimos doce meses. ¿Qué libro regalarías tú este año?]





El viajero involuntario

29 07 2016

Acostumbrado a la habilidad de Navona para ofrecernos pequeñas joyas no me sorprende que sea esta editorial la que publica en España El viajero involuntario, de Minh Tran Huy, una historia susurrada a través de tres continentes y de todo un siglo.

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El viajero involuntario, de Minh Tran Huy, Barcelona, Navona, 2016

La anécdota comienza en 2012, cuando Line, una francesa hija de vietnamitas cuyo oficio consiste en grabar sonidos de ambiente —aunque prefiere grabar silencios—, se topa en una exposición neoyorquina con la historia de Albert Dadas, el primer dromomaníaco diagnosticado: ese humilde gasista de Burdeos se hizo célebre a finales del siglo XIX, cuando fue estudiado por el raro trastorno mental que lo obligaba a viajar compulsivamente. Interesada por su caso, Line le dedicará el resto de sus vacaciones neoyorquinas y, según indague en su historia, la irá entendiendo como metáfora de otros viajeros y viajeras involuntarios, como la atleta somalí Safia Yusuf Omar, ejemplo célebre y paradigmático de tantos migrantes desesperados tragados por el mar. Y, mientras cruza el Atlántico de regreso a su París natal, hará ella misma un viaje hacia sus recuerdos y su historia familiar, marcada por la guerra, la injusticia y la diáspora.

A partir de esta premisa —el interés de su protagonista y narradora por la vida singular de un personaje real— Minh Tran Huy va moviéndose desde lo histórico a lo global y de ahí a lo íntimo de las conmovedoras peripecias —que adivinamos de origen autobiográfico— de una familia rota por los diferentes conflictos que sacudieron Vietnam desde el comienzo de su periodo postcolonial. Perspectiva interesante, por cierto, para un lector occidental acostumbrado a ver la historia de ese país desde una perspectiva muy diferente que, en el mejor de los casos, desemboca en el paternalismo. Pero, más allá de coordenadas espaciotemporales, me interesan en El viajero involuntario la exploración de la nostalgia, el desarraigo y la búsqueda de un hogar, la indagación en torno a cómo los fenómenos que la Historia archiva fríamente en sus anales afectan a miles de seres humanos con nombre y rostro, lo dramáticamente sencillo que puede llegar a ser para cualquiera llegar a convertirse en extranjero en su propio país.

Inteligente, sentimental, tierna a ratos, con un estilo amable que huye de jardines y fuegos de artificio, El viajero involuntario es uno de esos textos que se gozan sufriéndolos, entre la curiosidad y el reencuentro con viejos temas caros a toda buena literatura.





La última buena letra

12 07 2015

[Si quieres escuchar el podcast, solo has de hacer clic aquí]

Cierra La Buena Letra por vacaciones (unas vacaciones que quizá sean permanentes) y toca hacer un especial para dejarte una buena lista de lecturas con las que ocupar esas largas tardes de verano. Así que hoy, en lugar de hacer una reseña extensa de un solo libro, hacemos un rápido repaso a una lista de libros que te den, por lo menos, hasta septiembre.

He buscado cosas para casi todos los gustos, orientaciones y grupos de edad. Con varias novedades. Y alguna joyita que es ya un clásico. Muchos de los títulos son de editoriales independientes. Pero tú ya sabes que tras el mostrador están tu librera o tu librero, para traerte en pocos días cualquier libro que te interese.

Ya sabe: para críos 

El tapiz redondo, de Sara Godoy, Las Palmas, Cam-PDS, 75 páginas

El tapiz redondo, de Sara Godoy, Las Palmas, Cam-PDS, 75 páginas

Para empezar, un infantil: El tapiz redondo, de Sara Godoy. Libro infantil y libro canario, editado por Cam-PDS. Un cuento pensado, creo, para que lo lea el piberío a partir de ocho años, pero que se puede leer también a los más chiquititos. En el tapiz redondo se reúnen las criaturas del bosque cuando tienen algún problema: la reina de las brujas, la de las hadas, el rey de los magos, el jefe de los gnomos, el ave del paraíso, la orquídea y el colibrí celebran allí sus consejos cuando tienen algún tipo de bronca entre ellos. Es redondo (fíjate qué democrático), para que quede claro que ninguno de ellos manda más que el otro. Y allí, en el tapiz, se van a tener que reunir de urgencia cuando el bosque se vea amenazado por seres humanos que quieren destruirlo. Para urbanizar, claro. Así que el libro viene a ser una historia divertida, pero también educativa en valores, que trata sobre amistad, solidaridad y ecología.

Un cómic sin superhéroes 

Cena con amigos, de Rodolfo Santullo y Marcos Vergara, Puerto de Santa María, Cazador de Ratas, 81 páginas

Cena con amigos, de Rodolfo Santullo y Marcos Vergara, Puerto de Santa María, Cazador de Ratas, 81 páginas

Cena con amigos, de Rodolfo Santullo y Marcos Vergara. Editado en España por Cazador de Ratas, pero de factura uruguaya, es un cómic breve y autoconclusivo, de onda realista pero con muy mala leche, porque hurga en la relación del típico grupo de treintañeros y treintañeras que se conocen de toda la vida pero que en realidad no se conocen tanto. Hay traiciones, falsas apariencias, alguna muerte y giros interesantes que no voy a desvelar para no destriparlos, pero que están muy bien colocados. El guionista, Rodolfo Santullo, es también un interesante novelista, de quien se publicará en España, espero, Matufia, una novela sobre fútbol que me gustó hasta a mí, que detesto ese deporte. Y Marcos Vergara hace un equipo perfecto con él. Así que, Cena con amigos, un cómic con mucha mala baba.

Ladrillos, secretos y mala suerte

Malas artes, de Albert Gassull, Valencia, Mandor, 252 páginas

Malas artes, de Albert Gassull, Valencia, Mandor, 252 páginas

Mala baba destila también la tercera recomendación: Malas artes, la primera novela de Albert Gassull, quien se estrena narrativamente clavándose una novelaza de esas que funcionan desde la primera página y que nos lleva hasta la última movidos por la intriga. La cosa gira también en torno a las falsas apariencias: Miquel, el protagonista, es un arquitecto que se ha metido en un lío de mentiras para tener la casa de sus sueños: junto con un socio, han organizado una promoción de viviendas de lujo en el Empurdá, pero no se ha vendido ninguna salvo la suya. Lo que pasa es que Raquel, su mujer, que encima se ha acostumbrado a la buena vida, todavía no sabe que Miquel está arruinado. Y todo se va a complicar cuando, tras estrenar la casa, asistan a una fiesta de fin de año en casa del socio de Miquel. Y hasta ahí puedo leer, porque ahí, en la cuarta o quinta página, empiezan los problemas. Una intriga bien llevada y, sobre todo, muy bien escrita, que habla sobre los orígenes de esa crisis que parece que se acabó ya, pero solo para cuatro o cinco.

Ética y política más allá del discurso oficial

Democracia, justicia y derechos humanos, de Pedro S. Limiñana, Almería, Círculo Rojo, 153 páginas

Democracia, justicia y derechos humanos, de Pedro S. Limiñana, Almería, Círculo Rojo, 153 páginas

Para quienes no solo quieran evadirse, sino ejercitar un poco las meninges: Democracia, justicia y derechos humanos, subtitulado Ensayos de filosofía libertaria y firmado por Pedro Sánchez Limiñana. Vale la pena acercarse a estos cinco ensayos breves en torno a un tema que nos toca a todos y pensar sobre la ética y la política más allá de las tertulias políticas de turno. Así, cuando nos toque volver a votar en otoño, igual lo hacemos un poco menos engañados. Sánchez Limiñana elabora su discurso a partir de Ernst Tugendhat, el filósofo alemán alemán discípulo de Martin Heidegger, sobre cuya filosofía moral escribió su tesis doctoral. No nos vamos a engañar: Tugendhat es interesante, pero duro de leer. Sin embargo, Sánchez Limiñana tiene una amplia experiencia periodística y se explica muy bien, lo cual nos permite establecer un diálogo muy fecundo con la obra del alemán.

Los límites del cuerpo y de la corrección

Zonas húmedas, de Charlotte Roche, Barcelona, Anagrama, 206 páginas

Zonas húmedas, de Charlotte Roche, Barcelona, Anagrama, 206 páginas

Una advertencia: este es no apto para estómagos sensibles ni para amantes del correctismo. Dicho lo cual, vale la pena leerlo, porque se trata de una novela divertidísima y con más enjundia de lo que parece. Zonas húmedas, de Charlotte Roche es la historia de Helen, una chiquilla de 18 años que está en la clínica recuperándose de una fisura anal que ha requerido de intervención quirúrgica. Sexualmente activa desde los quince, y con unas ideas bastante especiales acerca de la higiene, el sexo y su propio cuerpo (cuyos límites explora incansablemente), Helen es, en cambio, bastante ingenua con respecto a las relaciones. De hecho, espera que su postoperatorio vuelva a reunir a sus padres divorciados desde hace años. Mientras tanto, ahí, en su cama de hospital, con sus partes traseras hechas un cristo, esta especie de Ignatius J. Reilly libidinosa irá recordando (y contándonos) sus peculiares experiencias y hábitos sexuales. Exagerada, divertida, aguda y muy provocadora, la novela resultó muy exitosa, aunque también polémica, cuando apareció en 2009. Pero cumple su función: divertir, incomodar y hacernos pensar, escatologías de por medio, acerca de los muchos miedos y las pocas libertades que conviven en nosotros, los que vivimos en la sociedad de los transgénicos y el SIDA.

Y una joya

 El arpa de hierba, de Truman Capote, Barcelona, Anagrama, 187 páginas


El arpa de hierba, de Truman Capote, Barcelona, Anagrama, 187 páginas

Y, por último, el clasicazo. El arpa de hierba, del gigantesco Truman Capote. Una novela muy tierna que trata sobre eso de lo que habla también en otros textos, como Otras voces, otros ámbitos o algunos de los cuentos de Desayuno en Tiffany’s: el paso de la infancia a la edad adulta, el descubrimiento de los hechos esenciales a través del trato con los demás. En esta ocasión, cuenta la historia de Verena y Dolly, dos hermanas solteronas que viven acompañadas de Collin Fenwick, adolescente huérfano, familiar lejano, a quien han recogido (trasunto del propio Capote y que será narrador y coprotagonista) y Catherine, una vieja criada negra. La acción arranca cuando las dos hermanas discuten y Dolly decide fugarse con Catherine y el chico, yéndose a vivir a una cabaña construida en un árbol. Lo cual va a revolucionar a toda la pequeña población sureña en la que viven y les hará tomar contacto con una cuadrilla de personajes tan marginados como ellos: el jubilado juez Cool, el alocado Riley Henderson y la hermana Ida, una evangelista muy peculiar que recorre la región con sus quince hijos. Como el primer libro que recomendamos hoy, es una historia de amistad y de solidaridad. Aparte de ser perfecto para un fin de semana al sol, con sus hilarantes situaciones y su abundante poesía, es de esos libros que nos ha gustado siempre recomendar en La Buena Letra: para leer rápido y pensar despacio. Por eso creo que es justo que nos acordemos de él para cerrar la temporada y, por el momento, la sección. Y, además, qué carajo, es uno de los libros preferidos de Fortunata.

Con Agustín Padrón. La foto la hizo el inefable Franciso Melo 'Junior'.

Con Agustín Padrón. La foto la hizo el inefable Franciso Melo ‘Junior’.

Hasta aquí, el especial de verano. Y hasta aquí, La Buena Letra. Fortunata y yo cerramos el quiosco, al menos de momento. Y, sinceramente, no sabemos si volveremos a abrirlo, porque la vida es corta y los trabajos son muchos.

Han sido cinco temporadas llevándote libros a casa a través de las ondas. En los últimos años, en la media hora final del Hoy por Hoy de los viernes, antes de La Butaca, con Francisco Melo Junior. en Cadena Ser Las Palmas. Antes, los sábados, en el A Vivir. Trabajando a las órdenes, sucesivamente, de Patricia Bosquet, Eva Marrero, Verónica Iglesias, Miguel Moreno Guedes y Agustín Padrón. Y siempre buscando un acercamiento poco solemne (como debe ser) a la lectura, homenajeando clásicos, descubriendo libros y editoriales independientes, nuevas voces y voces olvidadas. O destruyendo, en vivo, aquellos libros sobrevalorados, facturados en cadena o producto del marketing que invaden el espacio destinado a la literatura, introduciendo ruido en el canal. Libros que, finalmente, eran devorados por Fortunata, esa cabra galdosiana que sabe leer con criterio y que ahora es libre.

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Que levante mi mano quien crea en la telequinesis

27 12 2014

Porque ando liado con un texto que no acaba de salir bien, porque Mariano Rajoy amenazó con pisarnos la sección o, simplemente, porque no me siento este año demasiado navideño y no noto en la epidermis que se acabe nada y empiece otra cosa. Lo cierto es que, por cualquiera de estos motivos, por los tres al mismo tiempo o por esos y algunos más, este año no hemos dado el tradicional repaso al año que solemos hacer en La Buena Letra, esa sección con la que invadimos la última media hora del Hoy por Hoy Las Palmas de cada viernes.

Que levante mi mano quien crea en la telequinesis, de Kurt Vonnegut, Barcelona, Malpaso, 118 páginas

Que levante mi mano quien crea en la telequinesis, de Kurt Vonnegut, Barcelona, Malpaso, 118 páginas

No obstante, lo que sí me apetece es recomendar un libro para que acabes tu año con buen sabor de boca, que te haga reírte y te obligue a pensar en dosis proporcionales; algo ligero pero no frívolo, que te ayude a amenizar un poco toda esta realidad que tenemos que tragarnos a cada telediario pero sin evadirte de ella. Y no se me ocurre mejor libro para esto que una joyita que nos trajo Malpaso en octubre: Que levante mi mano quien crea en la telequinesis y otros mandamientos para corromper a la juventud, de Kurt Vonnegut. Se trata de un libro que recoge nueve discursos de este grandioso novelista norteamericano, siete de ellos pronunciados en universidades ante graduados y otros dos ante asociaciones de derechos civiles. Prologados por su amigo y editor Dan Wakefield. Traducidos por Ramón de España. Con un epílogo consistente en unos cuantos aforismos escogidos. Ilustrado con dibujos del propio Vonnegut. Se podría pedir más, pero no sé quién podría darlo.

En estos textos, pronunciados en diferentes momentos entre 1978 y 2004 (Kurt Vonnegut falleció en 2007), brillan la inteligencia y el ingenio del maestro. Y su maravillosa mala uva, esa lengua afilada que se convertía en un látigo contra todo aquello que oliera a violencia, clasismo, conservadurismo o injusticia. Le da tanta leña a George Bush, como a la propia América blanca en la que él mismo se crio. Y él, cuyos textos formaron parte siempre de esa tradición que ataca a la solemnidad, se revela (y se rebela) como un orador desacralizador y divertido en esos actos solemnes que son siempre los actos de graduación.

Imagino a los graduandos del Freedonia College, de Nueva York, escuchándole decir a aquel ilustre invitado, (que se suponía debía arengarles y aconsejarles sobre lo que les esperaba en el futuro), que comieran mucho salvado y no se metieran nada en la oreja, o a los de la Eastern Washington University de Spokane, oyéndole decir que «los únicos que quieren llegar a presidente son los majaretas». Agrega a continuación: «Eso ya sucedía hasta en mi propio instituto. Solo los alumnos más desequilibrados se presentaban a delegado de clase. Podríamos hacer que los psiquiatras examinaran a todos los candidatos. Pero ¿quién, sino un chiflado, querría ser psiquiatra?».

En estos discursos de Vonnegut, brilla la asombrosamente sencilla lucidez de los sabios. Opinaba que la docencia es la profesión más noble en una democracia, porque el ordenador enseña al niño lo que el ordenador puede dar de sí, mientras que la persona culta enseña al niño lo que el niño puede dar de sí; que somos adictos a los combustibles fósiles pero negamos la evidencia porque estamos a punto de que nos dé el mono; que, aunque él no era cristiano, reconocía que Jesucristo debía de ser un gran tipo porque pronunció el Sermón de la Montaña; y que un matrimonio, una familia, no eran suficientes para hacerte feliz, sino que debes formar parte de una comunidad (cualquier organización solidaria, un club de lectura o los bomberos voluntarios); y, sobre todo, recordaba seguir el consejo de su tío y decir en voz alta: «No me digas que esto no es bonito» (de hecho, ese es el título original en inglés: If This isn’t Nice, What Is?) antes cualquier pequeña situación agradable, porque así evitábamos el no reconocer la felicidad en los breves instantes en que se la alcanza, mientras aún está ocurriendo.

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Leí este libro donde suelo: entre paradas y asientos de guagua, rodeado de otros usuarios que pensaban que yo no estaba normal (e igual tenían razón), dadas mis carcajadas y asentimientos de cabeza. Porque, al fin, esta recopilación de discursos acaba convirtiéndose en un decálogo ético formado por sencillas verdades expresadas de forma irónica e inteligente. Así es como se escribió también toda su obra: con inteligencia e ironía.

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Kurt Vonnegut (1922–2007) es uno de esos casos en los que un gran éxito popular va acompañado de un merecido prestigio crítico. Era el típico muchacho de Indianápolis, hijo de inmigrantes alemanes, que interrumpió sus estudios para alistarse durante la Segunda Guerra Mundial. Y allí, en la campaña de Europa, fue prisionero de guerra y vivió cómo las bombas de los aliados caían sobre él durante el bombardeo de Dresde. Supongo que por eso acabó convirtiéndose en un convencido pacifista. Al volver a EEUU, realizó estudios de antropología y trabajó como redactor para una agencia de noticias, al tiempo que comenzaba a publicar sus primeros textos literarios. En su obra hay unas cuantas obras maestras, como Matadero Cinco (su cuarta novela, que le consagró como ácido y mordaz crítico de la civilización contemporánea), Barbazul o El desayuno de los campeones. Yo conservo una especial predilección por Madre Noche, probablemente su novela más sombría. Lo descubrí gracias a ella a los dieciséis años y me enamoré para siempre de su escritura.

Vonnegut es uno de esos escritores muy técnicos, cuya técnica no se ve. El lector sigue un texto aparentemente coloquial, escrito como si estuviera improvisado, pero finalmente descubre que la novela estaba planificada hasta la última palabra, con una consistencia a prueba del análisis más meticuloso.

Así que no hay que perdérselo. Si ya lo has leído, disfrutarás con este reencuentro. Si aún no lo has leído, quizá sea una buena manera de acercarse a él. Pero, en cualquiera de los casos, yo en tu lugar no me perdería esta joyita: Que levante mi mano quien crea en la telequinesis, de Kurt Vonnegut, editado en Barcelona por Malpaso, 118 páginas de las que nos gustan: para leer rápido y pensar despacio y siempre con una sonrisa.

Ah, y no olvides no temerte cosas en las orejas.





La verdad y otras mentiras, Galveston: triunfadores, perdedores

24 11 2014

Te debía La Buena Letra de hace dos viernes, que, igual que la más reciente, era también un dos por uno. Son las cosas de que yo haya dejado la sección tan descuidada y de que otoño sea época de muchos lanzamientos.

Esta vez te hablaré de dos libros de parámetros similares: ambos son la primera novela de reputados guionistas y casi de la misma edad; y de ambos se prepara versión cinematográfica (esto lo añado de manera anecdótica, pues ya sabes que el hecho de que la novela sea adaptable tiene para mí una importancia literaria exactamente igual a cero). Me estoy refiriendo a La verdad y otras mentiras, de Sascha Arango y Galveston, de Nic Pizzolatto.

La verdad y otras mentiras, de Sascha Arango, Barcelona, Seix Barral, 309 páginas

La verdad y otras mentiras, de Sascha Arango, Barcelona, Seix Barral, 309 páginas

Vamos por partes: La verdad y otras mentiras, de Sascha Arango, un autor alemán de ascendencia colombiana que trabaja como guionista para Tatort. ¿Qué es Tatort? Pues una serie policiaca que lleva en antena desde ¡1970! Ahí trabaja este señor que ha escrito una primera novela que es interesante, ambigua y algo oscura. Y que le está dando un gran éxito comercial, porque se ha vendido a veinte países casi inmediatamente.

La verdad y otras mentiras cuenta la historia de Henry Hayden, el tipo que todos quisiéramos ser: un escritor de éxito joven, guapo, casado con una mujer interesante con quien vive en una casa de campo; conduce un deportivo, tiene fans a patadas y tiene que sacarse a las mujeres de encima a manotazos. Pero guarda unos cuantos secretos. El primero, que está liado con su editora, una chica que se llama Betty. Y por Betty van a comenzar los problemas, el día en que esta le diga que está embarazada. Porque el amigo Hayden no quiere dejar a su mujer (es más, no puede hacerlo, por causa de otro secreto que no voy a desvelarte) y va a tener que buscar una solución para sacarse a Betty (y al bombo de Betty) de encima. A partir de aquí, se despliega un argumento lleno de imposturas, malentendidos, errores fatales y continuos giros. El personaje de Hayden está muy cercano al desconcertante y escurridizo Tom Ripley de la gran Patricia Highsmith: un tipo ambiguo, de gustos más o menos refinados y pasado oscuro, capaz de lo mejor y de lo peor y, por supuesto, un maestro de la mentira. Hay otros personajes muy interesantes en la novela: Martha, la propia mujer de Hayden; un antiguo compañero de colegio que se la tiene jurada y Obradin, un pescador servio amigo de Hayden y que me parece un absoluto filón.

Arango cuenta las cosas limpia y rápidamente, maneja bien el humor y la intriga y nos mueve a reflexiones interesantes. Pero quizá se equivoca en una cosa: la novela tiene tantos giros argumentales, está tan empeñado en sorprendernos a cada momento, que a veces los personajes pierden entidad y echamos en falta que se profundice un poco más en sus personalidades. Aunque el cine y la televisión precisen de más, para una buena novela, con uno o dos giros argumentales es suficiente: no es necesario introducir seis o siete, pues se corre el riesgo de que, como es el caso, los personajes acaben algo desdibujados. Y es una pena, porque el planteamiento es muy interesante y tanto protagonistas como secundarios son verdaderos filones narrativos. No obstante, no es una mala primera novela, se deja leer bien y nos puede hacer pasar un fin de semana.

Galveston, de Nic Pizzolatto, Barcelona, Salamandra, 282 páginas

Galveston, de Nic Pizzolatto, Barcelona, Salamandra, 282 páginas

Y vamos con la segunda: Galveston, de Nic Pizzolatto. Pizzolatto es de Nueva Orleans, tiene 39 años y es muy conocido por ser el creador, guionista y productor ejecutivo de una serie deslumbrante que se llama True Detective, lo mejor que he visto en televisión desde The Wire, con permiso de Breaking Bad. Pues bien, Pizzolatto ya se había estrenado como cuentista en 2006 con un libro titulado Between Here and the Yellow Sea (Entre aquí y el mar Amarillo) y en 2010 sacó esta novela fascinante que solo ahora se publica en España y que no hay que perderse: Galveston.

Se trata de una historia que tiene algo de novela itinerante y de historia de amistad entre contrarios: a Roy Cody, un matón de Nueva Orleans, le acaban de diagnosticar un cáncer de pulmón. Y justo ese día, intentan matarlo unos armenios por orden, sospecha él, de su jefe, el mafioso Stan Ptitko. No le queda otra que huir, y se va a Galveston, en Texas, un lugar que le trae recuerdos de un antiguo amor; pero lo hace acompañado por Rocky, una prostituta de dieciocho años que se ha cruzado en su camino, una de esas chicas huidas de casa que se han acostumbrado a vender su cuerpo porque carecen de otra cosa que ofrecer, una flor de arrabal, carne tierna para el cañón del patriarcado. Pero este sicario condenado a muerte dos veces se impone una última tarea: arreglarle la vida a Rocky y buscar un buen futuro para ella.

Dura y tierna, violenta y sentimental, Galveston es una novela de esas que no se olvidan, con personajes que pertenecen al canon clásico de la novela negra pero se salen absolutamente de él y, sobre todo, con un aliento poético que la recorren desde la primera palabra hasta la última. Novela de perdedores y novela de esperanza, es una de esas joyas que no hay que perderse. Inicia, además, la colección Salamandra Black, dirigida por Anik Lapointe, que anteriormente dirigió la Serie Negra de RBA. Lapointe y Salamandra son un maridaje que, seguro, nos va a traer muchas cosas interesantes. De hecho las está trayendo ya: este libro de Nic Pizzolatto y un Dennis Lehane. Un Lehane siempre huele bien, pero, por ahora, ya tenemos este primer título que, sinceramente, para mí ha sido una absoluta delicia.





Las flores no sangran

10 11 2014

De nuevo dos semanas sin aparecer por aquí ni hacer La Buena Letra, ese gustazo semanal que me doy cada viernes. La culpa es de los viajes y el trabajo.

Finalicé octubre en Fuerteventura, adonde el Cabildo Insular me invitó a participar en el ciclo El escritor y tú, una inteligente estrategia de animación lectora en la que tiene mucho de activista Eloy Vera Sosa. Allí tuve la suerte de encontrarme con el alumnado de varios centros de enseñanza secundaria y de compartir una muy agradable velada con participantes en clubes de lectura y lectores en general, en un debate coordinado por Juan Carlos Galindo, ese otro guerrillero.

Y comencé noviembre en Córdoba, hablando sobre novela negra con el maestro Mariano Sánchez Soler y esa enciclopedia andante que es Jesús Lens, en el encuentro Un otoño de novela, parido por el compañero Francisco José Jurado.

Y entre tanto viaje y tantos ratitos agradables compartidos con lectores, ha habido talleres, proyectos, escritura, lectura.

Y la corrección de pruebas de la nueva criatura, que aparecerá en enero, publicada por Alrevés y que comparte título con esta entrada: Las flores no sangran.

Ya se sabía que trataba sobre un secuestro exprés en Gran Canaria, el plan criminal más estúpido del mundo. Y que sería una novela coral, como atestigua esta foto que le he sacado al cuaderno donde fui anotando personajes y relaciones entre ellos.

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Lo que no había dicho es el título, por la mera razón de que aún no había pasado por el registro. Y el título es ese, el que fue desde un principio: Las flores no sangran. Si quieres saber por qué se titula así, habrás de esperar a leerla, porque cada vez tengo más claro que los textos se explican por sí mismos.

Atrás quedan muchos meses de trabajo, ocho versiones de un mismo texto que iba menguando un poco más a cada nueva corrección, dos galeradas y muchas dudas sobre cómo había que contar esa historia, cómo continuar contando historias de violencia a lectores cuya capacidad de asombro va desapareciendo titular de prensa a titular de prensa.

Diferentes borradores impresos de Las flores no sangran.

Diferentes borradores impresos de Las flores no sangran.

Pero, finalmente, decidí que había que contarla. Y que había que contarla en clave de novela negra (una vez más), porque (una vez más) es en el crimen donde encuentro la excepción a ese supuesto orden que oculta los verdaderos motivos de lo que está pasando, de lo que nos está pasando. Como sociedad, pero también como individuos.

Soy de los que piensan que un escritor no es un artista, sino un artesano, que su oficio consiste en contar historias y contarlas bien, construyendo con las palabras puentes entre ellos y el lector. Lo que su obra tenga de imperecedera, de absoluta, de universal, no han de decidirlo ni él ni sus contemporáneos, sino aquellos que aún no han nacido y que cruzarán ese puente que es el texto desde el otro lado del tiempo.

La novela negra no es, por supuesto, el único camino para acercarse a la realidad desde la ficción. Hay otros y muy atractivos. Pero yo le encuentro a lo criminal sus ventajas para hablar de determinadas cosas y de una determinada manera. Otras historias las cuento de otro modo (aunque, cosa curiosa, esas no las lee casi nadie). Sé que habrá quien piense en las novelas de género como novelas menores; en las novelas populares como novelas «no literarias»; en el género negro como en un mero género comercial. Quien así opina suele obviar la dificultad estilística de ceñirse a un paradigma, el origen eminentemente popular del género novelístico y la paradoja de que el éxito comercial de un texto no lo exime de calidad, así como la difusión minoritaria no es prueba alguna de talento.

Cada uno es dueño de sus genitales y de sus prejuicios. Mi experiencia de lector (de lector de Dürrenmatt, de Thompson, de Highsmith, de Goodis y tantos otros, entre los que están Ibargüengoitia, Vargas Llosa y Carlos Fuentes) me dice que pensar que la novela negra y la literatura se excluyen mutuamente es lo más parecido a confundir lo epatante con lo hepático. Hay, en fin, muchas clases de tontos y, como dice un buen amigo, el más tonto de los tontos es siempre el tonto culto.

Así que sí, en enero, Las flores no sangran. Y sí, novela negra. Y sí, novela.

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La parcela de Dios. El improbable oro de los Walden

25 10 2014

[Si quieres escuchar el podcast de La Buena Letra y La Butaca, solo has de hacer clic aquí]

La parcela de Dios, una de las obras mayores y más originales de Erskine Caldwell, es una historia de sexo y violencia que transcurre entre las abandonadas plantaciones de Georgia y las ciudades fabriles devastadas por la Gran Depresión Norteamericana de los años treinta.

La parcela de Dios, de Erskine Caldwell, Barcelona, Navona, 244 páginas

La parcela de Dios, de Erskine Caldwell, Barcelona, Navona, 244 páginas

Ty Ty Walden, desde siempre, destinó un acre de su finca a Dios: decía que lo que diera esa parcela lo donaría a la Iglesia. Pero hace tiempo que Ty Ty y sus hijos no cultivan nada. Se dedican a horadar el suelo, cavando zanjas y más zanjas, buscando un improbable filón de oro. Absurdamente, prefieren gastar su tiempo y su esfuerzo en la búsqueda de una quimera, en lugar de hacer algo productivo. Cuando comprueban que en una de las parcelas no hay nada, buscan en otra. Y así, cavando aquí y allá en la finca, cuando quieren perforar en la parcela para buscar oro, la cambian de sitio. Sería tremendo que el oro apareciese precisamente en la parcela de Dios.

Con este arranque, Erskine Caldwell nos va a contar la historia coral de Ty Ty y sus hijos: Darling Jill, una chica coqueta y promiscua; Jim Leslie, que dejó la casa familiar e hizo fortuna como prestamista y especulador; Rosamund, que vive está casada con un obrero de las hilanderías, Will Thompson, implicado en la lucha de los obreros por apoderarse de las fábricas y fundar una cooperativa y que cobrará un inesperado protagonismo hacia la mitad de la novela; y Buck, casado con Griselda, cuya belleza va a provocar la desgracia cuando entra en contacto con Will y con Jim Leslie.

Como en La ruta del tabaco, un erotismo animal e incontrolable recorre toda la novela, de tal forma que la concupiscencia va a generar la mayor parte de los muchos conflictos que nos encontramos en ella. Como dice el propio Ty Ty:

Alguien nos ha jugado una mala pasada. Dios nos puso en cuerpos de animales, pero quiso que nos comportáramos como personas. Ese fue el principio de todos los males. Si Él nos hubiera creado como somos, y no nos hubiera llamado personas, hasta el más tonto de nosotros sabría vivir.

Además del erotismo y de presentar a la clase rural de Georgia envilecida por la inactividad y la ignorancia, La parcela de Dios se introduce en el proletariado urbano, mostrando la devastación social producida por el capitalismo. Pese a la aridez general de su estilo, Caldwell alcanza altas cotas de un raro lirismo en las páginas dedicadas a esas poblaciones del valle, donde “la belleza mendigaba y la sed de los hombres fuertes resonaba en el vacío como el gimoteo de mujeres maltratadas”.

No es de extrañar que la novela, publicada en 1933, fuese inmediatamente perseguida. En Georgia fue prohibida y en Nueva York autor y editor se enfrentaron a juicios por inmoralidad. Después de todo, La ruta del tabaco ya le había puesto en el punto de mira de la censura más conservadora. Pero, igual que ocurrió con esa novela inmediatamente anterior, La parcela de Dios también fue un rotundo éxito de ventas.

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Erskine Caldwell nació en 1903 en Moreland (Georgia), hijo de un pastor presbiteriano y pasó su infancia viajando con su padre por el Sur de Estados Unidos. Pero parece ser que en Georgia, en su tierra, no podían ni ver a este individuo que, en sus novelas y cuentos, describía con pelos y señales la miseria, el machismo y el racismo de una sociedad ignorante y prejuiciosa, envilecida por el hambre y la anomia.

Caldwell trabajó en diferentes oficios manuales y eso le permitió conocer muy bien la vida de la clase trabajadora, que es la que plasma en sus novelas. Sus primeras novelas fueron El bastardo y Pobre loco (que ya tuvieron problemas con la censura), pero la que realmente le consagró fue El camino del tabaco, que conocería una exitosa adaptación teatral y una cinematográfica, dirigida por John Ford.

A La parcela de Dios le seguirían otros títulos también estupendos, como Tumulto en Julio, El predicador o Tierra trágica.

Pero esas novelas tardaron mucho en publicarse en España, a causa de que en su momento no pasaban la censura franquista y luego, en los años ochenta, Caldwell parecía haber pasado de moda. La parcela de Dios, por ejemplo, solo fue publicada en España en 2008, traducida por Vicente Campos.

Escribió unas cuarenta novelas, además de ensayos y libros de relatos.

Así pues, para esta semana, esta novela llena de humor negro, denuncia social y erotismo animal: La parcela de Dios, publicada en Barcelona por Navona (nunca les agradeceré lo suficiente sus rescates), 244 páginas brutales, puestas al servicio del ser humano.








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