¿Acaso no matan a los caballos?

6 10 2012
 —Siempre mañana –dijo ella–. La gran oportunidad siempre es mañana.

Horace McCoy. ¿Acaso no matan a los caballos?

Cuando en algún debate surge la pregunta sobre qué es la novela negra, por qué se dice de este tipo de libros que para ser buenos deben estar escritos con las tripas, amigos escritores, aficionados al género y yo mismo acabamos siempre mencionando algunos títulos que ejemplifican esta forma de entender el género y, al mismo tiempo, demuestran que el género pulp no tiene nada que envidiar a la supuesta literatura de peso, que las novelas de crímenes pueden ser alta literatura. Entre esos títulos están Cosecha roja, 1280 almas, El cartero siempre llama dos veces y la devastadora novela que te traigo esta semana: ¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace McCoy.

¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace McCoy, Punto de Lectura, 160 páginas.

They Shoot Horses, Don’t They? (publicada originalmente en 1935 y que en España conocemos por la aún vigente traducción de Josep Rovira Sánchez) es la historia de Robert y Gloria, dos chicos que se conocen por casualidad en Los Ángeles, adonde ambos han ido para intentar trabajar en el cine. Por supuesto, no han tenido suerte (los personajes de estas historias nunca la tienen) y sobreviven a salto de mata, con más hambre que ilusión y más agotamiento que esperanza.

Gloria ha oído hablar de un concurso de resistencia de baile: el premio son mil dólares, pero, lo que más les atrae es la perspectiva de comer gratis mientras dure el concurso y la remota posibilidad de que algún productor los descubra.

Por supuesto, la realidad es más dura. En pocas páginas, ambos personajes, junto con otros concursantes, van a iniciar un descenso al infierno: deben bailar sin cesar, duermen sin dormir más de quince minutos seguidos, comiendo sin dejar de moverse, enfrentándose a pruebas sorpresa brutales para satisfacer a un público ávido de asistir al espectáculo del dolor ajeno para olvidar el propio.

La estructura de la novela es la de una sentencia dictada contra Robert, a lo largo de la cual una analepsis (esto es, un flash-back) nos mostrará cómo ha llegado hasta ahí, cómo vivió esos días junto a Gloria, esa muchacha que, antes de conocerle, ya había renunciado a la esperanza, pero también a la hipocresía.

Esta una novela dura, lacerante, contada de manera muy concisa y rápida se inserta perfectamente en la cultura de la sospecha y en la más genuina crítica a la sociedad capitalista: esos bailarines forman parte de una metáfora de un sistema que cosifica a los seres humanos, despojándoles de lo mejor que pueden dar como personas y apelando a sus más bajas pasiones.

 

Este concurso de resistencia de baile es ficción, pero está inspirado en algunos que fueron muy populares durante la Gran Depresión. Tras la muerte de un concursante en plena pista de baile, la presión de las ligas reformistas (también duramente criticadas por McCoy) haría que las autoridades acabaran prohibiéndolas.

 

Horace McCoy nació en 1897 y, como muchos grandes de la novela negra de esa época, ejerció diversos oficios oficios: vendedor de periódicos, aviador, cronista deportivo y guionista de cine. Comenzó a escribir novelas pulp en los años veinte, y aparte de esta, es muy de destacar Los sudarios no tienen bolsillos.

 

La versión cinematográfica de esta novela la firmó Sidney Pollack en 1969 con un reparto encabezado por Jane Fonda, Michael Sarrazin y Susannah York, en el cual había grandes secundarios del cine norteamericano, como Gig Young, que obtuvo el Oscar por su interpretación de Rocky, el maestro de ceremonias. La cinta, que compartía título con la novela, fue llamada en España Danzad, danzad, malditos y aunque modifica algunos detalles del argumento, capta perfectamente el espíritu y el mensaje de esta novela que no puede faltar en ninguna buena biblioteca, una joya breve, lacerante e inolvidable.

 (Si quieres escuchar La buena letra de esta semana, así como La butaca, la sección de cine de Francisco Melo Junior, y, de paso, saber cómo y por qué desrecomendamos La noche es virgen de Jaime Bayly, pincha aquí).

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Demasiado para Gálvez; lo demás es propaganda

21 02 2014

[Si te apetece escuchar el podcast y averiguar cómo celebramos este año el Día de las Letras Canarias, dedicado a Agustín Millares, concurso con Junior como participante incluido, solo has de hacer clic aquí]

La buena letra de hoy es una novela de sexo, violencia, política, periodismo y mucho humor: Demasiado para Gálvez, la que fue la primera novela de Jorge Martínez Reverte y la primera de la serie Gálvez, que los aficionados al género negro y los que quieran mirar a la realidad sociopolítica española de los últimos cuarenta años.

Demasiado para Gálvez, de Jorge Martínez Reverte, Madrid, Booket, 272 páginas.

Demasiado para Gálvez, de Jorge Martínez Reverte, Madrid, Booket, 272 páginas.

Demasiado para Gálvez fue publicada en 1979, aunque transcurre algunos años antes, en los últimos años del franquismo, y dio pie a una película protagonizada por Teddy Bautista e Isabel Mestres.

Pero corramos un tupido velo sobre la peli y centrémonos en la novela, que, acabo de comprobar, es buena literatura, de esa que se mantiene vigente por más que pasen los años.

El argumento es el siguiente: Julio Gálvez es un periodista que trabaja para el semanario Novedades. Es, más bien, un plumilla, un don nadie, a quien acaba de dejar su mujer y que tiene una vida bastante desastrada. Un día, el semanario le encarga que investigue a Serfico, un holding inmobiliario que se dedica a construir, vender y realquilar viviendas en zonas turísticas. Todo huele a podrido en Dinamarca y, cuando Gálvez se mete de lleno en el asunto, uno de sus contactos es asesinado y a él también intentan matarle. Pero cuando intenta publicar la noticia, resulta que su revista silencia los hechos a cambio de un gran contrato publicitario con la propia empresa investigada, y él es despedido. A partir de ahí, con los jefazos de la prensa en contra y con unos matones persiguiéndolo por todo Madrid, Gálvez se tendrá que buscar la vida por sus propios medios para sacar la verdad a la luz. No te estropeo nada más del argumento, pero te aviso: el final es explosivo.

En realidad, cualquiera que tenga memoria sabrá que el tema de Demasiado para Gálvez guarda gran similitud con un caso real que, igual que Matesa, había puesto al descubierto los negocios turbios en torno al poder en los últimos años del franquismo y fue juzgado, con poco éxito, en 1987: el caso Sofico, una empresa en cuyo consejo de administración había altos cargos de las cúpulas política y militar de la época.

Pero, más allá de sus parecidos con la realidad, con este argumento (que recuerda a otras grandes novelas, como Los sudarios no tienen bolsillos, de Horace McCoy), Martínez Reverte construye una historia divertida que se va oscureciendo poco a poco mientras se adentra en una intriga criminal en la que hay delitos económicos y de los otros, una radiografía de cómo funcionaba la sociedad española de aquella época (en el fondo, no tan distinta de esta) y de cómo la ética personal del periodista debe mantenerse inviolable frente a los poderes fácticos, haciendo honor a lo que luego dijera Horacio Verbitsky: “periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa; el resto es propaganda”. Tema sobre el que toca pensar más que nunca hoy.

Demasiado para Gálvez tuvo mucho éxito en el momento de su aparición y dio pie a una serie de seis novelas divertidísimas que, a veces con una periodicidad de diez años, nos han ido contando lo que iba sucediendo en este país a través de las aventuras de este periodista golfo, sarcástico, mujeriego y honesto. La más reciente es Gálvez contra los leones (2013), pero tampoco hay que perderse Gálvez en Euskadi (1981) o Gálvez y el cambio del cambio (1995).

 mreverte

Jorge Martínez Reverte (que es hermano del también escritor Javier Reverte) nació en Madrid en 1948 y abandonó la carrera de Ciencias Físicas para dedicarse al periodismo. Ha trabajado en muchos medios: la Agencia Pyresa, Cambio 16, El Sol, El País y El Periódico de Cataluña. Fue Premio Ortega y Gasset de periodismo en 2009 al mejor reportaje periodístico. Y, aparte de por sus novelas, destaca por sus ensayos históricos, principalmente dedicados a la Guerra Civil.

Pero, para comenzar a leerle, yo recomendaría comenzar por el principio, por esta novela divertida y sincera: Demasiado para Gálvez, de Jorge Martínez Reverte, en varias ediciones como, por ejemplo, la de Booket, 272 páginas de novela negra para leer rápido, pensar despacio y mirarnos de frente en el espejo de la ficción.





McCoy: el precio de la verdad

6 07 2013
Los sudarios no tienen bolsillos, de Horace McCoy. Madrid, Akal, 203 páginas

Los sudarios no tienen bolsillos, de Horace McCoy. Madrid, Akal, 203 páginas

Como se dice al comienzo de esta novela, al periodista Mike Dolan le hubiera gustado vivir en los días en los que “un periódico era un periódico y se llamaba ‘hijos de puta’ a los hijos de puta y al diablo con las consecuencias (…) No como ahora, con el país repleto de esos pequeños Hearts y MacFaddens que se pasaban el día batiendo los tambores y agitando banderas en sus periódicos y diciendo que Mussolini era el nuevo César (…) y Hitler, otro Federico el Grande (…). Esos solo vendían patriotismo a precio de saldo y nada les importaba un carajo aparte de la tirada”. Por eso, cansado de que su periódico rechace sistemáticamente las noticias que afectan a la imagen de sus anunciantes, decide fundar su propia revista, con la única ayuda de Myra Barnowsky, una chica que le seguirá hasta el fin del mundo, y Eddie Bishop, un fiel compañero de clara tendencia izquierdista.

Juntos, se proponen algo bastante peligroso: contar la verdad. Eso les convierte, a los ojos del lector, en héroes; a los de los poderosos, en una molestia.

Ese es el conflicto central de Los sudarios no tienen bolsillos, escrita por Horace McCoy en 1937 y no publicada en ese país hasta 1948, y ello en una versión mutilada y suavizada.

No es de extrañar. Por un lado, McCoy introduce en esta novela sucesos que, en cine, no hubieran logrado sortear el Código Hays: sexo explícito (incluidos adulterios, promiscuidad y orgías sugeridas), lenguaje malsonante o francamente blasfemo, ataque a la tradición política y religiosa, además de denunciar las simpatías que los fascismos despertaban entre las clases dirigentes norteamericanas antes de la Segunda Guerra Mundial.

Por otro, y probablemente sea esto lo más incómodo, hay una clara denuncia de la censura que ejercen los poderes fácticos en los medios de comunicación. No se trata de un código explícito, sino del amordazamiento del mal llamado “cuarto poder” con un medio claramente el eficaz: el económico.

La línea editorial de un medio de comunicación tiene una sola tendencia: la salud de sus finanzas. No se puede contar un tongo en un partido de baseball, la mala praxis de un médico que es hermano de un poderoso financiero, o la imprudencia temeraria del hijo de un senador, que ha matado con su coche a dos mujeres mientras conducía borracho, si el propietario del equipo, el financiero y el senador son anunciantes tuyos o comparten intereses económicos contigo.

Y si intentas crear un medio de comunicación que lo haga, habrás de tener mucho cuidado, porque no solo molestarás a los poderosos, sino a sus voceros,  a quienes tu actividad libre pondrá en evidencia. Eso lo comprobarán muy pronto Dolan, Myra, Bishop y todo aquel que intente ayudarles en su tarea.

En esta novela salvaje y sincera, no paran de suceder acontecimientos. Los personajes aparecen y desaparecen sin cesar, y la mayor parte de las subtramas son puestas en juego mediante el uso de rápidos y certeros diálogos. Los contrapuntos son algunos momentos especial y paradójicamente poéticos, en los que Mike Dolan agradece la llegada de la lluvia, de esas aguas que prometen venir y arrastrar toda la basura moral que puebla ese mundo clasista e injusto, donde él es una especie de mosca cojonera que va de salón en salón (y de cama en cama), poniendo en evidencia las relaciones de poder que ocultan, como siempre, los velos de la ideología.

 mccoy

Horace McCoy (1897-1955) es aquel cronista deportivo y guionista de cine que escribió también Luces de Hollywood y Di adiós al mañana, pero que es sobre todo conocido por su fascinante y cruel ¿Acaso no matan a los caballos? que inspiraría una película homónima a Sidney Polack (en España se tituló Danzad, danzad, malditos).

Leer a McCoy en la actualidad es regresar a aquella época del hard–boiled que pariría a Hammett, a Cain y, más tarde, a Chandler. Pero, sobre todo, es constatar que las cosas no han cambiado demasiado, que la revolución tecnológica no ha venido acompañada de una revolución ética, que, antes que mitigarse, los mecanismos ideológicos de la opresión se han amplificado, haciéndose cada vez más sutiles y, por ende, eficaces.

Así que esta novela tan dura como amena es una oportunidad excelente para reflexionar sobre el precio de la verdad al mismo tiempo que nos divertimos: Los sudarios no tienen bolsillo, de Horace McCoy, publicada en Madrid por Akal, 203 páginas para disfrutarlas antes de consumir esos bocadillos de ficción ideológica que cada día te venden los mass media. Especialmente recomendada para periodistas a quienes sus jefes no permiten hacer bien su trabajo. Se sentirán identificados.








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