Personas de orden

14 08 2015

En casa, gracias a ese invento de la televisión interactiva, hemos visto una serie danesa titulada Borgen, que trata acerca de los entresijos de la política danesa siguiendo a una líder del Partido de los Moderados que llega a ser primera ministra.

Es, por supuesto, una ficción. Habla de las perversidades, los juegos sucios, las hipocresías, la manera en que las decisiones y hasta las circunstancias personales de los dirigentes políticos influyen en la ciudadanía. También, por supuesto (el psicodrama es importante), sobre cómo la actividad política cambia la vida de aquellos que se dedican a ella profesionalmente.

Pero no es esto lo que nos llama la atención en casa. La ficción política es uno de nuestros subgéneros favoritos y ya estamos acostumbrados a que los guionistas desplieguen todo el argumentario de Maquiavelo y Hobbes. Los seguidores de House of Cards o de Boss (con esos villanos y villanas dignos de Shakespeare) saben a qué me refiero. Lo que nos llama la atención es una serie de hechos que los guionistas dan como evidentes, porque en su país deben de ser perfectamente normales y que a nosotros nos parecen directamente ciencia ficción, cuando los comparamos con lo que sabemos acerca del ejercicio del poder en nuestro país.

Un ejemplo: en Borgen, todos los partidos con representación parlamentaria tienen su sede en el mismo edificio. Comparten pasillos, escaleras, ascensores y hasta menaje. No sé cuáles serán los inconvenientes de esta situación para los partidos, pero cada vez que el representante de un partido quiere reunirse con el de otro, simplemente cruza un pasillo o sube o baja una planta y entonces mi pareja y yo hacemos cálculos sobre cuánto se habrá ahorrado el erario público en combustible, coches oficiales, chóferes y seguridad.

Otro ejemplo: dado el espectro plural de partidos y la diversidad de voto, todos los partidos se verán obligados, en un momento u otro, a forjar alianzas para formar gobierno. Pero los partidos anuncian durante la campaña electoral con qué otras formaciones del espectro harán pactos en caso de obtener la confianza del electorado. Y esas, sus posibles alianzas, forman parte de su programa.

Sin embargo, el último ejemplo es el que hizo que nuestros ojos se desorbitaran desde los primeros episodios: en Dinamarca los políticos dimiten. Y no dimiten cuando hay una sentencia firme en contra de ellos. Ni siquiera es necesario que se sospeche que han cometido un acto ilegal. Basta, antes bien, con que exista por su parte una vulneración de la ética profesional. En Borgen, un primer ministro de la nación dimite porque llega a la opinión pública el hecho de que ha pagado con su tarjeta para gastos oficiales un bolso comprado por su mujer en pleno ataque depresivo.

No cuento más para no estropearte el visionado. Pero esta semana no he podido dejar de pensar en Borgen.

Amén de vacaciones de ministros que llevan cuatro años veraneando en hoteles sin licencia y pretenden hacernos tragar que han cruzado el océano para pasar cuarenta y ocho horas en un hotel de República Dominicana, esta mañana he podido seguir la comparecencia de Jorge Fernández Díaz, quien afirma haberse reunido en su despacho del ministerio del Interior con Rodrigo Rato para discutir cuestiones de seguridad que afectan al exministro hoy caído en desgracia. Y haberlo hecho no en un bar ni en un piso franco, sino con “luz y taquígrafos” (luz habría, pero taquígrafos no había por ningún lado; y, mucho menos, grabadoras). Dejando a un lado la pregunta de por qué Rato goza de la prerrogativa de reunirse directamente con el ministro para tratar temas que otros deben tratar en comisaría o, como mucho, con un director general, ahora ya da igual la explicación que quiera dar Jorge Fernández Díaz sobre los motivos, los contenidos y el desarrollo de la reunión.

Rodrigo Rato (encausado por el caso Bankia) y Jorge Fernández Díaz (ministro del Interior) podrían haber hablado sobre el tiempo, el campeonato del mundo de badminton o lo caras que se han puesto las hortalizas. Incluso podrían no haber hablado de nada y dedicado dos horas de sus apretadas agendas a mirarse tiernamente a los ojos. Porque, a mi modo de ver, esta asunto no trata sobre si el titular de Interior habló con Rato o no sobre los procesos con los que está relacionado. Tampoco sobre si la reunión fue secreta o no (para ser francos, Fernández Díaz pretendió que así fuera, pero un periodista lo pilló con el carrito de los helados). Todo eso huelga, ahora que la noticia ha salido a la luz. Nadie puede demostrar que Fernández Díaz y Rato hayan hablando sobre procesos judiciales, por supuesto. Pero es que nadie, tampoco el ministro, puede demostrar que no lo hayan hecho. Así pues, el ministro del Interior debe dimitir. No por lo que haya hablado con Rodrigo Rato en su reunión con él, sino, lisa y llanamente, por el hecho (reconocido por él mismo) de que esa reunión ha tenido lugar.

Al menos, ese es el tipo de comportamiento que uno espera de una persona de orden. Lo demás, como opinó un diputado de la oposición durante la comparecencia del ministro, son milongas.

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Encuentro en Friburgo

11 05 2015

No: no es el título de una novela de Sándor Márai. Es un post que alude a algo en lo que acabo de tomar parte. Algo muy bueno. Y, cuando te ocurre algo bueno, es como si hubieras tenido una aventura con George Clooney o Catherine Z. Jones: está muy bien que te haya ocurrido, pero es todavía mejor poder contarlo.

El viernes, día 8 de mayo, José Luis Correa y yo tuvimos una oportunidad única (que aprovechamos): la de visitar la Universidad de Friburgo (Suiza) para asistir al coloquio de fin de semestre con el alumnado de máster, invitados por la Cátedra de Español de esta universidad, que ostenta Julio Peñate Rivero. Eso que etiquetamos en Twitter como #noirisleñoenSuiza.

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A lo largo del día (desde las ocho de la mañana hasta aproximadamente las seis de la tarde), Caroline Anthenien, Fabiola Berset, Cristina Dorado, Lisa Frigerio, Manuela González, Juana Carolina Goop, Milena Müller, Karina Rettich y Alessandra Zaccone dictaron sus ponencias sobre nuestras novelas, con especial atención a las primeras pero sin dejarse atrás algunas de las más recientes. Con rigor, con una mirada en ocasiones muy fresca las analizaron precisando sus defectos y sus posibles bondades e iluminando, en algunos casos, zonas de sombra que a los propios autores se nos habían escapado.

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No era el primer encuentro que esa cátedra promovía con autores españoles. Existe un ilustre precedente, porque hace unos años ya visitaron Friburgo mi querido Lorenzo Silva y el desaparecido (y enorme) Francisco González Ledesma para un coloquio similar, que posteriormente quedaría recogido en Trayectorias de la novela policial españolaeditado por Visor Libros, uno de esos títulos que contribuyen a dotar de contenido crítico este género que tanto lo necesita.

En mi caso, me interesaron mucho algunas cuestiones aportadas en las ponencias sobre mis novelas: el tratamiento del espacio en La estrategia del pequinés, analizado por Caroline Anthenien y Milena Müller, que distinguieron entre espacios para el refugio y espacios para la salvación; la reflexión sobre la culpa y la forma en que el mal se encadena en Solo los muertos, expuesta por Karina Rettich y Manuela González (que no dejaron de hacer una interesante aportación sobre los estereotipos de género en esa segunda entrega de la serie de Eladio); y, last but not least, el fino análisis general que Lisa Frigerio realizó en torno a Tres funerales para Eladio Monroy. Pese a sus muchos defectos como novela (fue la primera que escribí y adolece de muchos problemas de estilo), Frigerio supo hallar en ella algo que define muy bien la vida insular y de lo cual yo no me había percatado hasta el momento: la figura del intermediario y su importancia en el día a día del isleño.

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Uno de los placeres indudables de los cuales disfrutamos los autores es el del encuentro con el lector, el de escuchar de su propia boca sus impresiones acerca de nuestros trabajos, recientes o pasados. Este gozo se amplifica enormemente si quien los ha leído son personas cultas, informadas y que ejercen la cada vez menos frecuente labor del pensamiento crítico.

En esa jornada (en esos días previos y posteriores que pasamos en Suiza), José Luis Correa y yo tuvimos esa suerte, siempre arropados por el profesor Julio Peñate y su esposa, Ana Alonso, que fueron anfitriones, guías y casi padres de estos dos desastrillos despistados que se asombraban a gritos de la belleza de su ciudad. Creo que hablo también en nombre de mi amigo José Luis cuando digo que esta ha sido una experiencia inolvidable y que mi agradecimiento por esta amable invitación será eterno. Sirva como indicio de ello esta presurosa entrada de blog, redactada mientras me preparo para partir a un nuevo evento, que comienza el día 13: las Jornadas NNegra de Arona, de las cuales te hablaré en tan solo unas horas, cuando haya tenido tiempo de deshacer la maleta para hacerla de nuevo.





Aviso por si paso cerca de tu casa

18 04 2015

Llega el Día (la semana o las semanas) del Libro y toca hacer las maletas y viajar a diferentes lugares para celebrar la existencia de esos objetos mágicos que dan gustito, esas máquinas del tiempo que conectan a los lectores con el pasado y a los escritores con el futuro. Durante un par de semanas no vamos a hacer La Buena Letra, al menos en radio. Yo seguiré (si las infraestructuras telemáticas lo permiten) haciéndola aquí.

Hago esta entrada para advertirlo (no vaya a ser que luego digas que no doy palo al agua) y, de paso, para avisarte de dónde voy a estar y lo que voy a hacer, por si estoy y lo hago cerca de tu casa y te apetece pasar a hacerme una visita y que nos veamos el hocico.

Por lo pronto, este lunes 20 andaré en La Palma (esa isla a la que uno siempre quiere volver), en la Biblioteca Municipal de Los Llanos de Aridane, en una presentación-debate de Las flores no sangran. El acto comienza a las 20:00 y es de esos en los que el público interviene, así que puedes aprovechar para preguntar, hacer observaciones o ponerme a parir, que para algo eres la clientela.

Las flores no sangran, Alrevés editorial, 336 páginas

Las flores no sangran, Alrevés editorial, 336 páginas

El jueves 23 de abril, más flores y más libros, porque la cita es, cómo no, en Barcelona, para celebrar Sant Jordi. Estaré por la mañana en el puesto de Alrevés en Las Ramblas y por la tarde en la Librería Negra y Criminal, en la calle de La Sal, en Barceloneta.

LCA

Y el viernes 24, me muevo a Cuenca, para participar en el III Encuentro Las Casas Ahorcadas, esa golfada que comisaría cada año el peligrosísimo Sergio Vera. El plantel de autores que acudirá este año es, como el del anterior, estupendo. Y sospecho que lo vamos a pasar estupendamente, porque además Cuenca es una de esas ciudades civilizadas en las que los bares disponen de Ron Arehucas.

La semana siguiente estaré en Los Cristianos, impartiendo talleres en los institutos del municipio, como preparación para el encuentro que tendrá lugar entre el 13 y el 15 de mayo, la Octava Edición de las Jornadas NNegra de Arona.

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El 8 de mayo, con José Luis Correa, estaré en la Université de Fribourg-SUISSE  (La Gruyére, Suiza) participando en el Seminario de Literatura Policial que allí se organiza cada año, y participando en un coloquio con los alumnos de Máster.

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Y la semana siguiente, retorno a Los Cristianos, para participar (ahora sí de cara al público), en las Octavas Jornadas Nnegra de Arona. Este año quedan aún presencias por confirmar, pero ya es seguro que estaremos con José Luis Correa, Marcelo Luján, Rosa Ribas y el crítico y periodista Eduardo García Rojas. Y se está cociendo alguna sorpresa, así que no te me despistes si vives en Tenerife y pon gasofa en el coche o consulta los horarios de TITSA, que Eduardo Pepe y yo ya estamos un poco más vistos, pero Rosa Ribas y Marcelo Luján no vienen todos los días (de hecho, ha habido una titánica lucha con sus agendas para que pudieran venir a Canarias).

valencia negra

Luego llega el fin de semana, pero tampoco descansamos, porque el 16 de mayo, viajo (esta vez con Rosa Ribas) a Valencia, para asistir al Tercer Festival Valencia Negra. No solo supone el reencuentro con un montón de amigos, sino que encima Las flores no sangran está entre las novelas nominadas para el Premio a Mejor Novela en Castellano, junto con otras que me encantan, como Subsuelo y Mistralia. Si quieres votar (por cualquiera de ellas u otra) solo has de hacer clic aquí.

Así que ya ves, agenda completa durante unos cuantos días. Y mucho viaje y mucha maleta, pero también, vaticino, muchas sonrisas y gratos encuentros. Mientras tanto, siempre que pueda, iré dejando miguitas de pan aquí, en esta que es tu casa, donde espero que continúes entrando y dejando tu huella.





Grass y Galeano para ser todos

14 04 2015

Me gustan los escritores incómodos, los solos, los francotiradores. Aquellos cuya obra se resiste al encasillamiento, al agrupamiento cerril, a la simple etiqueta cronológica, geográfica o estilística, y a quienes, cuando nos empeñamos en la maquinita erudita de aplicar etiquetas, el rigor nos obliga a añadirles un «sin embargo», un «sí, pero no», un «no obstante». Acaso sea porque uno sabe que esta tarea de la escritura es labor de solistas y que, como decía Sándor Márai, «el escritor que decida cantar en un orfeón descubrirá que su voz no se distingue del coro».

Acaban de dejarnos dos escritores que soportaron cada uno su correspondiente etiqueta pero supieron sacudírsela a través de sus voces únicas, de su empeño en no cantar a coro, en sus inclementes dedos índices señalando incesantes nuestras vergüenzas, nuestros olvidos, nuestras más bajas incomodidades: Günter Grass y Eduardo Galeano —y las baldas de la letra g de mi biblioteca alfabéticamente desordenada vuelven a sufrir un temblor similar al de cuando se fueron Gelman y García Márquez—.

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Grass, para nosotros, fue, sucesivamente, uno de los nuevos narradores alemanes de posguerra, un cachorro del «Grupo 47» —anótesele para encasillar después de Böll, cerca de Walser, antes de Handke—, el de El tambor de hojalata, el que luego continuó escribiendo «libros gordos» como El rodaballo, el que confesó que había llevado un uniforme pardo —y entonces pareció que nadie en su país tenía pasado salvo él y todos miraron la paja en su ojo— y, en los últimos tiempos, el que denunció a Israel como potencia desestabilizadora.

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Galeano fue el último de los últimos herederos del Boom, el uruguayo ese que escribe textos sobre los indios, el que tiene ocurrencias ingeniosas y tiene textos muy breves que juegan con las palabras, el que habla por los desarrapados y denuncia las contradicciones del capitalismo en libros que no sabemos si son narrativa, ensayo, reportaje o un cajón de sastre donde cabe todo, el que escribió sobre fútbol y nos contó que el mundo está patas arriba, ese cuyos vídeos vemos en las redes y enviamos a los amigos indignados. Un perroflauta, al fin.

Tantas etiquetas inexactas, que sirven para resumir lo que no se puede resumir: los años de dedicación y esfuerzo; los años de vivir en el seno de una sociedad pero sabiendo trascenderla para observarla con rigor y lucidez y denunciar sus taras, caiga quien caiga, moleste a quien moleste, cueste lo que cueste, no por joder, sino simplemente por coherencia, por ser fiel con uno mismo.

Grass y Galeano —el autor de El gato y el ratón y el autor de El libro de los abrazos, por citar dos títulos por los que recomendaría comenzar a quienes aún no les hayan leído— se nos van en un momento en el que todo es cada vez más hipócrita o, aún peor, convencional y mainstream, que es la forma en la que la ignorancia es hipócrita; un tiempo en el que necesitamos que alguien continúe hablándonos de quienes ponen los muertos y la escasez, cuando precisamos que los autores continúen siendo francotiradores y no se vendan ni se dejen alquilar, que prosigan con esa incómoda labor de ser uno solo para ser todos.





Kafka y La transformación: mitos, bichos y confusiones

12 04 2015

[Si quieres escuchar el podcast de La Buena Letra y La Butaca solo has de hacer clic aquí]

Esta semana no lo he tenido difícil para elegir el libro a recomendar en La Buena Letra, porque el jueves ocurrió algo fantástico: en Twitter fue tendencia durante varias horas el nombre de alguien que no es un deportista ni un canchanchán ni una folklórica ni un tarado que sale en un reality ni un político corrupto o bocazas, sino, simplemente un escritor (que tampoco acababa de morirse): el enorme, el gigantesco Franz Kafka. El motivo de que de pronto todo el mundo se pusiese a nombrarle fue, al parecer, la coincidencia de la aparición de varios artículos que se referían al centenario de la primera publicación de Die Verwanlung, La metamorfosis o, menos popular pero más exactamente, La transformación, esa historia que comienza cuando Gregor (o Gregorio) Samsa se despierta una mañana tras un sueño intranquilo en su cama de siempre, pero convertido en un horrible insecto. En realidad, el centenario del incombustible relato de Kafka no se cumple en primavera, sino en noviembre de 1915, cuando el editor Kurt Wolf arriesgó los cuartos dándole una oportunidad al amigo Franz. Pero, qué demonios, aparte de las ya existentes han aparecido dos estupendas nuevas ediciones: una, de Nórdica, a cargo de Isabel Hernández, tomando el título más tradicional, La metamorfosis; otra, la que recomiendo (ya sabes que soy amigo de libros económicos y disfrutables en la guagua), preparada por Xandru Fernández y publicada por Navona. Y siempre es buen día para recomendar la lectura de Franz Kafka y para celebrar que Twitter de algo bueno y no perecedero.

La transformación, de Franz Kafka, traducción de Xandru Fernández, Barcelona, Navona, 115 páginas.

La transformación, de Franz Kafka, traducción de Xandru Fernández, Barcelona, Navona, 115 páginas.

Y como tú ya habrás leído la historia de Gregor Samsa (o al menos sabrás de qué va y si aún no la has leído no sé qué diantres haces perdiendo el tiempo leyéndome a mí en lugar de correr a la biblioteca o librería más cercana), y, poco más o menos, todo el mundo tiene una idea de quién fue Kafka pero las bios de solapa y la clínica del rumor han ido deformando hasta la estupidez lo que sabemos de él, creo que es buena oportunidad para aclarar algunas cuestiones, malentendidos o creencias populares, esas cosas que uno escucha al pasar y que normalmente no tenemos tiempo para andar aclarando.

Franz-Kafka-portret

La primera: Kafka no publicó nada en vida. Falso. Publicó poco, pero publicó. Si no hubiera sido así, no estaríamos hablando del centenario de una de sus publicaciones, sino tendríamos que esperar, al menos, hasta 2024 para hacerlo, que es cuando se cumple el centenario de su fallecimiento. Antes del libro que nos ocupa hoy había publicado Contemplación y El fogonero (un cuento que fue presentado como un fragmento de la que sería su novela América o El desaparecido) y después publicaría también La condena. Cierto es que ninguno de estos títulos tuvo demasiado éxito (más bien él y su editor se los comieron con papas), pero también lo es que despertaron cierta curiosidad entre el público entendido. Un ejemplo: en la correspondencia de Hermann Hesse hay una carta dirigida a Kurt Wolf preguntándole si disponía de más títulos suyos.

Kafka era un marginado social y un triste. Inexacto. El caso es que nos encanta esa imagen del escritor solitario, pobre y tísico. Muy probablemente se tratara de un hombre tímido, algo neurótico y muy nervioso. Pero, por lo que se deduce de sus diarios, su correspondencia y lo que sabemos por los testimonios de la época, Kafka no era ajeno a la vida social de la Bohemia de entonces: era un burgués que participaba en actividades culturales y en reuniones sociales, asistía a los teatros e iba a balnearios (aún antes de que la tuberculosis comenzara a matarlo). Además, estaba dotado de un fino y singularísimo sentido del humor, que en ocasiones podía ser negro (sus dibujos son muy ilustrativos a este respecto) o, incluso, directamente escatológico (algún párrafo de sus diarios habla de las lecturas adecuadas o no para el retrete). Max Brod cuenta cómo Kafka se partía la caja de risa cuando iban leyendo fragmentos de El proceso.

kafa en la playa

Kafka es confuso. Esto me cabrea bastante. El sentido último de las ficciones de Kafka es oscuro, eso es innegable. Nunca terminamos de entender del todo lo que quiere comunicarnos (puede que ni él mismo lo hiciera). Pero su prosa es sencilla, sin barroquismos, con los adjetivos justos, casi austera. Trabaja siempre con el mínimo de medios y no abusa de los artificios técnicos. Pero ocurre que, como ya entendió Camus en El mito de Sísifo, su asunto principal es el absurdo y las preguntas que nos obliga a hacernos sobre nosotros mismos y sobre el mundo. Evidentemente, si eres de esos lectores que quieren seguir siendo como eran antes de leer un libro, de esos que no quieren libros de esos que te provocan preguntas, sino de esos otros que te dan respuestas, no te conviene leer a Kafka: mejor elegir un buen catecismo.

Dos curiosidades referidas a La transformación:

Un escarabajo, no una cucaracha: Kafka describe muy minuciosamente al insecto en el que se convierte Gregor Samsa, pero se niega a decirnos el nombre de la especie concreta. Tradicionalmente, muchos lectores (incluidos algunos tan ilustres como Augusto Monterroso), han entendido que se trataba de una cucaracha. Pero Vladimir Nabokov (que aparte de escribir como los ángeles y jugar al ajedrez era un entomólogo reputado) hace un preciso análisis de la descripción kafkiana del bicho (puede leerse en su Curso de literatura europea), llegando a la autorizada conclusión de que se trata de un tipo de escarabajo. Esto, probablemente, no cambia para nada el sentido último del relato, pero no está de más saberlo.

Sobre el título: la temprana traducción de Borges apareció titulada, para sorpresa del propio Borges, como La metamorfosis. Y así es como ha sido conocida durante décadas en el mundo hispanohablante. Pero lo cierto es que Kafka tituló el texto Die Verwanlung (Literalmente, La transformación). Cuenta Xandru Fernández (y yo estoy de acuerdo) que si Kafka hubiera querido que se llamase La Metamorfosis, simplemente lo hubiese titulado Die Metamorphose.

Dichas esta cuatro o cinco cosas, ahora olvídate de todo y busca a Kafka. Busca sus magníficas e hipnotizantes novelas: El desaparecido (América), la inconclusa El castillo o la incesante El proceso; su Diario (lo edita Tusquets) o sus correspondencias (con Felice, con Milena, con Brod o su famosa Carta al Padre); pero, sobre todo, sus cuentos. Los publicó ya hace años Alianza en diferentes colecciones (La muralla china, La condena) y hoy están disponibles en un solo volumen en el Club Diógenes de Valdemar. O, simplemente, si aún no le has leído, hazte con un ejemplar de La transformación, esas 115 páginas rara vez igualadas en la Historia de la Literatura y que hoy edita Navona. Hazlo como sea, lo traduzca quien lo traduzca y lo edite quien lo edite. Porque hay ocasiones en que uno se despierta convertido en un horrible insecto, y entonces uno de los pocos consuelos que quedan es saber que eso ya le ocurría a los seres humanos hace cien años.





El fútbol es así

1 12 2014

fútbol

Los he visto insultarse, escupirse, amenazarse, mentarse a la madre, mostrarse los genitales en actitud de gallito. Los he visto darse patadas, cabezazos, codazos, puñetazos, cachetadas. Alguna vez, como animales, hasta se han mordido entre sí. Los he visto presumir de poder facturar millones sin haber estudiado, mostrar con arrogancia su automóvil deportivo o las mujeres —para ellos, solo hembras— de belleza igualmente perecedera que la suya a quienes portan del brazo como si fuesen trofeos, y no avergonzarse de gastar más en videojuegos que en libros mientras su éxito comienza a extinguirse al mismo ritmo que su juventud,  a la vez que firman autógrafos a niños para quienes son ídolos y que lo ven todo. Todo.

A sus jefes, esos del traje y el puro y los negocios sospechosos, los he oído hablar de defensa de colores, de queridas aficiones —que es como ellos se refieren a quienes proporcionan a sus empresas defraudadoras muchas de sus plusvalías, en un acto idiota de ingenua defensa de un clan para el que únicamente son basura—, de citas con sus semejantes —ellos los llaman rivales— que son siempre victorias potencialmente decisivas, importantísimas, imprescindibles.

Y a sus voceros, los supuestos informadores que hacen posible toda esta perversión, les he visto y oído disculpar todas esas y otras mezquindades, al mismo tiempo que fabrican el partido del siglo de esa semana para poder dar una importancia que no tienen a cuestiones fútiles en un país que se desmorona y teniendo acto seguido el cuajo de ponderar la supuesta nobleza de eso a lo que ellos llaman deporte y que ya no es más que una carcasa de iniquidades que envuelve lo que un día fue un juego interesante y un bello esfuerzo físico.

Y siguen así, con su juego de tronos, día a día, generando agresividad, violencia y comportamientos innobles en su mundo de machos alfa y contratos multimillonarios que aumentan la miseria de quien es tan pobre que solo tiene dinero.

Hasta que alguien muere.

Entonces se apresuran a declarar que la violencia no tiene nada que ver con lo que hacen, que esos que se matan entre ellos son completamente ajenos a su actividad, que suspenderán o no partidos, y harán o no homenajes, y guardarán o no minutos de silencio.

Y tú les creerás. Lo terrible es que tú les creerás y harás caso como a un oráculo a los voceros que te hablan del emocionante silencio de las multitudes durante esos minutos, del rendido homenaje de las nobles aficiones, de partidos que debían de haberse suspendido mientras sesenta energúmenos se curan de heridas causadas por la estulticia. Y luego, cuando el tiempo borre esa muerte de la memoria de todos, volverás a sentir tus colores, a dar importancia a un montón de sandeces, a comprar a tu hijo el equipaje oficial de tu equipo para que continúe admirando a esos tipos que se insultan, se escupen, se amenazan, se mientan a la madre.

Hasta que vuelva a morir alguien.





Un gesto

19 11 2014

Si vives fuera de Canarias es muy posible que el asunto te haya llegado algo distorsionado o, incluso, que te haya llegado poco, entre noticias enterradas y publirreportajes de Repsol disfrazados de información. Como decía en una entradita de agosto, la tergiversación, los múltiples modos de la falacia y hasta la directa mentira han presidido el debate mediático en torno a los sondeos y prospecciones de Repsol entre 50 y 60 kilómetros de las costas canarias y a unos 3000 metros de profundidad, en una zona cuyo equilibrio ambiental es importante no solo para Canarias sino para este lado del Atlántico.

Hay muchas formas de lucha: hay quienes deciden luchar como consumidores, hay (muchos) que han salido a la calle, sobre todo en las Islas, hay quien ha podido subirse a un barco y arriesgar su vida (quizá suene algo dramático, pero si has visto este vídeo sabrás que no resulta tan exagerado) para estorbar las tareas de prospección.

Estas son formas de retratarse que no se excluyen entre sí. Además hay otra, la más tradicional. Desde este domingo, escritores, blogueros, críticos, periodistas, actores, editores y otras gentes de mal vivir, pero que tienen la cabeza amueblada y el corazón en su sitio, difunden en las redes el texto “Yo también digo #NoAlasProspeccionesenCanarias desde…”, su lugar de residencia. Lo hacen desde lugares de Canarias, pero también desde Ecuador o Madrid, desde el Maresme o Suecia, desde Frankfurt del Meno o Ciudad Real, desde Chiloé o León. Lo hacen sin foto, como los escritores Rafa Melero, Marible Lacave, Helio Ayala o Judith Bosch, el narrador oral Félix Albo, la periodista Laura Mas o la bloguera Dsdmona. O lo hacen con foto, como quienes están en la galería que figura al final de este texto.

En cualquier caso, ellas y ellos se mojan por Canarias y se retratan por el medio ambiente, en contra de unas acciones temerarias (impuestas por la connivencia entre una multinacional petrolera y un Gobierno que ha desplegado ante ella una alfombra roja) y que tienen que ver con espurios intereses crematísticos antes que con el bien común.

Si te apetece unirte, habrás comprobado ya que es muy sencillo: solo has de retratarte con ese texto “Yo también digo #NoAlasProspeccionesenCanarias desde…” y difundirlo en tus redes sociales favoritas, etiquetándote con ese mismo hastag. Habrá quien diga que no servirá de nada; posible es que tenga razón. Pero puede que mueva a las personas a quienes conoces a informarse bien sobre el tema, a entender que no es solo Canarias la que está en peligro. Y, si no, al menos, por una vez, podrás observar la línea roja trazada en el suelo y dejar claro de qué lado estás.

Y aquí, en Canarias, donde tan pocas cosas nos van quedando que solo nos va quedando paisaje, te lo agradeceremos mucho.

No sé a ti, pero a mí me ayudan a s








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