Días perfectos para El cuento de la criada

2 11 2017
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El cuanto de la criada, de Margaret Atwood, Barcelona, Salamandra, 2017, 412 páginas

En estos días extraños, en casa estamos viendo El cuento de la criada, la serie de HBO, adaptación de la novela homónima publicada por Margaret Atwood en 1985. Ya en 1990 hubo una versión cinematográfica con guion de Harold Pinter y dirigida por Volker Schlöndorff, director especializado en llevar a la pantalla grande o chica, textos inolvidables. Confieso que no leí hasta hace poco esta novela que me habían recomendado tanto. Quizá porque se había puesto demasiado de moda (hay algo que siempre me echa atrás cuando un producto cultural se convierte en fenómeno de masas. Supongo que me guía el prejuicio, cierto esnobismo cultureta propio de críticos a los que nadie lee ni leerá). He entendido que me equivocaba, que no siempre el público de masas anda en el error: se trata de una novela excelente, de esas que perturban, que hacen pensar.

Su argumento distópico (o cacotópico) es ya conocido, pero intentaré resumirlo. A causa de la contaminación medioambiental, el mundo sufre una dura crisis de fertilidad y una buena parte de la población norteamericana se refugia en la religión y en un retorno de los valores tradicionales para consolarse. La planificación familiar es vista como una abominación. En Gilead (parte de los antiguos Estados Unidos) una cadena de atentados atribuidos al extremismo islamista, ha descabezado a los poderes legislativo y ejecutivo del país original y, bajo leyes de excepción, un grupo ultraconservador de raíz religiosa se hace con el poder. Los Comandantes instauran rápidamente un nuevo orden social, en el que las mujeres tienen prohibidas cosas tan básicas como leer o manejar dinero y las universidades están tan prohibidas como la libertad sexual. La sociedad es dividida en castas, con rígidas reglas cuya desobediencia implica castigos inimaginables. Las pocas mujeres fértiles son incluidas rápidamente en una de ellas, la de las Criadas, que serán asignadas a los Comandantes para ser violadas una vez al mes y concebir hijos que serán adoptados por estos y sus esposas. Estas mujeres, las Criadas, son despojadas incluso de su nombre: pasarán a ser denominadas bajo un patronímico que indique su pertenencia a un Comandante concreto. Así, la protagonista y narradora de esta historia responde al nombre de Offred o Defred, en castellano.

Pero Defred pertenece a la primera generación de criadas y guarda, por tanto, la memoria de los tiempos anteriores a Gilead: recuerda a su marido Luke y a su hija Hannah, que les han sido arrebatados; a su madre, mujer independiente y fuerte que ha desaparecido en medio del desastre; a su amiga Moira, rebelde aparentemente irreductible. Así, Defred es la cronista de los tiempos de Gilead, pero también la guardiana de la memoria del tiempo en el que la sociedad gozaba de unas libertades que le fueron arrebatadas. Es consciente de que la suya es la última generación de mujeres que fueron en algún momento libres; la siguiente ya no habrá conocido la libertad y, acaso por eso, posiblemente no llegue a echarla de menos. De ahí la importancia que ella misma confiere a su crónica.

Lúcida, eficazmente, Atwood usa la voz de Defred para explorar el dolor y la carencia. Pero también y sobre todo de lo difícil que es ganar territorio a la sociedad abierta y lo fácilmente que ese territorio puede ser reconquistado por el totalitarismo. Este siempre se disfraza de legalidad, legitimada por los finos mecanismos de la ideología, para no dejar un resquicio al libre pensamiento. Como todos los regímenes totalitarios que en el mundo han sido, la República de Gilead viste de legalidad toda una serie de decisiones repugnantes y arbitrarias, algo que es muy sencillo de hacer si se suprime (o, más sutilmente, se vicia) el sistema de separación de poderes y se dispone, al mismo tiempo, de un aparato retórico que permita soslayar que en el contrato social los gobernados se someten al imperio de la ley, pero que esas leyes deben estar dictadas por las demandas de la sociedad que ellos integran y no al contrario y que solo la posibilidad de que exista la alternativa del disenso legitima el consenso social.

Al pensar su distopía, Margaret Atwood se impuso la prohibición de incluir en ella nada que no hubiera ocurrido ya alguna vez a lo largo de la Historia. No hay en ella coches voladores, implantes cerebrales de control ni una dimensión alternativa en la que se pueda burlar o combatir a los guardianes. Quizá por eso al leerla se nos hace muy directa la referencia a nuestras sociedades y a situaciones que pueden darse perfectamente en ellas. Habrá que pensarlo en estos días extraños en que la ideología vela el escenario del resurgir de los monstruos que, disfrazados de legalidad, amenazan a las libertades de nuestras democracias supuestamente avanzadas.

Mientras tanto, Defred, en silencio, en la soledad del cuarto en el que vive confinada, disiente y resiste como puede, testigo de la crueldad, como una Anna Frank más crecida, como un Julius Fučík a quien espera cada mes algo peor que la horca, como un D–503 sin vecino que descubra la finitud del universo, como un Winston Smith al que no le queda ni la palabra escrita. Y se defiende del silencio con una sola frase, una broma en latín heredada de la anterior Defred y que se repite a sí misma como un mantra: Nolite te bastardes carborundorum. No dejes que los bastardos te hagan polvo.

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Todo eso que late. Sobre La condición animal, de Valeria Correa Fiz

25 10 2017
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La condición animal, de Valeria Correa Fiz, Madrid, Páginas de Espuma, 2016, 163 páginas.

Mis enemigos no lo saben, pero siento una especial predilección por el cuento literario, que para mí es a la vez la más primitiva y la más vanguardista de las formas del relato, esa manera de contar que nace de la noción de límite y es, como dijo Cortázar, un caracol del lenguaje, un hermano secreto de la poesía. Por eso me hace feliz que aún existan editoriales que le presten especial atención, dando, además, cabida a nuevas voces que lo cultivan con inteligencia y destreza.

En este sentido, La condición animal, de Valeria Correa Fiz, publicado por Páginas de Espuma, me hizo muy feliz. Porque desde las primeras líneas pude intuir que esa autora disponía de un rico bagaje de lecturas antes de enfrentarse a la página en blanco; porque también casi inmediatamente me di cuenta de que todavía existe futuro para la literatura en nuestra lengua si continúan surgiendo autores así, de los que trabajan con solidez y coherencia, con oficio, sin sombra de diletantismo; porque, con toda probabilidad, suponía el descubrimiento de un autora que en el futuro nos depararía muchas sorpresas.

Sobre un esquema ya clásico (la división en cuatro partes que aluden a lo elemental como podrían haberlo hecho a las estaciones del año), Correa agrupa doce ficciones breves ejecutadas con enfoques y técnicas variados (desde los más clásicos de “Una casa en las afueras” o “Lo que queda en el aire” a los más experimentales de “El mensajero” o “Regreso a Villard”) en argumentos que no desvelaré pero que acaban llevando sin defecto a las pulsiones más instintivas del ser humano, a todo eso que late en lo hondo del malestar en la cultura y que determinadas situaciones permiten hacer brotar. Al fin, en el fondo de todos y cada uno de estos cuentos se ocultan siempre la crueldad y su reverso, conectadas con la presencia (en primer plano o al fondo) de algún animal, insertando el libro en esa tradición que coquetea con la fórmula del bestiario.

Ningún libro de cuentos (como ningún libro de poemas), nos afecta de manera uniforme. De esto no se salvan ni siquiera los maestros del género (Borges, Cortázar, Carver, Mansfield). En cada libro de relatos, el lector suele disfrutar más unos que otros. Olvidará varios, pasará con indiferencia ante alguno y, posiblemente, adopte como inolvidables aquellos que, sin ser perfectos, entran luego a formar parte de esa especie de antología ideal que todo lector de cuentos acaba haciéndose en la cabeza. Pese a que muchos de los cuentos de La condición animal (“La vida interior de los probadores” o “Perros”, por ejemplo) me parecen sencillamente fantásticos, si hubiera de elegir solo y solo uno de ellos, me quedaría finalmente con “Nostalgia de la morgue”, que, paradójicamente, por su extensión y tratamiento (casi los de una nouvelle) ya se sitúa fuera del paradigma del cuento. La historia, los personajes, el manejo de tiempos y puntos de vista, su tristeza radical y su brutal erotismo le han hecho ya un hueco a este texto (que me remite a las desasosegantes novelas de Mario Bellatin) en esa antología ideal que guardo en la memoria.

La mayor parte de lo antedicho se escribió en primavera, cuando leí La condición animal (el libro se había publicado es septiembre de 2016) y solo hoy lo he rescatado de mis notas de lectura. Viajes, trabajos, otras obligaciones que imponen lo urgente a lo importante me impidieron escribir y publicar esta reseña en su momento. Luego ocurrió algo que nos ocurre a los que vivimos entre libros y no hemos sabido adoptar los hábitos de las personas ordenadas: mi ejemplar se ocultó entre las montañas de libros que van invadiendo los rincones aún vírgenes de mi casa. Solo apareció hace poco. Y la relectura me ha confirmado en mi impresión inicial. Mientras tanto, su autora no se ha quedado quieta: ha obtenido el Premio Internacional de Poesía «Claudio Rodríguez» con el libro El invierno a deshoras, publicado hace unos meses por Hiperión, confirmándome así en mi primera idea: no es ninguna diletante, antes de publicar su primer libro ya era una escritora hecha aunque clandestina, en el futuro, ahora estoy seguro de ellos, nos deparará deslumbrantes sorpresas.

 





Una viaje en taxi hacia la madurez

5 10 2017
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Taxi, de Carlos Zanón. Barcelona, Salamandra, 368 páginas

Una novela que se titula Taxi está condenada a ser una novela itinerante. La historia de Jose, por mal nombre Sandino, es la de un hombre que se halla en una encrucijada entre diversos problemas: un matrimonio que se rompe (muy probablemente por culpa suya), unos padres carcomidos por el tiempo y la desidia, una abuela odiosa a quien solo comienza a comprender cuando va de un lado a otro de la ciudad con sus cenizas en una urna, una serie de follamigas (valga la palabra) con ninguna de las cuales se encuentra realmente a gusto, unas amistades que oscilan entre lo taciturno y lo peligroso. Todos estos problemas se resumen, a mi entender, en un solo argumento: el fin de la juventud y de los devaneos, la inevitable constatación de que la adolescencia ya no puede estirarse más y es necesario afrontar el mundo y sus problemas desde una perspectiva adulta. Al fin, Sandino se enfrenta a la madurez absolutamente desarmado, aprendiz de todo y maestro de nada, con un alma que hace apuestas que su organismo difícilmente podrá cubrir.

En una entrevista, Carlos Zanón dijo de esta novela cuando aún estaba escribiéndola: «No es negra, pero algunos dirán que lo es». Será inevitable. Sobre ella flotan las sombras de Jean–Patrick Manchette (no solo porque el protagonista lleve encima un libro suyo en su deambular por Barcelona sino porque una de sus muchas subtramas, que no puedo desvelar aquí, remite a asuntos preferidos por el autor de El caso N’Gustro) y del David Goodis de Disparen sobre el pianista (el larvado conflicto con un rival amoroso dueño de un bar y la compleja coreografía del inevitable estallido de violencia entre este y el protagonista recuerdan una situación similar en aquel texto inolvidable).

Dirán que lo es también por el corte de sus personajes marcados por la violencia y la degradación personal, por la existencia en su argumento de un alijo de drogas y de un dinero perdidos, por la predilección por los ambientes sórdidos y la preferencia expresionista a la hora de describirlos, por las zonas de sombra que el autor se niega a iluminar.

Bien cierto es que, con esos materiales, Zanón podría haberse limitado a escribir una novela negra que habría cumplido perfectamente con las exigencias de los aficionados al género. Pero no lo ha hecho: ha preferido arriesgarse, escribir una novela acerca de la soledad y las torpezas de un individuo que está solo en un mundo poblado por seres igualmente solitarios, una novela de viajes en la que el personaje no llega apenas a salir de una ciudad, porque el viaje realmente interesante es el que Sandino hace hacia su ego, hacia ese lugar en el que se encuentra consigo mismo y donde no le gusta demasiado lo que ve: sus proyectos fallidos, sus oportunidades perdidas, la promiscuidad enmascarando la inmadurez, el miedo, la desidia y el tedio.

Zanón suministra su material narrativo por jornadas, mediante un narrador omnisciente que interpola breves monólogos interiores del personaje en torno al cual está focalizado todo el relato, en un presente que frecuenta la elipsis pero se demora en las escatologías de lo cotidiano, llevando al lector al terreno de un realismo sucio que en nuestra lengua siempre hemos estado (en mi opinión) por descubrir y en el que se verá inevitablemente reflejado: todos hemos sido Sandino o acabaremos siéndolo. Todos buscamos o hemos buscado una última oportunidad. Todos intentamos salir adelante intentando no destrozarnos y, al mismo tiempo, hacer a nuestro alrededor el menor daño posible. Y no siempre lo conseguimos.

Pese a que Carlos Zanón, quizá porque también es poeta, es un autor que domina muy bien el fragmento (es un narrador de frases y párrafos felices, de los que sorprenden e invitan a la relectura) y su estilo es de los que siempre me han interesado, confieso que la composición de alguna de sus novelas anteriores no había acabado de convencerme. No es el caso de Taxi, donde brilla con el esplendor de una madurez que le ha llegado pronto y de la que espero otras novelas tan consistentes y deslumbrantes como esta.

 





El susurro y la sonrisa: La palabra mágica

26 02 2017
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La palabra mágica, Augusto Monterroso, Barcelona, Navona, 145 páginas

Navona recupera para Los ineludibles (esa colección hasta ahora casi perfecta) La palabra mágica del guatemalteco (nacido en Honduras y exiliado en Chile y México), Augusto Monterroso. Yo lo leí por primera vez, creo, hacia finales de los años noventa. Hoy he vuelto a disfrutarlo como en aquella ocasión. Supongo que más.

El maestro de lo breve, célebre por firmar uno de los microrrelatos más imitados de la historia («El dinosaurio») publicó originalmente en 1983 este libro que, como todos los suyos, es conciso, bello y luminoso, lleno de senderos que conducen a los grandes temas, pero también a rincones donde la erudición y la ironía se combinan para desenmascarar tanto la banalidad de los academicismos inútiles como la vacuidad del discurso de ciertos mercaderes de la palabra. Siempre con ese estilo suyo, leve y limpio, que es como un discurso susurrante y sonriente al mismo tiempo.

Reflexiones sobre el oficio de la traducción (o la imposibilidad de ejercerlo), sobre las obras y biografías de Horacio Quiroga, Ernesto Cardenal o William Shakespeare o sobre el auge de las novelas sobre dictadores durante el boom latinoamericano (con especial atención a Miguel Ángel Asturias) conviven en las páginas de este volumen con un hilarante texto acerca del «género obituario», con el relato sobre una cena soñada a la que habrían de asistir, entre otros, Bryce Echenique, Julio Ramón Ribeyro, Bárbara Jacobs y ¡Franz Kafka! o con algunos de esos cuentos de los que solo él era capaz («De lo circunstancial o lo efímero…» y «Las ilusiones perdidas»).

El resultado, como siempre que el lector se acerca a Monterroso, son unas cuantas horas de puro placer que abren la puerta a la lectura o relectura de otros muchos textos, mientras vuelve a mirar desde puntos de vista diferentes algunos problemas que le han preocupado o, al menos, ocupado, desde que comenzó a leer.

Cuando surge el asunto de Monterroso, de los textos de Monterroso, de las conferencias y las mesas de debate y las anécdotas de Monterroso, suelo convertirme (todavía más) en un pesado insoportable y hablo de él durante horas y horas, haciendo exactamente lo contrario de lo que solía hacer él. Al comenzar esta entrada me propuse lo contrario: ser (como decía Calvino que el propio Monterroso era) misericordiosamente breve, así que inserto aquí ya ese punto que él tanto odiaba y respetaba. Los lectores de Monterroso (esa secta que susurra y sonríe) me entenderán.





Los milagros prohibidos

22 02 2017

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Siruela publica ahora Los milagros prohibidos. La semana que viene llegará a las librerías y, como siempre, tendrá defensores, pero también detractores. Es inevitable, porque nadie ni nada es monedita de oro (salvo las moneditas de oro) y, al fin y al cabo, una vez publicado, el libro ya no es del autor, sino de cada lector, que es quien decide.

En Los milagros prohibidos he trabajado durante los dos últimos años, tras aproximadamente cuatro años de documentación previa. Está escrita contra el silencio, contra el olvido y desde el margen de las grandes páginas de la Historia (esa que se escribe así, con mayúsculas). Por supuesto, mis amigos se saben el argumento de memoria: durante estos seis años la he contado una y otra vez, en cuanto el vino y la tertulia me daban una oportunidad. Pero si no hemos compartido vinos y tertulias en los últimos tiempos, aquí va un resumen: Agustín Santos, un maestro, ha sustituido el libro de texto por un revólver, y vaga por el monte huyendo de las autoridades. Su mujer, Emilia Mederos, ha tenido que volver a casa de sus padres y allí espera noticias suyas, intentando sobrevivir en un ambiente cada vez más represivo. Mientras tanto, en las partidas de búsqueda se ha integrado Floro el Hurón, un tipo brutal que estuvo siempre enamorado de Emilia y que tiene, en esta situación, la oportunidad perfecta para llevarse por delante a Agustín. Así pues, un triángulo amoroso clásico. Una historia de duelo entre dos hombres que han de perseguirse hasta la muerte. Pero esta historia no ocurre en cualquier lugar o en cualquier época. Ocurre a comienzos del invierno de 1936 en la isla de La Palma.

Poco difundido fuera de las Islas es el hecho de que el 18 de julio de 1936, los progresistas palmeros pudieron adelantarse a los militares y, sin derramar una sola gota de sangre, mantuvieron la isla fiel a la República hasta el día 25, cuando arribó al puerto de Santa Cruz de La Palma el cañonero Canalejas con órdenes de someter la capital insular, bombardeándola si se hacía necesario. Todavía menos conocido es que (para evitar una confrontación en la ciudad y creyendo que los refuerzos gubernamentales llegarían pronto a socorrerles) estos milicianos huyeron al monte y allí, atrapados en la isla pero protegidos por su orografía, resistieron todo lo posible, convirtiéndose de facto en los primeros partisanos (o maquis) del país.

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En ese contexto es en el que desarrolla Los milagros prohibidos, que comenzó a ser escrita como una novela histórica que contara un suceso de la Guerra Civil en Canarias (bien documentado gracias a los libros de Salvador González Vázquez, Alfredo Mederos y Pilar Cabrera Pombrol, pero poco ficcionado) y acabó convirtiéndose en otra cosa muy distinta, pues, como fui comprendiendo, los sucesos históricos les suceden a seres humanos, como tú y como yo, que se ven inmersos en ellos y se ven obligados (como nos vemos todos cada día) a elegir.

El resultado es una novela de acción que habla sobre lealtades y traiciones, amores y odios, injusticias y venganzas, gestos de solidaridad o egoísmo, todo ello en el paisaje de la isla, que, como quiso Pedro García Cabrera, es siempre doga, grillete. También (resulta inevitable, dado su asunto) es una novela sobre el sentido de determinados procesos históricos, sobre cómo a veces no es la razón sino el azar lo que interviene en ellos, determinando el resultado y condicionando así el porvenir de generaciones. Y, corriendo los tiempos que corren, tampoco me fue posible aislar lo que cuento en esa novela de lo que cada día veo a mi alrededor y leo en los periódicos, esa mezcla de esperanza y desilusión en la que se ha convertido la corriente supuestamente progresista del país en el que habito.

Por tanto, una novela sobre seres humanos y una novela política. Una novela sentimental y una novela sobre violencia. Una novela sobre la desilusión y una novela sobre la esperanza.

Una novela, en fin. Una novela, que no es poco.

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Calendario de presentaciones

Escribir un libro es una cosa. Darlo a conocer, otra muy distinta. El calendario de las primeras presentaciones es el siguiente:

Madrid: 1 de marzo, a las 19:00, en la Librería Rafael Alberti, con Juan Carlos Galindo.

Salamanca: 2 de marzo, a las 19:30, Librería Letras Corsarias, con Javier Sánchez Zapatero.

Plasencia: 3 de marzo, a las 19:00, en La puerta de Tannhäuser, con Álvaro Muñoz Guillén.

Segovia: 4 de marzo, Intempestivos, con Juan Carlos Galindo.

Las Palmas de Gran Canaria:

Presentación oficial: 10 de marzo, a las 19:00 en la Fundación Juan Negrín, con Israel Campos y Sergio Millares.

Presentación oficiosa (sí, la del vino, con lectura y a pecho desnudo): 17 de marzo, a las 19:00 en Librería Canaima.

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Además, a lo largo de la primavera, hay otras presentaciones previstas en otros lugares, de cuyos detalles ya iré avisando a medida que se confirmen. Pero, si vives en alguna de estas ciudades, en esos días y en esos lugares estaré esperándote, por si te apetece acercarte y compartir un ratito.





La sangre y la tinta

12 12 2016
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Sangre en los estantes, de Paco Camarasa. Barcelona, Destino, 454 páginas

Una amiga mía decía siempre: “Los mejores amantes son los buenos libros, porque no te exigen fidelidad, sino promiscuidad”. Esto es, todo buen libro te lleva a otros libros, es una llave para recorrer caminos que aún no has explorado. Sangre en los estantes, de Paco Camarasa, es el ejemplo perfecto. Puede ser leído de un tirón, disfrutándolo como una novela (así lo leí yo la primera vez, hace solo unas semanas, cuando apareció). Puede releerse luego buscando capítulos y pasajes favoritos (así he vuelto a leerlo para preparar esta entrada). Y sospecho que puede tenerse luego a mano para consultarlo cuando haga falta (para eso estará, a partir de ahora, cerca de mi escritorio). Porque es de esos libros que contribuyen a aclarar el caótico mapa de la novela negra y criminal, que, aunque ha gozado de ensayos y estudios importantes en los últimos años[1], sigue precisando de luz y cierto orden.

Camarasa no es un escritor de ficción. Tampoco es crítico, periodista o profesor de universidad. Ni siquiera es editor. Es, como él mismo se define en el prólogo, un “librero que se ha especializado en un solo género: el negrocriminal”. Durante años, ejerció ese oficio que consistía en disponer de una buena selección de libros, de saber no solo cuáles valían la pena y cuáles no, sino cuál era el que le podría gustarle a cada lector. Además, su librería no era una librería cualquiera: incardinada en el centro de La Barceloneta, Negra y criminal acabó convirtiéndose en uno de los epicentros del género en España (y muy posiblemente de Europa). Allí, él y Montse Clavé reunían a los mejores autores nacionales e internacionales en míticas presentaciones de sábado por la mañana en las que abundaban el vino, los mejillones y el trato directo. Pero no solo eso: también durante años, Paco Camarasa ha dictado conferencias sobre novela negra y policiaca, tanto en la Escuela de Letras del Ateneo de Barcelona como en diferentes foros de todo el país. Esto es: Paco Camarasa sabe de lo que habla.

Adoptando el orden alfabético (con el que juega al desorden, al azar, casi a la serendipia), en capítulos breves en los que se dibujan escuetas fichas biográficas, Camarasa ejerce la prescripción con esa eficiencia que siempre tuvo, huyendo de tópicos, para mostrarnos esos lados de sombra que los resúmenes apresurados suelen obviar. Eso, de por sí, ya sería una delicia, pero Sangre en los estantes se ve, además, enriquecido por un sinfín de anécdotas y recuerdos personales, que nos hacen reír o descubrir los aspectos más humanos de nuestros escritores admirados. Anécdotas que, a veces, ilustran mejor la importancia de un autor o un texto que cientos de páginas de sesudos ensayos.

Con ligereza, con consistencia, Camarasa establece un mapa del territorio negrocriminal, llevándonos a sus capitales importantes, pero sin dejarse atrás las aldeas, los villorrios, los rincones con encanto. Despacha, en solo tres páginas, la tan traída y llevada distinción entre novela negra y novela enigma, que tantos ríos de tinta ha hecho correr (en la sección “«H» de hastío, de hartazgo de explicar que Agatha Christie no es novela negra”) o defiende como autores de género a Dürrenmatt y Sciascia, pero tiene tiempo para secciones como “«A» de amores y desamores entre los estantes”, en la que cuenta amores fecundos o efímeros que comenzaron o acabaron en su librería o de explicar por qué Jim Thompson es la paloma o de por qué Andreu Martín era considerado el escritor de guardia de la librería.

En otros lugares he hablado del afecto que siento por Paco Camarasa y Montse Clavé, de lo mucho que les debo y lo importantes que son para mí. Sin embargo, no escribo sobre todos los libros de las personas a las que quiero. Si lo hago hoy es porque la aparición de este libro me parece un acontecimiento. Lo he gozado como uno de esos textos que te hablan con nuevas perspectivas de cosas que ya conoces y te descubren textos y autores que te eran desconocidos. Es un libro llave, uno de esos amantes que te exigen promiscuidad. No sé si se trata de un libro imprescindible (no sé si hay algún libro que realmente lo sea), pero sí sé que es un libro de esos que te hacen disfrutar además de ampliar tus horizontes, mostrándote, al mismo tiempo, lo pequeños y lindos que somos los seres humanos, aunque escribamos sobre violencia.

[1] El género negro: de la marginalidad a la normalización (compilado por Álex Martín Escribá y Javier Sánchez Zapatero), Literatura del dolor, poética de la bondad de Eugenio Fuentes y Cómo escribo novela policíaca de Andreu Martín.

 





Envidiar a Pedro Flores

3 12 2016
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Salir rana, de Pedro Flores. Selección y prólogo de Vicente Gallego. Sevilla, Renacimiento, 136 páginas.

Renacimiento publica Salir rana, una antología poética realizada por Vicente Gallego sobre la obra poética de Pedro Flores desde 1998.

Durante años pensé que había conocido a Pedro Flores en la primera mitad de los años noventa. Entre el año noventa y tres y el noventa y cinco, comenzamos a encontrarnos en aquella experiencia pública, común e interdisciplinar que era el Centro Insular de Cultura, que hoy es un aparcamiento. Allí, un grupo de “escritores clandestinos”, como nos llamaba Carlos Álvarez, coordinador de Debates y Literatura por aquel entonces, y quien nos había abierto las puertas del Centro, nos empezamos a reunir y a tomar contacto con autores de la generación precedente en torno a un espacio de debate en el que fue germinando una revista. Ambos (espacio y revista) se llamaron La Plazuela de las Letras y aprendieron a suplir con el invento de la fotocopiadora láser y mucha imaginación la carencia de un mundo editorial que no existía ya y de un medio digital que no existía aún. En La Plazuela, la institución editaba cuadernillos numerados a mano que recogían las intervenciones de los poetas, narradores, ensayistas y filósofos que dictaban conferencias en el CIC. Pero también nos permitía a los jóvenes disponer de un ordenador de los de la época en el que tecleábamos los textos que nos iban llegando en papel y que daba luego lugar a una revista que se imprimía humilde pero más o menos dignamente. Fue allí, en aquel tabernáculo que era para nosotros el CIC, pero sobre todo en las tabernas a las que íbamos luego, donde se fue fraguando mi relación con Pedro Flores (un tipo melenudo y larguirucho), mientras iba asistiendo a sus recitales, individuales o colectivos, mientras iba leyendo los poemas que publicaba en la revista. Y debo confesar que esta relación estaba presidida por la envidia. No una envidia sana. La envidia nunca es sana. Yo siempre envidié (todavía envidio) la capacidad de Pedro para encontrar poesía en lo cotidiano, para hablar de cosas muy complejas, usando palabras comunes a las que hace recobrar aquellos sentidos que habían perdido. También envidié siempre (todavía envidio) su sentido del humor, la aparente sencillez con la que nos desvela las paradojas, con las que descubre la cara B del disco de la Historia (así, con mayúsculas) y la memoria chica de generaciones y generaciones en unas manos que lavan ropa o sirven la comida familiar. Envidié (y todavía envidio) su habilidad para desvelar las paradojas, para atacar a la injusticia sin parecer agresivo, sin aspavientos ni signos de exclamación, poniendo con sencillez ante el lector las más puras y duras verdades de los desheredados. Lo hechos de la vida, pero también los de la muerte, que, en el fondo, son los mismos.

Decía más arriba que yo pensaba que había conocido a Pedro Flores en los años noventa. Pero no era cierto. Un día, después de bastante tiempo tratándonos, descubrimos que su madre y mi madre eran amigas desde hacía mucho, que en la infancia él y yo debimos de vernos en muchas ocasiones, en las visitas que ellas se hacían. Descubrí así una cosa más que me unía a Pedro: ambos procedíamos de familias humildes, nos habíamos criado en barrios humildes de Canarias durante el tardofranquismo y la transición, y habíamos encontrado en la literatura una forma de huir de nuestras realidades para poder comprenderlas mejor. Y ambos debíamos, también, abrirnos paso entre quienes partían desde mejores posiciones socioeconómicas si queríamos que se oyeran nuestras voces.

Yo me reconozco en la poesía de Pedro. Reconozco a mi familia en la suya. Reconozco en su barrio el mío. Su pobreza material y la mía son la misma. Así como lo son las riquezas espirituales de las personas sencillas de las que ambos hablamos.

He seguido a Pedro Flores desde aquellos poemas primeros. He seguido envidiándolo como escritor en la misma medida en que lo gozaba como lector: constatando, a cada libro, casi a cada poema, que Pedro iba convirtiéndose en uno de nuestros mejores poetas (lo cual es mucho decir, porque su generación es, para mí, la mejor generación de poetas que hemos tenido desde hace mucho), que su voz iba madurando, afirmándose, buscando nuevos caminos y nuevos modos de transitarlos, pero sin perder ni un ápice de su frescura y de aquellas cualidades que me habían deslumbrado a mí en sus primeros textos.

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Los nuevos lectores tienen la oportunidad de observar esa evolución en Salir rana. Gozarán de una estupenda muestra del trabajo de Pedro durante todos estos años y sabrán que vale la pena acercarse a todos y cada uno de esos libros. Quienes como yo, han admirado (o envidiado) a Pedro desde hace años, quienes no se han perdido ni uno de los libros que iban apareciendo (al mismo tiempo, por cierto, que iba publicando interesantes libros de relatos o incluso libros para niños), se verán premiados con una muestra de su trabajo más reciente: doce poemas pertenecientes a El don de la pobreza, inéditos hasta la fecha. En ellos encontrarán a un señor de cuarenta y tantos, a ese Pedro Flores maduro, sin melena, pero con sus cualidades de juventud intactas, con el mismo talento de cuando era un “escritor clandestino”, acrecentado por la experiencia. Un Pedro Flores que nos habla de gentes sencillas y dolores complejos, que encuentra poesía en un anciano que se entretiene viendo obras públicas, en una anciana planchando o bajo la almohada de una prostituta, en una serie de poemas en los que hay humor, dolor y verdad, como los ha habido en todos y cada uno de los libros de Pedro que, al menos yo, he disfrutado y envidiado a lo largo de todos estos años.








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