Desde este lado del muro: Convertini y Los que duermen en el polvo

17 02 2018

Ya sabíamos que Alfaguara siempre ha tenido buen ojo. Pero su mirada ha caído en los últimos tiempos sobre autores muy interesantes y muy poco conocidos en España. Acaba de publicar, por ejemplo, Que de lejos parecen moscas, de Kike Ferrari, que había pasado sorprendentemente desapercibida entre nosotros con la salvedad de alguna valiente y minoritaria edición digital (Ferrari es de esos autores a los que no hay que perder la pista: instintivo, rabioso y con una experiencia vital y lectora que enriquece sus textos y que ya podría tener más de un distinguido perpetrador de novelas) y, hace unos meses, hizo lo propio con Los que duermen en el polvo, de Horacio Convertini, que a primera vista (esa vista que se posa sobre las contraportadas o las sinopsis de las plataformas digitales) es una distopía con zombis (en realidad, infectados) pero que, en realidad, es muchísimo más.

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Los que duermen en el polvo. Horacio Convertini. Madrid, Alfaguara, 171 páginas.

Como a Ferrari, a Convertini lo conozco de hace un tiempo y lo había leído en ediciones argentinas. De hecho, me hizo el honor de invitarme a prologar (junto a Paco Camarasa y Jorge Valdano) la edición española de El último milagro, una estupenda novela negra con toques Sci–Fi ambientada en el mundo del fútbol. Así que también sabía que Convertini es un escritor rápido, inteligente, capaz de interesarte en cosas a las que normalmente eres refractario porque consigue, a través de sus ficciones, hacerse preguntas importantes sobre la forma del mundo y el lugar que ocupan los seres humanos en él.

Y sí: Los que duermen en el polvo es, prima facie, una distopía con infectados. Esta vez, la infección ha estallado en Argentina y con ayuda de la comunidad internacional (que no desea que traspase sus fronteras) ese país ha trasladado su gobierno a Patagonia y establecido en la capital una zona de cuarentena cuyo límite es un muro alzado en el barrio de Pompeya. Al otro lado del muro están los infectados, zombificados caníbales que hay que contener a toda costa. A este, una guarnición dirigida por el Lele Figueroa, animal político que ve en esa situación de excepción una oportunidad para medrar. Junto a él, el ultrarreligioso Kadijevich, «un lobo desvariado por el amor a la patria», y el protagonista y narrador, Jorge, que ha acompañado al Lele, su incierto amigo de la universidad porque Pompeya había sido su barrio, porque él ya lo ha perdido todo, porque ya poco le queda por hacer.

Como en una novela de Dino Buzzati, Convertini establece una desasosegante alegoría a partir de la técnica de la postergación (los personajes saben desde el principio que habrá un ataque final, que todo se irá a la mierda, pero no saben cuándo será y la espera los enfrentará a sí mismos, convirtiendo a cada uno en su propio enemigo) y traza un mapa del dolor y la crueldad, no exento de un humor negrísimo, un erotismo sabiamente dosificado y un suspense alimentado por una trama criminal que aviva las llamas de la culpa y la pérdida que desde el inicio consumen al protagonista. Al mismo tiempo (una alegoría jamás tiene una lectura unívoca) habla sobre la compasión y la corrupción, sobre el amor y la pérdida, sobre los prejuicios heteropatriarcales y el complejo del macho en la era de la liberación de la mujer, sobre la manipulación de las masas y el origen del totalitarismo, sobre la degradación y la pérdida de la belleza.

Admiro la capacidad de Convertini para tocar, en una novela tan breve, tantos asuntos y tan inteligentemente, pasando de uno a otro o haciéndolos convivir sin brusquedad ni aspavientos, construyendo un texto que permite tantas lecturas como lectores pueda llegar a tener.

Los que duermen en el polvo es, sí, una distopía, una novela de infectados, una novela de suspense y una novela sobre el dolor. Pero, sobre todo, opino que es una lúcida pesadilla, un espejo que nos muestra una imagen de nosotros mismos que quizá no nos agrade, pero que se parece más a cómo somos realmente que a como pretendemos ser. Tras leerla, uno (triste, fatalmente) acaba entendiendo que ese muro de Pompeya está ahí, cada día: a un lado, hay manipuladores, corruptos y fascistas que ocultan sus oscuras maniobras bajo la máscara del eufemismo; al otro, infectados inconscientes que sobreviven por inercia y acompañan con sus gruñidos los compases de un tango que los primeros emiten por megafonía para entretenerlos y, de paso, divertirse a su costa. Y esta novela nos lleva, al fin, a preguntarnos de qué lado del muro estamos: si escribimos la letra del tango o la remedamos con un aullido.

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Nominaciones

16 02 2018

No suelo llevar bien eso de la competitividad. En mi oficio, prefiero emplear mi energía en intentar ser competente en lugar de competitivo. Sin embargo, a veces las circunstancias me sitúan en situaciones en las que, se supone, he de competir. En esos casos, normalmente, me tiro al suelo y me hago el muerto. No obstante, esas situaciones también tienen algo bueno: la coincidencia con otros a los que les ocurre algo similar. Me explico: El peor de los tiempos está nominada a dos premios inminentes. El Premio Ciudad de Santa Cruz 2018, que se concede en el marco del Festival Atlántico del Género Negro Tenerife Noir y el Premio Novelpol, que esa asociación concede cada año coincidiendo con la celebración de algún festival (este año será en el propio Tenerife Noir). El primero de los premios tiene una dotación de 3000 euros. La del segundo es más comestible: consiste en un queso manchego (de los de La Mancha de verdad, traído directamente de Ciudad Real) y una botella de vino de la misma zona. Pero ambos son certámenes de esos a los que no te presentas, sino en los que eres seleccionado por otros autores, por críticos y expertos en el género, lo cual supone que quienes entienden de esto se hacen con un ejemplar de tu libro, lo leen y deciden que ha de estar entre los finalistas. De ahí que me sienta muy honrado y agradecido a los comités de lectura y/o los jurados por haber tenido en cuenta a mi última criatura. Vamos, que el hecho de estar en esas listas ya te enorgullece.

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En ocasiones similares, mi estrategia de hacerme el muerto me ha traído suerte: en el Dashiell Hammett de Gijón, en Valencia Negra, en el Tormo de Las Casas Ahorcadas, en el propio Novelpol, en el año 2014, ex aequo con Rosa Ribas y Sabine Hofmann (no tuvimos que compartir el queso, porque la Asociación Novelpol, generosamente, dobló la dotación y el queso y el vino se multiplicaron). Pero, aunque suene a falsa modestia, daría igual haber ganado o haber perdido (ganar y perder son dos verbos que, aplicados a la escritura, no son de mi agrado), ya que lo bueno de estos premios es estar nominado, no solo porque sea una muestra de que se valora tu trabajo sino también, y sobre todo, porque esa nominación te permite relacionarte con autores (y detrás de los autores hay personas) que valen la pena.

Quiero decir: algunas de las personas con las que competía en esos casos eran buenas amigas o acabaron siéndolo tras nuestro encuentro en los respectivos certámenes: Rosa Ribas, Eugenio Fuentes, Marcelo Luján, Empar Fernández, Jon Arretxe, Javier Valenzuela, Horacio Convertini (a los dos últimos los conocí, de hecho, con ocasión de estar nominados a los mismos premios) son gente a la que respeto y admiro y cuya amistad no me ha fallado nunca. Se me queda algún nombre porque cito de memoria, pero el caso es que en esas ocasiones en que he asistido a algún festival nominado para uno de estos premios críticos, siempre he regresado a casa, ganara o no, con un buen número de nuevos amigos y de textos que valía la pena leer.

Creo que en esta ocasión me va a ocurrir igual. Para el Premio Ciudad de Santa Cruz están nominadas también La mala hierba de Agustín Martínez, Sucios y malvados de Juanjo Braulio y Ya no quedan junglas adonde regresar de Augusto Casas. Para el Novelpol, además de las mencionadas (que también hacen doblete), Taxi de Carlos Zanón y Conduce rápido de Diego Ameixeiras. Salvo en el caso de Zanón (a quien aprecio y cuya última novela me ha gustado mucho), no conozco personalmente a los demás compañeros, pero amigos que están al día me hablan muy bien de sus respectivos títulos. Y la experiencia me dice que, gane o pierda, me traeré de Tenerife un buen puñado de nuevos textos y, con suerte, de nuevas amistades regadas con buen vino de Tenerife (o de La Mancha).

Sé también que habrá algunos que dirán que digo (escribo) esto para curarme en salud, que todo esto es puro buenrollismo (o cualquier otro neologismo barato que se les ocurra para definir aquellas actitudes que son incapaces de comprender), que en realidad, por detrás de las bambalinas, los autores nos llevamos a matar. Pero qué se le va a hacer, gente mezquina hay en todos lados y en las redes no escasea, precisamente.

Yo repito lo antedicho: lo bueno de estos premios no es ganarlos, sino compartir su posibilidad con gente que merece la pena y que luego, con suerte, seguirá ahí mañana, compartiendo sendero, haciéndote sentir que no estás solo en este oficio tan solitario.





El susurro y la sonrisa: La palabra mágica

26 02 2017
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La palabra mágica, Augusto Monterroso, Barcelona, Navona, 145 páginas

Navona recupera para Los ineludibles (esa colección hasta ahora casi perfecta) La palabra mágica del guatemalteco (nacido en Honduras y exiliado en Chile y México), Augusto Monterroso. Yo lo leí por primera vez, creo, hacia finales de los años noventa. Hoy he vuelto a disfrutarlo como en aquella ocasión. Supongo que más.

El maestro de lo breve, célebre por firmar uno de los microrrelatos más imitados de la historia («El dinosaurio») publicó originalmente en 1983 este libro que, como todos los suyos, es conciso, bello y luminoso, lleno de senderos que conducen a los grandes temas, pero también a rincones donde la erudición y la ironía se combinan para desenmascarar tanto la banalidad de los academicismos inútiles como la vacuidad del discurso de ciertos mercaderes de la palabra. Siempre con ese estilo suyo, leve y limpio, que es como un discurso susurrante y sonriente al mismo tiempo.

Reflexiones sobre el oficio de la traducción (o la imposibilidad de ejercerlo), sobre las obras y biografías de Horacio Quiroga, Ernesto Cardenal o William Shakespeare o sobre el auge de las novelas sobre dictadores durante el boom latinoamericano (con especial atención a Miguel Ángel Asturias) conviven en las páginas de este volumen con un hilarante texto acerca del «género obituario», con el relato sobre una cena soñada a la que habrían de asistir, entre otros, Bryce Echenique, Julio Ramón Ribeyro, Bárbara Jacobs y ¡Franz Kafka! o con algunos de esos cuentos de los que solo él era capaz («De lo circunstancial o lo efímero…» y «Las ilusiones perdidas»).

El resultado, como siempre que el lector se acerca a Monterroso, son unas cuantas horas de puro placer que abren la puerta a la lectura o relectura de otros muchos textos, mientras vuelve a mirar desde puntos de vista diferentes algunos problemas que le han preocupado o, al menos, ocupado, desde que comenzó a leer.

Cuando surge el asunto de Monterroso, de los textos de Monterroso, de las conferencias y las mesas de debate y las anécdotas de Monterroso, suelo convertirme (todavía más) en un pesado insoportable y hablo de él durante horas y horas, haciendo exactamente lo contrario de lo que solía hacer él. Al comenzar esta entrada me propuse lo contrario: ser (como decía Calvino que el propio Monterroso era) misericordiosamente breve, así que inserto aquí ya ese punto que él tanto odiaba y respetaba. Los lectores de Monterroso (esa secta que susurra y sonríe) me entenderán.





Los milagros prohibidos

22 02 2017

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Siruela publica ahora Los milagros prohibidos. La semana que viene llegará a las librerías y, como siempre, tendrá defensores, pero también detractores. Es inevitable, porque nadie ni nada es monedita de oro (salvo las moneditas de oro) y, al fin y al cabo, una vez publicado, el libro ya no es del autor, sino de cada lector, que es quien decide.

En Los milagros prohibidos he trabajado durante los dos últimos años, tras aproximadamente cuatro años de documentación previa. Está escrita contra el silencio, contra el olvido y desde el margen de las grandes páginas de la Historia (esa que se escribe así, con mayúsculas). Por supuesto, mis amigos se saben el argumento de memoria: durante estos seis años la he contado una y otra vez, en cuanto el vino y la tertulia me daban una oportunidad. Pero si no hemos compartido vinos y tertulias en los últimos tiempos, aquí va un resumen: Agustín Santos, un maestro, ha sustituido el libro de texto por un revólver, y vaga por el monte huyendo de las autoridades. Su mujer, Emilia Mederos, ha tenido que volver a casa de sus padres y allí espera noticias suyas, intentando sobrevivir en un ambiente cada vez más represivo. Mientras tanto, en las partidas de búsqueda se ha integrado Floro el Hurón, un tipo brutal que estuvo siempre enamorado de Emilia y que tiene, en esta situación, la oportunidad perfecta para llevarse por delante a Agustín. Así pues, un triángulo amoroso clásico. Una historia de duelo entre dos hombres que han de perseguirse hasta la muerte. Pero esta historia no ocurre en cualquier lugar o en cualquier época. Ocurre a comienzos del invierno de 1936 en la isla de La Palma.

Poco difundido fuera de las Islas es el hecho de que el 18 de julio de 1936, los progresistas palmeros pudieron adelantarse a los militares y, sin derramar una sola gota de sangre, mantuvieron la isla fiel a la República hasta el día 25, cuando arribó al puerto de Santa Cruz de La Palma el cañonero Canalejas con órdenes de someter la capital insular, bombardeándola si se hacía necesario. Todavía menos conocido es que (para evitar una confrontación en la ciudad y creyendo que los refuerzos gubernamentales llegarían pronto a socorrerles) estos milicianos huyeron al monte y allí, atrapados en la isla pero protegidos por su orografía, resistieron todo lo posible, convirtiéndose de facto en los primeros partisanos (o maquis) del país.

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En ese contexto es en el que desarrolla Los milagros prohibidos, que comenzó a ser escrita como una novela histórica que contara un suceso de la Guerra Civil en Canarias (bien documentado gracias a los libros de Salvador González Vázquez, Alfredo Mederos y Pilar Cabrera Pombrol, pero poco ficcionado) y acabó convirtiéndose en otra cosa muy distinta, pues, como fui comprendiendo, los sucesos históricos les suceden a seres humanos, como tú y como yo, que se ven inmersos en ellos y se ven obligados (como nos vemos todos cada día) a elegir.

El resultado es una novela de acción que habla sobre lealtades y traiciones, amores y odios, injusticias y venganzas, gestos de solidaridad o egoísmo, todo ello en el paisaje de la isla, que, como quiso Pedro García Cabrera, es siempre doga, grillete. También (resulta inevitable, dado su asunto) es una novela sobre el sentido de determinados procesos históricos, sobre cómo a veces no es la razón sino el azar lo que interviene en ellos, determinando el resultado y condicionando así el porvenir de generaciones. Y, corriendo los tiempos que corren, tampoco me fue posible aislar lo que cuento en esa novela de lo que cada día veo a mi alrededor y leo en los periódicos, esa mezcla de esperanza y desilusión en la que se ha convertido la corriente supuestamente progresista del país en el que habito.

Por tanto, una novela sobre seres humanos y una novela política. Una novela sentimental y una novela sobre violencia. Una novela sobre la desilusión y una novela sobre la esperanza.

Una novela, en fin. Una novela, que no es poco.

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Calendario de presentaciones

Escribir un libro es una cosa. Darlo a conocer, otra muy distinta. El calendario de las primeras presentaciones es el siguiente:

Madrid: 1 de marzo, a las 19:00, en la Librería Rafael Alberti, con Juan Carlos Galindo.

Salamanca: 2 de marzo, a las 19:30, Librería Letras Corsarias, con Javier Sánchez Zapatero.

Plasencia: 3 de marzo, a las 19:00, en La puerta de Tannhäuser, con Álvaro Muñoz Guillén.

Segovia: 4 de marzo, Intempestivos, con Juan Carlos Galindo.

Las Palmas de Gran Canaria:

Presentación oficial: 10 de marzo, a las 19:00 en la Fundación Juan Negrín, con Israel Campos y Sergio Millares.

Presentación oficiosa (sí, la del vino, con lectura y a pecho desnudo): 17 de marzo, a las 19:00 en Librería Canaima.

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Además, a lo largo de la primavera, hay otras presentaciones previstas en otros lugares, de cuyos detalles ya iré avisando a medida que se confirmen. Pero, si vives en alguna de estas ciudades, en esos días y en esos lugares estaré esperándote, por si te apetece acercarte y compartir un ratito.





La sangre y la tinta

12 12 2016
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Sangre en los estantes, de Paco Camarasa. Barcelona, Destino, 454 páginas

Una amiga mía decía siempre: “Los mejores amantes son los buenos libros, porque no te exigen fidelidad, sino promiscuidad”. Esto es, todo buen libro te lleva a otros libros, es una llave para recorrer caminos que aún no has explorado. Sangre en los estantes, de Paco Camarasa, es el ejemplo perfecto. Puede ser leído de un tirón, disfrutándolo como una novela (así lo leí yo la primera vez, hace solo unas semanas, cuando apareció). Puede releerse luego buscando capítulos y pasajes favoritos (así he vuelto a leerlo para preparar esta entrada). Y sospecho que puede tenerse luego a mano para consultarlo cuando haga falta (para eso estará, a partir de ahora, cerca de mi escritorio). Porque es de esos libros que contribuyen a aclarar el caótico mapa de la novela negra y criminal, que, aunque ha gozado de ensayos y estudios importantes en los últimos años[1], sigue precisando de luz y cierto orden.

Camarasa no es un escritor de ficción. Tampoco es crítico, periodista o profesor de universidad. Ni siquiera es editor. Es, como él mismo se define en el prólogo, un “librero que se ha especializado en un solo género: el negrocriminal”. Durante años, ejerció ese oficio que consistía en disponer de una buena selección de libros, de saber no solo cuáles valían la pena y cuáles no, sino cuál era el que le podría gustarle a cada lector. Además, su librería no era una librería cualquiera: incardinada en el centro de La Barceloneta, Negra y criminal acabó convirtiéndose en uno de los epicentros del género en España (y muy posiblemente de Europa). Allí, él y Montse Clavé reunían a los mejores autores nacionales e internacionales en míticas presentaciones de sábado por la mañana en las que abundaban el vino, los mejillones y el trato directo. Pero no solo eso: también durante años, Paco Camarasa ha dictado conferencias sobre novela negra y policiaca, tanto en la Escuela de Letras del Ateneo de Barcelona como en diferentes foros de todo el país. Esto es: Paco Camarasa sabe de lo que habla.

Adoptando el orden alfabético (con el que juega al desorden, al azar, casi a la serendipia), en capítulos breves en los que se dibujan escuetas fichas biográficas, Camarasa ejerce la prescripción con esa eficiencia que siempre tuvo, huyendo de tópicos, para mostrarnos esos lados de sombra que los resúmenes apresurados suelen obviar. Eso, de por sí, ya sería una delicia, pero Sangre en los estantes se ve, además, enriquecido por un sinfín de anécdotas y recuerdos personales, que nos hacen reír o descubrir los aspectos más humanos de nuestros escritores admirados. Anécdotas que, a veces, ilustran mejor la importancia de un autor o un texto que cientos de páginas de sesudos ensayos.

Con ligereza, con consistencia, Camarasa establece un mapa del territorio negrocriminal, llevándonos a sus capitales importantes, pero sin dejarse atrás las aldeas, los villorrios, los rincones con encanto. Despacha, en solo tres páginas, la tan traída y llevada distinción entre novela negra y novela enigma, que tantos ríos de tinta ha hecho correr (en la sección “«H» de hastío, de hartazgo de explicar que Agatha Christie no es novela negra”) o defiende como autores de género a Dürrenmatt y Sciascia, pero tiene tiempo para secciones como “«A» de amores y desamores entre los estantes”, en la que cuenta amores fecundos o efímeros que comenzaron o acabaron en su librería o de explicar por qué Jim Thompson es la paloma o de por qué Andreu Martín era considerado el escritor de guardia de la librería.

En otros lugares he hablado del afecto que siento por Paco Camarasa y Montse Clavé, de lo mucho que les debo y lo importantes que son para mí. Sin embargo, no escribo sobre todos los libros de las personas a las que quiero. Si lo hago hoy es porque la aparición de este libro me parece un acontecimiento. Lo he gozado como uno de esos textos que te hablan con nuevas perspectivas de cosas que ya conoces y te descubren textos y autores que te eran desconocidos. Es un libro llave, uno de esos amantes que te exigen promiscuidad. No sé si se trata de un libro imprescindible (no sé si hay algún libro que realmente lo sea), pero sí sé que es un libro de esos que te hacen disfrutar además de ampliar tus horizontes, mostrándote, al mismo tiempo, lo pequeños y lindos que somos los seres humanos, aunque escribamos sobre violencia.

[1] El género negro: de la marginalidad a la normalización (compilado por Álex Martín Escribá y Javier Sánchez Zapatero), Literatura del dolor, poética de la bondad de Eugenio Fuentes y Cómo escribo novela policíaca de Andreu Martín.

 





Envidiar a Pedro Flores

3 12 2016
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Salir rana, de Pedro Flores. Selección y prólogo de Vicente Gallego. Sevilla, Renacimiento, 136 páginas.

Renacimiento publica Salir rana, una antología poética realizada por Vicente Gallego sobre la obra poética de Pedro Flores desde 1998.

Durante años pensé que había conocido a Pedro Flores en la primera mitad de los años noventa. Entre el año noventa y tres y el noventa y cinco, comenzamos a encontrarnos en aquella experiencia pública, común e interdisciplinar que era el Centro Insular de Cultura, que hoy es un aparcamiento. Allí, un grupo de “escritores clandestinos”, como nos llamaba Carlos Álvarez, coordinador de Debates y Literatura por aquel entonces, y quien nos había abierto las puertas del Centro, nos empezamos a reunir y a tomar contacto con autores de la generación precedente en torno a un espacio de debate en el que fue germinando una revista. Ambos (espacio y revista) se llamaron La Plazuela de las Letras y aprendieron a suplir con el invento de la fotocopiadora láser y mucha imaginación la carencia de un mundo editorial que no existía ya y de un medio digital que no existía aún. En La Plazuela, la institución editaba cuadernillos numerados a mano que recogían las intervenciones de los poetas, narradores, ensayistas y filósofos que dictaban conferencias en el CIC. Pero también nos permitía a los jóvenes disponer de un ordenador de los de la época en el que tecleábamos los textos que nos iban llegando en papel y que daba luego lugar a una revista que se imprimía humilde pero más o menos dignamente. Fue allí, en aquel tabernáculo que era para nosotros el CIC, pero sobre todo en las tabernas a las que íbamos luego, donde se fue fraguando mi relación con Pedro Flores (un tipo melenudo y larguirucho), mientras iba asistiendo a sus recitales, individuales o colectivos, mientras iba leyendo los poemas que publicaba en la revista. Y debo confesar que esta relación estaba presidida por la envidia. No una envidia sana. La envidia nunca es sana. Yo siempre envidié (todavía envidio) la capacidad de Pedro para encontrar poesía en lo cotidiano, para hablar de cosas muy complejas, usando palabras comunes a las que hace recobrar aquellos sentidos que habían perdido. También envidié siempre (todavía envidio) su sentido del humor, la aparente sencillez con la que nos desvela las paradojas, con las que descubre la cara B del disco de la Historia (así, con mayúsculas) y la memoria chica de generaciones y generaciones en unas manos que lavan ropa o sirven la comida familiar. Envidié (y todavía envidio) su habilidad para desvelar las paradojas, para atacar a la injusticia sin parecer agresivo, sin aspavientos ni signos de exclamación, poniendo con sencillez ante el lector las más puras y duras verdades de los desheredados. Lo hechos de la vida, pero también los de la muerte, que, en el fondo, son los mismos.

Decía más arriba que yo pensaba que había conocido a Pedro Flores en los años noventa. Pero no era cierto. Un día, después de bastante tiempo tratándonos, descubrimos que su madre y mi madre eran amigas desde hacía mucho, que en la infancia él y yo debimos de vernos en muchas ocasiones, en las visitas que ellas se hacían. Descubrí así una cosa más que me unía a Pedro: ambos procedíamos de familias humildes, nos habíamos criado en barrios humildes de Canarias durante el tardofranquismo y la transición, y habíamos encontrado en la literatura una forma de huir de nuestras realidades para poder comprenderlas mejor. Y ambos debíamos, también, abrirnos paso entre quienes partían desde mejores posiciones socioeconómicas si queríamos que se oyeran nuestras voces.

Yo me reconozco en la poesía de Pedro. Reconozco a mi familia en la suya. Reconozco en su barrio el mío. Su pobreza material y la mía son la misma. Así como lo son las riquezas espirituales de las personas sencillas de las que ambos hablamos.

He seguido a Pedro Flores desde aquellos poemas primeros. He seguido envidiándolo como escritor en la misma medida en que lo gozaba como lector: constatando, a cada libro, casi a cada poema, que Pedro iba convirtiéndose en uno de nuestros mejores poetas (lo cual es mucho decir, porque su generación es, para mí, la mejor generación de poetas que hemos tenido desde hace mucho), que su voz iba madurando, afirmándose, buscando nuevos caminos y nuevos modos de transitarlos, pero sin perder ni un ápice de su frescura y de aquellas cualidades que me habían deslumbrado a mí en sus primeros textos.

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Los nuevos lectores tienen la oportunidad de observar esa evolución en Salir rana. Gozarán de una estupenda muestra del trabajo de Pedro durante todos estos años y sabrán que vale la pena acercarse a todos y cada uno de esos libros. Quienes como yo, han admirado (o envidiado) a Pedro desde hace años, quienes no se han perdido ni uno de los libros que iban apareciendo (al mismo tiempo, por cierto, que iba publicando interesantes libros de relatos o incluso libros para niños), se verán premiados con una muestra de su trabajo más reciente: doce poemas pertenecientes a El don de la pobreza, inéditos hasta la fecha. En ellos encontrarán a un señor de cuarenta y tantos, a ese Pedro Flores maduro, sin melena, pero con sus cualidades de juventud intactas, con el mismo talento de cuando era un “escritor clandestino”, acrecentado por la experiencia. Un Pedro Flores que nos habla de gentes sencillas y dolores complejos, que encuentra poesía en un anciano que se entretiene viendo obras públicas, en una anciana planchando o bajo la almohada de una prostituta, en una serie de poemas en los que hay humor, dolor y verdad, como los ha habido en todos y cada uno de los libros de Pedro que, al menos yo, he disfrutado y envidiado a lo largo de todos estos años.





El viajero involuntario

29 07 2016

Acostumbrado a la habilidad de Navona para ofrecernos pequeñas joyas no me sorprende que sea esta editorial la que publica en España El viajero involuntario, de Minh Tran Huy, una historia susurrada a través de tres continentes y de todo un siglo.

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El viajero involuntario, de Minh Tran Huy, Barcelona, Navona, 2016

La anécdota comienza en 2012, cuando Line, una francesa hija de vietnamitas cuyo oficio consiste en grabar sonidos de ambiente —aunque prefiere grabar silencios—, se topa en una exposición neoyorquina con la historia de Albert Dadas, el primer dromomaníaco diagnosticado: ese humilde gasista de Burdeos se hizo célebre a finales del siglo XIX, cuando fue estudiado por el raro trastorno mental que lo obligaba a viajar compulsivamente. Interesada por su caso, Line le dedicará el resto de sus vacaciones neoyorquinas y, según indague en su historia, la irá entendiendo como metáfora de otros viajeros y viajeras involuntarios, como la atleta somalí Safia Yusuf Omar, ejemplo célebre y paradigmático de tantos migrantes desesperados tragados por el mar. Y, mientras cruza el Atlántico de regreso a su París natal, hará ella misma un viaje hacia sus recuerdos y su historia familiar, marcada por la guerra, la injusticia y la diáspora.

A partir de esta premisa —el interés de su protagonista y narradora por la vida singular de un personaje real— Minh Tran Huy va moviéndose desde lo histórico a lo global y de ahí a lo íntimo de las conmovedoras peripecias —que adivinamos de origen autobiográfico— de una familia rota por los diferentes conflictos que sacudieron Vietnam desde el comienzo de su periodo postcolonial. Perspectiva interesante, por cierto, para un lector occidental acostumbrado a ver la historia de ese país desde una perspectiva muy diferente que, en el mejor de los casos, desemboca en el paternalismo. Pero, más allá de coordenadas espaciotemporales, me interesan en El viajero involuntario la exploración de la nostalgia, el desarraigo y la búsqueda de un hogar, la indagación en torno a cómo los fenómenos que la Historia archiva fríamente en sus anales afectan a miles de seres humanos con nombre y rostro, lo dramáticamente sencillo que puede llegar a ser para cualquiera llegar a convertirse en extranjero en su propio país.

Inteligente, sentimental, tierna a ratos, con un estilo amable que huye de jardines y fuegos de artificio, El viajero involuntario es uno de esos textos que se gozan sufriéndolos, entre la curiosidad y el reencuentro con viejos temas caros a toda buena literatura.








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