El libro, por un día

22 04 2016

El libro. Ah, el libro. Llega el 23 de abril y el libro, por una vez sale a la calle, se visibiliza, es respetado, se habla bien de él. Hay que fomentarlo, divulgarlo, exhibirlo. Esa actividad normalmente individual, íntima,  casi secreta, de la lectura, se hace, por una vez, pública, colectiva. Se exponen manualidades en las que Don Quijote, Sancho y Dulcinea sustituyen en la entrada al empleado de la empresa de seguridad subcontratada en institutos, bibliotecas y museos. Informativos que de ordinario prefieren rellenar sus huecos libres con vídeos de Youtube sobre accidentes y perritos conmovedores, o con reportajes sobre el calor o el frío que hace, se dignan a dedicar totales de un par de minutos a Cervantes. Centros comerciales que exponen los libros mucho peor que los perfumes ponen en estos días mesas de saldo que sirven para vaciar su fondo de almacén. Maestros y profesores de instituto piden a los escritores locales que den una charla sobre la importancia de la lectura a un alumnado que ni les ha leído ni les leerá. Autoras y autores asisten a dar conferencias gratuitas a foros públicos gestionados por productores de eventos, intermediarios ineptos que sí cobran. Políticos de todos los colores y sabores se apresuran a hacerse fotos con libreros, escolares o académicos en puestos callejeros o en aulas magnas, dando discursos sobre la importancia de la lectura, esa que no tienen en cuenta casi nunca al elaborar los presupuestos generales de las instituciones que gobiernan.

Kira

Por supuesto, está bien que se celebre el Día Mundial del Libro y el Derecho de Autor. Tú, que lees y eres persona generosa, sabes que el libro no da la felicidad (la ignorancia es más útil cuando uno lo que quiere es ser feliz), pero hace a las personas más libres, y por eso siempre te prestas a colaborar con esas actividades de promoción y visibilización, a alegrarte públicamente de ellas, a celebrarlas. Pero tú, precisamente tú, que lees todo el año, que todo el año fomentas la lectura entre quienes tienes alrededor (y la actividad del fomento de la lectura es tan sutil que, simplemente, llevando en la guagua un libro y no un móvil ya estás contribuyendo a ella), que frecuentas las librerías y las bibliotecas, sientes siempre que ahí, al fondo, persiste ineluctablemente un dejo de impostura, algo de ceremonia formal en torno a una faceta de la cultura que, en realidad, nos importa mucho a muy pocos y casi nada a la mayoría. Sabes que ese político que acaba de abandonar la feria con un libro debajo del brazo no ha leído nunca al escritor con el que se acaba de sacar la foto y jamás ha pisado ni pisará la librería cuyo stand ha visitado. Sabes que esa reportera que ha hecho el reportaje con el actor de cuarta disfrazado de Cervantes está tan interesada en El Quijote como en la vida sexual del escarabajo pelotero.

El libro continúa siendo ese objeto que da gustito, que te conmueve y te desordena la conciencia, que da un codazo a la realidad para que puedas verla con más lucidez. Lo es, lo fue y lo será, a pesar del político, el reportero, el profe, el jefe de planta y el productor de eventos que solo se acuerdan de su existencia en abril, para hacerse la foto o para hacer caja, que en el fondo es lo mismo. Somos otros (autores y autoras, bibliotecarios y bibliotecarias, libreros y libreras, editores y editoras, lectores y lectoras, que solemos ser, además, varias de estas cosas a la vez) quienes hacemos que diariamente se celebre  al libro y al derecho de autor. A veces no es complicado, ni requiere presupuesto ni grandes esfuerzos: cuando le regalamos a alguien una novela o un libro de poemas, cuando preferimos ir a nuestra librería de confianza en lugar de a una página de descarga gratuita en Internet, cuando nos encontramos en una esquina y hablamos sobre lo último que hemos leído, ya estamos haciendo más de lo que hacen muchos. Los demás, aparecen una vez al año (durante un día, una semana, un mes, lo que dure el programa de actos) para quedar bien o llenarse el bolsillo. Y nosotros, tú y yo, callamos y fingimos ser felices así: para un día al año en el que parece que el libro le importa a todo el mundo, tampoco vamos a aguar la fiesta. Pero, cuando nos cruzamos en esos actos, esas charlas, esas ferias, nos sabemos miembros de una misma secta, comandos de la misma guerrilla, esa que sabe que un libro es una trinchera, una barricada, una atalaya de francotiradores refractarios a la impostura.

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Sobre “La otra vida de Ned Blackbird”

24 02 2016
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La otra vida de Ned Blackbird, Madrid, Siruela, 2016, 181 páginas.

A partir de mañana comenzará a estar en las librerías La otra vida de Ned Blackbird. Editada por Siruela y con esa ilustración de Ana Bustelo que no me canso de contemplar y que, por cierto, ha sido galardonada por Communication Arts en su edición de este año.

No es, por una vez, una novela negra. En ella apenas hay violencia explícita, no hay un recorrido por el otro lado de la legalidad, las muertes son naturales y no hay compromiso alguno con el realismo social.

Sí que hay, como siempre, intriga, algunos misterios, y una tendencia al extrañamiento ante la realidad, una atención constante al viejo dicho de Jim Thompson de que las cosas no son lo que parecen.

La excusa argumental es la llegada de Carlos Ascanio a la ciudad de Los Álamos para ocupar interinamente una plaza como profesor de filosofía en su universidad. Como su estancia no va a ser larga, alquila un viejo apartamento cuya inquilina, una maestra retirada, ha fallecido recientemente. En cuanto Ascanio se instala, comienza a sentir curiosidad por la anterior ocupante del piso, cuyas paredes parecen querer susurrarle sus secretos.

Seguro que has leído muchas novelas que comienzan así. Y me gustaría poder decirte por qué luego la cosa cambia (porque cambia, y mucho) con respecto a historias similares, pero no podría explicártelo sin estropearte la novela. Solo puedo decirte que la cosa va sobre amores epistolares y escritores clandestinos, sobre la identidad y la memoria, sobre nuestra percepción del mundo y nuestro lugar dentro de él, sobre el olvido y la culpa, sobre el alcance de las rebeliones íntimas y los límites de la libertad de la mujer en una sociedad patriarcal, sobre el coste de nuestras elecciones y las oportunidades perdidas.

Por ahora ya hay quien la ha leído y le ha regalado su elogio. Uno de los primeros ha sido Sebastià Bennasar, que ha sabido ver en ella cosas que hasta a mí se me habían escapado, creo.

En Canarias, la primera presentación pública del texto tendrá lugar el viernes 11 de marzo, a las 19:00 en Librería Sinopsis. Como en otras ocasiones, consistirá en que tú y yo tomemos un vino y leamos algunos pasajes.

Hasta aquí la información más o menos objetiva, la que podrá tener todo el mundo a través de los medios de comunicación.

Pero como tú lees este blog y, por tanto, eres de los íntimos, puedo contarte, si te quedas aquí un par de párrafos más, algunas cosas acerca del origen de esta novela. No explicará nada (ya sabes que Cortázar decía que en algún sitio ha de haber un basural al que van a parar las explicaciones), pero, al menos, sabrás más que esa gente que necesita ponerle etiquetas a todo para despacharlo y archivarlo rápidamente, sin fijarse en lo que hay más allá.

Hacia 2009, en un acto público, tuve la suerte de conocer en persona a la escritora María Dolores de la Fe. Aquel encanto de mujer me contó que a ella siempre le habían gustado las novelas policiales y me regaló una hoja mecanografiada (que conservo como oro en paño) con un arranque argumental. Me dijo que, si quería, podía utilizarlo. Nunca lo hice, sobre todo por respeto. Pero aquel gesto y aquella página pasada por el rodillo de la máquina de escribir me hicieron pensar en su oficio de escritora y periodista, desempeñado durante muchos años, en ocasiones de manera casi secreta. También por esos días, escarbaba en las obras de Francisco González Ledesma, que antes de ser el creador de Méndez, había sido Silver Kane, Taylor Nummy y hasta Rosa Alcázar. Y, al mismo tiempo, reflexionaba sobre algo que me ocurría a mí mismo, que había ingresado en la escritura a través del cuento literario de corte fantástico pero llevaba desde 2007 sin publicar un volumen de este género, porque en este país resulta muy difícil conseguir que un editor se suicide publicando libros que nadie leerá y aquí los cuentos no los lee nadie. De ahí que, desde 2006 yo estuviera inmerso en la escritura y publicación de novelas negras, género que amo pero que (tal y como yo lo entiendo) exige un realismo insobornable. Por estas y otras razones (algunas muy personales, demasiado íntimas hasta para este blog), a partir de 2009 comencé a jugar con la idea de escribir una novela que hablara de escritores clandestinos y en la que pudiera trabajar con ese estilo, tan distinto al de mis ficciones criminales, que uso cuando escribo cuento fantástico. Luego fueron surgiendo otros temas, otras preocupaciones, otras experiencias vitales (y en ellas incluyo mis experiencias como lector) que poco a poco fueron haciendo de esa novela lo que es hoy. El texto inicial fue escrito en pocos meses, entre noviembre de 2010 y marzo de 2011, y luego fue sometido (como siempre) a sucesivas fases de reescritura y corrección. Aunque creo que siempre conservó sus orígenes iniciales, que continúan ahí para quien quiera rastrearlos.

Y sí: volveré a la novela negra y volveré a las novelas de semen y de sangre. Pero necesitaba dar a la luz este texto y ver cómo lo aceptarías tú, que has tratado tan bien a los otros.

Así que ahí, a partir de mañana, estará, esperándote, La otra vida de Ned Blackbird. Y yo, como siempre, permaneceré expectante, deseando que funcione (como ha funcionado otras veces) esta máquina del tiempo que se llama libro y que (solo si tú quieres) nos une a ti y a mí allá donde (y cuando) estemos cada uno.

Mientras tanto, estaré escuchando esto. O algo muy similar.

 





La violencia justa: vuelve Andreu Martín

14 02 2016

Andreu Martín debe de llevar, calculo, unos cuarenta años escribiendo sin cesar, haciendo incursiones en casi todos los géneros y tendencias (sin dejarse atrás el erotismo, la ciencia ficción, la novela histórica y la literatura juvenil), pero ha destacado siempre como referente de la novela negra y policiaca. Desde que en 1979 publicara Aprende y calla ha deslumbrado a los aficionados al género con novelas como Prótesis, A navajazos, Bellísimas personas, Piel de policía o Barcelona connection, por citar de memoria y sin orden cronológico algunas novelas de entre las varias decenas que ha publicado. Por ello, es ineludible citar su nombre entre los de los autores que nos trajeron el género (y lo hicieron nuevo) entre los años setenta y los noventa. Pero no ha cesado de crear, de contar las historias que cuenta tan bien sin perder ni un ápice de actualidad, sin dejar de buscar nuevos modos para trazar sus argumentos sorprendentes, verosímiles y magnéticos.

En los últimos años nos ha dado novelas estupendas, como Sociedad negra y Los escupitajos de las cucarachas. En ellas el lector encuentra siempre lo que se espera: historias de alto voltaje que van hacia delante tras arranques que son siempre una patada en la cara, con personajes que huelen a cenicero y exponen diálogos certeros, equilibrados e inteligentes, con un erotismo que ya quisiera más de un sello dedicado al género y humor de todos los colores (desde el más blanco y familiar a los chistes negrísimos que pueden hacerse mientras uno intenta hacer desaparecer un cadáver), con coreografías de acción cuidadas al milímetro y, sobre todo, diferentes planos de lectura en los que, a poco que se escarbe en el contenido, aparecen los asuntos más caros a la condición humana.

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La violencia justa, de Andreu Martín, Barcelona, RBA, 447 páginas

En La violencia justa, su novela más reciente, Andreu Martín aborda un problema con el que nuestra sociedad tiene una cuenta pendiente: nuestra relación con la violencia. La pregunta por cuándo es justo saltarse el contrato social (aquel mediante el cual los miembros de la sociedad se someten a un gobierno que pone el monopolio de la violencia en manos de quienes representan la ley), cuándo llega el momento en que un individuo está legitimado por las circunstancias para ejercer como juez y verdugo. Y, sobre todo, en esos casos, dónde está la fina línea, que separa la justicia de la venganza, el preciso castigo del desencadenamiento de la bestia que todos llevamos dentro, domesticada por la educación, tal y como finamente la analizó Freud en El malestar en la cultura.

La violencia justa plantea estas preguntas (y otras relacionadas con ellas), a partir de un argumento en el que se cruzan dos dramas personales: el de Teresa Olivella (que intenta rehacer su vida tras una tragedia personal en la que desempeñó el papel de víctima absoluta) y el de Alexis Rodón (jefe de seguridad de unos grandes almacenes que antes fue sargento de los mossos y debió abandonar el cuerpo acusado de torturar al secuestrador y asesino de una niña). Ambos personajes se encontrarán no por casualidad, sino porque ella, atraída por la leyenda de torturador de Rodón, lo buscará para intentar hacer lo que ella entiende por justicia. Pero Teresa llega a la vida del ex policía en mal momento, cuando acaba de interesarse por una repugnante organización de proxenetas infantiles.

No puedo explicar nada más del argumento sin estropear la lectura, pero sí me gustaría hacer hincapié en la habilidad compositiva de Andreu Martín. Contada en presente, casi exclusivamente en las primeras personas de sus dos protagonistas en capítulos que alternan sus voces (la única excepción es un capítulo necesario casi en la conclusión), La violencia justa nos va mostrando las diferentes caras de esa novela de pasados dolorosos y futuros inciertos, el lector asiste al desarrollo de la pasión entre Teresa y Alexis, a la forma en que cada uno oculta al otro los verdaderos problemas que le obsesionan, sus más secretos temores, sus cuentas pendientes, manejando la intriga novelesca con una brillantez que solo es posible gracias a la combinación del talento y la experiencia.

A lo largo de poco más de un mes (la acción comienza el 8 de enero y finaliza el 14 de febrero de 2014), Teresa Olivella y Alexis Rodón viven una tormenta en sus respectivas existencias y no pueden encomendarse a Dios y aguantar el chaparrón: han de buscar soluciones a los conflictos que la vida les pone por delante. Ambos (y el lector con ellos) habrán de tomar decisiones en las que se juegan sus propias creencias, hacerse nuevas preguntas y buscar nuevas respuestas a las preguntas viejas. Y, en cada una de sus acciones, sentirán que a cada paso cambian de forma de ser, se apuestan a sí mismos como seres humanos. Eso mismo que hacemos, sin darnos cuenta, nosotros. Eso mismo que hacen siempre los héroes de las grandes historias.

Vale la pena seguir a Teresa y a Alexis en su itinerario hasta lo más hondo de sí mismos, ese camino que, al mismo tiempo, les lleva al centro del mismísimo infierno, ese que hacemos, cada día, entre todos.





La Wycherly, para redescubrir a Ross Macdonald

29 01 2016

En la página 181 de su Breve historia de la novela policiaca (Madrid, Taurus, 1962), Alberto del Monte, afirma:

Margaret Millar (1915), la actual presidenta de los Mystery Writers of America, publica también unas veces con su propio nombre (notables, entre otras novelas suyas, Beast in view, 1955, y The soft talkers, 1957), otras con el seudónimo de “Kenneth Millar” y otras con el de “John Ross Mac Donald”. En sus novelas (…), que tienen generalmente como detective a Lew Archer, ofrece ambientes corrompidos, psicologías morbosas; en una palabra, una humanidad mísera y tortuosa con polémica perspicacia y con dignidad literaria.

No va mal encaminado Alberto del Monte: Margaret Ellis Sturm, que firmaba con su apellido de casada como Margaret Millar era una fantástica escritora de novelas de misterio, como La bestia se acerca, cuyo argumento ha sido luego imitado hasta la saciedad. Pero Kenneth Millar no era un seudónimo, sino el nombre de su marido, quien comenzó a publicar cuando su esposa ya era una autora de éxito y acabó firmando como Ross Macdonald la mayoría de las novelas (calculo que unas dieciocho) y los relatos de la serie de Lew Archer, seguramente para evitar confusiones como la del pobre Del Monte.

Ross Macdonald, creator of Lew Archer, wearing a straw hat

Macdonald pertenece, creo, a la segunda oleada de grandes autores de hard boiled norteamericanos y lo leímos cuando éramos más jóvenes y queríamos presumir de haber leído a los que los mayores nos marcaban como imprescindibles. La lista siempre empezaba por Dashiell Hammett y Raymond Chandler y luego siempre incluía a MacDonald, James M. Cain, Horace McCoy, Mickey Spillane y Chester Himes. En medio, acaso en un puesto de honor, estaba siempre Ross Macdonald. Y por eso, acaso, porque lo da por clásico, porque lo da por evidente, porque hay muchas cosas nuevas que leer, o muchos descubrimientos de viejos maestros que se han quedado atrás y no están en los manuales (hace poco, sin ir más lejos, descubrí a Dorothy B. Hugues gracias a Eduardo García Rojas) uno a veces olvida lo estupendos que eran estos tipos.

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La Wycherly, de Ross Macconald, Barcelona, Navona, 2015, 365 páginas

Por eso es bueno que, de vez en cuando, ocurran cosas como esta: que una editorial, para el caso Navona, rescate alguna de sus novelas. para el caso La Wycherly, y te refresque no solo la memoria, sino también la mirada.

Me sucedió una cosa curiosa con La Wycherly: entró en casa durante la época navideña y la leí en los primeros días de año, que es justamente cuando transcurre esta historia tortuosa en la que Lew Archer debe encontrar a Phoebe, la hija del acaudalado Homer Wycherly, desaparecida hace semanas, investigación a lo largo de la cual va a encontrarse con las huellas de su madre, la explosiva Catherine, inmersa en un no menos explosivo divorcio de Homer. Y de paso, con una red de engaños. De extorsiones. De violencia. De corazones rotos poética y también literalmente.

Me sucedió también que redescubrí por qué me habían gustado las novelas que había leído de Macdonald (cosas como El caso Galton o El martillo azul), por qué otros amigos cuyo criterio respeto (como José Luis Ibáñez Ridao) vuelven a mencionármelo una y otra vez, por qué siempre recordaba a Macdonald como a un Hammett, pero con menos prisa, como a un Chandler, pero con más estructura. Sí: Macdonald cuenta con eficiencia, pero no sacrifica el estilo ni un hilo de reflexión sobre un tema de enjundia si cree que vale la pena. Y nunca le ocurrió aquello de que él mismo no supiera quién había matado a un determinado personaje secundario. Sus novelas funcionan como mecanismos de relojería, máquinas perfectamente engrasadas.

Macdonald supo convertirse en un clásico en el género respetando una clave ya instaurada unas décadas antes (su detective no se apellida Archer por casualidad) y prolongándola en novelas lúcidas y pesimistas, crueles y compasivas, brutales y poéticas, plagadas de pasajes dignos de recitar a viva voz y de diálogos vibrantes, inteligentes y llenos de verdad. Todo ello en historias en las que la intriga novelesca se pone al servicio de una humanidad a la que mira con ironía, pero también con conmiseración.

Así pues, leer hoy a Macdonald es volver a lo mejor de la buena novela negra, esa que indaga en las pasiones humanas mediante argumentos cuidados contados con estilo, y vale la pena hacerle un hueco entre fenómeno de ventas y fenómeno de ventas (esos que nos asedian hoy desde todas las mesas de novedades y los expositores y que dentro de cincuenta años no valdrán nada) para comprobar que novelas como La Wycherly continúan tan vivas como en 1961 y diciéndonos más y más cosas a cada lectura.





La calidez de Pamplona en enero

20 01 2016

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En Pamplona Negra lo único que cojea es su director, el polifacético escritor Carlos Bassas, que se recupera de una complicada lesión deportiva que lo obliga a ir con muletas y someterse cada día a duras sesiones de rehabilitación, lo cual no le impide estar, como suele, en todos lados sin olvidar ni un solo detalle. Así, solo, o con alguno de sus cómplices (como Carlos Erice Azanza), se le ve puede ver volviendo de recoger invitados en el aeropuerto o en el hotel, pendiente de que no falte algún material, presentando actos, organizando reconstrucciones policiales o acompañando al siguiente ponente a buscar la emisora de radio a la que debe acudir. Carlos y el equipo de Baluarte (con la meticulosa Vera Wrana en la coordinación), hacen que en esta segunda edición de Pamplona Negra no falte absolutamente de nada, que todo esté donde debe estar y exactamente en el momento preciso.

Me consta que esto es muy difícil, que es muy complicado combinar talleres, conferencias, proyecciones de cine, coloquios, reconstrucciones de la escena del crimen y degustaciones gastronómicas sin que haya ninguna pifia. Pero ellos lo consiguen y continúan haciendo que el abundante (y pacientemente amable) público que acude a cada acto se vaya a su casa con buen sabor de boca. Este festival, que nació el año pasado, con una maquinaria eficiente y engrasada que ya quisieran para sí otros eventos, ha vuelto para seguir siendo el primer festival del año, la primera cita que ya no puede uno perderse.

En esta ocasión me ha tocado recoger el testigo de Juan Ramón Biedma y responsabilizarme del taller de novela negra. No me rompí la cabeza imaginando un título y lo llamé, simplemente, La tinta y la pólvora. Y ahí estamos, desde ayer, frente a 17 personas de todas las edades y oficios, intentando desentrañar algunos de los trucos de la disciplina, mientras en la sala de al lado, Nacho Faerna hace lo propio con el lenguaje cinematográfico, en el taller Una chica y una pistola.

Ha sido solo el arranque. El resto de la semana está llena de actividades que traen a Iruña algo de lo mejorcito del Noir hispano. Pero, como me conozco y sé que luego el ajetreo hará que se me haga tarde para decir lo que tengo que decir (motivo por el cual hace tantas semanas que no dejo nada para ti en este blog), he decidido que, antes de que todo continuara adelante, debía pararme un momento a decirlo. Así que me he sentado un momento en la habitación del hotel, he pinchado el cedé de la edición especial de Kind of Blue que adquirí ayer en uno de los puestos de discos y libros de Baluarte (9,90 euros) y he escrito esto, para que quede constancia.

Ahora ya puedo prepararme para lo que vendrá esta tarde, y mañana, y pasado. Pero solo después de dejar claro, nuevamente, que en Pamplona Negra solo cojea su director. Y, de paso, que aquí lo único que es frío es el clima, que todo lo demás es pura calidez.





El giro (los giros) de Marcos Hormiga

15 12 2015

Mi primer contacto con el trabajo creativo de Marcos Hormiga fue, creo, musical, gracias a las hermosas canciones que Javier Cerpa había compuesto a partir de algunos de sus poemas y que él y Beatriz Alonso interpretaban en De soledumbres. En aquel disco aparecían cortes en los que la voz de Hormiga creaba una atmósfera llena de colores y de falsa serenidad, muy parecida al paisaje majorero que evocaban sus poemas. Luego, cuando me hice con el libro, comprobé que la perfección de esa voz se correspondía a la perfección del texto.

Gracias también a Javier y Beatriz pude conocer a Hormiga personalmente. Y luego, el azar o el destino ha hecho que nuestros caminos se crucen en diversas ocasiones, haciéndonos compañeros de viaje, de disco o de escenario. Marcos es un buen, un estupendo poeta, mucho mejor que muchos sobre los que se escriben tesis doctorales. Domina motivos, ritmos e imágenes y suele salir vencedor en la batalla contra el lenguaje que entabla todo aquel que elige contar el mundo a través de sus versos. Pero como todo verdadero creador, nunca se ha conformado con dominar una sola disciplina y, así ha explorado otros caminos, que incluyen el repentismo y la poesía popular.

Ahora, Marcos Hormiga da un giro en su labor haciendo una incursión en la narrativa. O, mejor, dos giros, porque aparecen, en el mercado, dos libros muy diferentes: una novela y un libro de relatos.

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La novela lleva por título Dentro de la piedra (Turat-è) y es una historia de corte fantástico orientada al público juvenil que cuenta las aventuras de dos adolescentes que hacen un viaje en el tiempo a la Canarias prehispánica, viviendo diversas aventuras e intrigas tanto con los aborígenes como con la tripulación de un barco esclavista. Esto es: a partir del eco de Un yanqui en la Corte del Rey Arturo, de Mark Twain, Hormiga aprovecha para acercar a los jóvenes a la vida diaria y los problemas de una comunidad sobre la que aún se extienden amplias lagunas de conocimiento cierto.

El libro de cuentos, Micro r retratos, consta de veinticuatro cuentos literarios de varia invención y corte fantástico. Algunos de ellos recuerdan vagamente a los Cuentos de un minuto, del húngaro Istvan Örkény. Otros hacen pensar en Virgilio Piñera, en Juan José Arreola, en diversos bestiarios. Todos se internan en el mágico territorio del absurdo, tan caro a los grandes cuentistas, y muestran un sentido del humor feroz tras una sólida estructura que es mostrada solo a leves pinceladas.

Ambos libros, que nacen a la vez, publicados por Mercurio Editorial, se presentarán también al mismo tiempo en un único acto, que tendrá lugar este viernes, 18 de diciembre, a las 19:00, en la Sala de Grados de Humanidades (en el Campus del Obelisco). Marcos Hormiga estará acompañado en esta ocasión por el también polifacético Yeray Rodríguez y por el arriba firmante. Allí nos vemos.





Donde menos te lo esperas

30 11 2015

Si últimamente escribo poco en este blog es porque viajo mucho. No lo creé para contar mis viajes (como viajero soy un desastre) y, además, son viajes breves, visitas de médico de uno, dos o tres días como mucho, a lugares más cercanos que lejanos. Y tienen que ver casi siempre con actividades públicas: encuentros literarios, talleres, charlas, mesas redondas. En general, son agradables, sobre todo porque casi siempre suponen un encuentro con los lectores. Y eso, el encuentro con el lector, es para mí el cierre del círculo de la escritura. Los escritores que publicamos en vida tenemos a veces la suerte de comprobar que el texto ha llegado a su destinatario, poder conocer en persona a ese alguien que no tiene rostro pero que es el motivo último de tus intentos creativos. Es un placer que jamás Kafka o John Kennedy Toole conocieron.

Ese placer se acrecienta más si cabe cuando gracias a esos encuentros te permiten tratar a gente que despierta tu admiración, cuando, donde menos te esperas, encuentras un núcleo de activistas que se niegan a dejar morir eso que convenimos en denominar cultura y que, en general, importa bien poco a quienes organizan el cotarro desde arriba, salvando unas cuantas honrosas excepciones.

Eso acaba de ocurrirme hace solo un par de días. El viernes 27 tuve la suerte de poder mantener un encuentro con tres clubes de lectura del municipio de Fuerteventura, a saber, Entreletras, La Luciérnaga y Raíz del Pueblo, que tuvo lugar en el centro cultural al que pertenece este último club. Si no has estado nunca en ese centro, no deberías perdértelo. Raíz del Pueblo es una asociación cultural que nació en 1967. Desde entonces, sus instalaciones son un verdadero centro neurálgico de la dinámica sociocultural de su municipio. Cuentan con diversas instalaciones (biblioteca, sala de teatro, espacios para talleres y exposiciones), además de salas polivalentes que ceden por convenio a instituciones y otras asociaciones. Hasta la cantina cuenta con su propia programación paralela, que incluye ciclos de cine, conferencias y conciertos de músicos locales.

Foto: Selena Chacón

Foto: Selena Chacón

Allí, en la biblioteca, pasamos casi dos horas charlando con lectoras y lectores de La última tumba, en una actividad coordinada por Selena Chacón y Juan Jesús Darias, dos elementos peligrosísimos (filósofa y bibliotecaria ella, profe de Historia y sospecho que escritor clandestino él) a quienes ya conocía de otras trincheras de la palabra excavadas con sangre, sudor y tinta en esas mismas latitudes, donde siempre han sido para mí los anfitriones perfectos. La guinda del pastel fue encontrarme en el mismo aeropuerto, al llegar, al compañero David Galloway.

Sabía ya que Fuerteventura es mucho más que ese sitio al que vas a pasar las vacaciones, que allí  la cosa se mueve, que sus bibliotecas están vivas, que hay mucho interés por la cultura en general y la literatura en particular. Pero lo que no sabía era que existía un lugar como Raíz del Pueblo, ni gente como la que hace que siga vivo año tras año.

Y sí, viajo mucho últimamente y tengo muchos encuentros agradables y no siempre tengo tiempo de reseñarlos. Pero hoy, domingo por la noche, mientras preparo el trabajo de la semana que ha empezado hace ya un rato, mientras pienso en la maleta para el próximo viaje (donde seguramente encuentre a otros guerrilleros), he querido tomarme unos minutos para reseñar ese visita de médico a Corralejo y La Oliva, ese encuentro con los miembros de Entreletras, La Luciérnaga y Raíz del Pueblo, con Selena y con Juan Jesús, con todas esas personas que, como hormigas, están siempre haciendo cada uno su parte de un trabajo infinito cuyo resultado es que el mundo sea cada día un poco menos feo. Y para agradecerles que estén ahí, esforzándose por todos.








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