El año en que quise ser B. Traven o cómo nació M. A. West

1 09 2014

Esto es una confesión. Y una explicación. Pero uno nunca puede explicar rápidamente por qué hace ciertas cosas. Para hacerlo de forma eficaz, debe escarbar en la memoria y el pasado. Por eso, quizá, habrá que empezar por el principio.

Hace más de veinte años, un buen amigo y yo entrevistamos para una revista literaria a una escritora mexicana de origen libanés. Cuando se habló de las etiquetas a las que estrategias promocionales y casillas académicas condenan a los autores, nos dijo: “La etiqueta ‘mexicana’, la etiqueta ‘mujer’, la etiqueta ‘joven’… Me cansa todo eso, yo querría ser B. Traven”.

Por si no lo recuerdan, B. Traven fue uno de los tantos seudónimos de un escritor alemán que firmó novelas inolvidables, como El barco de la muerte o El tesoro de Sierra Madre. En su época no se sabía quién era. El lector se enfrentaba directamente a sus textos, que son lo que realmente importa cuando se habla de literatura. Desconozco exactamente los motivos por los que B. Traven se ocultaba: se ha hablado de timidez, de un pasado anarquista, aunque yo siempre he preferido la explicación de que Bruno Traven creía que sus libros debían hablar por sí solos.

Más claros están los motivos por los que otros autores, en su oportunidad, también se ocultaron: desde la puramente económica (la posibilidad de vender más títulos a una misma editorial o publicación periódica) hasta la política. En algunas ocasiones, el motivo ha sido la pura diversión.

La escritura, para mí, es también juego. Quiero decir: la vertiente lúdica de la actividad creativa se me antoja imprescindible, pues es la que termina abarcando asuntos mucho más serios, entre ellos, el de la identidad.

En la actualidad, si te dedicas al ámbito creativo, resulta muy difícil divulgar tu trabajo sin divulgar, también, un poco de ti mismo, de tu propia identidad. Ese aspecto siempre me ha preocupado, porque uno desea crear cosas que duren en el tiempo y los seres humanos caducan, como lo hacen los carnés de identidad. Por ello he reflexionado frecuentemente sobre lo que nos contó aquella escritora y, movido por esa reflexión, en 2012 (un año en el que mi nevera estaba muy vacía pero mi corazón muy lleno) decidí ser B. Traven.

En parte juego, en parte experimento, en parte (gran parte) apuesta conmigo mismo, a principios de ese año decidí emplear algo del mucho tiempo libre que tenía en plantearme a mí mismo un reto en forma de ejercicio de estilo: lograr escribir una novela negra clásica al modo de los autores norteamericanos de los años cincuenta. Esto no es nada nuevo. Lo habían hecho Boris Vian, Georges Simenon o González Ledesma. Pero ya se sabe: todo está escrito salvo lo que te toca escribir a ti mismo. Y este era un pecado que deseaba cometer. Por supuesto, no bastaría con que yo quedara contento con el resultado: la novela tendría que acabar siendo publicada y los lectores habrían de leerla sin notar que había sido escrita en la parte más africana de España por un autor que no había pisado EEUU en su vida.

No hubo mala intención. Simplemente, quise retarme a mí mismo, obligarme a hacer algo distinto mudando de estilo y de razones, como quería Lope de Vega.

Así, escribí una novela pulp fingiendo que se trataba de una de las novelas escritas por un autor olvidado que había sido traducido por Thalía Rodríguez Ferrer (que prestó amablemente su nombre para esta pequeña boutade) y por mí.

Pronto descubrí que no bastaba con escribir la novela: había que crear una bibliografía esencial, unos cuantos hitos biográficos que sirvieran para perfilar una sombra, una editorial inicial y efímera. Acabé, incluso, escribiendo un prólogo en el que se mencionaban algunos críticos norteamericanos que se habían ocupado de ella. El prólogo, claro está, forma parte de la novela en otro plano de la ficción, pero supuso, para mí, un problema: me vi a mí mismo escribiendo impúdicos elogios sobre mi propio trabajo, amplificando los que ya había incluido en una entrada de blog que debía servir de gancho.

Pero el verdadero experimento, el verdadero reto, comenzó en mayo de 2013, cuando Navona Editorial publicó El viento y la sangre, de Martin Aloysius West, como el número 2 de su colección dedicada al género, después de Seis enigmas para Sherlock Holmes e inmediatamente antes de la magistral La promesa, de Friedrich Dürrenmatt. Muy pocas personas estaban en el secreto. Por supuesto, mis editores, un par de amigos y mis libreros de referencia. El propósito no era económico: era estético, lúdico, acaso sociológico. La publicación de El viento y la sangre fue, en fin, como una de esas botellas que uno lanza al mar del intertexto, sin muchas esperanzas de que llegara a ningún sitio. Las características del juego exigían, además, que no se hicieran campañas de promoción. Sin embargo, sorprendentemente, la novela gustó, ganó lectores y mereció el interés de algunos críticos y blogueros a quienes admiro, y hasta el de alguna que otra revista especializada.

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Con placer, debo decir que muy pocos se dieron cuenta de que se trataba de una falsa traducción y que, al entender los parámetros del proyecto, la mayor parte de ellos se convirtió en amable cómplice.

Hoy, cuando empieza septiembre, tras consultarlo con las personas directamente implicadas, he decidido que ya es hora de salir del armario: El viento y la sangre y su protagonista, Rudy Bambridge, nacieron en Canarias, en 2012. M. A. West no existe. Fue la máscara que necesitó ponerse un escritor llamado Alexis Ravelo para demostrarse a sí mismo que no era un escritor canario, español o calvo, sino, sencillamente, un artesano, un escribidor.

Desde aquí deseo dar las gracias a todos aquellos que contribuyeron a ello y a quienes se dieron cuenta y callaron. Y disculparme con las personas que leyeron El viento y la sangre creyendo en la existencia de West, con quienes lo recomendaron a sus amigos y pidieron más. La intención, repito, no era mala y el daño, creo, habrá sido leve, efímero como lo es todo carné de identidad. En todo caso, les ruego que piensen que formaron parte de una buena obra: la apuesta de un autor que deseaba que, al menos uno de sus textos, se explicara por sí solo.

 

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Libros para un verano

26 07 2014

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A petición popular, para el último espacio de La Buena Letra de esta temporada, traigo unas cuantas recomendaciones que den para todo el verano. Algunos son libros que hallarás en las mesas de novedades; otros salen con editoriales independientes y habrás de pedirlos en tu librería de confianza, pero te valdrá la pena la espera. Todos son recientes, todos son rica fruta del país y te prometo que no hay entre ellos ninguna comercialada.

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Foto: Verónica Iglesias

Pero primero vamos con el título del que queríamos hablar la semana pasada y que la rabiosa actualidad me impidió reseñar:

 Yonqui - Paco Gómez Escribano

 Yonqui, de Paco Gómez Escribano, Erein, 299 páginas.

En Canillejas, en 1978, el Botas no tiene muchas salidas: a su padre se le reventó el hígado en el bar del barrio; su hermano mayor murió de hepatitis; su hermana huyó de casa y su madre es alcohólica. Así las cosas, no es raro que el pibe ande todo el día metiéndose por las napias o la vena lo primero que encuentra, robando coches para atracar gasolineras o sacando la navaja a la primera de cambio. Con rapidez, con eficiencia, limitando su léxico al argot del personaje, Paco Gómez Escribano pinta un retrato acre y brutal de los barrios periféricos de Madrid durante la transición. Al Botas lo vamos a acompañar en su periplo por el infierno, desde su adolescencia hasta los veintipocos. Estaremos con él en sus palos y trapicheos, pero también en sus diferentes intentos por rehabilitarse y llevar una vida mejor. Y en su encuentro con Lola, otra chiquilla que no se resigna a ser una excluida. Yonqui es una novela sobre navajeros. También una Bildungsroman. Una historia de miseria y violencia con un vocabulario limitado al de su protagonista, lo cual la hermana con La naranja mecánica. Por último, es también el retrato de una época y, como ganancia secundaria para los nostálgicos, un repaso a la historia del rock español, pues el encuentro del Botas con la música supondrá una epifanía y en sus ensayos y tocadas se irá encontrando con Burning, Gabinete Caligari, Parálisis Pemanente o Antonio Vega. Por supuesto, los amantes de la acción y de las persecuciones no se van a sentir defraudados. Pero eso puede tenerlo cualquier novela. Tan buena literatura, hecha con palabras de la calle, no. Así pues, para empezar las vacaciones, sexo, drogas y rockanrrol con Yonqui, de Paco Gómez Escribano, publicada en Donosti por Erein, 299 páginas de alto voltaje.

 El gran frío - Rosa Ribas - Sabine Hofmann

 El gran frío, de Rosa Ribas y Sabine Hofmann, Siruela, 312 páginas.

Una novela esperada: la segunda aventura de la periodista Ana Martí, protagonista de la estupenda Don de lenguas, que fue de lo mejor del 2013. Como la anterior es novela negra y como la anterior está ambientada en España en los años cincuenta. Pero esta vez la historia ya no transcurre en Barcelona, sino que a Ana la envían a un pueblito de Aragón para cubrir una noticia sensacionalista: la supuesta aparición de los estigmas de la Pasión en el cuerpo de una niña. Y allí va a descubrir un secreto que tiene que ver con un viejo crimen olvidado. Una historia negra en la España más profunda y oscura. Ribas y Hofmann crean personajes casi de carne y hueso, los introducen en una estructura firme que luego exponen con una prosa limpia y eficaz. Pero no solo eso, sino que sus retratos de época están perfectamente ambientados, con una ambientación que no nos da la lata intentando mostrar lo mucho que se han documentado (defecto frecuente en este tipo de novelas), con una mirada lúcida y sincera a la época y la sociedad que describen. Para amantes de la novela negra, de las novelas que hacen retrato de aquella sociedad y, en general, para pasárselo pipa durante tres o cuatro días, porque no te durará más.

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Edad de oro, de Fernando Fernández Rodríguez, Uno Editorial, 448 páginas.

Otra sobre historia contemporánea, pero esta vez una ópera prima y en una editorial pequeña. Fernández Rodríguez se estrena con una novela que trata un filón que solo en los últimos años hemos comenzando a explorar en nuestra narrativa: el de las Vanguardias Históricas en Canarias y el impacto del 18 de julio en las vidas de aquellos artistas. Edad de oro es un viaje desde la actualidad hasta la II República y la posguerra, siguiendo a quienes sirvieron de modelos a Néstor de la Torre para su Poema de la Tierra. Una digna primera novela y una buena oportunidad para acercarse a dos fenómenos sorprendentes: la Escuela Luján Pérez y la facción surrealista de Tenerife.

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Cioran, Manual de Antiayuda, de Alberto Domínguez, Alrevés Editorial, 265 páginas.

Con lúcida mala baba, el joven filósofo catalán Alberto Domínguez ha escrito un suculento ensayo sobre la obra de E. M. Cioran, planteado como una crítica frontal y devastadora a esos libros de autoayuda que suele devorar Fortunata. Una verdadera agresión al buenismo correctista new age y lobotomizado. Para entendernos: es el libro que regalarías a todos esos amigos y amigas que te envían postales con puestas de sol, bebés o cachorritos y mensajes positivistas rotulados con fuentes cursivas y problemas de sintaxis. Y también una amena manera de recordar a Cioran, ese francotirador del pensamiento. Una ganancia secundaria: que sientas ganas de leer o releer Breviario de podredumbre, La tentación de existir o En las cimas de la desesperación. Para lectores de Cioran, por supuesto, pero también para los que están hartos de que los traten como a tontos.

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Aquellos años del boom, de Xavi Ayén, publicado por RBA, 876 páginas.

Se está convirtiendo, quizá, en un fenómeno editorial. Y no es para menos: este extenso volumen cuenta la génesis y desarrollo del boom latinoamericano, huyendo de la hagiografía y del peloteo, y buceando en las vidas y obras de los autores que lo conformaron. Ayén, redactor de Cultura de La Vanguardia, examina, además, los rumores y leyendas sobre sus biografías, buscando la verdad que hay tras ellas. Por eso desvela alguna mentirijilla promocional, algún embuste del marketing. Y, por supuesto, no se olvida de analizar muy bien la figura de la todopoderosa Carmen Balcells, que fue al boom lo que George Martin a los Beatles: aquella que tomó aquellos diamantes en bruto y los engarzó en un collar fastuoso. Para amantes de la literatura hispanoamericana y, sobre todo, para quien quiera contextualizar más allá de querellas y estrategias de márketing, la génesis de algunas de las más grandes obras del Siglo XX.

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Me llamo Suleimán, de Antonio Lozano, Anaya, 197 páginas.

No nos olvidamos de los jóvenes. Para ellos ha aparecido hace poco historia social, dura e interesante, firmada por el compañero y sin embargo amigo Antonio Lozano. Cuenta en primera persona la historia de un joven inmigrante ilegal maliense, su largo viaje desde su pueblo natal hasta Gran Canaria, un periplo en el que hay mafias, necesidades y peligros, traiciones y lealtades, cayucos y centros de internamiento. Una novela muy recomendable no solo porque está estupendamente escrita (de Antonio Lozano siempre nos llegan cosas buenas), sino porque nos acerca a una realidad que tenemos justo delante y que algunos no sabemos ver con claridad.

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Principito debe morir, de Carmen Moreno, Lapsus Calami, 178 páginas.

Y me dejo para el final una esta absoluta sorpresa: una novela de ciencia ficción planteada como una exégesis del clásico de Saint Exúpery. A partir de lo que podría ser una precuela de El Principito, Moreno hace una cosa divertida, ácida, conmovedora y curiosamente coherente, plagada de guiños a la cultura pop y de sátira sociopolítica. Este es para forofos de El principito, para amantes del buen Sci Fi y, en general, para los buscadores de prodigios imaginativos (digamos que si las últimas novelas que has leído te parecen más de lo mismo, deberías dar una oportunidad a este libro fresco y lleno de sorpresas: es muy posible que te reconcilie con la ficción).

Foto: Verónica Iglesias

Foto: Verónica Iglesias

Aquí acaba la lista. Por supuesto, me han caído en las manos otros muchos libros interesantes en lo últimos tiempos (me dejo atrás, por ejemplo, Sylvia, de Howard Fast, publicado por Navona y del cual te prometo reseña), pero no todo cabe en una sección ni en una entrada (esta, de hecho, ya se ha hecho larga hace un par de pantallas). En cualquier caso, aunque no tengamos La Buena Letra en el aire hasta septiembre, Fortunata y yo seguiremos hurgando en las estanterías y trayéndote títulos a Ceremonias, para que los leas a solas o, mucho mejor, los compartas con los tuyos, porque ya sabes: la familia que lee unida…





Retorno a la palabra: Como una novela, de Daniel Pennac

5 04 2014

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Preguntas tópicas: ¿Por qué, cuando llega la adolescencia, las chicas y los chicos pierden su afición por la lectura? ¿Qué podemos hacer para atraerles hacia el mundo del libro? ¿Cómo se les puede aficionar a una actividad que sus propios padres no ejercen? De ahí, se pasa a otras preguntas: Los programas educativos, los análisis, las contextualizaciones, ¿sirven realmente para que el alumnado acabe amando la literatura? ¿Qué está fallando en el sistema para que el hábito lector se pierda? ¿Es posible continuar siendo lector en el mundo actual, en el que cada vez tenemos menos tiempo para leer? ¿Es verdad que “no tener tiempo” es un motivo para no leer?

En 1992 apareció un libro delicioso que se plantea todas estas preguntas y algunas más. Es un ensayo de Daniel Pennac titulado Como una novela, probablemente porque es así como se lee, con la misma fruición, con el mismo interés, siguiendo su trama con la intriga que podría depararnos cualquier buena novela. Llegué a este libro hace un tiempo, gracias a la recomendación de Bruno Pérez, escritor y profesor. Desde entonces, quiero a Bruno un poquito más. Porque Como una novela no es solo un libro de reflexión, sino también un texto irónico y divertido, salpicado por pasajes de inusitada belleza que releo continuamente.

Como una novela, de Daniel Pennac, Barcelona, Anagrama, 169 páginas

Como una novela, de Daniel Pennac, Barcelona, Anagrama, 169 páginas

El problema que plantea Como una novela es casi cotidiano y cualquier progenitor o profe se le habrá planteado alguna vez: a un adolescente le han mandado a leer en el instituto una lectura del programa (para el caso, como el autor es francés, Madame Bovary), pero el libro se le atraganta, ya queda poco para entregar el comentario de texto y aún no ha terminado el libro (quizá no ha llegado ni a la mitad). Aparecen, en la explicación del asunto, las manidas justificaciones: le aburren las descripciones, que se le hacen largas porque vivimos en la época de la imagen; la juventud está muy despistada por culpa de la televisión (esto lo comentan los padres mientras ven la tele); se han perdido los valores, etc.

Entonces uno se pregunta qué ha pasado, porque cuando era niño (hasta más o menos los diez u once años), al chico le gustaban las historias, esperaba con avidez que cada noche llegara la hora del cuento.

Y ahí surge el planteamiento inicial de Cómo una novela, que comienza diciendo: “El verbo leer no soporta el modo imperativo”.

El problema, para Pennac, es que en torno a la literatura se ha abierto un aparato de sacralización bienintencionado pero que, en el fondo, orienta la lectura hacia la utilidad, despojándola de su naturaleza esencial: el gozo, el disfrute de las historias transmitidas a través de la palabra.

A partir de ahí, Pennac hace un inteligente y bastante completo diagnóstico de los problemas a los que se enfrenta la lectura, no ya en el ámbito educativo, sino en general, haciéndonos reflexionar a los adultos sobre nuestra propia actividad lectora.

Y lo que propone como solución a estos problemas es tan sencillo como eficaz: un retorno a la palabra. Sin análisis, sin contextualizaciones, sin fichas de comprensión lectora.

De hecho, él mismo, profesor de instituto, se enfrenta así al problema: se presenta en clase, saca un libro y comienza a leer. El libro que lee es un best seller muy de moda en su tiempo (y una novela inolvidable): El perfume, de Patrick Süskind. No pide a su alumnado que comprenda, rellene fichas, o haga un trabajo sobre el autor. Simplemente, les lee, página a página. Poco a poco, ese grupo de alumnas y alumnos desmotivados y poco interesados en la palabra, vuelven a convertirse en aquellos niños que cada noche pedían a sus padres que les contaran cuentos. Que es lo que somos, en el fondo, todos los lectores.

Al libro de Süskind le seguirán otros, como Drácula o El guardián entre el centeno, algunos elegidos por el alumnado que ya se ha implicado en la actividad lectora. Cuando llega el momento de abordar los libros obligados, los que “toca leer porque hay que cumplir el programa” y pasar exámenes (para el caso, Madame Bovary), el profesor hace algo muy inteligente: les cuenta que El guardián entre el centeno (que ellos han disfrutado) es un libro obligado (y por tanto, odiado) en los institutos norteamericanos, donde es posible que haya chicos como ellos que preferirían leer Madame Bovary.

Así pues, lo que Pennac propone es una hábil estrategia de animación a la lectura para los jóvenes, pero también una reconciliación de los adultos con el libro, en un ensayo que propone un retorno a la lectura como actividad placentera que constituye un fin en sí, y un regreso a la palabra, a la lectura en voz alta, porque, como se dice en algún momento: el culto al libro depende de la tradición oral.

Finalmente, Pennac acaba exponiendo un decálogo sobre el que vale la pena reflexionar: los derechos del lector. Estos derechos circulan por las redes. Pero va por adelantado que no tienen mucho sentido si no has leído Como una novela. Despojados del texto que les precede y de su comentario, que Pennac hace capítulo a capítulo, no son más que una lista más o menos original. Hay que acercarse a este ensayo estupendo para averiguar por qué los lectores tenemos derecho a no leer, a saltarnos páginas, al bovarismo o al silencio.

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Daniel Pennac conoció un éxito insospechado con este libro, que se reedita constantemente desde 1992. Aparte de eso, es autor de unas cuantas novelas, como las de la saga de la familia Malausénne (El señor Malausséne, El señor Malausséne en el teatro…) y su última novela editada en España es Diario de un cuerpo, publicada en 2012. Es uno de esos autores que hablan con palabras sencillas de cosas importantes. O sea, todo lo contrario de los malos autores, que hablan con palabras rebuscados sobre cosas que en el fondo, no son más que chorradas. Por eso se ha ido convirtiendo en un autor de culto, de esos que te recomienda un amigo al que luego quieres más.

Por eso te lo recomiendo, porque quiero que me quieras más, sobre todo si son te dedicas a la educación o si eres madre o padre o, simplemente, si quieren recordar por qué lees.





Esas personas, que se ignoran

26 08 2013

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A veces la vida no es tan mala porque la bondad de los desconocidos te salva. La empleada de Correos, el cajero del banco, el guagüero o la frutera pueden convertirse en pequeños ángeles que con una sonrisa, una palabra amable o un guiño de complicidad al darte los buenos días te curan de la gestión postal o bancaria, del calor de la guagua atestada, del precio de las manzanas, que han vuelto a subir.

Las revoluciones no las hacen las organizaciones, sino los seres humanos. Y muchas veces, secreta, silenciosa, anónimamente, casi sin percatarse de ello, quien difunde un gesto generoso, quien hace pequeños bienes o, simplemente, se niega a amargar el día a los demás, está sumándose a esa labor de  hormigas que hace que el mundo, pese a sus defectos, continúe funcionando y acaso, poco a poco, mejore.

Por eso, pese a la ineptitud, pese a la maldad, pese a la ignorancia de los poderosos, uno se alivia un poco (solo un poco, pero tan necesariamente) de esos dolores gracias a la existencia de tantas y tantas personas anónimas que, sin saberlo, propagan el bien.

Lo expresó, creo, mejor que nadie, Jorge Luis Borges en su poema “Los justos”, que dice:

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar el mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Perdona este arranque de optimismo de lunes de finales de agosto. Es más frecuente la ira, el dolor y el sonrojo, pero, de cuando en cuando, hay que contar que también ves cosas que te hacen confiar en que no todo está perdido, en que aún hay esperanza, en que el ser humano aún puede llegar a tiempo de salvar al ser humano.





Los patriotas

11 06 2013

No son ni de izquierdas ni de derechas. Son personas bien, como como-Dios-manda, como hay que ser. Y no porque hayan sido bendecidos y bendecidas de nacimiento con una buena posición o incluso apellidos de larga tradición y abolengo rancio dejan de tener hábitos sencillos y humildad en el trato. De hecho, tutean a sus chóferes, porteros y asistentas, les preguntan por la familia, nunca olvidan el consabido aguinaldo y hasta, de vez en cuando, les hacen pequeños regalos, porque tirar ropa es un pecado. Pero ese interés por el prójimo no se queda en los contactos más inmediatos: siempre hay una mesa tras la que postular, niños en Somalia o la India, mujeres en Bangladesh, misiones en Bolivia o aquí mismo, chiquillos de esos con enfermedades raras, a quienes pueden regalarle su compasión, su caridad cristiana. Ahora se dice solidaridad, igual que a los inválidos se les llama personas con discapacidad y a los pobres, personas sin recursos. Pero en realidad el mundo no ha cambiado tanto, y todas esas cosas son lo que son: causas sin rostro a las que uno puede abrazarse para calmar su conciencia, porque no es necesario tenerlas cerca ni olerlas para darles aquello que necesitan.

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En realidad, los patriotas no se meten con nadie y no tienen la culpa de ser personas con ciertos privilegios. Lo que tienen, se lo han ganado trabajando. O manejando bien sus contactos (hay que tener amigos hasta en el infierno; sobre todo en el infierno). O lo ganaron sus padres o sus abuelos, que es lo mismo. Podrían tener más, incluso, si quisieran y si alguien pusiera-las-cosas-en-su-sitio. Y, sin embargo, no son tan ambiciosos: se conforman con vivir en paz.

Los patriotas no tienen la culpa de tener dinero. Y, por supuesto, no tienen la culpa de la mala cabeza de los demás, que vivieron por encima de sus posibilidades y quisieron vivir como ricos cuando no lo eran.

Los patriotas saben en realidad lo que hay que hacer: una buena tabula rasa, un gobierno firme que arregle todo lo que estropearon los anteriores, que eche del país a todos esos sudacas y moros y negros que, sí, vinieron bien cuando hacía falta mano de obra, pero que ahora sobran y no pueden pretender vivir como si fueran españoles. Y cambiar los contratos, porque las cosas han cambiado mucho y eso de los contratos indefinidos y los salarios mínimos interprofesionales y los convenios colectivos son cosas que nos colaron los sindicatos en la época de las vacas gordas. Y ahora las vacas son flacas, flaquísimas. A los que están viviendo del paro, hay que ponerlos a cavar, todo el día, para que se demuestre que, efectivamente, están en paro y no ejerciendo otra actividad. Porque no puede ser que estén cobrando del Estado y luego haciendo chapucillas por ahí. ¡Ese!, ese es uno de los grandes problemas de este país: la economía sumergida. Eso y los funcionarios, que no dan un palo al agua y viven como marajás de los impuestos de los demás.

Los patriotas, si pudieran, hablarían claro: no todo el que llega a este país tiene derecho a médico gratis, no todo el mundo puede vivir de la sopa boba. Y no todo el mundo puede tener una carrera y un doctorado y un master, qué caray.

Pero no pueden hablar claro. Así que se limitan a esperar, a ver qué pasa. Y lo que pase lo verán como quien ve una película, porque no les afectará, al menos directamente. Y es que los patriotas son muy patriotas, pero no son tontos y hace ya mucho que pusieron a buen recaudo sus ahorros en Suiza, en Isla de Man o en Luxemburgo. El único inconveniente es que a veces, cuando se necesita cash con urgencia, no se dispone del dinero inmediatamente. Aunque tampoco eso es un gran problema: siempre hay algún contacto que te proporciona liquidez, a cambio de una pequeña comisión.

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Libros que me enseñaron algo

1 04 2013

Es fama que Borges escribió: “Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer”. Una participante en el Taller de Narrativa de Unibelia me ha puesto en un aprieto: me ha pedido que, al margen de la bibliografía esencial que suministro a lo largo de cada taller, les proporcione a ella y a sus compañeros una lista de aquellos libros que yo creo que me han sido útiles en esa tarea de aprender a contar historias. Esto es tanto como preguntarme cuáles son los libros que me han influido. Y (si aceptamos que todo aquello que lees, te influye), tanto como preguntarme qué libros he leído.

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Pero como quiera que alguna vez suelen preguntarme qué autores me han influido y hasta ahora no había elaborado una nómina que me sirviera para salir del paso, he decidido aprovechar la excusa para pararme a pensar y anotar. Además, soy de los que piensan que muchas veces se llega a los mejores libros porque un amigo te los recomendó o porque leíste un artículo o un libro en los que se los mencionaba. Y a ti, que lees este blog, te considero persona amiga.

Así que, sin ánimo de ejercer como prescriptor, y, claro está, sin afán canónico alguno, ofrezco aquí esa nómina siempre incompleta de autores y textos que (yo creo que) me marcaron de alguna manera, que me enseñaron algo (si es que algo aprendí) sobre el oficio de la escritura. Y lo hago con algo de pudor, pero con gusto, porque eso me ha proporcionado excusa para pasar la tarde del domingo recordando a algunos viejos amigos impresos en todo tipo de papel, formato y dimensiones, aunque abunden entre ellos las ediciones baratas o de bolsillo, compradas de segunda o tercera mano, no devueltas a sus legítimos propietarios o, incluso, hurtadas en centros comerciales y bibliotecas que ya no existen.

Casi todos los títulos te serán conocidos. Los que no, puede que despierten tu curiosidad o lleguen a merecer tu atención.

En cualquier caso, fueron llegando a mis manos por cauces y motivos dispares: como lecturas de estudiante, por recomendación, por mera curiosidad o por azar. La mayoría los leí siendo joven (con los años he descubierto que los libros realmente importantes en tu vida son aquellos que lees antes de los treinta). Otros, unos pocos, son nuevos amigos de la última década. En cuanto a géneros, hay absolutamente de todo, aunque menos abundante es la poesía, acaso porque soy de aquellos que leen poesía por mero vicio, por puro y genuino placer. Lo único que puedo decir con seguridad es que todos y cada uno de ellos me hicieron disfrutar y me han hecho pensar, y que todos contribuyeron en una u otra medida a este aprendizaje, que no cesa.

Antes, algunas advertencias: como cito de memoria, puede que haya alguna inexactitud en la correcta transcripción de nombre y títulos. Y no hay orden ni concierto, salvo el alfabético, pues si atendiéramos a la cronología, yo habría de confesar que, por ejemplo, Kafka apareció en mi biblioteca antes que Virgilio. Tampoco hay corrección política: siempre me ha dado igual de dónde sea un autor o de qué época, si es hombre o mujer, de derechas o de izquierdas. Por último, esta lista no pretende ser exhaustiva. La fue haciendo el tiempo y ahora la recoge la memoria: si aquel es inexorable, esta no es infalible. Por consiguiente, el tintero quedará abarrotado de nombres y de títulos que hoy no han querido aflorar a mi maltratado córtex.

Así pues, ahí van esos libros que me enseñaron algo:

1.               Abagnano: Historia de la Filosofía.

2.               Adolfo Bioy Casares: La invención y la trama.

3.               Adorno: Notas sobre literatura.

4.               Agnes Heller: Sociología de la vida cotidiana.

5.               Akutagawa: Rasomon.

6.               Alberto Manguel: Una historia de la lectura.

7.               Alejandro Dumas: El Conde de Montecristo.

8.               Anaïs Nin: Delta de Venus. Diarios.

9.               Andreiev: Los espectros. Cuentos.

10.            Apollinaire-Dalizé: La Roma de los Borgia.

11.            Ariwara No-Narihira: Cuentos del Ise.

12.            Arozarena: Mararía. Caravane.

13.            Asimov: Fundación. Yo, Robot.

14.            Bárbara Jacobs: Doce cuentos en contra. Vida con mi amigo.

15.            Baricco: Seda. Noveccento. Tierras de cristal. Homero, Ilíada.

16.            Barrie: Peter Pan.

17.            Beckett: Fin de partida. Esperando a Godot. Malone muere. Molloy.

18.            Bierce: El clan de los parricidas. Diccionario del Diablo.

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19.            Bolaño: 2666. Los detectives salvajes.

20.            Böll: Opiniones de un payaso. Billar a las nueve y media. Casa sin amo. El honor perdido de Katharina Blum.

21.            Boris Vian: El Lobo-Hombre. La espuma de los días. La hierba roja. El otoño en Pekín. El arrancacorazones. Escupiré sobre vuestra tumba.

22.            Bradbury: Fahrenheit 451. Crónicas marcianas. Remedio para melancólicos.

23.            Bram Stocker: Drácula.

24.            Broch: Los inocentes.

25.            Bulgakov: El maestro y Margarita.

26.            Burgess: La naranja mecánica.

27.            Buzzati: El desierto de los tártaros. Cuentos completos.

28.            Cain: Pacto de sangre. El cartero siempre llama dos veces.

29.            Campos-Herrero: Fieras y ángeles. Ficciones mínimas.

30.            Camus: El extranjero. La peste. La caída. El mito de Sísifo. El hombre rebelde. Calígula.

31.            Cantar de Mío Cid.

32.            Capote: Cuentos completos. Otras voces, otros ámbitos. A sangre fría.

33.            Carmen Laforet: Nada.

34.            Carson McCullers: El corazón es un cazador solitario.

35.            Carver: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

36.            Cela: La familia de Pascual Duarte. La colmena. Mazurca para dos muertos.

37.            Cervantes: El Quijote. Novelas ejemplares.

38.            Cesare Pavese: El oficio de vivir / El oficio de poeta. Trabajar cansa. Vendrá la noche y tendrá tus ojos.

39.            Chejov: Cuentos. Tío Vania.

40.            Chesterton: El candor del Padre Brown.

41.            Cioran: Breviario de podredumbre. En las cimas de la desesperación.

42.            Clarín: La Regenta.

43.            Copleston: Historia de la Filosofía.

44.            Cormac McCarthy: Hijo de Dios. La carretera.

45.            Danilo Kis: Una tumba para Boris Davidóvich.

46.            David Markson: La amante de Wittgenstein.

47.            Delibes: El camino. Cinco horas con Mario. Los santos inocentes. 377-A, Madera de héroe. El príncipe destronado. El hereje.

48.            Djuna Barnes: El bosque de la noche.

49.            Dostoyevski: El idiota. El jugador. Crimen y Castigo.

50.            Dürrenmatt: Justicia. La promesa. El juez y su verdugo. La visita de la vieja dama.

51.            Elias Canetti: Auto de fe. El testigo escuchón.

52.            Ende: Momo. La historia interminable.

53.            Espinosa: Crimen. Lancelot 28º-7º. Media hora jugando a los dados. Artículos y ensayos.

54.            Faucault: El orden del discurso.

55.            Faulkner: Santuario. El ruido y la furia. Luz de agosto. Cuentos de Nueva Orleans.

56.            Fernández Santos: Extramuros.

57.            Fernando de Rojas: La Celestina.

58.            Flaubert: Madame Bovary. Cuentos.

59.            Francois Rabelais: Gargantúa y Pantagruel.

60.            Freud: El malestar en la cultura. El yo y el ello. La interpretación de los sueños. Ensayos sobre sexualidad.

61.            Frisch: No soy Stiller.

62.            Gadamer: Estética y hermenéutica.

63.            García Cabrera: Romancero cautivo. Elegías muertas de hambre. El hombre en función del paisaje. Transparencias fugadas. La rodilla en el agua.

64.            García Gual: La secta del perro. Epicuro.

65.            García Márquez: Crónica de una muerte anunciada. Cien años de soledad. El otoño del patriarca. La hojarasca. El coronel no tiene quien le escriba. El amor en los tiempos del cólera.

66.            Gide: El inmoralista. La secuestrada de Poitiers.

67.            Gilson: El pensamiento en la Edad Media.

68.            González Ledesma: Crónica sentimental en rojo. Una novela de barrio.

69.            Graham Greene: El poder y la gloria.

70.            Grass: El tambor de hojalata. El rodaballo.

71.            Graves: Yo, Claudio. Claudio el Dios y su esposa Mesalina.

72.            H. G. Wells: El hombre invisible. La guerra de los mundos. La isla del doctor Moreau.

73.            Harper Lee: Matar un ruiseñor.

74.            Harris: Introducción a la Antropología General.

75.            Heidegger: Ser y Tiempo.

76.            Helene Hanff: 84, Charing Cross Road.

77.            Henry James: Otra vuelta de tuerca. Los papeles de Aspern.

78.            Henry Miller: Sexus. Plexus. Nexus.

79.            Herman Melville: Moby Dick. Bartleby, el escribiente. Billy Budd. Benito Cereno.

80.            Hesse: El lobo estepario.

81.            Highsmith: El talento de Mr. Ripley. El juego de Ripley. Extraños en un tren. Pequeños cuentos misóginos.

82.            H. P. Lovecraft: Los mitos de Ctulhu. El color surgido del espacio.

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83.            Homero: Odisea e Ilíada.

84.            Horacio Güiraldes: Don Segundo Sombra.

85.            Ibsen: Un enemigo del pueblo.

86.            Ignacio Aldecoa: Cuentos completos.

87.            Isidore Ducasse: Cantos de Maldoror.

88.            Italo Calvino: Nuestros antepasados. Marcovaldo. La nube de Smog. Si una noche de invierno un viajero. Las cosmicómicas. Las ciudades invisibles. ¿Por qué leer los clásicos? Seis propuestas para el próximo milenio.

89.            John Berger: G.

90.            Jorge Luis Borges: Obra completa.

91.            José Hernández: Martín Fierro.

92.            Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas. La línea de sombra. El Duelo. Lord Jim. Gaspar Ruiz.

93.            Joyce: Dublineses. Ulises.

94.            Juan Carlos Onetti: Juntacadáveres. El astillero. Dejemos hablar al viento. La muerte y la niña. Los adioses. Cuando ya no importe.

95.            Juan José Arreola: Confabulario.

96.            Juan Marsé: Últimas tardes con Teresa. El embrujo de Shangai.

97.            Juan Perucho: El caballero Cosmas.

98.            Julián Marías: Biografía de la filosofía.

99.            Julio Cortázar: Los relatos (4 volúmenes). Rayuela. Historias de cronopios y de famas. Los premios. Libro de Manuel. 62, modelo para armar. La vuelta al día en ochenta mundos. Último Round.

100.         K. Dick: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Cuentos.

101.         Kadaré: El palacio de los sueños.

102.         Kafka: Obra Completa.

103.         Kawabata: Una grulla en la taza de té. Lo bello y lo triste. La casa de las bellas durmientes.

104.         Kenneth Rexroth: 100 poemas japoneses.

105.         Kirk y Raven: Los filósofos presocráticos.

106.         Kundera: La insoportable levedad del ser. La inmortalidad. El arte de la novela.

107.         Laurence Sterne: Tristram Shandy.

108.         Lazarillo de Tormes.

109.         Lem: Solaris.

110.         Lledó e Íñigo: Lenguaje e Historia.

111.         Lucrecio: De la naturaleza de las cosas.

112.         Madrid: Días contados. Serie de Toni Romano.

113.         Malraux: La condición humana. La esperanza. La Vía Real.

114.         Mansfield: Cuentos completos.

115.         Márai: La amante de Bolzano. El último encuentro. La herencia de Eszter. Diarios.

116.         Martín Santos: Tiempo de silencio.

117.         Marx: Manuscritos de economía y filosofía. El capital.

118.         Matute: Algunos muchachos.

119.         Maupassant: Bola de sebo. Cuentos de guerra.

120.         Max Aub: Las buenas intenciones. Crímenes ejemplares.

121.         Mendoza: La verdad sobre el caso Savolta.

122.         Meyrink: El Golem.

123.         Milorad Pavic: Diccionario jázaro.

124.         Monterroso: Movimiento perpetuo. Obras completas y otros cuentos. La oveja negra y demás fábulas. Lo demás es silencio. La letra e. Los buscadores de oro.

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125.         Muñoz Molina: El invierno en Lisboa. Beltenebros. En ausencia de Blanca.

126.         Murasaki Shikibu: La novela de Genji.

127.         Musil: El joven Törless.

128.         Nabokov: Lolita. La defensa Lutzin. Curso de literatura europea.

129.         Nathaniel Hawthorne: La letra escarlata.

130.         Oliverio Girondo: Poesía completa.

131.         Orwell: 1984.

Fotograma de la versión cinematográfica dirigida por Michael Radford.
Fotograma de la versión cinematográfica dirigida por Michael Radford.

132.         Papini: Un hombre acabado.

133.         Pauline Rèage: Historia de O.

134.         Pedro Lezcano: Cuentos sin geografía.

135.         Perec: La vida, instrucciones de uso.

136.         Pérez Galdós: Misericordia. Trafalgar. Tormento. Marianela. Miau.

137.         Poe: Narraciones extraordinarias.

138.         Puig: El beso de la mujer araña. Boquitas pintadas.

139.         Queneau: Zazie en el metro. Ejercicios de estilo.

140.         Roald Dahl: Relatos de lo inesperado. Las brujas. Charlie y la fábrica de chocolate. Los cretinos. James y el melocotón gigante. Matilda.

141.         Roberto Arlt: El juguete rabioso. Los siete locos. Cuentos.

142.         Rodari: Gramática de la fantasía. Cuentos por teléfono. Cuentos para jugar.

143.         Romancero Castellano.

144.         Sábato: Sobre héroes y tumbas.

145.         Saki: Cuentos.

Doce cuentos malévolos, de Saki, Barcelona, Navona, 106 páginas.
Doce cuentos malévolos, de Saki, Barcelona, Navona, 106 páginas.

146.         Saramago: Todos los nombres. Ensayo sobre la ceguera. La balsa de piedra. Historia del cerco de Lisboa.

147.         Sartre: La náusea. El existencialismo es un humanismo. El Ser y la Nada. Las moscas. A puerta cerrada. La puta respetuosa.

148.         Sciascia: El contexto. Una historia sencilla. Los apuñaladores. El caballero y la muerte.

149.         Shakespeare: Macbeth. Rey Lear. Ricardo III. Hamlet. Titus Andronicus. Julio César.

150.         Solschentzin: Un día en la vida de Iván Denisovich.

151.         Sontag: La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas. Bajo el signo de Saturno. Al mismo tiempo.  

152.         Spinoza: Ética.

153.         Stendhal: La cartuja de Parma.

154.         Stevenson: La isla del tesoro. Las nuevas noches árabes.

155.         Tabucchi: Réquiem. Sostiene Pereira. Dama de Porto Pim.

156.         Thompson: 1280 almas. El asesino dentro de mí. Los timadores.

157.         Tolstoi: Anna Karenina.

158.         Torrente Ballester: La saga / Fuga de J. B.

159.         Umberto Eco: El péndulo de Foucault.

160.         Unamuno: La tía Tula. Niebla. San Manuel Bueno, Mártir. Abel Sánchez. Del sentimiento trágico de la vida.

161.         Victor Hugo: Los miserables.

162.         Viera y Clavijo: Noticias de la historia general de las Islas de Canaria.

163.         Virgilio Piñera: Cuentos Completos.

164.         Virgilio: Eneida. Metamorfosis. El arte de amar.

165.         Vladimir Propp: Las raíces históricas del cuento.

166.         Wilde: Cuentos completos. De profundis.

167.         Wilkie Collins: La piedra lunar.

168.         Woolf: La señora Dalloway. Las olas. Orlando. Una habitación propia. Cuentos completos.

169.         Yourcenar: Memorias de Adriano. Alexis, o el Tratado del inútil combate. El tiro de gracia. Cuentos orientales.

170.         Zweig: Calidoscopio. Fuché. María Estuardo. Veinticuatro horas en la vida de una mujer. Carta de una desconocida.

A todo esto habría que añadir lecturas parciales de la Biblia y los Upanishads, antologías de cuentos anónimos chinos, europeos, japoneses, indios, rusos, del África Negra, de Marruecos, de la América Prehispánica. Así como antologías de cuentos contemporáneos de Perú,  México, EEUU, Alemania, Cuba, Argentina, Canarias, España, o el ámbito hispano en general. Y, finalmente, pero siempre al principio, el Poema de Gilgamesh, porque, al fin y al cabo, ¿qué libro no proviene de él?





Maguncia, hada prima segunda

4 02 2013

Llega el hada Maguncia, montada en su Vespa y recorriendo a toda mecha la ciudad con sus bolsas de supermercado, en busca de niñas y niños en apuros.

las pruebas de maguncia

Las pruebas de Maguncia, Alexis Ravelo, Anaya Infantil y Juvenil, 128 páginas

Maguncia es un hada prima segunda (no ha aprobado aún los exámenes para hada madrina) y trabaja como becaria, mientras espera a pasar su último examen, el más difícil.

¿Vespa? ¿Bolsas de supermercado? ¿Y las alitas? ¿Y los polvos mágicos? ¿Y la varita? La respuesta es sencilla: las hadas de verdad no gastan de eso. Lo hacían en la época de J. M. Barrie, pero ahora se han modernizado bastante. Ya ni siquiera se esconden en los bosques o en inalcanzables palacios, sino que están ahí, conviviendo con nosotros, cruzándosenos cada día en la calle y obrando pequeños y grandes milagros mientras procuran pasar inadvertidas en su diaria tarea de protegernos de los trols.

Maguncia

Maguncia vista por Eugenia Ábalos

Las pruebas de Maguncia fue escrito entre 2010 y 2012 (sí: los libros infantiles requieren más cuidado, cariño y precisión que los libros para adultos) y es una parodia de los libros de hadas que pretende divertirte y, por qué no, hacerte pensar un poco. Pero solo un poquito, eso sí, porque lo primero que se le ha de pedir a un libro es que te haga pasártelo bomba.

Esta historia de hadas y trols de los de verdad aparece ahora publicada por Anaya Infantil y Juvenil, en cuya colección El Volcán están editados también La Historia del bufón Alegre Contador y Los perros de agosto. Las ilustraciones son de Eugenia Ábalos, cuyo trabajo, si no conoces aún libros como Tic-Tac y Cuentos de la mala nieve, no deberías perderte.

Para leer las primeras páginas de Las pruebas de Maguncia solo has de hacer clic aquí.

Dentro de muy poquito estará en tu librería, pero si eres de esas personas que prefieren no esperar y ya están acostumbradas a las nuevas tecnología puedes adquirirlo ya en versión kindle. ¿Quién me iba a decir a mí que este sería mi primer ebook?

Pues eso: Las pruebas de Maguncia, en Anaya Infantil y Juvenil. Con ilustraciones de Eugenia Ábalos. un libro diferente sobre hadas. O un libro sobre hadas diferentes. En todo caso, un libro para lectores a partir de 9 años. Y para los adultos que anden cerca. Porque, ya lo sabes: la familia que lee unida, permanece unida.





Morir despacio se vende rápido

2 01 2013

Una confesión personal: los libros siempre son mejores en tu cabeza que cuando los has escrito. Desde que comienzan a gestarse, desde que una buena idea, o varias malas ideas, plantan en tu mente la semilla de eso que acabará siendo un libro, uno sostiene variadas y cambiantes relaciones de amor-odio con el texto. Hacia el final, en esas semanas de correcciones de las últimas versiones, ya maquetadas, predomina el odio, la decepción, las dudas acerca de que el fruto de tanto tiempo de trabajo haya merecido la pena, las preguntas sobre si estás haciendo eso que te proponías hacer cuando eras un pibe y deseabas dedicarte a escribir y sobre si lo estabas haciendo correctamente. Finalmente, cuando el editor te hace llegar los primeros ejemplares, acabas resignándote a que la suerte ya está echada, a que ya nada tiene remedio, a que lo único que te queda por hacer es defender con amor de padre abnegado eso que has hecho, mientras esperas a las reacciones de críticos y lectores, a quienes, secretamente, prometes aquello que prometió Borges al exiguo número de compradores de su primer libro de poemas: hacerlo mejor la próxima vez.

Y cuando estas reacciones llegan, es el contacto con el otro lo que te salva del infierno de las dudas, lo que mejora tu autoestima y te dice que eras tú, como siempre, quien se equivocaba; que, aunque todo es mejorable y no se es monedita de oro, el libro no puede ser tan malo si la gente lo adquiere y lo lee y lo disfruta y lo recomienda.

Eso me ha ocurrido absolutamente con todas las novelas que he publicado: han sido los lectores quienes han reivindicado los posibles valores de mis historias ante mis ojos de padre insatisfecho y exigente.

Morir despacio no ha sido una excepción.

Portada de Fernando 'Montecruz'

Portada de Fernando ‘Montecruz’

El libro, que tenía que haber salido en noviembre para competir con otros títulos durante la campaña navideña, no se presentó hasta el día 5 de diciembre, en la víspera del puente de la Constitución, en el Museo Domingo Rivero, donde los asistentes al acto agotaron las primeras existencias.

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Y por esas cosas de los trámites y el calendario de días hábiles o inhábiles, no entró en distribución en Canarias hasta la semana siguiente. Esto es: comenzó a venderse en librerías el día 12. Lo que nadie (ni el impresor ni los libreros ni el editor ni yo mismo) esperaba era que esa primera impresión del libro se agotara en la mayoría de las librerías de Gran Canaria una semana más tarde, el día 19. Ahora mismo está a punto de llegar a las librerías de esta isla una segunda impresión, que se distribuirá este viernes 5 de diciembre, aunque en muchas librerías ya hay listas de reserva (si eres de quienes lo estaban buscando, ya sabes que puedes reservar tu ejemplar a tu librero o librera de confianza). Y justamente esta semana llegará también a las librerías de la Península. Ya se sabe: por eso de las diferencias horarias, en Canarias siempre vamos un paso por delante. En el Continente no ha llegado al distribuidor (Maidhisa) hasta esta semana. Mercurio no es uno de esos grandes sellos que pueden poner en el mercado decenas de miles de ejemplares para abarrotar escaparates y mesas de novedades y ocultar al resto de los títulos. Amén de grandes libreros, si estás por allá, puedes conseguir Morir despacio en libreros especializados en el género (Negra y Criminal en Barcelona; Estudio en Escarlata en Madrid) o hacer lo propio: solicitarlo en tu librería.

Desde su aparición –mediante las redes sociales o el correo electrónico o este blog o incluso a través de SMS enviados desde números desconocidos–, me llegan amables opiniones acerca del libro, reacciones favorables, noticias de que Papá Noel se lo ha dejado a alguien en el calcetín o de que a los Reyes Magos les ha gustado y piensan meterlo en el saco de Baltasar. Librerías como Sueños de Papel, Canaima o La isla lo recomiendan y algunos portales, sitios webs, periódicos digitales y blogs (como los de Juan García Luján, Leandro Pinto o Gabriel Barameda) dan su beneplácito al texto e incluso muestran su simpatía por el arriba firmante, quien en realidad es tan antipático (sobre todo cuando está en copas). También compruebo que el argumento de Morir despacio provoca debates y reflexiones más importantes que la novela, cosa que me llena de alegría, porque ese es uno de los propósitos más o menos ocultos de las novelas: ir más allá de la ficción, donde está la realidad.

No siempre me resulta posible agradecer individualmente o a tiempo todas esas atenciones, así que aprovecho la oportunidad para hacerlo: gracias a quienes están leyendo o han leído o piensan leer Morir despacio, por mostrarme las virtudes (si es que las tiene) de ese vástago benjamín mío y enseñarme que hay que querer a las cosas que uno hace, aunque solo sea porque se hicieron con buena voluntad o, como en este caso, con una rabia contra la realidad que esconde (muy secretamente, como si eso fuera motivo de vergüenza) una pizca de esperanza, de fe en que la realidad puede ser mejor si nos juntamos y le arreamos un buen par de patadas y la echamos abajo y volvemos a crearla.





La última buena letra (del año)

29 12 2012

Está a punto de acabar un año durísimo y puede que el próximo sea peor. En este y en otros países hacemos esta travesía del desierto a la que nos ha llevado el colapso del capitalismo. Antes éramos los PIGS y ahora somos los GIPSY. Un personaje de Márkaris dice que es mejor ser cerdo que tiburón. Ahora podríamos añadir que ser gitano es un orgullo y mucho mejor que ser un payo sinvergüenza que se lleva el dinero de su país a opacas cuentas en paraísos fiscales. Pero ya seamos cerdos o gitanos, nadie puede negar que los ciudadanos de a pie de estos países pagamos con hambre y pérdida de libertades los desmanes que otros han cometido.

No obstante, llega el final del año y ayer, 28 de diciembre, quisimos dar un repaso a los títulos recomendados en La Buena Letra, esa sección que lleva cuatro temporadas haciéndose un hueco en la parrilla para hablar de literatura y en la que cada viernes, comandados Eva Marrero o por Verónica Iglesias, saludamos al mediodía invadiendo el Hoy por Hoy Las Palmas para recomendar y desrecomendar títulos junto con Francisco Melo Junior, que hace lo propio con el cine en su sección La Butaca.

La Butaca y La Buena Letra en plena desrecomendación de un libro (por llamarlo de alguna manera) de Isabel Allende. Foto: Eva Marrero.

La Butaca y La Buena Letra en plena desrecomendación de un libro (por llamarlo de alguna manera) de Isabel Allende. Foto: Eva Marrero.

Pese a la crisis económica (me estoy cansando de escribir esa expresión), pese a la del mercado editorial, pese a cierta crisis también creativa, para la literatura ha sido un año interesante. En este cachito de África fue el año de Pedro García Cabrera, a quien se dedicó el Día de las Letras Canarias y, aunque con menos presupuesto y poca visibilidad que en otras ediciones, esto sirvió de excusa para sacarlo a la calle y meterlo en los institutos, que es donde los poetas siempre deberían estar. También se decidió que en 2013 la fiesta de la literatura insular estuviera dedicada a Joseph de Viera y Clavijo, hecho singular y algo redundante, pues no solo ya le fue dedicada la primera edición, sino que precisamente el Día de las Letras Canarias ya sirve de recordatorio de su importancia, al coincidir con la efeméride de su fallecimiento.

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El Premio Nobel se fue a China y, gracias a eso, descubrimos a Mo Yan, autor de El sorgo rojo. El Premio Planeta fue para La marca del meridiano, de Lorenzo Silva, estupenda noticia para los viciosos de la novela negra y para quienes apreciamos a Lorenzo, buen escritor y mejor persona. El Cervantes de las Letras fue para José Manuel Caballero Bonald y el Príncipe de Asturias nada menos que para Philip Roth. Un premio que trajo bastante polémica fue el Premio FIL (antiguo Juan Rulfo), que recayó en Alfredo Bryce Echenique. Pero el premio que más llamó la atención en 2012 fue el Nacional de Literatura, porque fue rechazado por Javier Marías. Sus palabras durante la rueda de prensa en la que explicaba sus motivos demostraron  no solo su coherencia, sino que es digno hijo de uno de los pensadores más importantes de este país y supusieron un elegante tirón de orejas a algunos intelectuales que figuran entre los más conspicuos clientes del poder.

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También ocurrieron cosas indeseables: este año nos han dejado algunos escritores grandes, como Ray Bradbury, Antonio Tabucchi, Agustín García Calvo y Carlos Fuentes. Y, en ese capítulo de cosas desagradables nos enteramos de que tanto el Gobierno de España como el Gobierno de Canarias no han destinado en sus partidas ni un solo euro para adquisición de fondos para las bibliotecas públicas. Ahí queda eso.

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Pero nosotros a lo nuestro. Mencionemos lo mejor de lo mejor de los libros de 2012, y así le damos alguna idea a los Reyes Magos, por si andan despistados. Son todos libros editados este año, con una sola excepción (y comienzo con ella): Las niñas perdidas, de Cristina Fallarás, premio LH Confidencial. El motivo de la excepción es que fue este año, en 2012, cuando obtuvo el Premio Dashiell Hammett, que otorga un jurado compuesto por críticos y especialistas en novela negra en la Semana de Gijón. Hecho histórico, pues se trata de la primera mujer en alcanzarlo.

 También para amantes de la novela negra, recomendamos en su momento Con el agua al cuello, de Petros Márkaris, que recientemente ha lanzado en España un nuevo caso del comisario Jaritos, Liquidación final. Ambas buenas novelas, ambas sobre la crisis y ambas para pensarlas muy despacito. A Márkaris lo edita Tusquets, que tiene buen ojo y mejor olfato. Por algo publican también a Eugenio Fuentes, Leonardo Sciascia o Boris Vian.

Con el agua al cuello. Petros Márkaris. Barcelona. Tusquets. 322 páginas.

Con el agua al cuello. Petros Márkaris. Barcelona. Tusquets. 322 páginas.

Además, este año hubo muchos rescates. Los de autores canarios son muy interesantes. Selecciono, respectivamente, un libro de poemas, uno de cuentos y una novela: Vitruvio rescató el exquisito Era Pompeia, de Federico J. Silva; Idea hizo lo propio con El perfil de las esquinas, de David Galloway; Casa de Cartón reeditó la primera novela de Nicolás Melini, El futbolista asesino.

Hay otros tres rescates que valen la pena: la desasosegante El coleccionista, de John Fowles, editada por Sexto Piso; el delicadísimo Sueños y ensoñaciones de una dama de Heian, una autobiografía escrita por la llamada Dama Sarashina, en el Japón medieval, y publicada este año por Atalanta y la desternillante y transgresora Zazie en el metro, de Raymond Queneau, recuperada para el lector español por Marbot Ediciones. Estos dos últimos aparecen, por otro lado, en ediciones muy bellas, de esas que convierten el libro en algo más que un texto, en un objeto bello que uno desea tener cerca.

Zazie en el metro, de Raymond Queneau, Barcelona, Marbot Ediciones, 211 páginas.

Zazie en el metro, de Raymond Queneau, Barcelona, Marbot Ediciones, 211 páginas.

2012 no solo ha sido un año de rescates. También vieron la luz muchos libros de autores canarios en activo que no hemos tenido tiempo de comentar en La Buena Letra. Cito tres, casi de memoria: Murmullo de hojarasca, de José Luis Correa, El sueño de Goslar, de Javier Hernández y Yo debería estar muerto, de Santiago Gil. Y, last but not least, los más jóvenes han vuelto a poner sus textos en el mercado, como Miguel Aguerralde con Última parada: la casa de muñecas o Leandro Pinto, alguien de quien un día de estos vamos a tener que hablar detenidamente. Pinto publicó en 2012 Remanso de paz y esta misma semana ha aparecido en ebook su tercera novela, Veneno de escorpión.

De los comentados en antena, selecciono a continuación algunos memorables:

Para amantes de la poesía: El último gancho de Kid Fracaso, de Pedro Flores, un libro muy personal y muy original que toma el boxeo como metáfora. Publicado por esos locos geniales de El Ángel Caído Ediciones.

El ángel de Ringo Bonavena, de Raúl Argemí, Barcelona, Edebé, 284 páginas.

El ángel de Ringo Bonavena, de Raúl Argemí, Barcelona, Edebé, 284 páginas.

También con el boxeo como fondo, apareció la esperada El ángel de Ringo Bonavena, de Raúl Argemí, una novela deliciosa publicada por Edebé. Argemí es uno de esos autores que escriben con rabia, con la tripas y la parte del cerebro más cercana a eso que llamamos alma, aunque con un sentido del humor, una honestidad y un dominio de la estructura que ya los quisiera para sí Calatrava.

Un buen título para amantes de la novela policial es, sin duda, Contra las cuerdas, de Susana Hernández. Como ocurrió con Las niñas perdidas, semanas después de que la recomendáramos, los lectores eligieron a su protagonista, Rebeca Santana, Mejor Personaje Femenino en los premios Lee Misterio. Una muestra más de que en La Buena Letra tenemos buen ojo.

También hubo otra novela negra muy destacable: La sombra del minotauro, un nuevo caso para José García Gago, firmada por Antonio Lozano, un nombre central en la cultura en Canarias en general y, muy particularmente, en el terreno teatral y literario.

Para aficionados a la novela histórica y para libros sobre la Historia de Canarias, pero, sobre todo, a las buenas novelas, hay una pieza muy destacable: La señora, la novela de Carlos Álvarez sobre Beatriz de Bobadilla, señora de Gomera y Fierro, publicada por Hora Antes Editorial. Y sí, Carlos Álvarez es un buen amigo y fue uno de mis mentores, pero tengo muchos amigos y mentores y no hago tanto hincapié en que hay que leer sus libros. Si lo hago en este caso es porque la novela lo merece.

La Señora. Beatriz de Bobadilla, Señora de Gomera y Fierro, de Carlos Álvarez. Hora Antes Editorial, 421 páginas.

La Señora. Beatriz de Bobadilla, Señora de Gomera y Fierro, de Carlos Álvarez. Hora Antes Editorial, 421 páginas.

Y me dejo para el final una joyita de la que hablamos hace no demasiado: Antigua luz, de John Banville, una novela inteligente y madura sobre el deseo, la culpa y las trampas de la memoria y que, para mí, ha supuesto una de las mayores alegrías literarias del año.

Hasta aquí la lista que me he preparado para este repaso. Sé que me dejo muchos títulos atrás, pero yo creo que no es mala selección de libros que pueden servir de excusa a los Reyes Magos. Ya saben: pide libros a los Reyes Magos. No solo alimentan la mente más que un juego de la Wii, sino que, como decimos siempre, la familia que lee unida permanece unida.

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Eso sí, aquí no acaba todo. Durante el año hubo muchos libros que no hubo tiempo de comentar, así que adelanto que comenzaremos el año hablando de Tranströmer, Carlos Quílez, Luis Gutiérrez Maluenda, Chuk Palahniuk, Arlt, Kawabata, Pizarnik y muchas otras firmas, en esa mezcla caótica, libre y, espero, útil que es la nómina que configuramos año a año, programa a programa. Sí: continuaremos recomendando libros en 2013 (libros recientes o libros de esos que ya deberías haber leído) y también desarmando los trípodes del camelo comercial disfrazado de literatura en las desrecomendaciones. Continuaremos, pues, luchando contra los monstruos de la razón con el arma más poderosa: la palabra.

 (Si quieres escuchar el podcast de La Buena Letra y La Butaca, algo apresurado porque una comparecencia de Rajoy se cernía sobre nosotros como un mal presagio, solo tienes que hacer clic aquí)





Anders Breivik o el miedo

19 04 2012

Hace poco, con alguien a quien quiero, debatí sobre la siguiente cuestión: ¿es Anders Breivik un monstruo?

Creo que al fascismo, como al infierno, no se llega de pronto, que primero hay un caldo que se cuece lentamente. Y una democracia liberal (con su ideal de tolerancia) en cuyo seno predominan actitudes conservadoras carentes de sólidas bases éticas, y una época de gran coerción económica son ingredientes idóneos para la preparación de esa repugnante especialidad.

En un libro de 1987, El uso de las ideas políticas, la politóloga Barbara Goodwin hace un análisis del fascismo, etiquetándolo como una ideología radicalmente conservadora. Por supuesto, subraya que, pese a esa definición, fascismo y conservadurismo no son la misma cosa, pero sostiene que algunos de los supuestos básicos de ambas ideologías son coincidentes y que el conservadurismo, en el seno de sociedades liberales (especialmente las jóvenes) que pasan por unas determinadas condiciones críticas puede dar lugar a una peligrosa radicalización de esos valores básicos. En palabras de Goodwin:

La gran mayoría de los conservadores repudiaría la teoría y la práctica fascista. Pero la experiencia del siglo XX en materia de fascismo puede leerse como una severa y solemne advertencia a los conservadores: la política autoritaria y contraria al igualitarismo contiene, en potencia, la base de una ideología política inhumana, elitista y dictatorial a menos que esté inscrita dentro de una sólida ética religiosa o humanitaria, que afirme el derecho individual a ser tratado con igual respeto[1].

A las personas de bien nos reconforta pensar que los criminales múltiples (solitarios o colectivos) son monstruos desnaturalizados, enfermos mentales, perturbados, individuos carentes de todo instinto humano. Así es fácil conservar la serenidad y la cordura cuando pensamos en gente como Karadzic, Hitler o José Stalin y sus correligionarios. Un ejemplo: hace unos años, Jonathan Littell levantó ampollas con su libro Las benévolas, una novela que cuenta las andanzas de un intelectual perteneciente al partido Nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Entre otros, uno de los motivos de la polémica originada por el libro era la inteligencia y erudición de su personaje. Algunos críticos esgrimieron el argumento de que un hombre de formación humanística, inteligente y sensible no podía haber colaborado de buen grado con la maquinaria racista y totalitaria del III Reich. Igualmente, los psiquiatras norteamericanos que examinaron a los acusados en los Juicios de Nüremberg, consignaron en sus cuadernos de trabajo que estos exdirigentes nazis eran monstruosos psicópatas.

A mí me preocupa que situemos a estos individuos entre los asépticos paréntesis de la anormalidad y la patología. Me preocupa que pensemos en los fundamentalistas del racismo y la intolerancia como en tarados, simples “malas yerbas” que crecen espontáneamente en el seno de sociedades justas y democráticas. En el caso de Breivik, por ejemplo, no puede ser casualidad que este individuo tenga cientos de corresponsales (y, por tanto, de presuntos simpatizantes) repartidos por toda Europa.

Cualquiera que navegue un rato en Internet y en las redes sociales sabrá que estas (espejo de, al menos, una parte de la sociedad) están plagadas de individuos que sostienen argumentos y posturas similares a los mantenidos por Breivik. Solo en España, pululan por la red abundantes etnocentristas, homófobos, machistas y totalitarios de toda índole, haciendo ondear sus banderas, sus toros, sus esvásticas o sus yugos y flechas, falseando la historia y negando los descubrimientos de la ciencia (especialmente de la sociología y la antropología), hablando de pureza de raza, de amenazas islámicas o de invasiones bárbaras mientras reivindican a caudillos, dioses y patrias de los cuales, al parecer, son directos confidentes.

Los demás usuarios procuramos ver con indiferencia sus manifestaciones. Todo lo más, en ocasiones, caemos en la trampa de contestar a sus insultos y mantenemos breves y estériles polémicas (breves porque enseguida derivan en el insulto; estériles porque cualquier persona razonable polemiza solo con quien puede llegar a un acuerdo, con quien puede convencerle o dejarse convencer por los puntos de vista ajenos). Pero, en general, los toleramos, porque nos han educado (o hemos aprendido a educarnos) en la tolerancia que ellos niegan a los otros.

Me inquieta mucho pensar que hasta poco antes de cometer sus crímenes, Anders Breivik fue, en versión noruega, uno de estos individuos. Pero me inquieta mucho más preguntarme cuántos Anders Breivik esperan ahí, agazapados, cocinando su menú de intolerancia en el hornillo de la tolerancia que el resto de los ciudadanos encendemos y alimentamos cada día.

Son paradojas de la democracia, supongo. Puedo llegar a aceptar (aunque me cuesta) que toleremos a los intolerantes. Pero no creo que resulte sano para la sociedad maquillar estos comportamientos con simples etiquetas patológicas. Una sociedad que permite que existan individuos como Breivik (y no me refiero a la noruega, sino a la democracia liberal) debería abrir los ojos y reflexionar sobre el hecho de que las actitudes fundamentalistas de “sus tarados” son fruto de una determinada concepción del mundo alimentada en el seno de esa misma sociedad.

No: Anders Breivik no es un monstruo. Eso es lo que más me atemoriza.


[1] El uso de las ideas políticas, de Barbara Goodwin, Barcelona, Península, 1988, p. 202.








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