Los poetas suicidas: sobre «Fin de poema», de Juan Tallón.

5 11 2015

Albert Camus inicia El mito de Sísifo afirmando que solo hay un pensamiento filosófico verdaderamente serio: el suicidio; que antes de decidir sobre los grandes temas del espíritu y el ser, está la pregunta sobre si la vida vale la pena o no de ser vivida. Un planteamiento provocador que obliga al lector seguir sus evoluciones a lo largo de ese ensayo magistral que tiene un sentido indudablemente vitalista. Y es que Camus no es nada tonto y sabe que la muerte por mano propia es un asunto que nos atrae como el abismo.

Aunque es problema que ha ocupado a muchos pensadores —desde Durkheim a Castilla del Pino—, entre nosotros, el suicidio continúa, lógicamente, siendo un tabú. Probablemente porque lo entendemos como un fracaso de la sociedad, porque nos sentimos culpables, porque siempre pensamos que podríamos haber hecho algo para evitar el suicidio de nuestro familiar o amigo. De ahí ese frecuente travestir la muerte autolítica con ropajes de accidente fatal o enfermedad repentina.

Larga es la nómina de poetas que pusieron fin a sus días. Amén de motivaciones ligadas a estados patológicos —los más frecuentes— o circunstancias sociopolíticas —que también las hubo—, abunda entre los casos más célebres una sensación —explícita o implícita en sus últimos actos o declaraciones—, de haber dicho todo lo que creían que debían o podían decir, de haber agotado ya el pozo del cual surgía su poesía, como si la actividad poética abarcara la existencia entera, y el final del poeta supusiese inevitablemente el final del ser humano.

Fin de poema, de Juan Tallón, Barcelona, Alrevés, 158 páginas

Fin de poema, de Juan Tallón, Barcelona, Alrevés, 158 páginas

Reflexiono sobre esto porque durante un viaje reciente he podido leer un libro estupendo que aborda el asunto: Fin de poema, de Juan Tallón. De entre la larga nómina de poetas autolíticos —en la que figuran voces tan diversas como las de LucrecioSylvia Plath o Mário de Sá Carneiro—, Tallón escoge a Cesare Pavese, Anne Sexton, Alejandra Pizarnik y Gabriel Ferrater para contarnos el último día de cada uno de ellos, indagando en las coordenadas de sus muertes pero también, y sobre todo, en las de sus vidas y poéticas.

Hermanando el ensayo biográfico y la narrativa, Fin de poema combina anécdotas que sabemos ciertas con momentos y acciones surgidas desde la ficción pero absolutamente plausibles teniendo en cuenta aquello que sabemos sobre sus protagonistas. Pavese, en sus últimos momentos, escribiendo una nota a sus amantes, deseándoles un cáncer, antes de prenderle fuego; Anne Sexton intentando escuchar la voz de su vagina; Alejandra proyectando sin éxito escribir a Julio Cortázar una nota de agradecimiento por los últimos libros que le envió —uno de Gil de Biedma, otro de Ferrater—; o una pesadilla del propio Ferrater, digna de un Escher diabólico. Estos momentos se alternan con otros en los que asistimos a las largas conversaciones entre Anne Sexton y Maxine Kumin; a la aventura etílica de Gabriel Ferrater en el Túnez de 1967; a la célebre pérdida durante semanas del manuscrito de Rayuela por parte de Alejandra Pizarnik y a su encuentro con Oliverio Girondo; a los desamores de Cesare Pavese, sus gozos en su trabajo con los Einaudi, su camino hacia la absoluta soledad paralelo al de la gloria literaria.

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Con sobriedad, con inteligencia, con un fino olfato para las elecciones compositivas, Juan Tallón —de quien no había leído nada antes, pero a quien pienso continuar leyendo—, se adentra en la intimidad de estos cuatro poetas cuyas obras se orientan hacia el silencio. Y lo hace sin aspavientos, sin morbo, indagando en los motivos de sus últimas elecciones estéticas y vitales, regalándonos 158 páginas de literatura sobre literatura, no exentas de humor, pero germinadoras de profundas reflexiones acerca de la vida, la palabra y las relaciones entre ambas, tomando como excusa narrativa los suicidios —esos «homicidios tímidos», como los llamó el propio Pavese en El oficio de vivir de cuatro poetas diversos y absolutamente peculiares unidos, sin embargo, por mucho más que por el hecho de haber muerto por propia mano. Un libro exquisito, en fin, que se lee estupendamente como novela, pero que supone una estupenda introducción para los neófitos en las obras respectivas de Pavese, Sexton, Pizarnik y Ferrater y que, por supuesto, disfrutarán mucho aquellos lectores que ya aman su poesía.

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Pizarnik: un rayo de enloquecida lucidez

22 03 2014

[Si te perdiste la sección esta semana y quieres averiguar qué libro devoró Fortunata, solo has de hacer clic aquí]

Ayer fue 21 de marzo, equinoccio de primavera y, por tanto, Día Mundial de la Poesía, según la UNESCO. Y ¿quiénes somos nosotros para contradecir a la UNESCO? Así que esta semana toca poesía y poesía de la buena, yo diría que de la imprescindible.
En La buena letra, hemos hablado de grandes poetas, pero, repasando los archivos, he descubierto que no habíamos hablado de una de mis preferidas, ese rayo de enloquecida lucidez que fue Alejandra Pizarnik. Así que, aprovechando la fecha, hablemos, por ejemplo, de su Poesía Completa, editada por Lumen al cuidado de Anna Becciu. Una compilación, como dice su editora, hecha “con lealtad a Alejandra Pizarnik, y devoción a su obra, única e irrepetible”.

Poesía completa, de Alejandra Pizarnik, Barcelona, Lumen, 470 páginas

Poesía completa, de Alejandra Pizarnik, Barcelona, Lumen, 470 páginas

Pizarnik vivió poco. Nació en 1936 y se suicidó en 1972, a los 36 años, ingiriendo 50 píldoras de Seconal. Hija de inmigrantes judíos y eslovacos, nació y se crió en el barrio bonaerense de Avellaneda, y cursó estudios de letras en la Universidad de Buenos Aires sin acabarlos. Luego iría a estudiar a París, donde tomaría contacto con Julio Cortázar, Rosa Chacel y Octavio Paz, además de traducir a autores como Antonin Artaud o Henry Michaux, antes de volver a Buenos Aires en 1964.
Pero todo esto no evitó que los graves problemas de autoestima que arrastraba desde la infancia se fueran agravando en una espiral de depresión, abuso de las anfetaminas e insomnio que agravó el trastorno límite de la personalidad que al parecer sufría.

pizarnik

Publicó en vida nueve libros de poesía, algunos de los cuales habían deslumbrado a sus contemporáneos. El primero, de 1955, es La tierra más ajena. El último, El infierno musical, de 1971. En medio, otros libros fascinantes como Extracción de la piedra de locura o, mi preferido, Los trabajos y las noches. Pero, además, dejó carpetas completas de poemas mecanografiados y corregidos luego a mano, que Olga Orozco y la propia Anna Becciu editarían póstumamente.
La poesía de Pizarnik tiende al minimalismo, al poema breve influido por el simbolismo, pero con una tendencia al surrealismo que convoca asociaciones inesperadas. A veces es oscura y feroz, o tierna y triste, pero jamás deja indiferente al lector. La voz de Pizarnik ya era madura, creo, en 1955. Y con ella habla en susurros, con una poética que tiende al silencio, internándose en las zonas más oscuras del ser humano: la soledad, el dolor, la infancia, la muerte, la sensualidad, la relación entre el cuerpo y la identidad, o la reflexión sobre el propio lenguaje.
Además de todo esto (que ya vale para tener un lugar privilegiado en la historia de la literatura), Pizarnik dejó un diario de casi un millar de páginas y algunos textos en prosa, como La condesa sangrienta.
Pero yo te recomendaría, si aún no la has leído, una zambullida de golpe en su obra poética, por ejemplo, con esta Poesía Completa editada por Lumen en Barcelona en 2000 y que no deja de reeditarse casi cada año, acaso porque se trata de 470 páginas absolutamente adictivas, de esas que uno lee y relee continuamente sin que sepa exactamente por qué, pero de forma inevitable.





Última Orozco

18 09 2010

Ahora empiezan a salir los libros del otoño. Novelas con tapa dura, carísimas, de 500 ó 600 páginas (eso no tendría nada de malo, si no fuera porque generalmente, suelen sobrarles 400). Y a mí, qué quieres que te diga, cuando veo en los escaparates estos ladrillos que las editoriales y los críticos a sueldo de éstas quieren obligarme a leer, lo que se me pone, es cuerpo de poesía.

De entre los últimos descubrimientos que he hecho (agradezco mi ignorancia, que me permite hacer un descubrimiento casi cada día), te traigo uno que debo agradecer a una buena amiga y que lamento no haber hecho antes. Se trata de una poeta descomunal, muy poco publicada (o, más bien, descatalogada) en España y por la que hay auténtica devoción en el resto del mundo hispano. Te hablo de la argentina Olga Orozco, de quien el año pasado editó Bruguera, en su colección de poesía, Últimos poemas. ¿Qué vas a encontrar entre las tapas de ese libro? Pues precisamente sus últimos doce poemas, que Orozco dejó sobre su mesa de trabajo, ordenados en dos carpetas, antes de ingresar en el hospital para una operación a la que no sobrevivió y que fueron preparados para la edición por su amiga íntima, la poeta y traductora Ana Becciú.

La poesía de Olga Orozco es una poesía aparentemente sencilla, de verso libre que no abusa de los grandes alardes técnicos, pero oculta una elaboración muy precisa. El resultado es puro ritmo, pura hipnosis. Tiene tendencia al verso largo, empleado como un versículo de indagación metafísica, de verdad inasible encontrada en el propio yo y en las cosas cotidianas. Porque, más allá de lo formal, como dice Ana Becciú, la de Orozco es una poesía esencialmente autobiográfica y lírica, esto es, donde la poeta escribe no sobre su propia persona real, sino sobre una subjetividad del poeta que se nombra como otro, eso que se denomina el “yo poético” (y que nos ha dado tantos poemas memorables de, por ejemplo, Sá-Carneiro).

Y, pese a ser tan personal, cualquiera puede reconocerse en estos versos que nos hablan de la vida, del tiempo, de la nostalgia y de Dios, desde la perspectiva tremendamente vitalista de una persona de 79 años que mira, tanto al pasado como al futuro, con una sonrisa de inteligencia. Me gustan los poetas maduros, que miran con la lúcida sencillez de quien ya está casi del otro lado y, sin embargo, continúa haciéndose preguntas esenciales (pienso en los últimos libros de Ángel González, de José Hierro, de José María Millares).

Orozco, como te decía, es muy popular en Argentina. Nació en Toay, La Pampa, en 1920, pero vivió su juventud en Buenos Aires, donde frecuentó “malas compañías”, formando parte del grupo Tercera Vanguardia, encabezado por Oliverio Girondo, de quien ya te he hablado en alguna otra ocasión y se desempeñó principalmente en el periodismo, donde se dedicó, incluso, a redactar los horóscopos de la revista Clarín. Y aquí te cuento la anécdota (yo sé que a ti te gusta que te cuente curiosidades): le gustaba echar las cartas. Era muy aficionada al Tarot le inspiró más de un poema. Pero, al margen de la anécdota, las influencias de las que bebe Orozco son bastante más ilustres y muy variadas, porque en ella se escuchan los ecos de San Juan de la Cruz, Luis Cernuda, Czeslaw Milosz o Rilke. Por otra parte, fue amiga íntima de otra poeta enorme: Alejandra Pizarnik.

Últimos poemas, de Olga Orozco, 77 páginas en Bruguera Poesía (colección muy interesante donde está editado también Lugares que fueron tu rostro, del cronopio José Carlos Cataño). Como te decía, ahora salen a la calle todos esos tochos larguísimos que las editoriales nos venden para el otoño, pero podemos curarnos de tanta página que sobra leyendo alguna imprescindible: un poco de esta poesía tan personal, tan bella, pero, sobre todo, tan humana.








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