Donde los Pirineos tocan el crimen

17 07 2016

Vuelvo a estas Ceremonias que tenía tan abandonadas. Y lo hago reseñando el más reciente de los muchos libros que tengo pendientes de comentar. En fechas próximas iré dando fe de algunas joyitas que he podido disfrutar entre viaje y viaje, entre texto y texto, entre trabajo y trabajo. Hoy toca El país de los crepúsculos, de Sebastià Bennasar.

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El país de los crepúsculos, de Sebastià Bennasar, Barcelona, Alrevés, 203 páginas.

Los que vivimos cerquita de África llevamos ya unos días bizcochándonos por mor de la fotosíntesis y los vientos saharianos. Apetecen la playa, la piscina y los manguerazos o baldazos, la sombra de un árbol, la cervecita y algún texto refrescante. Por ejemplo, esta novela policíaca que lleva al inspector Jaume Fuster (sí: su nombre coincide con el del escritor catalán y, evidentemente, no puede ser una casualidad) al invierno de Vall de Boí, donde los Pirineos tocan el cielo. Allí, en el Pont de Suert, se encontrará el policía, impartiendo un cursillo sobre técnicas de investigación a los mossos de la zona y aprovechando para hacer un poco de turismo en los ratos libres, cuando comience una serie de brutales asesinatos rituales relacionados con las iglesias de la zona, declaradas Patrimonio de la Humanidad.

A través de una intriga policial conducida de forma meticulosa, Bennasar nos acerca a un territorio bellísimo que es también tierra de frontera en la que el eco de los contrabandistas y los maquis convive con los últimos pastores; donde cabe el ecoterrorismo y terrorismo del de siempre, sin dejarse fuera al de Estado; donde los sádicos se tutean con los taberneros y los nuevos eremitas buscan un lugar donde ocultarse de los pecados cuya penitencia, sin embargo, no dejará de alcanzarles.

Un mundo de rencillas ocultas y lealtades sin aspavientos, marcado por el frío y el aullido de un lobo, en el que se nos muestra que en los amables pueblecitos que los ecoturistas descubren con arrobada admiración también ha de esconderse la maldad, haciendo bueno el proverbio que afirma que todo pueblo chico es un infierno grande.

Esta no es la primera novela de Sebastià Bennasar, y se nota. Sin embargo, sí es la primera en verterse al castellano. Se inserta el autor mallorquín en la nómina creciente de autores que escriben desde la periferia geográfica, la cual es, asimismo, periferia cultural, enriqueciendo el discurso colectivo con su peculiar mirada.

Esto, la mirada, es asunto crucial: no se trata de buscar un paraje hermoso y contar desde él. Eso puede hacerlo cualquier turista. Se trata de hablar de lugares que se han respirado, de la forma de ver el mundo que tienen sus habitantes, de captar aquellos hechos universales que subyacen a sus peculiaridades y contárnoslos con honestidad.

El país de los crepúsculos consigue lo que algunos diletantes intentan: convertir parajes bellísimos en escenarios dignos de una buena historia de crímenes, sin traicionarlos y sin convertirse en una guía turística. Y, al contrario que esos diletantes, lo hace de manera elegante, inteligente y misericordiosamente breve.

Así pues, con su primera novela traducida al castellano (esperemos que no la última), Sebastià Bennasar consigue uno de esos libros perfectos para combatir el calor durante un fin de semana. No te durará más.

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Las pesadillas de David Llorente

24 08 2015

En casa suelen entrar dos o tres libros a la semana como mínimo. En ocasiones, cinco o seis. Si, además, uno ha viajado a algún encuentro literario, el botín que se trae jamás baja de la docena de títulos. Aparte de la cantidad, existen los compromisos: el libro para el que te han pedido un prólogo, los que tienes que leer para documentarte sobre un tema concreto sobre el que estás escribiendo, la relectura de ese autor que se acaba de morir o al que le han dado uno de los grandes premios y sobre el que quieres escribir algo. Y, por supuesto, están los gustos, las apetencias y hasta el tiempo atmosférico. Hay días que son para cuentos fantásticos y tardes para novelas históricas; hay semanas para leer un clásico y otras para el ensayo político. Incluso hay mañanas de domingo en que amanece con olor a cómic. O a poesía. Y, de hecho, hay temporadas completas en las que no deseas leer nada donde aparezcan psicópatas y asesinos en serie.

Te quiero porque me das de comer, de David Llorente, Barcelona, Alrevés, 317 páginas.

Te quiero porque me das de comer, de David Llorente, Barcelona, Alrevés, 317 páginas.

Esta última es la única excusa que tengo para no haber leído hasta hoy Te quiero porque me das de comer, de David Llorente. Como excusa es pobre, lo sé, pero muchos letraheridos entenderán que dada la tendencia inflacionaria en ese sentido, a veces uno necesite alejarse un poco de los psicópatas, la policía científica y las/los agentes obsesionados con capturar a esos refinados monstruos, verdadera encarnación del mal, que rompen el orden social con su cínica afición por el sufrimiento ajeno. En el caso en el que los autores han leído a Thomas Harris y se enamoran de asesinos carismáticos y sibaríticos la cosa suele cansarme aun más.

Por eso, y no por otra cosa (mea culpa) dejé de leer en su momento esta novela que comienza diciendo que el asesino en serie carece de empatía, que acostumbra a cosificar a sus víctimas. Mis prejuicios (mis obligaciones, mis apetencias, mis necesidades estéticas de esos días) me hicieron dejar para otro momento la lectura de la novela de David Llorente. Incluso después, cuando conocí al autor y le escuché hablar en una mesa redonda acerca de sus procesos creativos, cuando me sentí identificado con su forma de entender el oficio, continué postergando el momento de sentarme a leer su novela, que, mientras tanto, iba cosechando estupendas críticas, elogios de personas a quienes admiro y hasta algún premio, como el Silverio Cañada, que concede la Semana Negra de Gijón.

Hace un par de semanas, sin embargo, y después de una temporada en la que me prohibí a mí mismo novelas negras (lo necesito de vez en cuando, igual que, una vez al año, durante un mes, dejo de beber), logré sacar un hueco para hincarle el diente a este libro que no pude soltar. No por su acción trepidante (desde hace tiempo, me la suda la acción trepidante), no por su ritmo cinematográfico (cuando quiero cine, veo cine), sino, sencillamente, por su estilo, por su verbo, por su estructura, por la inteligencia con la que va superponiendo historias que transcurren paralelas, se entrecruzan, se separan o se truncan a lo largo de diez años en un barrio de Carabanchel (Madrid, España, Europa, el mundo), que tiene tanto de real como de fantasmagórico, alternando enumeraciones y fragmentos de textos objetivos (recetas de cocina, partes meteorológicos, fragmentos de vademécum o instrucciones para consumir heroína) que sirven como contrapunto a una trama contada en capítulos que constan cada uno de un solo y largo párrafo contados por un narrador doble que admite preguntas de un segundo narrador, probable extensión de sí mismo.

Se ha hablado, a propósito de este libro, de estas características de estilo, así como de su puntuación, como de absolutas novedades. No es cierto. El párrafo largo no es nuevo: Thomas Bernhard, Camilo José Cela o Roberto Bolaño lo han utilizado no ya por espacio de un capítulo, sino de novelas enteras. Ni siquiera es nuevo que la posición del narrador sea la de un catecismo de preguntas y respuestas. Lo usa Laurence Sterne en su Tristram Shandy para introducir diversas digresiones y Joyce, en el Ulises (sí, ese «libro sobrevalorado», ese «texto plomizo que solo leen los pedantes») lo exploró hasta el paroxismo en su penúltimo capítulo. En cuanto a la puntuación, los lectores de, por ejemplo, Juan Goytisolo ya saben que no hay nada nuevo bajo el sol.

Lo que sí es nuevo (o al menos poco frecuente en las mesas de novedades de hoy) es lo que hace David Llorente con todo esto, su capacidad para fabular hasta el infinito y presentarnos lo que sospechamos solo un fragmento de la colosal historia del Carabanchel que hay en sus pesadillas (el que transcurre entre 1993 y 2003) de una manera tan impecable como implacable; su voz peculiarísima que explora todos los caminos del rencor, el sexo, la violencia y la desesperanza, la crueldad y el amor y nos presenta una realidad tanto social como psicológica que es el mundo perfectamente psicopático en el que se mueve su asesino en serie con un humor negro y una sutilísima ternura que no ceden, sin embargo, ni un solo centímetro a las huestes del correctismo.

Dura, consistente, brillante, la novela de David Llorente presenta pasajes de una inasible belleza que la hacen memorable. En conjunto, constituye una verdadera lección para quienes piensan que la novela en general ha agotado sus posibilidades y que la novela negra en particular ya ha dado de sí todo lo que tenía que dar.

Por mi parte, debo reconocer que me había perdido un verdadero festín literario al dejarla dormir tanto tiempo en mi estantería. No me ocurrirá lo mismo con el próximo libro de David Llorente. No sé si lo tiene entre manos ya o no, pero, en cuanto tenga noticia de su aparición, correré a por él.





Un brindis por Josep Forment

9 07 2015

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Nos tratamos poco tiempo (apenas un año y medio), pero me influyó mucho. Como los grandes personajes del teatro, apareció en mi vida después de anunciarse a través de la admiración que provocaba en los demás (Gori, Ilya, Roger, Claudia, Angels), y cuando lo hizo superó con creces las expectativas que los comentarios sobre él habían despertado.

En persona, al principio, me pareció una especie de Woody Allen catalán. No por su físico ni por su forma de vestir, sino por su inteligencia. Y no el Allen de los escándalos y las frivolidades, sino el que yo adoraba en los años noventa, el de los aforismos mordaces y la mirada a la cultura desde los márgenes del discurso. Culto, irónico, sutil, pero capaz de vestirse de inocencia para mirar con curiosidad a las personas más allá de los prejuicios (eso que solo hacen los sabios), se convirtió para mí en un referente. Recuerdo agradables charlas en torno a la mesa de Gori Dolz; largas conversaciones telefónicas que tenían como excusa los textos sobre los que trabajábamos pero acababan derivando en debates sobre las contradicciones entre el mundo editorial y el mundo de la literatura (tú ya sabes que no son el mismo; nosotros lo sabíamos también y eso nos preocupaba); un Sant Jordi en el que él estaba abrumado por el éxito de su edición de los textos de Pepe Rubianes, pero aun así se aseguró de que no me perdiera nada de la magia de ese día y en el que le mostré, con orgullo de canario, un libro de poemas de Federico J. Silva, cuyos juegos supo entender. Recuerdo también mi primera Semana Negra de Gijón (la del año 2013), que vivimos juntos, y los no menos largos debates sobre ese mismo tema, su idea de poner las cosas claras acerca de esa escisión entre precio y valor de la obra, mi empeño en que escribiera un ensayo sobre ello. Y después recuerdo también sus traducciones de Rimbaud (tradujo toda la obra de Arthur Rimbaud, en formatos muy originales) y sus libros sobre él, que los lectores inteligentes buscarán y que yo no tuve tiempo de decirle que me parecían un antes y un después en el conocimiento en castellano de este poeta que, según él señaló, era también un filósofo. La última vez que hablamos fue, si no recuerdo mal, el sábado 5 de julio de 2014. Esa conversación fue crucial para mí: discutimos cosas que ni a él ni a mí nos gustaban del libro que yo estaba terminando; también cosas que a ambos nos parecían filones a explotar. Por último, le pregunté si iría ese año a la Semana Negra, si repetiríamos nuestros paseos y nuestras charletas. Me dijo que ese año no acudiría, que ya habría otras ocasiones, que volveríamos a vernos, que volveríamos a hablar. Eso jamás ocurrió. El día 9 de julio, cuando yo hacía las maletas para ir a Asturias, Roger Clanchet me llamó para darme la noticia increíble de que había fallecido repentinamente.

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Pocas personas a las que haya tratado tan poco tiempo han dejado tanta huella en mí. Así que comprendo perfectamente la huella que Josep Forment (autor, editor, pensador) ha dejado en quienes le trataron más estrechamente y durante mucho más tiempo. Y mi dolor chico de amigo es incapaz de hacerse una idea de la amplitud del dolor grande que dejó en su familia.

Hoy, a la siete y media de la tarde, hora peninsular, algunas de esas personas se reunirán en la librería Negra y Criminal de Barcelona (ese foco de activismo cultural que Montse Clavé y Paco Camarasa mantienen encendido en Barceloneta) para recordarle y brindar por él. Por lo que fue. Y por lo que es, eso que sigue vivo en sus libros (los que escribió y los que editó, haciéndolos posible y, sin duda, haciéndolos mejor de lo que podrían haber sido) y, sobre todo, eso que sigue vivo en la memoria de quienes le conocimos y le quisimos, que viene a ser lo mismo, porque no se me ocurre que alguien pueda haberle conocido sin quererle.

Desde este cachito de África, este autor calvo también brinda por ti, Josep Forment, con infinito agradecimiento por haberte conocido, aunque fuera por tan poco tiempo.





John Fante, o la ternura brutal

2 07 2015

[Si quieres escuchar el podcast de La Buena Letra y atestiguar cómo Fortunata le berrea a su admirado John Fante, solo has de hacer clic aquí]

Voy a comenzar citando a un gamberro inteligente. Charles Bukowski, en su prólogo a la edición de 1979 de Pregúntale al polvo, describe así su encuentro en una biblioteca pública con esa novela que le hizo descubrir a John Fante:

… a semejanza del hombre que ha encontrado oro en los basureros municipales, me llevé el libro a una mesa. Las líneas se encadenaban con soltura a lo largo de las páginas, allí había fluidez. Cada renglón poseía energía propia y lo mismo sucedía con los siguientes. La esencia misma de los renglones daba entidad formal a las páginas, la sensación de que allí se había esculpido algo. He ahí, por fin, un hombre que no se asusta de los sentimientos. El humor y el sufrimiento se entremezclaban con sencillez soberbia. Comenzar a leer aquel libro fue para mí un milagro tan fenomenal como imprevisto.

Esto que Bukowski opina de la tercera novela del autor de Espera a la primavera, Bandini (la segunda publicada en ese momento, porque Camino a Los Ángeles, la primera, fue editada póstumamente), se podría aplicar, en mi opinión, a cualquiera de las novelas de Fante que he leído hasta ahora.

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Pero, para comenzar con Fante (esa laguna que tienes aún, no lo niegues: te lo has dejado pendiente por estar siempre intentando descubrir algo nuevo entre esos libros de tapa dura y un precio no menor de dieciocho euros a los que les sobran siempre más de la mitad de las páginas), yo te recomendaría una novela de 1977 que no pertenece al ciclo de las protagonizadas por Bandini pero conserva, con las ventajas de la madurez, todo el sabor y la fuerza de sus obras de juventud: La hermandad de la uva.

La hermandad de la uva, de John Fante, Barcelona, Anagrama, 207 páginas

La hermandad de la uva, de John Fante, Barcelona, Anagrama, 207 páginas

La novela arranca cuando Henry Molise, un escritor italoamericano que vive en Los Ángeles es arrastrado hasta su San Elmo natal (un pueblito de Colorado) para intentar meter en vereda a Nick Molise, su padre, un albañil de los Abruzos, borrachín, pendenciero y mujeriego que a sus setenta y seis años está más dando más guerra y disgustos que nunca. Pero una vez en San Elmo, todos (su madre, su padre, sus hermanos y el puñado de viejos borrachos amigos de su padre, esa pandilla que da título al libro) se van a confabular para que Henry se embarque con su viejo en la construcción de un ahumadero de carne en un parador de montaña. Henry, que vive desde hace años apartado de la familia (disparatada y brutal) y solo quiere estar tranquilo y escribiendo en su casa junto a la playa, se vuelve a ver involucrado en ese mundo de reyertas, ebriedad, autoritarismo y concupiscencia y, así, ese viaje a San Elmo se convierte en un viaje a sus recuerdos, y a la época en que abandonó el pueblo para convertirse en escritor. Pero también en un viaje en el que, por primera vez en su vida, se acercará a su padre y sentirá empatía hacia él.

Fante construye una novela sórdida y tierna, rápida y divertidísima, sencilla y profunda a través de esta historia que, como todas las suyas, tiene mucho de autobiográfico. Eso es algo que marca todos sus libros: en sus argumentos, se mezclan siempre la ficción y la realidad. Sus temas son también los temas que marcan su vida: el mundo de los inmigrantes italianos en Estados Unidos en las primeras décadas del Siglo XX, la huida a la ciudad de Los Ángeles, la búsqueda del camino hacia el oficio del escritor, las deudas, el hambre, la pobreza, el alcoholismo, los problemas familiares. Todo ello contado con una rara ligereza, con mucho sentido del humor y con una sabia construcción de personajes que nos presenta tipos humanos aparentemente odiosos en los que sabe siempre encontrar el motivo de su dolor y un dejo de ternura que nos hace seguirlos con cariño a lo largo de toda la novela. Así ocurre con Nick y María Molise, dos viejos absurdos, escandalosos y disparatados que uno no hubiera querido tener por padres pero en los que vemos los conflictos y los afectos que acaso nosotros tuvimos con los nuestros.

La hermandad de la uva es al fin una novela divertida, en ocasiones realmente hilarante, pero también llena de compasión por el ser humano, de esas que te lees en un fin de semana y luego no olvidas jamás.

Y, como ya han comenzado las rebajas, hoy tenemos un dos por uno, porque como complemento a esta novela (que es un inicio estupendo para sumergirse en la obra de John Fante), yo recomendaría una biografía excelente que Eduardo Margaretto publicó el año pasado: John Fante, vidas y obra. Como un soneto sin estrambote.

John Fante, vidas y obra. Como un soneto sin estrambote, de Eduardo Margaretto, Barcelona, Alrevés, 377 páginas.

John Fante, vidas y obra. Como un soneto sin estrambote, de Eduardo Margaretto, Barcelona, Alrevés, 377 páginas.

Entre el ensayo biográfico y la guía de lectura, el libro de Margaretto es el fruto de diez años de trabajo en torno a este grande de la literatura norteamericana: desde los orígenes de su familia en los Abruzos italianos a sus últimos años (arruinado, amputado y ciego, dictando Sueños de Bunker Hill a su mujer en su solitaria casa de la carretera a Malibú), pasando por sus años de supervivencia a su llegada a Los Ángeles, su época como guionista y sus primeros éxitos críticos con sus novelas del ciclo Bandini, su personaje autobiográfico, que fueron cruciales en esa corriente que luego se dio en llamar «realismo sucio norteamericano». Personalmente creo que hay que agradecer a Fante haber trazado las sendas por las que luego transitaron Salinger, Carver o el propio Bukowski, pero, sobre todo, su rara habilidad para convertir sus miserias cotidianas en algo universal.





Las flores no sangran en Barcelona

2 02 2015

No he podido contarlo antes, porque ando estos días haciendo de infiltrado elemental. Pero aquí, en casa de Gregori Dolz y Ángels Salvatella (anfitriones y amigos) invado la mesa del comedor y la conexión wi-fi para contarlo rápidamente: ya está, ocurrió: Las flores no sangran está en la calle y fue presentada oficialmente. Ocurrió, cómo no, en Barcelona, en la Librería Negra y Criminal, este sábado, entre la mesa redonda y la firma de ejemplares de ese día (y entre vino, mejillones y ron canario). Y como uno siempre tiene mucha buena suerte, el libro pudo presentarlo José Luis Ibáñez Ridao, el padre del Detective Ferrer, entre numerosos amigos, bajo la atenta mirada de Paco Camarasa, alias «el Comisario», alias el «Cappo di Cappi», y con Josep Forment (por quien se brindó) presente en cada línea que se escribió o se dijo.

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En casa, en Las Palmas de Gran Canaria, la presentación tendrá lugar el jueves, 12 de febrero, en la Librería del Cabildo (calle Cano con Travieso), a las siete de la tarde. Y también correrá el vino, por supuesto.

Las flores no sangran, Alrevés editorial, 336 páginas

Las flores no sangran, Alrevés editorial, 336 páginas





Hacia la Semana Negra

8 07 2013

Como uno es un escritor pequeñito y periférico en casi todos los sentidos, se ha pasado media vida soñando con acudir a esos encuentros en donde se reúnen los escritores de verdad, los buenos.  Y como esos sueños son, en realidad, sueños también pequeños, en algunas ocasiones ha podido cumplirse el deseo de estar en encuentros como los de BCNegra, ese milagro que comisaría cada año Paco Camarasa en la ciudad de Carvalho.

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Pero este año, por fin, puedo ponerme pantalones largos y asistir a la XXVI Semana Negra de Gijón, ese evento que parió Paco Ignacio Taibo II cuando yo aún tenía pelo y con el que he soñado desde la primera vez que se me ocurrió que podía escribir una novela y que esa novela podía contener dosis más o menos altas de semen y sangre.

Viajo para allá mañana y muy bien acompañado, porque voy con el equipo de AlrevésSusana HernándezLuis Gutiérrez Maluenda y Víctor del Árbol, siempre bajo el ala protectora de Josep Forment, Gregori Dolz e Ilya Pérdigo y nos encontraremos en Gijón con otros miembros de la familia, como Gonzalo Garrido, nominado al Premio Silverio Cañada, y Carlos Quílez, nominado al Hammett.

Mi mesa es el miércoles por la tarde. Un ratito en el espacio AQ para presentar La estrategia del pequinés con Fran Sánchez. Y luego, finalizando la jornada, una mesa redonda con Víctor, Susana, Luis, Carolina Solé, y Begoña Huertas, coordinada por Ángel de la Calle. Lo digo por si andas por Gijón y tienes un hueco y te apetece. No soy, por cierto, el único canario, porque ese día, casi al mismo tiempo que yo, presenta su Blue Christmas el compañero José Luis Correa.

El resto del tiempo lo voy a aprovechar bien, buscando la cercanía de algunos de mis ídolos y disfrutando de la compañía de varios buenos amigos que sé que ya andan por allí.

Sé que se me va a hacer corto, como siempre se hacen cortos los sueños buenos. Pero a la vuelta habrá crónica aquí. Y puede que hasta fotos.

Así que pásate por aquí el fin de semana, para que pueda contarte. Porque poder pasar unas horas ahí, entre los buenos, es como acostarte con una estrella del rock: está muy bien darte un gustazo, pero es mucho mejor si luego puedes contarlo.





Algo parecido a un buen día

6 06 2013

Llegar a casa tras cumplir tus deberes tributarios, encender el ordenador para preparar La Buena Letra de mañana (le han dado el Príncipe de Asturias a Muñoz Molina, pero ha fallecido Tom Sharpe) y encontrarte con este tuit de tu editor:

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Esto es lo más parecido a mi idea de lo que es tener una buena mañana.

La estrategia del pequinés se editó en febrero, comenzó a distribuirse en marzo y estamos a 6 de junio. Nunca había alcanzado una segunda edición tan pronto. Así que ya imaginarás mi alegría. Y quería compartirla, antes que con ninguna otra persona, contigo, que sigues este blog y que, seguramente, eres una de las personas que han hecho posible este pequeño milagro.

Por eso, además de darte la noticia, quiero expresarte mi agradecimiento por tu apoyo, tu amabilidad y, sobre todo, por hacer que yo pueda vivir un día más presumiendo de lectores.

Dulce Cobo compartiendo pequinés con una caña y unas aceitunas tras salir de comisaría. Más madrileña no se puede ser.

Dulce Cobo compartiendo pequinés con una caña y unas aceitunas tras salir de comisaría. Más madrileña no se puede ser.








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