La mugre bajo la alfombra. Los timadores de Thompson

27 01 2012

Los timadores, de Jim Thompson, Barcelona, RBA, 176 páginas.

El libro de esta semana es de un viejo conocido nuestro, el maestro (maldito, alcohólico y sarcástico) Jim Thompson, que escribió en 1963 este libro recuperado por RBA en su Serie Negra: Los timadores.

Los timadores (hay versión cinematográfica, pero hablamos del libro) es lo que pide cualquier lector de Thompson: una novela rápida y tensa, con atmósferas opresivas, un argumento lleno de giros insertos en una trama aparentemente caótica pero, al fin, firme y personajes atormentados que se sumergen en sórdidos laberintos psicológicos. Esta vez no hay psicópata, pero sí que hay un personaje que vive al margen de la ley: el joven timador Roy Dillon.

Dillon tiene un problema con su madre, Lilly, una viuda que trabaja amañando apuestas en los hipódromos para la mafia de Baltimore. Lilly Dillon tuvo a Roy muy joven y no lo deseaba. Así que el chico no querido, en cuanto pudo, se fue de casa y acabó viviendo en Los Ángeles, donde, bajo la tapadera de su trabajo de vendedor a comisión, se especializó en dar lo que se llama el timo corto, pequeñas estafas en bares y comercios. Además, mantiene una relación con Moira Langtry, una mujer mayor que él y que resulta ser también una estafadora, pero de un nivel superior, cercano al de su madre. Cuando Lilly, siguiendo la temporada hípica, se traslada a Los Ángeles y vuelve a entrar en contacto con su hijo, se establecerá un triángulo tenso y complejo entre estos tres personajes cuyas relaciones van a ir enredándose en una trama que cada vez se complicará más, hasta que, finalmente todo estalle para demostrarnos que las cosas no son lo que parecen.

Ya comentamos en otra ocasión que las novelas de Thompson no son hard boiled al uso. Sus protagonistas no investigan crímenes: los cometen. En ocasiones, el crimen tiene raíz hedónica, es algo consustancial a la saciedad de los apetitos y los personajes no se detienen en ningún momento a sopesar la corrección de sus acciones. Otras veces, como en este caso, se debaten entre buscar un cierto orden en sus vidas o seguir el camino fácil. En cualquier caso, Thompson bucea en la psique humana y en las relaciones interpersonales como pocos lo han hecho, a través de textos aparentemente deslavazados pero, en realidad, cuidados al detalle, en los cuales, casi en cada página, ocurren cosas que sorprenden, divierten o atraen morbosamente al lector, haciéndole pensar seriamente sobre cosas que atañen a la moral, a la sociedad o, incluso, a la mística, porque siempre hay algo de fatalidad, de ausencia de Dios, de soledad primordial en todos y cada uno de sus personajes atormentados y crepusculares.

Junto con Chester Himes y David Goodis, Thompson es uno de los tres grandes malditos de la novela negra. Nada que ver con los fenómenos prefabricados y  aburguesados que nos traen en los últimos años las editoriales para explotar el filón negrocriminal. Más bien al contrario: son gente que escribe con las tripas textos sucios pero honestos, para que los leamos con el corazón en un puño mientras nos desvelan la mugre oculta bajo la alfombra de la realidad.

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Testimonios del caos: Chester Himes

14 11 2009

Proponerte que leas Un ciego con una pistola, del escritor afroamericano Chester Himes, es proponerte un paseo el Harlem neoyorquino durante una semana de un caluroso verano de finales de los sesenta, un lugar y una época convulsos, violentos y caóticos. Por tanto, se trata de un viaje peligroso. Pero en el recorrido vamos bien acompañados, porque seguimos a dos policías negros que tienen patente de corso para recorrer las callejuelas repartiendo leña. Son Grave Digger Jones y Coffin Ed Johnson, esto es, Sepulturero Digger Jones y Ataúd Ed Johnson, dos polis negros que sirven a la policía blanca y que están siempre entre la simpatía hacia los criminales que persiguen y la presión que reciben desde arriba para que sí, investiguen los crímenes, pero silben mirando al techo si la trama lleva a las tramas de corrupción o crimen organizado relacionadas con el poder del hombre blanco. Aquí asistimos a varios crímenes sin relación aparente, que los dos polis tienen que investigar, mientras diferentes grupos de lucha contra la segregación se enfrentan entre sí en duras revueltas en las calles del Harlem. Por supuesto, alcanzan un par de buenas palizas. Aunque estos dos también reparten lo suyo.

Conocedores de un código que sus jefes blancos ignoran, Grave Digger y Coffin Ed miran con una sonrisa amarga la realidad de su gente, intentando, sin conseguirlo, deshacer entuertos con la impotente actitud de quien sabe que los oprimidos yerran constantemente en los mecanismos con los que se oponen al sistema, dada la invulnerabilidad de quienes detentan el verdadero poder, el económico.

En algún momento de la novela, Anderson, el jefe de los dos policías negros, les pregunta si saben quién es el responsable de los recientes disturbios. Ellos, socarronamente le responden que siempre lo han sabido, pero que no pueden hacer nada, ya que está muerto. El responsable, en su opinión, es Abraham Lincoln: “No debió liberarnos si no quería darnos de comer”.  Cuando Anderson insiste en quién es el culpable, quién incita esa “anarquía insensata”, Grave Digger, simplemente, responde: “La piel”.

Esta es la sexta de una serie de diez novelas con Sepulturero y Ataúd (hay otras estupendas, como Algodón en Harlem y Todos muertos) y la última que Himes escribió antes de trasladarse a Alicante (el viaje debía de estar en proyecto, porque hay ya algún guiño a esa región, en el nombre de un comercio), donde falleció en 1984. La edita RBA en su colección de bolsillo, en una traducción realizada por Ana Becciu en 1978 (y que quizá habría que renovar) y con prólogo de Raúl Argemí, que entiende y comenta a Himes como nadie.

La biografía de Himes es tan interesante como sus libros: hijo de una familia de clase media, fue a la universidad pero se desvió por el mal camino y comenzó a meterse en líos. Le cayeron 20 años de cárcel por atraco a mano armada y fue justamente ahí, en prisión, donde comenzó a escribir. Escribió novelas políticas, novelas carcelarias (Por el pasado llorarás) y novelas, como esta, de género negro, donde se le considera uno de los clásicos; pero, sea cual fuere la orientación, el problema de la desigualdad social (racial) está normalmente de por medio. Como les ocurrió a otros (por ejemplo, Jim Thompson), mientras en Estados Unidos publicaba en pulp, en Francia la crítica le situaba entre los grandes.

¿Por qué este libro se titula Un ciego con una pistola? Pues porque Himes parte de la siguiente anécdota real: un ciego que, en el metro, sospecha que le intentan robar la cartera, saca una pistola y se lía a tiros con todo el tren. A partir de ahí, Himes reflexiona acerca de los movimientos de ese momento (oposición a la guerra de Vietnam, terrorismo en Oriente Próximo, los Panteras Negras, Malcolm X, etc.) y llega a la conclusión de que “toda violencia indiscriminada es como un ciego con una pistola”.

Así que si quieres una novela que hable con crudeza y con sinceridad sobre el racismo, la desigualdad y la injusticia, mientras andas en el ojo de un huracán que no te da un respiro, nada mejor que esta estupenda, caótica y, sin embargo, bella novela. Diálogos lacerantes, ironía, humor negro, historias truculentas, radiografía social: Un ciego con una pistola. Novela negra en estado puro.

Un ciego con una pistola, de Chester Himes, Barcelona, RBA, 285 páginas.








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