Débiles hombres enamorados de mujeres arbitrariamente hermosas

2 06 2012

La semana pasada, en La Buena Letra, recomendé algo de poesía y Eva Marrero comentó en antena que yo había cambiado mucho, lo cual me sonó a “qué viejo y blando te estás volviendo”.

Por eso (porque no quiero que se me note que me vuelvo blando y viejo), esta semana te traigo sexo y violencia, pero sexo violento y violencia muy sensual, hechos arte mediante la palabra escrita.

El libro de esta semana tiene un comienzo contundente, epatante y provocador. Lo transcribo a continuación, porque es mejor mostrarlo que explicarlo. Pero, como sé que este blog, en ocasiones, se lee en familia, debo hacer una advertencia: el contenido puede herir la sensibilidad del lector y los menores de 16 años, así como las personas a quienes desasosiegue el erotismo descarnado, habrán de abstenerse de leer los párrafos que añado, a continuación, en letra cursiva.

Estaba casado con una mujer lo arbitrariamente hermosa para que, a pesar de su juventud insultante, fuera superior a su juventud su hermosura. Ella se masturbaba cotidianamente sobre él, mientras besaba el retrato de un muchacho de suave bigote oscuro.

Se orinaba y se descomía sobre él. Y escupía –y hasta se vomitaba– sobre aquel débil hombre enamorado, satisfaciendo así una necesidad inencauzable y conquistando, de paso, la disciplina de una sexualidad de la que era la sola dueña y oficiante.

Ese hombre no era otro que yo mismo.

Los que no habéis tenido nunca una mujer de la belleza y juventud de la mía, estáis desautorizados para ningún juicio feliz sobre un caso, ni tan insólito ni tan extraordinario como a primera vista parece.

Ella creía que toda su vida iba a ser ya un ininterrumpido gargajo, un termitente vómito, un cotidiano masturbarse, orinarse y descomerse sobre mí, inacabables.

Pero una noche la arrojé por el balcón de nuestra alcoba al paso de un tren, y me pasé hasta el alba llorando entre el cortejo elemental de los vecinos, aquel suicidio inexplicable e inexplicado.

Esto es solo el arranque de Crimen, de Agustín Espinosa, una obra maldita que no ha dejado a nadie indiferente desde que fue publicada por primera vez en Tenerife, en las ediciones de Gaceta de Arte, en Tenerife, en ¡1934!

Crimen, de Agustín Espinosa, Domibari Ediciones, 82 páginas.

A través de la docena de textos que componen el volumen, viene a conformar la que sería la primera novela surrealista escrita en España, donde hay hombres que amanecen crucificados en balcones, sombreros que labran la desgracia de solitarios y doncellas, extraños festines navideños y manos mutiladas, pero todos insertos en un discurso de singular belleza, con una prosa donde las enumeraciones caóticas, los adjetivos sorprendentes y las imágenes inolvidables se suceden de manera incesante. Espinosa cumplió su propósito de epatar al burgués, escarbando en los lugares más recónditos de la consciencia, revolviendo los sótanos del alma, poniendo patas arriba la realidad. Y, cuando hemos acabado de leerlo (cuando se abre la puerta a la inevitable relectura), descubrimos que el erotismo, la provocación y la violencia son lo de menos; que el cuadro, la imagen final que queda en la memoria, es un cuadro de belleza, no de subversión. Eso es, en mi opinión, lo que consigue Espinosa con este libro: trascender la boutade y la provocación y el juego surrealista; crear una obra inmortal. Pero, también, labrarse la desgracia.

 

La vida de Agustín Espinosa fue breve pero intensa. También su obra. Nacido en Puerto de la Cruz en 1897, fue catedrático de Instituto y director del Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife, miembro de Gaceta de Arte y colaborador de revistas de prestigio en la época, como Gaceta Literaria, donde publicó prácticamente toda la Generación del 27, a la que, por edad y afinidad, perteneció, aunque se le haya olvidado en los cánones académicos.

Muy amigo de Óscar Domínguez y condiscípulo de Lorca en la Universidad de Granada, fue uno de los principales promotores de la Exposición Surrealista (la primera en España y la segunda en Europa después de la de París) que tuvo lugar en Tenerife en 1935. Aún sorprende la idea de un barco de plátanos, el San Carlos, en cuyas bodegas viajan obras de la Escuela de París (Miró, Dalí, Picaso, De Chirico), acompañados por André y Jacqueline Breton y Benjamin Peret.

Además de Crimen, y de muchos artículos hoy inconseguibles, Agustín Espinosa nos dejó otro texto inclasificable, sorprendente e imprescindible: Lancelot 28º-7º, un guía integral de la isla de Lanzarote, que no tiene nada que ver con una guía y que es otro texto fundamental de la historia de nuestra literatura; y Media hora jugando a los dados, una conferencia escrita para presentar la primera y casi única exposición de otro de nuestros grandes de esa época: el pintor José Jorge Oramas.

Las Lavanderas, de José Jorge Oramas

Y sí, con Crimen, Espinosa se labró la desgracia. No solo fue motivo de escándalo (y con razón) en su momento, sino que después del 18 de julio de 1936, cuando casi toda Gaceta de Arte sale en desbandada o es detenida (García Cabrera será deportado a Villa Cisneros; Domingo López Torres, tras un periodo de reclusión en Fyffes, será arrojado al vientre de los mares; otros se retirarán a zonas rurales o saldrán del Archipiélago; algunos, los menos, se adscribirán, con convicción o sin ella, a la causa de los golpistas), a Agustín Espinosa, que opta por ponerse la camisa azul para capear el temporal, no le perdonarán haberlo escrito: es depurado de su cátedra, se ordena que el libro sea destruido y a Espinosa le amargan la existencia hasta que fallece en 1939.

Crimen no volvería a ver la luz hasta 1974, cuando fue recuperado, junto a sus otros dos textos, por Manuel Padorno y Josefina Betancor en aquel mítico proyecto de Taller de Ediciones JB. Posteriormente, ha sido editado, solo o en compañía de otras obras, en Biblioteca Básica Canaria, Interinsular Canaria y La Página.

La edición que te propongo es la de Domibari, facsímil de aquella primera de 1934, impresa en tipos Sans, con la ilustración original de Óscar Domínguez, y el único añadido de una breve e interesante introducción de Guillermo Perdomo.

Si quieres saber más sobre el universo Espinosa, sobre su viaje a través de las vanguardias, sobre la manera en que tanto él como sus contemporáneos insulares estuvieron siempre en la punta de lanza de la cultura europea, te recomiendo vivamente los dos tomos escritos por Miguel Pérez Corrales, que llevan por título Agustín Espinosa, entre el mito y el sueño y que figurarán en el catálogo de cualquier biblioteca pública que se precie.

Pero, antes, Crimen, de Agustín Espinosa, en Domibari Ediciones, 82 páginas de sexo, violencia, provocación, surrealismo y alta literatura.





Bajo el signo de Espinosa

26 01 2009

 

Acaso sea mejor no leer a Agustín Espinosa. Al fin y al cabo, enfrentarse a su obra supone abrir las puertas de diversas estancias que, en ocasiones, no resulta cómodo transitar. Quizá sería mejor dejar esas puertas cerradas. Ignorar la atracción que ejercen sobre nosotros. Darles de lado. Fingir que no están ahí. Pero rara vez lo hacemos.

El encuentro ocurre, normalmente, con el comienzo de Crimen, porque ese título nos parece atractivo o algún amigo nos lo ha recomendado. Sea como fuere, desembocamos un buen día en esas primeras páginas donde sangre, sexo, subversión de valores, provocación y crueldad conviven en unos párrafos de impecable factura poética que son, si ciertos estudiosos no se equivocan, la primera y decidida incursión de la narrativa hispana en el surrealismo. Y en algún momento de esos pasajes, al leer por ejemplo las palabras “menstrua alba de mi crimen”, ya hemos caído en la trampa Espinosa. Estamos atrapados irremediablemente en su telaraña, de secreta aunque exacta geometría. A partir de ahí, uno ya no puede evitar frecuentarlo, seguir su estela, sufrir sus pesadillas, inmerso en el pesimismo primordial y el vitalismo exacerbado que palpitan a un tiempo en su inclasificable producción.

En El placer del texto, Roland Barthes contrapone, a los textos de placer, los textos de goce. Mientras que los primeros “están ligados a una práctica confortable de la lectura”, en los textos de goce “se desacomoda, se hace vacilar los fundamentos históricos, culturales, psicológicos del lector”. Al conocer, hace unos años, estas nociones barthesianas, pensé inmediatamente en Crimen. Después en Justine, en El azul del cielo, en Malone muere y en tantos otros libros desasosegantes. Pero, primero, en Crimen. También en Lancelot 28º-7º, que busca crear una “mitología conductora” para el paisaje de Lanzarote (porque “una tierra sin tradición fuerte, sin atmósfera poética sufre la amenaza de un difumino fatal”), o en Media hora jugando a los dados, que debió haber sido una simple charla para acompañar a una exposición de José Jorge Oramas y acabó convirtiéndose en una onírica indagación en la especificidad del creador insular. 

Es casi un lugar común decir que Agustín Espinosa fue hombre de su tiempo. Quizá fue más de su tiempo que ninguno de sus contemporáneos. Se aleja del regionalismo porque está convencido de que se queda en la superficie de las cosas. Cambia la tradición decimonónica por la vindicación del XVIII, “la centuria más musculada de Canarias”. Se acerca a los extremos porque los límites, como los géneros, existen precisamente para ser violados por los poetas. En su obra conviven con naturalidad el humor y la ontología, el juego y el rigor. Continuamente se pregunta (y hace que nos preguntemos con él) en qué consiste la realidad, en qué puntos del engañoso mundo sensible están esas rendijas de lo estético que se abren a ella. Receptor privilegiado de las vanguardias, indaga mediante el lenguaje en la geografía insular para reinventarla como paisaje universal; europeísta con oído atento a la isla y mirada certera para la elección de perspectivas inéditas abiertas a una multivocidad esencial. Sí, Espinosa fue, en efecto, hombre de su tiempo. Pero su tiempo ya pasó y, sin embargo, sus obras no envejecen. Antes bien, cumplen con creces uno de los requisitos que, siempre se nos dijo, han de cumplir los clásicos para poder serlo, probablemente el único imprescindible: nunca acaban de comunicarnos del todo su sentido; sus implicaciones últimas se nos escapan siempre.
Supongo que hay muchos motivos para leer a Espinosa. Quien desee buscar algunos, puede leer el excelente estudio de Pérez Corrales Agustín Espinosa, entre el Mito y el Sueño. Anoto algunos al azar: su rabiosa actualidad, su habilidad inigualable para los juegos conceptuales y lingüísticos, su impactante plasticidad, sus enumeraciones impensables, sus adjetivos sorprendentes, la provocación que late en cada línea, el hecho de que sus textos no parezcan escritos hace más de setenta años, sino pasado mañana. No obstante, yo, que he leído a Espinosa por todas esas razones, y algunas más, a lo largo de los años, pienso que, en el fondo, hay una que justifica por sí sola el hecho de leerlo y releerlo: la simple y pura fruición de gozar de una obra de belleza poética incuestionable.  








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