De repente

6 03 2009

 

Man Ray: Sombras sobre el cuerpo de Lee Miller

Man Ray: Sombras sobre el cuerpo de Lee Miller

Las ropas ya no están. Las pieles se tocan. Las salivas se mezclan. El aroma de los sexos sustituye al olor de los afeites. Esos ojos color caramelo te miran con toda la egoísta lascivia de sus veinticinco años.

De repente, deseas no estar aquí, aunque desees seguir estando; tener ya setenta años o no haber cumplido los dieciocho; hacer desenfrenadamente el amor o que deje de desearte; que este sea el amor de tu vida o que no te importe lo suficiente para recordar su nombre cinco minutos después del orgasmo; establecer un vínculo íntimo o ser una cifra del solipsismo.

De repente, es el suelo desapareciendo bajo tus pies o el suelo más firme que nunca; es el frío más gélido y la canícula más asfixiante; la caricia más áspera y la bofetada más dulce; es la contradicción irresoluble de la más feroz armonía.

De repente, es el ruido ensordecedor y el silencio, aliándose para hallar ese no-eres-tú que es más tú que nadie, como si jamás de nuevo, como si nunca antes.

 

De repente es levantarte, encender las luces, encender un cigarrillo, enfrentarte a la mirada de sorpresa, de incredulidad, de sospecha de estar siendo objeto de una broma por tu parte, que se torna enojo cuando empiezas a vestirte.

 

No respondes a sus preguntas. No das explicación alguna. Ni siquiera buscas una excusa reconfortante, porque, en realidad, no te importa lo más mínimo el malestar que puedas causar. Dedicas una última mirada a ese cuerpo joven y disciplinado antes de salir al invierno y la noche, diciéndote que no hay mayor abominación que un espejo situado frente a otro espejo. De repente, la muerte vuelve a estar ahí, pisándote los talones. Pero ahora su amenaza ya no es dolorosa.

 

 

 





Suya

4 03 2008

La quería con avaricia y se volvió ambicioso.

Ya no bastaban los momentos de placer que ella le proporcionaba. Quiso, además, su constante deseo.

Ella dejó de hacer el amor con su marido.

Tampoco se dio por satisfecho. Ahora reclamó el monopolio de su amor.

Ella le amó de forma exclusiva.

Pero no bastaba. Deseó, además, todo su afecto, su atención diaria y constante.

Ella se separó, rompió con sus padres, olvidó a sus hijos. Los niños la vieron por última vez cuando salía arrastrando una maleta. No se volvió a mirar ni un solo instante.

A partir de ese día ambicionó su cordura. Comenzó a tratarla de forma cruel y dominante. La vejaba en público, le afeaba cada gesto, cada palabra. Acabó por anularla totalmente.

Ella lo soportó todo con sumisión.

Sin embargo, nunca era suficiente.  De hecho, aquella misma mansedumbre le resultaba repugnante. Decidió explorar las más extremas fronteras de la ignominia. Una noche, regresó a las cuatro de la madrugada con una mujer sórdida y brutal, extraída, con seguridad, de un prostíbulo.

La sacó a empujones del lecho para yacer con aquella sucia e improvisada amante. Justo en el momento del orgasmo, comenzó a sentir su carne abriéndose en las puñaladas que ella, completamente fuera de sí, le asestaba una y otra y otra vez.

Al parecer, murió con una sonrisa en los labios, porque había conseguido también apoderarse de su odio. Ella era, al fin, completamente suya.








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