Nuevo tema para Escher

24 04 2009
escher_belvedere

Escher: Belvedere

En un palacio hay una torre en la cual hay una sala donde hay un armario que alberga un cajón en cuyo interior hay una caja. Si abriéramos esa caja, descubriríamos que guarda un palacio, una torre, una sala…

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Imperfecciones 3

9 04 2009

 hansel-y-gretel

Las pruebas, aun circunstanciales, no dejan lugar a dudas. Los restos de la anciana aparecieron carbonizados en el interior de un horno para cocer el pan, situado en la parte trasera de su vivienda, sita, a su vez, en un claro del espeso bosque. Aquélla apareció revuelta, con las ropas de los armarios en desorden y los cajones abiertos, de los cuales faltaban las alhajas de la señora. Interrogados varios testigos (un guarda forestal, dos leñadores, un pato), ha podido establecerse que los sospechosos regresaron a la aldea hacia el atardecer del día de autos, procedentes precisamente de esa zona. Especialmente clarificador resultó el testimonio del pato, que fue utilizado por ellos para cruzar el río. Localizada la vivienda que los menores comparten con su progenitor, efectuado el registro correspondiente y halladas en su poder las joyas de la víctima (con lo cual el robo quedaba establecido como el móvil más plausible),  procedimos a la detención de los sospechosos, así como de su padre, en calidad de posible cómplice o, en todo caso, encubridor del crimen.

Al comienzo de los interrogatorios, estas dos perversiones de la naturaleza disfrazadas de dulces infantes, pretendieron que creyéramos una historia increíble. Decían que, a instancias de su madrastra (recientemente fallecida), su padre los había abandonado a su suerte en el bosque y, atraídos por el aspecto culinario de la vivienda de la anciana (quien, en su ficción psicópata, asume el rol de una bruja antropófaga), fueron capturados por ella. Según ellos, la buena mujer pretendía engordarlos para comérselos. Ya en este punto de sus declaraciones, mi indignación fue tal que procedí a incomunicarlos e inicié interrogatorios por separado, como resultado de lo cual, finalmente, fueron efectuadas las confesiones que figuran en mi informe.

Contrastando las dos versiones, hemos logrado averiguar algunos hechos esclarecedores: que, abandonados, en efecto, los menores a su suerte en el bosque, llegaron a la casa de la víctima, quien, movida por la misericordia, les dio cobijo y alimento, y los cuidó durante varios días hasta que pudiera darse aviso a la autoridad competente, a la sazón el guarda forestal que hace su ronda por el aislado paraje una vez cada quince días; que, viendo que la anciana se hallaba débil e indefensa y que atesoraba piedras preciosas, oro, perlas y demás objetos valiosos, además de cierta cantidad de dinero en metálico, movidos por la codicia, decidieron matarla para despojarla de esas propiedades; que, aprovechando un momento de distracción y vulnerabilidad (cuando la víctima encendía el horno para cocer el pan) la niña, golpeándola a traición, la arrojó al interior del horno y cerró la puerta, con el resultado de la muerte por asfixia y combustión de su benefactora; que, tras desvalijar la vivienda, los asesinos huyeron a esconderse a la casa de su padre, obligando a un pobre pato inocente a que les ayudara a cruzar el río que de ésta los separaba.

Existiendo, pues, claros indicios de allanamiento, robo y asesinato con las agravantes de premeditación y alevosía, tal y como las pruebas, informes periciales, declaraciones y demás diligencias atestiguan, he ordenado el traslado al Juez Instructor, quien, con toda seguridad, hará buen uso de estos datos. En cuanto al padre, continúa siendo interrogado en nuestras dependencias, ya que, además, podría haber incurrido, por sus acciones previas, en delitos contra la infancia y el menor en las personas de los dos pequeños delincuentes.

Como ve, el asunto es sórdido y escabroso. Yo no me había enfrentado a cosa semejante en toda mi carrera como agente de la Ley. Quizá lo peor del caso sea que la ingratitud, la impiedad, el desprecio por las más mínimas normas de conducta, la iniquidad, en fin, en términos absolutos, hayan venido a habitar entre nosotros precisamente en las personas de esos dos pequeños, aparentemente tiernos e inocentes, lo cual viene a probar que la abyección más absoluta puede esconderse incluso en los seres más bellos.





Imperfecciones 2

25 03 2009

manzana

Los muy avaros afirman que si no llega a ser por ellos, no estarías donde estás.

Imposible negar lo obvio: ha habido un cambio cualitativo en tu modo de vida. Ya no tienes que lavar y planchar sus ropitas minúsculas, cuidarles la casa o cocinar para saciar su eterno apetito. Eso es cierto. Además, docenas de criados están a tu servicio para cumplir hasta el último de tus deseos. Pero no era exactamente esta la vida que esperabas.

Él te trata, eso es indudable, como a una verdadera princesa. Sin embargo, por las noches no es el mismo príncipe enamorado que adoraba tu cuerpo inerte. O, pensándolo bien, lo es más que nunca. De hecho, la única manera de despertar su pasión es ahogar la tuya; quedarte quieta, muy quieta, con los ojos cerrados y las piernas abiertas mientras él despliega sus instintos sobre el simulacro de tu cadáver.

Podría resultar increíble; no obstante, has acabado por llegar a una conclusión tan sorprendente como desagradable: por alguna enfermiza razón que no alcanzas a comprender, tu príncipe añora la época en que dormías en tu féretro de cristal.

Así que las cosas no son como habías soñado. Más bien todo lo contrario. Y ahora, para colmo, esta carta de esos siete pequeños traidores codiciosos. Como si les faltase oro, pretenden exprimirte con esa demanda por incumplimiento de contrato. Escoria minera…

No te gustaría parecer una ingrata, pero, a veces (principalmente por las noches, cuando el príncipe descarga su morbosa lascivia sobre tu cuerpo inmóvil) desearías no estar en Palacio, sino en el monte; no dormir en el mausoleo de tu lecho nupcial, sino en aquel plácido ataúd de vidrio; no devorar una tras otra bandejas nimbadas de perdices, sino continuar sintiendo aquel trozo de manzana atravesado en tu garganta.





Para leer en la guagua (La secuela)

27 02 2009

Nada menos que Emilio González Déniz me ha hecho el honor de escribir y enviarme una continuación del cuento más reciente colgado en este blog, Para leer en la guagua. Obtenido su permiso (tras duras negociaciones con su agente, su editor y sus asesores de imagen), procedo a reproducirlo en esta entrada, no sin antes advertirle: esto me lo guardo para la egoteca, don Emilio.  

Tomás la ha escuchado hablando por el móvil y ahora sabe que Teresa está fascinada por Joyce, Faulkner y Lowry, que pertenece a la Asociación de fans de Bajo el volcán, aunque no se ha percatado de que ella tiene una tendencia casi enfermiza hacia los hombres problemáticos, desvalidos o adictos a algo, seres irregulares que ella cree que podrá redimir. No sabe Tomás que Teresa lleva el alma llena de cicatrices, pero es consciente de que es inflexible en cuanto a Lowry, y desde que sepa que él sólo le aguantó 30 líneas a Bajo el volcán ella lo descartará para siempre. Por eso, caminando desde la parada de la guagua, llegó hasta unos grandes almacenes y, en la sección de librería, pidió un ejemplar del libro de Lowry.  Su propósito era llevárselo a casa (ya no sabía dónde estaría el viejo ejemplar que lo aburrió hace años) y leerlo con rigor, reconvertir su rechazo en entusiasmo y subirse a la guagua haciendo que releía Bajo el Volcán. Pero la suerte no estaba de su parte, el libro estaba agotado y la encargada de la librería le dijo que tenía noticias de que una editora iba a sacarlo en la próxima temporada, y que seguramente estaría disponible en seis o siete meses. ¡Siete meses!, no podría aguantar, así que cogió de nuevo la guagua y se dirigió a la Biblioteca Pública con la intención de robar el ejemplar que había visto mil veces en la segunda estantería de la izquierda. De repente, una mujer lo había convertido en ladrón y  apóstata de sí mismo. Entonces empezó a comprender al protagonista de Bajo el volcán. Y a lo mejor el libro incluso puede ser bueno.

Emilio González Déniz





Para leer en la guagua

25 02 2009

guagua2

 

La ve cada día y, cada día, se siente fascinado por su presencia de gacela, su mirada luminosa y profunda, su perfume de fresas allá, unos asientos más adelante, o en la plataforma, agarrada al tubo con una mano mientras la otra sostiene el infaltable libro. A lo largo de semanas, de meses, ha ido acostumbrándose a verla subir en la parada del muelle, buscar un hueco donde continuar leyendo durante el trayecto y apearse siempre en la parada del parque, marcando su libro y guardándolo en el bolso mientras se encamina, casi con toda seguridad, al trabajo. Y también a lo largo de ese tiempo, ha observado los cambios en su peinado, en su maquillaje, en su vestimenta. Sus gustos lectores (tan amplios que caben en ellos Samuel Beckett, Marguerite Yourcenar, Yasunari Kawabata y Juana Inés de la Cruz), sus ligeros constipados, sus sonrisas estivales, sus seriedades de otoño. Alguna vez, en sus atardeceres de divorciado ya no tan reciente, fantasea con la posibilidad de abordarla, utilizando el título del libro que ella lleve en la mano como excusa. Qué bien, Rayuela… Apenas él le amalaba el noema… O, Sostiene Pereira, qué libro tan triste y delicioso… O, ¿Lees La insoportable levedad del ser? Es mi novela preferida. Yo me llamo Tomás. No tendré la suerte de que te llames Teresa, ¿verdad?

Sin embargo, luego se mira al espejo, piensa en ella, y, finalmente, decide quedarse en la fantasía. Ella tendrá diez años menos y un cuerpo elástico que la obedece. Tendrá una vida y unos gustos muy distintos a los suyos. Tendrá, incluso, un novio, un amante, un marido. Una pareja, en todo caso: un tipo más joven, más guapo, menos gris, más divertido que él. Se sentiría amenazada si él se atreviese a decirle algo. O, en el peor de los casos, jugaría un rato con él, coqueteando, y él se ilusionaría y volaría alto como un Ícaro venido a menos, sólo para caer en picado hacia el mar del desengaño y morir ahogado tras perder las pocas fuerzas que aún le quedan. Por eso no se atreve. Por eso no se atreverá nunca y se conforma con observarla por encima de su propio libro (que hoy es El azul del cielo), hasta que se acercan a la parada del parque y ella toca el timbre y se levanta y se dirige a la salida marcando su ejemplar de El astillero y baja a la acera pensando (eso él no lo sabrá nunca) en cómo le hubiera gustado que ese tipo que va siempre leyendo le dirigiera de una vez la palabra, preguntándose si ella misma será capaz en alguna ocasión de dirigírsela a él, llamándose tonta, diciéndose que ha perdido una oportunidad de oro, precisamente hoy, con él leyendo a Bataille, cuya obra ella conoce y ama profundamente.   





Umbral del dolor

7 02 2009

 -Perdone que grite tanto –se disculpó el hombre-. Es la primera vez que me asesinan a puñaladas.





Cuidado de los paisajes

7 02 2009

 

Le regalaron un espejo que mostraba el paisaje del alma de las personas. Lo trajo a casa y propuso a su mujer que se miraran juntos. Nunca habían imaginado que pudieran darse la gélida estepa y el frondoso bosque de laurisilva la una al lado del otro.

Comprendieron que la estepa era él y ella el bosque.

Hasta entonces se habían amado intensamente. A partir de aquel día, todo cambió.

Si ese era el verdadero contenido de su alma, ella no deseaba pasar el resto de su vida ante aquel erial de hielo.

Él, por otro lado, intentó cambiar de hábitos, en la creencia de que ellos podrían alimentar su alma: leyó poesía, compró discos de Serrat, le trajo flores cada día. Y volvía diariamente a mirarse en el espejo, soñando con que una flor, un poco de hierba o, al menos, el comienzo del deshielo rompían la monótona desolación del frío territorio de su espíritu.

Todo fue inútil. Ella hizo las maletas un martes. Por no sufrir más de lo necesario, él pasó todo ese día fuera de casa.Cuando salía con sus cosas, ella pasó un momento ante el espejo y el asombro la petrificó. Su bosque de laurisilva se había llenado de plantas carnívoras.








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