El susurro y la sonrisa: La palabra mágica

26 02 2017
lapalabramagica

La palabra mágica, Augusto Monterroso, Barcelona, Navona, 145 páginas

Navona recupera para Los ineludibles (esa colección hasta ahora casi perfecta) La palabra mágica del guatemalteco (nacido en Honduras y exiliado en Chile y México), Augusto Monterroso. Yo lo leí por primera vez, creo, hacia finales de los años noventa. Hoy he vuelto a disfrutarlo como en aquella ocasión. Supongo que más.

El maestro de lo breve, célebre por firmar uno de los microrrelatos más imitados de la historia («El dinosaurio») publicó originalmente en 1983 este libro que, como todos los suyos, es conciso, bello y luminoso, lleno de senderos que conducen a los grandes temas, pero también a rincones donde la erudición y la ironía se combinan para desenmascarar tanto la banalidad de los academicismos inútiles como la vacuidad del discurso de ciertos mercaderes de la palabra. Siempre con ese estilo suyo, leve y limpio, que es como un discurso susurrante y sonriente al mismo tiempo.

Reflexiones sobre el oficio de la traducción (o la imposibilidad de ejercerlo), sobre las obras y biografías de Horacio Quiroga, Ernesto Cardenal o William Shakespeare o sobre el auge de las novelas sobre dictadores durante el boom latinoamericano (con especial atención a Miguel Ángel Asturias) conviven en las páginas de este volumen con un hilarante texto acerca del «género obituario», con el relato sobre una cena soñada a la que habrían de asistir, entre otros, Bryce Echenique, Julio Ramón Ribeyro, Bárbara Jacobs y ¡Franz Kafka! o con algunos de esos cuentos de los que solo él era capaz («De lo circunstancial o lo efímero…» y «Las ilusiones perdidas»).

El resultado, como siempre que el lector se acerca a Monterroso, son unas cuantas horas de puro placer que abren la puerta a la lectura o relectura de otros muchos textos, mientras vuelve a mirar desde puntos de vista diferentes algunos problemas que le han preocupado o, al menos, ocupado, desde que comenzó a leer.

Cuando surge el asunto de Monterroso, de los textos de Monterroso, de las conferencias y las mesas de debate y las anécdotas de Monterroso, suelo convertirme (todavía más) en un pesado insoportable y hablo de él durante horas y horas, haciendo exactamente lo contrario de lo que solía hacer él. Al comenzar esta entrada me propuse lo contrario: ser (como decía Calvino que el propio Monterroso era) misericordiosamente breve, así que inserto aquí ya ese punto que él tanto odiaba y respetaba. Los lectores de Monterroso (esa secta que susurra y sonríe) me entenderán.

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Un hombre que era cualquiera

1 12 2013

fuego

Ya han cesado las sirenas y los disparos. Solo se escuchan gritos, silbidos. A veces risas y hasta canciones. Abajo, en la calle, la muchedumbre bulle como un hormiguero que hubiera decidido una sacudida y se revolviera en oleadas de amor. Del hombre que provocó todo esto no sabemos mucho. Ni siquiera el nombre. Hay imágenes suyas que lo muestran borroso, uno más, una figura que podría ser la de cualquier hombre de mediana edad, vestido con pulcritud y discreción (las otras, las posteriores, he preferido siempre no examinarlas directamente: son solo un borrón indeseable). Y, en realidad, ese hombre era eso: cualquiera de nosotros, aunque hoy circulen sobre él leyendas que hablan de militancia juvenil o de una vida académica ejemplar rota por el disenso o de una esposa fallecida por una enfermedad que la sanidad que antes teníamos hubiese podido curar.

El mito, en ocasiones, es más útil al entendimiento que la información objetiva, porque hay cosas muy difícilmente comprensibles desde el rigor. Una de ellas es que aquel hombre no tenía nada de especial ni de heroico, que incluso podría habérsele descrito como un hombre gris y aburrido. Un hombre tirando a bajito y nada apuesto. Tampoco especialmente valiente ni brillante. Un hombre que no había sufrido más que cualquiera de nosotros, pero tampoco menos. Un hombre, en fin, como cualquier otro hombre o mujer del país, como tú, como yo, como todos.

Pero al día siguiente de la promulgación de la última de las muchas leyes injustas que el gobierno dictó, el hombre condujo su coche hasta el centro y aparcó en medio de la plaza de la Presidencia, justo ante el Palacio Presidencial. Nadie sospechó nada cuando el hombre descendió del vehículo. Nadie sospechó que lo que había sacado del asiento de atrás era, además de una sábana perfectamente doblada, una garrafa de gasolina.

Solo cuando el coche comenzó a arder, la guardia de palacio se dirigió hacia el lugar. Ya era tarde: el hombre desconocido, el hombre que era cualquiera, tras alejarse unos pasos ya había extendido ante sí, en el suelo, la sábana, y había retrocedido para inmolarse junto a la bola de fuego en la que se había convertido el auto.

En los partes oficiales se habló de locura, de radicalismo, de inadaptación. Pero las autoridades no pudieron evitar que un fotógrafo no menos anónimo retratara la escena y difundiera la imagen de los restos, junto a la sábana en la cual el hombre había rotulado su mensaje final, tan sencillo como claro.

En pocas horas, todo el mundo había leído ya ese mensaje.

Esa misma noche, comenzaron las primeras manifestaciones que, desautorizadas por el gobierno, pronto se convirtieron en revueltas.

Mientras escribo esto, los incendios que asolan los edificios del gobierno aún apuñalan la noche. Y los gritos, las risas, las canciones, no cesan.

Dentro de un momento me uniré a la marea que, incesante, se dirige hacia el centro de la ciudad gritando (como no ha dejado de gritar desde hace semanas), la última frase escrita por el hombre gris que se sacrificó para que fuera posible este nuevo mundo, aquel hombre que era cualquiera y que, mientras se prendía fuego a sí mismo, gritaba lo mismo que había escrito en la sábana, su último mensaje, ese grito que ahora nos iguala a todos: O la justicia o el fuego.





Un tipo escandaloso

8 10 2013

Un tipo escandaloso, D. H. Lawrence,  y sus Cuentos prohibidos, editados en los rescates de Navona, con el subtítulo “Para leer en la intimidad”, una delicatessen y un acercamiento perfecto a este autor que se pasó la vida sacándole los colores a la sociedad británica de las primeras décadas del Siglo XX, un francotirador del que, para mi vergüenza infinita, todavía no había hablado en La Buena Letra.

Cuentos prohibidos. Para leer en la intimidad, de D. H. Lawrence, Barcelona, Navona, 171 páginas

Cuentos prohibidos. Para leer en la intimidad, de D. H. Lawrence, Barcelona, Navona, 171 páginas

Cuentos prohibidos viene a ser una selección de cinco cuentos escritos entre 1925 y 1930, una especie de menú degustación de su época de madurez narrativa en el que vemos las líneas temáticas que recorren su obra: el contraste entre lo que te pide el cuerpo (o el alma) y lo que la sociedad te dice que debes hacer; la complejidad de las relaciones de pareja; la imposición de roles que tanto hombres como mujeres asumen en un sociedad tradicionalmente patriarcal, una imposición que, cuando nos revelamos contra ella, nos pone la etiqueta de indecentes.

Los personajes de Lawrence son frecuentemente insumisos ante lo que la moral oficial les dicta. Esta rebelión es a veces secreta, a veces explícita, pero siempre está ahí la negación a lo que la tradición y el estatus nos dicen que tenemos que hacer o pensar en determinadas situaciones.

Así, en estos Cuentos prohibidos hay damas que practican el nudismo y desean tener hijos con campesinos que no son sus maridos, caballeros que desean sigilosamente a la misma mujer hasta que llega un momento en que no pueden continuar disimulando y faltan a la etiqueta y la elegancia dándose de galletas por cualquier motivo menor, chicas que experimentan una fuerte pasión animal por hombres que las han secuestrado o mujeres que han decidido vivir libremente y con alegría y sin complejos su libertad sexual.

Profundidad psicológica, tolerancia, búsqueda de la libertad, rebelión contra los roles de género: esas son, entre otras, las cosas que vamos a encontrar en estos cuentos, igual que en el resto de la obra de Lawrence, quien con seriedad, pero con un sutil sentido del humor, despliega situaciones inusitadas y las cierra siempre con remates geniales.

D. H. Lawrence y Frieda Weekly

D. H. Lawrence y Frieda Weekly

David Herbert Richards Lawrence nació en Inglaterra en 1885 y murió en un pueblecito francés en 1930 (como podía haber muerto en cualquier lado, porque se pasó la mitad de su vida viajando). Las tres cuartas partes de su vida las vivió en la más absoluta pobreza. Era hijo de un minero, casi analfabeto y de una maestra, y a los 16 añitos tuvo que dejar los estudios y ponerse a trabajar en una fábrica, aunque luego conseguiría hacerse con algunos títulos y consiguió trabajo como maestro. Fue entonces cuando comenzó a publicar poemas y cuentos. En 1912, cuando ya había publicado dos novelas, conoció a Frieda Weekly (de soltera von Richtofen), a la sazón esposa de Ernest Weekly, profesor suyo en la universidad de Nottingham, una mujer algo mayor que él y que tenía tres hijos. Lawrence y Frieda se fugaron a Alemania, a la localidad natal de ella y se quedaron allí mientras se tramitaba el divorcio. Pero a él lo detuvieron las autoridades alemanas (eran los años previos a la Gran Guerra), acusándolo de espionaje. Les costó mucho que lo soltaran, y,  cuando lo consiguieron, volvieron a Inglaterra, donde, ya en plena guerra, los acusaron exactamente de lo mismo: de ser espías alemanes. Cosa que, unida al antimilitarismo de Lawrence, hizo que se fueran de Gran Bretaña y no volvieran sino en contadas ocasiones. Siempre con Frieda, Lawrence se pasaría luego la vida viajando de un lado a otro y, en sus últimos años, adquirieron un rancho en Nuevo México, donde proyectaban instaurar una comuna socialista.

Lawrence publicó en vida una treintena larga de libros, entre novelas, ensayos y cuentos. Los más célebres siguen siendo Hijos y amantes, Mujeres enamoradas y El amante de Lady Chatterley. Con su sutil erotismo y su franca tolerancia, escandalizó a su época y aún hoy sigue escandalizando a los guardianes del correctismo, porque sus personajes vivieron como él mismo vivió: como les dio la real gana y sin dar cuentas a nadie, aunque eso les condenara a la soledad, la pobreza y el oprobio.

[Para escuchar el podcast, y escuchar cómo devora un libro Fortunata, solo has de hacer clic aquí]





Anfitrión

26 05 2013

Los escritores fueron convocados. Como se les dijo que habría cóctel y canapés, acudieron todos sin excepción, desde el incierto diletante al maestro indiscutible. Palmeando o mostrándose espaldas, mirándose de frente, de reojo o desde arriba, según quién y a quién, estrechándose manos o intercambiando besos, disfrutaban del que ellos suponían merecido ágape cuando, de pronto, sonó la voz del anfitrión, quien ordenó la amputación de las manos de todos los asistentes, un momento antes de que un ejército de verdugos enormes e imperturbables, se aplicara rápida y eficazmente a la tarea. Fueron trasladados después a sus respectivos domicilios, previa asistencia sanitaria, mientras aún se oían las quejas y los sollozos de quienes no se habían desmayado.

Un mes más tarde, casi la mitad de los escritores había aprendido a escribir con los pies. El anfitrión volvió a convocarlos, prometiendo un suntuoso banquete de desagravio. Cuando estuvieron reunidos, los verdugos se pusieron rápidamente a trabajar. Pero en esta ocasión decapitaron a todos aquellos que no habían aprendido a escribir con los pies, y cortaron los pies de quienes sí lo habían hecho.

Nuevamente en su casa, la mayoría de los escritores supervivientes desistieron de proseguir con su oficio. Pero, unos pocos, en concreto, diez, aprendieron a teclear con la nariz.

Para la siguiente atrocidad no hubo convocatoria pública. Los verdugos, organizados en pelotones nocturnos, fueron entrando en las casas de los escritores y llevaron a cabo la matanza en una sola madrugada de cuchillos sanguinolentos e inútiles peticiones de clemencia. Ejecutaron a todos los escritores, menos, por supuesto, a aquellos diez nasoamanuenses, a quienes cortaron la nariz.

De esos diez, tres aprendieron a utilizar la pluma con la boca. Los restantes fueron ejecutados anoche.

Hoy nos convocó nuevamente el anfitrión. Tres suntuosos carruajes vinieron a buscarnos. Asistimos, resignados, a las que creíamos nuestras últimas horas.

El anfitrión nos agasajó con un majestuoso banquete y nos agradeció, no sólo nuestra asistencia, sino lo que él describió como nuestra paciencia infinita. Luego se comprometió a mantenernos durante el resto de nuestras vidas, y, cuando estas cesaran, a publicar nuestras obras completas, erigir monumentos conmemorativos en nuestra memoria, poner nuestros nombres a calles, bibliotecas y centros educativos. También se responsabilizó, en adelante, de liberar cualquier suma que considerásemos oportuna, y satisfacer cualesquiera necesidades (o caprichos) que llegásemos a imaginar. Pero todo esto con una única aunque ineludible condición: que continuásemos escribiendo.

En mi casa, al regreso de esa visita en la que temí hallar la muerte, he entendido el verdadero propósito del anfitrión, el objetivo que se escondía tras su aparente crueldad.

La pluma se desliza con lentitud sobre el papel. Mi saliva produce borrones en los senderos tortuosos de la tinta, pero ahora (únicamente ahora) sé cuál es el verdadero sentido de mi existencia. 





Buzón de voz

26 05 2013

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El mismo ritual cada vez que regresa: dejar las maletas, quitarse la americana y los zapatos, abrir las llaves del gas y del agua, aflojarse el nudo de la corbata y servirse una cerveza. Después, solo después, tomar asiento en el sofá con el teléfono, un bolígrafo y un bloc de notas, dispuesto a escuchar los mensajes de su buzón de voz.

En esta ocasión, el primero es de un colega que le apura para que entregue un informe que tiene pendiente. Acabar dossier, anota en la página virgen. El segundo mensaje es de su madre. Pregunta si no ha llegado aún. Por sus cuentas, él debía haber regresado ya. Apunta: Llamar a mamá. Lo hará mañana. Son ya casi las once de la noche de un domingo. El sistema nervioso de su madre nunca ha podido soportar el timbre del teléfono pasadas las diez. El tercer mensaje lo escucha desde el asombro, desde el estupor más absoluto, desde la más completa incertidumbre. Lo reproduce una segunda vez. Únicamente comienza a entenderlo a la tercera. En la grabación, una voz de mujer de mediana edad dice:

“Soy yo. Sé que prometí no volver a ponerme en contacto contigo nunca más. Pero, lo siento, no podía marcharme sin despedirme de ti. Te estarás preguntando cómo conseguí tu número de ahora. Fue Diego quien me lo dio. No se lo eches en cara. Le tuve que dar mucho la lata hasta que lo soltó. Tengo una caja de pastillas y una botella de tequila. Con eso será suficiente. Pero antes de hacerlo, solo quería decirte que eres la única persona a quien he amado de verdad, aunque ahora ya nada de todo eso importe mucho. Quizá tengamos más suerte en otra vida, en que seamos menos orgullosos, más comprensivos, menos tontos. Adiós, mi amor”.

Cuando comprueba que no hay más mensajes después de este, se queda con el auricular en una mano y el bolígrafo en la otra, pensando. Se encoge de hombros, deja el teléfono a un lado y escribe: ¿Quién es Diego? Luego da un trago a la cerveza y añade: Llamada equivocada.





Los cuentos de Cortázar

10 02 2013

Hace muy pocos días, con los talleristas del Museo Poeta Domingo Rivero, tocaba hablar sobre comienzos y finales, sobre objetos mágicos y líneas de fuerza del relato. Acabé, como casi siempre, escogiendo un cuento de Julio Cortázar para ilustrar el asunto. En esta ocasión el cuento escogido fue “Grafitti”. En otras, para similares propósitos, me he servido de “Continuidad de los parques”, “Axolotl”, “Casa tomada” o “No se culpe a nadie”. En cualquier caso cuando se trata de escoger a un autor que en muy pocas páginas muestre lo que merece ser mostrado de la narrativa, Cortázar es siempre una apuesta segura.

cortazar

Esta vez (como las otras), la elección del cuento a analizar me llevó varios días de relecturas, de reencuentro con mis viejos cuatro volúmenes de Los relatos editados en 1976 (mis ejemplares son de 1988) por Alianza Editorial, ordenados por el propio autor según criterios personales bajo los epígrafes Ritos, Juegos, Pasajes y Ahí y ahora. Estos cuatro libros me acompañan desde hace un par de décadas; sus páginas (dobladas, subrayadas, anotadas) amarillean tanto que el papel es, a ratos, ya marrón. Cayeron en mis manos en aquella época en que yo alimentaba el lejano sueño de convertirme en escritor y fueron devorados por primera vez durante un verano en Agaete, poblado de hombres que vomitaban conejitos blancos, siniestras señoritas que elaboraban bombones trufados de insectos, extraños que convivían en un atasco, fotógrafos que sorprendían a la infamia con las manos en la masa y ancianitas que esclavizaban a sus familias fingiendo que se dejaban engañar. Un verano en el que pude constatar aquello que decía Borges: un cuento de Cortázar consta de unas determinadas palabras en un determinado orden y si alguien intenta resumir su argumento siente que algo preciso se ha perdido en el camino.

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Aquellos cuentos eran la inevitable constatación de la magia oculta en ese infierno que cada día habitamos, el acercamiento a lo inasible, el dulce vértigo ante el abismo entre Eros y Tanatos. Lo eran entonces y continúan siéndolo. Y podemos analizarlos, podemos destriparlos y constatar cuál es el truco que usa aquí, el recurso que utiliza allá, el guiño a la cultura clásica que es tal cuento o el gesto de rebelión que supone aquel otro. Y, sin embargo, todo esto no importa cuando uno se sumerge en cualquiera de los cuentos de Cortázar como lo haría en un río y se deja llevar por el constante flujo de su prosa, que no ha comenzado en ningún lado y que no cesa jamás hasta ese punto final que impone indefectiblemente la relectura.

Hay muchos Cortázar y cada lector tendrá el suyo. Son memorables el Cortázar poeta y el Cortázar traductor, el novelista y el anti-novelista, el Cortázar políticamente comprometido y el Cortázar elaborador de almanaques y collages, el constructor de artefactos patafísicos y el vindicador de la otra ló(gi)ca desde su humor entre lo macabro y lo falsamente naïf. Yo no creo (como creyeron algunos críticos) que alguno de ellos valga menos que los otros. Pero si hay alguno imprescindible es el de los cuentos, ese que nos gana por KO, que utiliza sus comienzos abruptos para introducirnos de golpe en la ficción y llevarnos de la mano a sus finales perfectos, a esos desenlaces que son siempre un comienzo; sencillamente porque ese Cortázar, el Cortázar cuentista, el boxeador de la distancia corta, engloba (y hasta justifica) a todos los otros Cortázar.

Así que sí: hay otros Cortázar, pero están en este.





Entre la calima: seis cuentos made in Canarias

29 01 2013

En su momento, apareció en papel el volumen Taller de cuentos, un libro en el que recogíamos el trabajo de los participantes en el primer Factoría de Ficciones en la Biblioteca Pública del Estado (cuando las aguas vuelvan a sus cauces presupuestarios, seguramente será posible hacer algo similar con los talleristas de las siguientes ediciones); también, hace algún tiempo, publicamos digitalmente un curioso trabajo: Las voces de Lázaro, una relectura del clásico anónimo escrita colectivamente por la primera promoción del Laboratorio Creativo Anroart. Aunque este foro cesó en su actividad el curso pasado (por el momento) sus integrantes continúan trabajando y algunas talleristas de la segunda promoción andan aún enfrascadas en un proyecto ambicioso: la escritura de una novela que mantiene el título de Los rostros de Miranda. Mientras, hemos podido maquetar y publicar digitalmente (por el mismo medio empleado para difundir Las voces de Lázaro), Entre la calima, un volumen colectivo escrito por los integrantes del Taller de Introducción a la Narrativa de aquel Laboratorio.

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Entre la calima utiliza como pretexto narrativo ese periódico y notable fenómeno tan característico del ámbito geográfico que habitamos. Con ese leit motiv, seis autores de edades, formación y estilos muy distintos han hablado de paisaje, pero, sobre todo, de seres humanos,  ofreciendo, a través de sus ficciones, seis miradas distintas y peculiares a una misma realidad. El resultado final combina el humor, la intriga, el erotismo, la reflexión y la sorpresa, en cuentos que surgen del asombro frente al mundo, de la fascinación ante lo cotidiano.

Si quieres leer este libro breve pero intenso, solo has de hacer clic aquí. Algunos de sus autores ya han publicado textos e, incluso, recibido algún premio. Otros han sido hasta hoy escritores y escritoras clandestinos. Pero todos y cada uno se me antojan voces interesantes,  frescas y significativamente competentes, acaso mucho más que algunas firmas de las que pueblan los escaparates de las librerías.

Personalmente, me siento muy orgulloso de todos y cada uno de ellos, de su trabajo humilde, serio y constante a lo largo de los meses en los que trabajamos juntos y, sobre todo, me siento muy honrado por haber tenido la oportunidad de convivir con ellos en ese espacio lleno de análisis, debates y literatura.








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