Pizarnik: un rayo de enloquecida lucidez

22 03 2014

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Ayer fue 21 de marzo, equinoccio de primavera y, por tanto, Día Mundial de la Poesía, según la UNESCO. Y ¿quiénes somos nosotros para contradecir a la UNESCO? Así que esta semana toca poesía y poesía de la buena, yo diría que de la imprescindible.
En La buena letra, hemos hablado de grandes poetas, pero, repasando los archivos, he descubierto que no habíamos hablado de una de mis preferidas, ese rayo de enloquecida lucidez que fue Alejandra Pizarnik. Así que, aprovechando la fecha, hablemos, por ejemplo, de su Poesía Completa, editada por Lumen al cuidado de Anna Becciu. Una compilación, como dice su editora, hecha “con lealtad a Alejandra Pizarnik, y devoción a su obra, única e irrepetible”.

Poesía completa, de Alejandra Pizarnik, Barcelona, Lumen, 470 páginas

Poesía completa, de Alejandra Pizarnik, Barcelona, Lumen, 470 páginas

Pizarnik vivió poco. Nació en 1936 y se suicidó en 1972, a los 36 años, ingiriendo 50 píldoras de Seconal. Hija de inmigrantes judíos y eslovacos, nació y se crió en el barrio bonaerense de Avellaneda, y cursó estudios de letras en la Universidad de Buenos Aires sin acabarlos. Luego iría a estudiar a París, donde tomaría contacto con Julio Cortázar, Rosa Chacel y Octavio Paz, además de traducir a autores como Antonin Artaud o Henry Michaux, antes de volver a Buenos Aires en 1964.
Pero todo esto no evitó que los graves problemas de autoestima que arrastraba desde la infancia se fueran agravando en una espiral de depresión, abuso de las anfetaminas e insomnio que agravó el trastorno límite de la personalidad que al parecer sufría.

pizarnik

Publicó en vida nueve libros de poesía, algunos de los cuales habían deslumbrado a sus contemporáneos. El primero, de 1955, es La tierra más ajena. El último, El infierno musical, de 1971. En medio, otros libros fascinantes como Extracción de la piedra de locura o, mi preferido, Los trabajos y las noches. Pero, además, dejó carpetas completas de poemas mecanografiados y corregidos luego a mano, que Olga Orozco y la propia Anna Becciu editarían póstumamente.
La poesía de Pizarnik tiende al minimalismo, al poema breve influido por el simbolismo, pero con una tendencia al surrealismo que convoca asociaciones inesperadas. A veces es oscura y feroz, o tierna y triste, pero jamás deja indiferente al lector. La voz de Pizarnik ya era madura, creo, en 1955. Y con ella habla en susurros, con una poética que tiende al silencio, internándose en las zonas más oscuras del ser humano: la soledad, el dolor, la infancia, la muerte, la sensualidad, la relación entre el cuerpo y la identidad, o la reflexión sobre el propio lenguaje.
Además de todo esto (que ya vale para tener un lugar privilegiado en la historia de la literatura), Pizarnik dejó un diario de casi un millar de páginas y algunos textos en prosa, como La condesa sangrienta.
Pero yo te recomendaría, si aún no la has leído, una zambullida de golpe en su obra poética, por ejemplo, con esta Poesía Completa editada por Lumen en Barcelona en 2000 y que no deja de reeditarse casi cada año, acaso porque se trata de 470 páginas absolutamente adictivas, de esas que uno lee y relee continuamente sin que sepa exactamente por qué, pero de forma inevitable.

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Domingo Rivero, visible poeta secreto

21 03 2012

Hoy, Día Mundial de la Poesía, me entero (por los amigos Santiago Gil y Juan Carlos de Sancho) de una buena noticia: ha sido inaugurada por fin la Casa Museo Domingo Rivero. Sabía de la existencia del proyecto, del esfuerzo de algunas personas, entre ellas Pepe Rivero, su descendiente directo, por conseguir que viera la luz. Se encuentra situada en el número 10 de la calle Torres y ahora ya está abierta (esta misma semana hay un ciclo de conferencias en ella).

Me resulta agradable pensar que está ahí (tan cerca del Gabinete Literario, de la Casa Museo Pérez Galdós, de algunas librerías que frecuento con avidez, del busto de Cairasco y el monumento a Juan Negrín), visibilizando al poeta invisible, al maestro tímido y humilde que el tiempo nos ocultó.

Si no sabes quién es Domingo Rivero (ay, esa cabecita, tan llena de vampiritos y best sellers suecos y tan vacía de la poesía cercana) te contaré que este señor nació en Arucas en 1852 y se dedicó profesionalmente al Derecho. Después de vivir en Sevilla, Madrid, París y Londres, se instaló en Las Palmas, donde entró a trabajar en la Audiencia Territorial, primero como relator y luego como Secretario de Gobierno.

Y un buen día, ya a los cuarenta y tantos años, publicó un pequeño poema en la prensa local y dejó fascinados a sus contemporáneos, que no tenían, en general, ni idea de que aquel señor tan serio fuera poeta y, mucho menos, un poeta tan interesante.

Al contrario de la mayoría de los poetas clandestinos (que en realidad no lo son, porque  aprovechan la menor oportunidad para atacarnos a traición con sus trabajos) Rivero era muy moroso en sus publicaciones. Aunque era contemporáneo y amigo (el amigo mayor) de Tomás Morales, Alonso Quesada y Saulo Torón, él no gozó de su fama. Antes bien, era un poeta secreto, que mantenía su trabajo en el ámbito de la intimidad, aunque de vez en cuando algún amigo o su propio hijo le robaban algún poema y lo publicaban en la prensa. Ya mayor, su hijo Juan le convenció para publicar una selección de sus poemas. Pero, justo cuando estaba a punto de acabarla, Juan murió. El proyecto fue desechado y el propio Rivero falleció en 1929 sin haber publicado más que algunos poemas sueltos en la prensa.

Por esos y otros motivos hemos tardado mucho en dar con él. Los canarios de mi generación lo conocimos gracias a los rescates que de su obra realizó Eugenio Padorno: una selección de Poesías en Biblioteca Básica Canaria y En el dolor humano, la edición de su poesía completa publicada por el ayuntamiento de su ciudad natal. El público nacional lo descubrió con Yo, a mi cuerpo, ese fogonazo de buena poesía formado por la treintena larga de poemas publicada bajo el título de su pieza más célebre. Ese pequeño y hermoso libro fue publicado por Acantilado en 2006 y deslumbró a los críticos de los suplementos culturales nacionales, esa gente que de ordinario ignora tanto a los canarios.

En mi opinión, la poesía de Domingo Rivero se caracteriza por dos rasgos sobresalientes: la sencillez y la profundidad. Con frecuencia, sus motivos son asuntos cercanos: una silla, el mobiliario de una casa, un muelle, el propio cuerpo. Pero el poeta los utiliza para explorar la relación del ser humano con el mundo, la corporeidad y la espiritualidad, el paso del tiempo y la necesidad de trascender ante la imposibilidad de evitar el fin biológico. Simplemente, y sin grandes alardes líricos, siempre nos comunica una emoción y una verdad inasibles.

El encuentro con Domingo Rivero es siempre el asombro, la fruición, el gozo de saber que aún existen versos que no conocías y que pueden reconciliarte con la poesía. Yo me encontré con Rivero por azar propiciado por los trabajos de Padorno. Tú, si aún no lo conoces, lo tienes todavía más fácil: hoy es el Día Mundial de la Poesía, el tiempo ha mejorado y tienes ahí, tan cerca, la Casa Museo Domingo Rivero. Pretextos no faltan. Buenos versos tampoco.








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