Me declaro conservador

23 12 2013

Ahora que soy cuarentón, después de un pasado desmelenado, insumiso y progresista, me examino a mí mismo y descubro, con estupor, que soy conservador. Conservador nostálgico de los adelantos políticos, jurídicos y sociales, de los derechos y libertades que habíamos alcanzado juntos, que no eran perfectos, pero sí que formaban parte de un camino hacia la justicia.

Sí, me declaro conservador, por ejemplo, en cuanto a la separación de poderes y echo de menos el tiempo en que los jueces podían hacer libremente justicia, sin que sus manos fuesen atadas por el miedo a la inhabilitación.

Me declaro conservador de un Estado que propugna y defiende una sanidad y una educación públicas, universales y gratuitas; que se preocupa por sus ciudadanos más débiles y los protege; que intenta evitar, por todos los medios, que sean arrojados a la calle quienes han sufrido una racha de mala suerte; que defiende el derecho de las mujeres a decidir libremente sobre aquellas cuestiones en las que se juegan su salud y su mañana.

Me declaro conservador de la época en que tu banquero o, para el caso, el empleado de tu caja de ahorro, de tu aseguradora o tu fondo de pensiones, era una persona de la que podías fiarte, y no un depredador que no está obligado a contarte la verdad.

Me declaro conservador del tiempo en que la ley regulaba las relaciones entre empleados y empleadores con cierta ecuanimidad, persiguiendo el siempre difícil equilibrio entre derechos e intereses de unos y otros; hay que reconocer que esto no siempre era posible, pero eso es lo que tenemos los conservadores: somos nostálgicos de un tiempo que siempre fue mejor que el actual, en el que cualquier trabajadora o trabajador está a merced de una legislación que siempre está en su contra.

Me declaro conservador de los días en que la gente podía salir a la calle a luchar por sus libertades, por sus derechos (esos mismos que desaparecen poco a poco, cada viernes, consejo de ministros a consejo de ministros) sin que se les llamara delincuentes; de esos mismos días en que la policía estaba ahí para protegerte y no para apalearte.

Me declaro conservador de un estado de cosas en que el derecho, la ética y la lógica y no los intereses privados de poderosas minorías presidían las actuaciones de los poderes públicos. De aquel país en que estos defendían el interés general, y no el de unos pocos.

Me declaro conservador de aquella época, no tan lejana, pero sí irrecuperable, en que aún existía en España una cosa que se llamaba futuro, de los tiempos en que cualquier ciudadana o ciudadano de este país podía llamar pan al pan, vino al vino e hijos de puta a los hijos de puta.

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Homotextualidad: “España, aparta de mí estos premios”, de Fernando Iwasaki

26 12 2009

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Mis amigos lo saben: soy generalmente refractario a las novedades editoriales, a no ser que se trate de reediciones de clásicos. Poco de lo que se edita hoy día atrae realmente mi atención. Será que en este país se publica una media de setenta y cuatro mil libros al año y que yo no empecé a devorar textos hasta los doce y aún me queda mucho Dostoievski y mucho Víctor Hugo y mucho Galdós por leer y que lo que se edita en los últimos años (incluyendo a los autores que antes me emocionaban) suele dejarme en la boca el mismo sabor a “está bien pero me lo podía haber ahorrado” que te dejan las comedias norteamericanas que ves un domingo de resaca y que olvidarás antes de llegar a casa. Por eso, cuando me encuentro con un buen libro escrito por un autor que aún respira, hago una fiesta, lo recomiendo a todo el mundo, no paro de citarlo y de comprarlo para regalo. Me empeño en que todos lo lean y me convierto en un pesado recalcitrante que no deja de decir: “No te lo pierdas. De verdad, vale la pena”. Mis amigos también saben eso, y por eso optan por leerse el libro en cuestión para que les deje tranquilos o por dejar de frecuentarme durante unas semanas hasta que se me pase.

¿A qué viene todo esto? A que he encontrado un libro que merece ser leído: España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki. Como su apellido te habrá hecho sospechar ya, Iwasaki es peruano.  Y sí, el libro va de premios. Y no, no es una parodia de César Vallejo (que aún quedan cosas sagradas, oiga) aunque sí que contiene mucho de sátira. Te explico: Iwasaki parte del hecho de que “gracias al tumulto de premios desperdigados por toda la geografía española, cientos de escritores latinoamericanos y no pocos aborígenes (en este caso españoles), pueden comer caliente, llegar a fin de mes e incluso comprarse un ordenador nuevo. Sin embargo, a nadie le gusta que salgan del armario esos cuentos premiados, precisamente porque son homotextuales. Es decir, el mismo texto refrito varias bases según las veces y viceversa”.

Ahí está explicado todo el secreto de este libro delicioso. Y, sin embargo, Cortázar ya te contó que en algún lugar hay un basural repleto de explicaciones, ya que no suelen servir de mucho. Es mejor que leas esos siete cuentos divertidísimos que son el mismo: el de un japonés (o japonesa, en el caso de un concurso convocado por un colectivo feminista) que ha vivido en España muchos años sin saber que la guerra que libraba (la civil o cualquier otra) hace tiempo que ha terminado, y salta, de pronto, a la vida pública sorprendiendo a todos y poniendo de moda todo lo que suene lejanamente a japonés, “como el manga, el kabuki, el karate y el flamenco”.  Desde un brigadista internacional a una lanzadora de cuchillos, pasando por el cocinero kamikaze del general Moscardó o un delirante tablado flamenco, todos los aislados y empecinados japoneses de estos cuentos aparecen de pronto como una excepción en la realidad española (ya de por sí bastante excepcional), para mostrárnosla en su lado más lúcidamente absurdo. De hecho, incluso el texto de las mismas bases y las actas del Jurado de los premios que esos cuentos obtienen te hacen desternillarte de risa. De verdadera antología es la del Premio de Relatos “Héroes de Toledo”, convocado por un ayuntamiento en el que gobiernan en coalición Izquierda Unida Los Verdes y Falange Auténtica. Todo un ejemplo de la más evidente esquizofrenia española. Iwasaki ya nos lo advierte en el prólogo: “Hay dos Españas y sólo es posible escribir para una de las dos”. Su elección es clara y rotunda, porque siempre escribe “para la España que sabe reírse de sí misma”.

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Como también saben mis amigos, soy un lector hedonista. Así que podría recomendar este libro porque está tremendamente bien escrito, porque es inteligente, porque es ácido, porque está plagado de guiños literarios, porque te hace pensar sobre la arquitectura de la ficción, ya que la deconstruye con acierto, porque es una estupenda parodia y una acertadísima sátira de la literatura hispana contemporánea y su aparato editorial. Pero no te lo recomendaré por nada de esto. Sólo lo haré porque te garantiza al menos tres carcajadas por página. Eso es más de lo que pueden ofrecer la mayoría de los libros de gente que respira.

Te aseguro que, después de disfrutar de este libro, te lanzarás sobre “todo lo que suene lejanamente” a Iwasaki. Palabra de hedonista.

España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki, Madrid, Páginas de Espuma, 160 páginas.








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