Aunque arda el papel

9 06 2012

Hemos tenido una semana cargada de noticias literarias, y eso es bueno: que la literatura esté en los medios de comunicación y, sobre todo, en las redes. Primero por el estupor general ante una entrevista de Vargas Llosa en televisión (me sirvió para comprobar una vez más que prefiero leerle a oírle hablar); segundo, por la concesión a Philip Roth del Premio Príncipe de Asturias, en mi opinión, y por lo poco que le he leído, bastante merecido (cosa que no es rara, porque los Príncipe de Asturias de las Letras suelen estar muy bien dados; de memoria, recuerdo que en su día fue recibido por gente como Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Augusto Monterroso, Susan Sontag o Gunter Grass) y, por último, por el fallecimiento de Ray Bradbury, a los 91 años, después de una fecunda y, en mi opinión, muy rica producción. Yo, como puedo elegir, para La buena letra de la semana, elijo hablar de Bradbury y de su obra más célebre, Fahrenheit 451, que los mayores ya habrán leído, pero que muchos jóvenes aún no conocen más que por referencias.

Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, Barcelona, Mondadori Debolsillo, 175 páginas.

451 grados Fahrenheit (232,7 grados Celsius) es la temperatura a la que el papel se inflama y arde. Esta cifra da título a la novela y da el número que llevan en el casco y en su insignia los bomberos de este libro; su cometido no es apagar fuegos, sino prender hogueras con las bibliotecas clandestinas que aún algunos ciudadanos esconden, realizar burocráticos y sorpresivos autos de fe con los últimos vestigios de palabra escrita que quedan. Porque, en el mundo que nos plantea esta novela distópica, los libros están prohibidos. ¿Por qué están prohibidos? Porque hacen pensar. Y pensar es peligroso: puede hacerte reflexionar sobre la realidad y llevarte a descubrir que es mejorable. Y en la preapocalíptica sociedad futura de Fahrenheit 451 la preferencia oficial es que todo el mundo sea insconsciente y frívolamente feliz, todo el mundo esté pendiente de la pantalla mural, donde a toda hora se emiten programas sin ningún tipo de contenido que pretenden ser interactivos (haciendo un aparte: no es casualidad que en otra célebre distopía, 1984, de la cual te hablé hace poco, las telepantallas también constituyan un instrumento de control).

En fin, el protagonista de esta novela va a ser uno de esos bomberos incendiarios, Guy Montag, que un día va a conocer a una interesante muchacha llamada Clarisse, quien le hará plantearse preguntas sobre su oficio y sobre sí mismo, a partir de lo cual, comenzará a robar y atesorar libros, creando su propia biblioteca clandestina.

No cuento más para no hacer spoiler, pero sí que me gustaría resaltar una idea que se plantea en esta novela breve e inolvidable: la de que aunque los energúmenos acaben con todos los libros, estos pueden ser preservados gracias a la memoria de los lectores; que, mientras exista un solo lector que preserve la palabra, la humanidad aún tiene motivos para conservar la esperanza.

Bradbury, que escribe tan bien que parece británico, era, en realidad, de Illinois. Y, aunque sea muy célebre por sus novelas de ciencia ficción, escribió más cuentos que novelas y no siempre de ciencia ficción. De hecho, muchos de sus libros de cuentos (Las maquinarias de la alegría, Remedio para melancólicos) alternan una mayoría de cuentos realistas, fantásticos o de terror, con relatos de ciencia ficción. En cualquier caso, cultive un estilo u otro, en sus textos abundan la paradoja, la reflexión moral (él mismo se consideraba, al parecer, un moralista, más que un autor de SciFi, lo cual le hermana con otro de los grandes: Stanislaw Lem), el humor y un lúcido pesimismo acerca de la condición humana, aunque a veces, como en Fahrenheit 451, deje un hueco para la esperanza.

Aparte de los libros mencionados, de entre su obra, yo destacaría otros dos títulos, también muy célebres: El ruido de un trueno, una novela sobre paradojas temporales en la que se parte de la idea del Efecto Mariposa; y, por supuesto (y uno de mis preferidos), Crónicas marcianas, un libro de cuentos que se lee como una novela (o una novela cuyos capítulos son perfectamente independientes), que trata sobre la llegada, conquista y exterminio de la civilización de Marte por parte de los seres humanos. Esto es: no es un libro sobre cómo los marcianos invaden la Tierra, sino sobre cómo los humanos invadimos (y arrasamos) Marte, en sucesivas oleadas, argumento en el fondo del cual yo siempre he creído ver una alegoría sobre la invasión y la colonización por parte de Occidente de otros territorios y civilizaciones.

Todos estos títulos han sido adaptados, más o menos felizmente, al cine o la televisión. A mí, esas adaptaciones, siempre se me han quedado cortas con respecto al libro. Incluso la que Francois Truffaut hizo de Fahrenheit 451. Acaso sea porque el lirismo fundamental de Bradbury, la elegancia de su prosa es difícilmente trasladable a la imagen.

Si prefieres la lectura al cine, echa un vistazo al catálogo de Minotauro, que ha editado en castellano prácticamente toda su obra.

En fin, para tomar contacto con este maestro indiscutible que fue Ray Bradbury, su novela emblemática: Fahrenheit 451, disponible en muchas ediciones de las cuales escojo una muy económica, la de Mondadori Debolsillo (que reproduce la traducción de Alfredo Crespo para Plaza y Janés en 1967) y que tiene solo 175 páginas inolvidables y, en mi opinión, imprescindibles.

(Hoy, justo antes de colgar esta entrada, leo en El Escobillón el cariñoso repaso que Eduardo García Rojas hace de sus títulos favoritos del genial narrador de Illinois, en un post que deberán leer quienes deseen ampliar información más allá de rápidos panegíricos escritos por redactores de prensa que jamás leyeron un solo libro de Bradbury)

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Bibliotecas, borregos y totalitarismos

13 07 2010

Un amigo que reside en otra isla y que está implicado, con otras muchas personas, en la apertura de una biblioteca para la cual solamente falta la colaboración (no económica, sino inmobiliaria) de un ayuntamiento que, hasta ahora, no ha hecho más que remolonear en este asunto (porque, al parecer, no le parece “interesante”) me ha hecho preguntarme por qué me parecen importantes las bibliotecas. Por una vez, y sin que sirva de precedente, me he puesto a pensar y el resultado es el texto que transcribo a continuación.

La biblioteca, de Maria Helena Vieira da Silva

La biblioteca, de Maria Helena Vieira da Silva

Borges imaginó el universo con forma de biblioteca. Lo hizo en La biblioteca de Babel, uno de sus muchos cuentos inolvidables, donde se nos describe una biblioteca compuesta de “un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio”. Esta hermosa metáfora borgeana (cuya arquitectura homenajeará Umberto Eco en El nombre de la rosa) no es exacta para quienes pensamos que el universo es caos. El hexágono es una forma geométrica demasiado perfecta. Prefiero pensar en la biblioteca humana que nos propone Ray Bradbury en Fahrenheit 451. En esa novela de 1953 se nos describe un mundo futuro en el que los inconscientes ciudadanos (ajenos a que sus autoridades están a punto de iniciar una guerra nuclear) viven pendientes de enormes pantallas caseras de televisión mediante las cuales interactúan con una programación completamente superficial, carente de todo contenido (elaborando este resumen brutal, se me ocurre que ese mundo se parece alarmantemente al nuestro). En esa sociedad los libros están prohibidos (como sabe todo dictador, los libros son peligrosos, porque hacen pensar) y la ley castiga severamente a quienes los imprimen, distribuyen, leen o almacenan. Las bibliotecas clandestinas son pasto de las llamas (el título de la novela hace referencia a la temperatura a la que arde el papel) en incendios que provocan, paradójicamente, los bomberos, y sus poseedores y mantenedores son perseguidos con toda la burocrática eficiencia de los estados policiales. Tras huir de la ciudad, el protagonista (un bombero que ha sido denunciado por almacenar y leer libros), se une finalmente a un grupo de hombres y mujeres que se han exiliado para salvaguardar los libros, en espera de tiempos mejores. Su plan es sencillo y genial: cada uno de ellos ha memorizado un libro y su misión es recordarlo y traspasar este recuerdo a un miembro de la siguiente generación, para que, tras el inminente holocausto nuclear (el fin de ese régimen analfabeto), cuando puedan volver a imprimirse libros, el patrimonio inmaterial de su contenido se conserve intacto. Esto es: cada uno de los miembros del grupo es un libro; su grupo es una biblioteca; la supervivencia de una sociedad justa implica la supervivencia de estos individuos, la cual implica la supervivencia de los libros, imprescindible para la democracia.

Frente a la probablemente infinita (y, por tanto, probablemente abominable) de La biblioteca de Babel (ese cuento estupendo que siempre me produjo un verdadero terror metafísico), esta biblioteca de Bradbury me resulta más amable, más conmovedora. En primer lugar, de modo intuitivo, estético, porque en ella no interviene la geometría. Pero, sobre todo, por el hecho de que son los seres humanos quienes la sustentan, quienes la hacen posible y la perpetúan. La biblioteca de Babel podría subsistir sin los hombres; la de Bradbury no. Y es que existe un hecho bastante evidente que, sin embargo, los poderes públicos suelen olvidar: una biblioteca sin lectores no es más que un almacén de libros.

Cuando yo era niño, las bibliotecas eran (o así me lo hicieron creer) lugares casi sagrados, míticos y solitarios, donde el saber silencioso acumulaba polvo en las estanterías y donde utilizar la palabra era casi un sacrilegio. Las bibliotecas de hoy, por suerte, son bulliciosas. Me complazco en comprobar que las bibliotecas son lugares llenos de vida, donde estudiantes y usuarios de Internet se cruzan con ociosos que leen la prensa y aficionados al cine que rebuscan en las mediatecas. Cualquier persona seria se indignará porque me parezca bien este hecho (algunos de los necios más grandes que conozco son tenidos por personas muy serias), pero eso indicará que no se ha parado a pensar en que todas esos usuarios, aparentemente interesados en asuntos extra-literarios, realizan sus actividades en compañía de libros: los ven, los frecuentan, los huelen y los rozan y, tal y como afirma la sabiduría popular, “el roce hace el cariño”. En las bibliotecas continúa existiendo la función, evidentemente primordial, de servir como lugar de conservación de libros, para que podamos leerlos, consultarlos o tomarlos en préstamo. Pero, además, la oferta se ha ampliado con múltiples actividades que agrupan a ciudadanos de todas las edades y capas sociales en torno a actividades de narración oral, clubes de lectura, talleres creativos, competiciones de juegos de mesa, exposiciones, conferencias y mesas redondas. O simplemente, son puntos de reunión. Ya que la vida bulle allí, allí se producen diarios encuentros. El lector que quiera hacer la prueba puede visitar cualquier biblioteca. Será testigo, como lo soy yo cada día, de cómo los adolescentes se hacen la corte con el pretexto del estudio, de cómo se encuentran viejos amigos que no se veían hacía años, o de cómo padres y madres jóvenes acuden a ellas acompañados de sus hijos. Las bibliotecas de hoy están vivas. Más vivas que nunca. Son un eminente centro de la vida civil. Y ello es debido a que la sociedad las reclama y las usa. Son los miembros de la sociedad civil (y no los poderes públicos) los que hacen que existan las bibliotecas tal y como cualquier amante de la difusión cultural las entiende. Los poderes públicos, sin embargo, cumplen una función (quizá debería decir la función, pues es, en mi opinión, esta su condición de existencia) imprescindible: garantizar la existencia de las infraestructuras necesarias para que toda esta vida sea posible. Y, así como he comprobado con alegría cómo por toda nuestra geografía se extiende una estupenda red de bibliotecas dependientes de todo tipo de instituciones (y gestionadas, por cierto, por personas cuya labor es inestimable, con una pasión a prueba de sueldos mínimos e inestabilidades laborales), también he comprobado con tristeza, cercana a la vergüenza ajena, que existen municipios y zonas que todavía no cuentan con su propia biblioteca. Porque nadie se ha preocupado de ello, porque se está más interesado en el bienestar económico que social, o porque se entiende el sector de la gestión pública de la cultura como algo más cercano a las actividades de “Ocio y Festejos” que como lo que realmente es: algo intangible, que no hace demasiado ruido (o, al menos, no tanto como unos voladores o un macro-concierto del último canchanchán de moda en esta temporada) pero cuya presencia es indispensable si se pretende vivir en una democracia sana en la cual sus miembros estén no solamente informados sino también formados, para que cuenten con un patrimonio intangible que les proporcione los parámetros necesarios para pensar por sí mismos y contribuir así al desarrollo y perpetuación de ese mismo patrimonio con su participación activa. A nadie se le escapa (mucho menos al totalitarismo del pensamiento único) que sin todo esto los ciudadanos no serían ciudadanos, sino simples borregos manejados a sus anchas por los poderes económicos y políticos.

No imagino el universo como una biblioteca, porque, como ya dije, la imagen que tengo del universo es caos. Pero todas aquellas herramientas que concibo para intentar poner algo de orden que me ayude a transitar por ese caos están contenidas en los libros. Por eso no concibo un mundo sin libros. Y, por supuesto, lo que jamás concebiré, es una sociedad justa (una sociedad madura, una sociedad con presente y con futuro) sin bibliotecas. Cuando recuerdo a Bradbury y su novela, un resorte que está en mi educación o en mi memoria sentimental o, simplemente en mi sentido de la estética (o de la ética), me lleva ineluctablemente a pensar que cada vez que alguien, por acción o por omisión, impide o, simplemente, obstaculiza la posibilidad de existencia de una biblioteca, está dando, consciente o inconscientemente, un decidido paso hacia el totalitarismo.








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