Encuentro en Friburgo

11 05 2015

No: no es el título de una novela de Sándor Márai. Es un post que alude a algo en lo que acabo de tomar parte. Algo muy bueno. Y, cuando te ocurre algo bueno, es como si hubieras tenido una aventura con George Clooney o Catherine Z. Jones: está muy bien que te haya ocurrido, pero es todavía mejor poder contarlo.

El viernes, día 8 de mayo, José Luis Correa y yo tuvimos una oportunidad única (que aprovechamos): la de visitar la Universidad de Friburgo (Suiza) para asistir al coloquio de fin de semestre con el alumnado de máster, invitados por la Cátedra de Español de esta universidad, que ostenta Julio Peñate Rivero. Eso que etiquetamos en Twitter como #noirisleñoenSuiza.

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A lo largo del día (desde las ocho de la mañana hasta aproximadamente las seis de la tarde), Caroline Anthenien, Fabiola Berset, Cristina Dorado, Lisa Frigerio, Manuela González, Juana Carolina Goop, Milena Müller, Karina Rettich y Alessandra Zaccone dictaron sus ponencias sobre nuestras novelas, con especial atención a las primeras pero sin dejarse atrás algunas de las más recientes. Con rigor, con una mirada en ocasiones muy fresca las analizaron precisando sus defectos y sus posibles bondades e iluminando, en algunos casos, zonas de sombra que a los propios autores se nos habían escapado.

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No era el primer encuentro que esa cátedra promovía con autores españoles. Existe un ilustre precedente, porque hace unos años ya visitaron Friburgo mi querido Lorenzo Silva y el desaparecido (y enorme) Francisco González Ledesma para un coloquio similar, que posteriormente quedaría recogido en Trayectorias de la novela policial españolaeditado por Visor Libros, uno de esos títulos que contribuyen a dotar de contenido crítico este género que tanto lo necesita.

En mi caso, me interesaron mucho algunas cuestiones aportadas en las ponencias sobre mis novelas: el tratamiento del espacio en La estrategia del pequinés, analizado por Caroline Anthenien y Milena Müller, que distinguieron entre espacios para el refugio y espacios para la salvación; la reflexión sobre la culpa y la forma en que el mal se encadena en Solo los muertos, expuesta por Karina Rettich y Manuela González (que no dejaron de hacer una interesante aportación sobre los estereotipos de género en esa segunda entrega de la serie de Eladio); y, last but not least, el fino análisis general que Lisa Frigerio realizó en torno a Tres funerales para Eladio Monroy. Pese a sus muchos defectos como novela (fue la primera que escribí y adolece de muchos problemas de estilo), Frigerio supo hallar en ella algo que define muy bien la vida insular y de lo cual yo no me había percatado hasta el momento: la figura del intermediario y su importancia en el día a día del isleño.

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Uno de los placeres indudables de los cuales disfrutamos los autores es el del encuentro con el lector, el de escuchar de su propia boca sus impresiones acerca de nuestros trabajos, recientes o pasados. Este gozo se amplifica enormemente si quien los ha leído son personas cultas, informadas y que ejercen la cada vez menos frecuente labor del pensamiento crítico.

En esa jornada (en esos días previos y posteriores que pasamos en Suiza), José Luis Correa y yo tuvimos esa suerte, siempre arropados por el profesor Julio Peñate y su esposa, Ana Alonso, que fueron anfitriones, guías y casi padres de estos dos desastrillos despistados que se asombraban a gritos de la belleza de su ciudad. Creo que hablo también en nombre de mi amigo José Luis cuando digo que esta ha sido una experiencia inolvidable y que mi agradecimiento por esta amable invitación será eterno. Sirva como indicio de ello esta presurosa entrada de blog, redactada mientras me preparo para partir a un nuevo evento, que comienza el día 13: las Jornadas NNegra de Arona, de las cuales te hablaré en tan solo unas horas, cuando haya tenido tiempo de deshacer la maleta para hacerla de nuevo.

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Francisco González Ledesma: las leyendas no mueren

2 03 2015

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Ha fallecido Francisco González Ledesma. También Silver Kane. Y Rosa Alcázar. Y Fernando Robles. Porque este periodista y licenciado en Derecho. maestro indiscutible de la novela negra, firmó también con esos nombres (y algunos más) cientos de novelas del oeste y románticas, antes de escribir de ganar el Premio Planeta con Crónica sentimental en rojo y saltar a la fama como el creador de Méndez, el policía gatuno de ropas poco pulcras, que lleva siempre los bolsillos llenos de libros imprevisibles. Salvo aquel en el que lleva un arma no reglamentaria, generalmente una Colt automática o un Python salido de vaya usted a saber dónde. Un inspector de la vieja guardia que habita en un tugurio en el que lo único de valor son libros y recorre las calles con modos tan violentos como sensibles cuando se da el caso. Que es capaz de recorrerse una calle amedrentando al puterío antes de ir a socorrer a la familia de un chorizo que ha detenido él mismo.

No he leído todo lo que publicó González Ledesma (nadie lo ha hecho, supongo, dada la extensión y variedad de su obra), pero jamás he dicho no a un libro suyo cuando lo he tenido delante, porque es de esos insólitos autores capaces de hacértelo olvidar todo cuando navegas entre sus palabras.

Yo no lo supe hasta mucho después, pero González Ledesma estuvo entre mis primeras lecturas. Porque estas fueron novelitas del oeste. Todo se debe a una casualidad, al hecho de que mi padre no fuera hombre de cuentos infantiles. Cuando había de contarme un cuento para que durmiera la siesta (mi padre jamás estaba en casa por la noche), me leía las novelas del Oeste que eran casi sus únicas lecturas. Por eso, probablemente, mi primer contacto con la ficción, fueron aquellos bolsilibros de diez capítulos y entre 96 y 100 páginas, en los que héroes solitarios hacían justicia en un mundo violento. Hará ahora unos treinta y siete años, Marcial Lafuente Estefanía (el favorito de mi padre) y Silver Kane pululaban por casa. Y de este último (mi favorito) aún conservo algunos libros.

Luego, cuando fui mayor y más culto (y probablemente más tonto), reflexioné mucho sobre esos autores y autoras que durante una época gris escribían aquellas novelas firmando con nombres de sabor norteamericano y que, en muchos casos (como el de González Ledesma), introducían en ellas de forma casi imperceptible un sabor literario que ya para sí hubiesen querido muchos de los entonces célebres escritores españoles de la galería.

A Francisco González Ledesma nunca lo conocí en persona. Al contrario de lo que me ha ocurrido con otros maestros (Andreu Martín, Juan Madrid, más jóvenes), cuando comencé a ir por la Península, un ictus lo mantenía ya postrado (aunque, aun así, continuó escribiendo). Pero siempre, en cada viaje a Barcelona, he deseado secretamente que un milagro le hiciera recuperarse y aparecer por Negra y Criminal, para poder decirle lo mucho y bueno que me han dado sus libros y lo mucho que he querido siempre a Méndez y lo mucho y bueno que sus novelas me enseñaron.

Ya no podrá ser. Y, aunque me gustaría estar ahora mismo allá para presentarle mis respetos y dar mi pésame a su familia, quizá es justo que yo no haya podido llegar a conocerle en carne y hueso.

Ahora, como Méndez, o como los héroes de sus westerns, al menos para mí, González Ledesma es leyenda. Y las leyendas no mueren. Jamás.





Para invocar a los espíritus

22 09 2012

En estos días se ha estado hablando mucho de aquello que se llamaba el espíritu de la Transición. No sé a ti, pero a mí me de un poco de repelús eso de que los jefes de estado y de gobierno invoquen a los espíritus. Así que me he puesto a pensar en algún libro que hablara sobre ese espíritu y esa época. Y me acordé de Cuentas pendientes, una novela de Juan Madrid, la quinta de la serie protagonizada por Toni Romano.

Cuentas pendientes, de Juan Madrid, Barcelona, Zeta, 196 páginas.

Antonio Carpintero, alias Toni Romano es un expolicía de origen humilde, hijo de una asistenta y un limpiabotas, que ya en Un beso de amigo, la primera de la serie, está trabajando para una empresa de impagados, persiguiendo morosos y cobrando deudas.

Al principio de Cuentas pendientes nos encontramos a Toni en paro (o sea, que ya en la primera página nos damos cuenta de que esto de la crisis no es tan nuevo), con la luz cortada por falta de pago y buscando por aquí y por allá a alguien que le dé trabajo o se deje dar un sablazo. No tarda en entrar en contacto con antiguos miembros de la Brigada Político Social que ahora se dedican a la seguridad privada. Le encargan un trabajo (llevar un fajo de billetes a un técnico municipal) que se niegan a pagarle según lo convenido. Intentando cobrar, Romano se va a meter en un asunto muy turbio en el transcurso del cual van a salir a flote cadáveres del pasado e, incluso, algún cadáver nuevo que la policía va a colgarle a él.

Por el camino, aparecen un sinfín de personajes y subtramas: polis corruptos, chaperos,  garitos ilegales, peristas, antiguas cabareteras, empresarios y políticos sin escrúpulos, el Madrid más castizo mezclado con la gente moderna que iba al Libertad 8.

Ese Madrid, esa España en la que los fascistas supieron reciclarse y disfrazarse de demócratas, en la que junto con la democracia entraban los nuevos modos del capitalismo, es la que retrata Juan Madrid en las novelas de la serie en general y en esta en particular, de forma descarnada, con un humor muy negro y con un lenguaje brutal, rápido y eficacísimo.

Con la excusa de la Transición hubiera podido traerte igualmente alguna novela negra de Francisco González Ledesma, Andreu Martín, Jorge Martínez Reverte o Vázquez Montalbán (a quien, por cierto, está dedicada Cuentas pendientes), porque si hay una tendencia narrativa que destaque en ese momento en España esa es, precisamente, la novela negra, con su carga de ácido realismo social. Leer los textos que median entre Yo maté a Kennedy (Vázquez Montalbán) y Una novela de barrio (González Ledesma) es leer la Transición, desde sus esperanzas iniciales al hedor a putrefacción que despide el cadáver de la supuesta postmodernidad.

Juan Madrid (Fuente: http://www.revistaprotesis.com

Juan Madrid, que es historiador y ha ejercido como periodista, es uno de los autores más sobresalientes, junto a los ya mencionados.

Su bibliografía es larga como esperanza de pobre: quince títulos independientes (entre novelas y libros de relatos), una decena de libros infantiles y juveniles y las ocho novelas de la serie de Toni Romano. También hay que destacar las catorce novelas de Brigada Central, aquella serie en la que Flores era aún el Gitano, y no ese señor que ahora anuncia sonotones. Estas novelas se publicaron en bolsillo en su momento, pero entre el 2010 y el 2011 aparecieron revisadas y agrupadas en un trilogía: Flores, el GitanoAsunto de rutina y El hombre del reloj.

Me dejo para el final algo que le va a gustar a Francisco Melo Junior: la novela inmediatamente anterior a Cuentas pendientes es, ni más ni menos, Días contados, que tiene una adaptación magnífica dirigida por Imanol Uribe y producida por Andrés Santana.

El nombre de Juan Madrid está muy vinculado al cine. Actualmente, imparte cursos en la Escuela Internacional de Cine y TV en San Antonio de los Baños e incluso se atrevió a dirigir él mismo la adaptación de una de sus novelas, Tanger.

Así pues, invocado por las fuerzas vivas de la patria el espíritu de la Transición, lo que propongo para esta semana en La buena letra es Cuentas pendientes, de Juan Madrid, publicada en Barcelona por Zeta Ediciones, 196 páginas de excelente novela negra para recordar de qué polvos vinieron estos lodos, mientras nos lo pasamos pipa con las aventuras y desventuras de Toni Romano.

 (Si te perdiste el programa de ayer y quieres escucharlo, averiguando de paso qué libro desrecomendamos y destruimos en directo, pincha aquí).








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