Juego de la gallina ciega

9 12 2008

Jugamos a la gallina ciega. Me venda los ojos, me hace girar sobre mí mismo para desorientarme, y me suelta. Yo, a ciegas, con las manos extendidas, la busco aquí y allá, más lejos o más cerca, allí donde su olor, su risa, la sospecha de su presencia me llevan. Cuando al fin la rozo, cuando estoy a punto de aferrarla, ella se escabulle irremediablemente, dejándome solo con la pobre esperanza de su premio: su aceptación placentera, su beso amable, su permiso para quitarme, al fin, la venda de los ojos. Pese a mi contrariedad, pese a que estoy, incluso, a punto de olvidar su rostro, prosigo, sin embargo, buscándola, persiguiéndola, siguiendo su rastro de frambuesa y risa como bandada de alondras, mientras mis dedos, mis oídos, mi olfato la distinguen entre todas las demás personas del mundo. Siempre.








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