Cerdos entre tiburones: Con el agua al cuello, de Petros Márkaris

20 02 2012

Con el agua al cuello. Petros Márkaris. Barcelona. Tusquets. 322 páginas.

Con el agua al cuello, la última novela de Petros Márkaris publicada hasta ahora en España, transcurre en el verano de 2010 y empieza bien, porque, tras la boda de la hija de Jaritos, la acción arranca con un banquero decapitado. Sí, alguien se está dedicando a decapitar a directores de bancos, representantes de agencias de calificación y demás dirigentes de entidades financieras. Y, al mismo tiempo, comienzan a aparecer por toda Atenas, pasquines y pegatinas que invitan a la población a la desobediencia mercantil, esto es, a no pagar la hipoteca, a no pagar las deudas, a no utilizar la tarjeta de crédito. El argumento (por lo demás, bastante razonable) es que el Estado ya ha rescatado a los bancos y que, por tanto, los ciudadanos ya han pagado de sobra.
Todo esto ocurre en el contexto de crisis que ya conocemos, en ese momento en que Grecia despertó de ese sueño de consumo, cuando comenzó a disiparse el estado del bienestar y la ciudadanía empezó a oponerse a las duras reformas impuestas por la troika comunitaria al gobierno griego.
Así pues, en una Atenas convulsionada por las movilizaciones, a Jaritos le va a tocar investigar ambos casos (el del asesino de financieros y el del propagandista de la desobediencia), que, por supuesto, están estrechamente vinculados. Aunque, curiosamente, a los jefes de Jaritos parece preocuparles más la aparición de los carteles que invitan a la gente a no pagar a los bancos que la detención del asesino. Y tanto Jaritos como su equipo, que sufren también los recortes y se encuentran cada día con los manifestantes en la calle, comienza a caerles extrañamente simpático aquel a quien tienen que descubrir y detener. Una ganancia secundaria: a lo largo de la investigación, el lector va enterándose de qué son y cómo funcionan realmente cosas como la usura, las agencias de calificación y los fondos de reptiles, haciéndose con todo un vocabulario para transitar por este tiempo de filisteos que nos ha tocado vivir, en el cual “el crédito es la nueva forma de dopaje social”.


Petros Márkaris nació en Estambul, de padre armenio y madre griega e hizo estudios de economía, principalmente en Alemania y Austria.
Inició su carrera literaria como dramaturgo y traductor. Ha traducido a Goethe, a Thomas Bernhard, a Bertolt Brecht. Además, escribió series de televisión y fue asiduo colaborador de Theo Angelopoulos, con quien escribió cinco películas. Las más exitosas: La eternidad y un día y La mirada de Ulises.
Pero su gran triunfo ha sido la creación de este personaje de Kostas Jaritos, un policía manso y desencantado (pachorrudo, que diríamos en Canarias), pero tremendamente eficaz, a quien irritan los atascos y la prepotencia de los uniformaes y cuyo lugar favorito de reflexión son las páginas de un diccionario, gracias a las cuales vuelve a los significados originales de las palabras, para buscarles sentidos nuevos. Jaritos descubre a cada novela un nuevo punto en común entre él y la ciudadanía entre la que se mueve y, en esta tarea de desvelamiento, no está solo: están sus ayudantes, a quienes viene a sumarse en esta historia Kula, una eficacísima investigadora; su familia, formada por su mujer, Adrianí, y su hija, Katerina, a quienes se une en esta entrega Fanis, el médico que le salvó de un infarto en una aventura anterior y que ahora se ha casado con su hija; y, por último, Zisis, un antiguo militante comunista a quien, tiempo atrás, él mismo detuvo y que es lo más parecido que tiene a un amigo.
Con estos personajes (y los que se agregan por el camino en esta novela), recorremos ese verano del 2010, con una Atenas asolada por la crisis, revolucionada por las protestas ciudadanas y marcada por la final del Mundial de Fútbol, en la que la solidaridad de los griegos estaba con España, acaso porque “los cerdos debemos ser solidarios entre nosotros en lugar de hacerles la pelota a los tiburones”.
Así pues, Con el agua al cuello, de Petros Márkaris, editada en Barcelona por Tusquets, 322 páginas que quizá nos ayuden a entender de qué hablamos cuando hablamos de Grecia y que, quizá, nos animen a hacer algo, ahora que estamos comenzando a soportar los mismos males que este país que no está tan lejano del nuestro.

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Ictioterapias y sodomías

17 02 2012

Desde que está convaleciente (aún tiene que usar la muleta) Eladio Monroy para demasiado con Manolo, el de la Librería Ei2 y se me está volviendo cada vez más rojo e indignado. Hoy me vuelve del Bar Casablanca esgrimiendo un periódico en el que se cuenta que Grecia endurece los recortes, una vez más. 325 millones de euracos. A continuación, me hace una pregunta que me deja pensando: “¿Te has fijado en que desde el lunes ningún medio informa en España de lo que está pasando en las calles de Grecia? En cuanto se empezó a analizar de verdad en qué va a consistir la reforma laboral del PP se han puesto todos a mirar al techo silbando una de Nino Bravo, como si alguien de arriba les hubiera dicho a los jefes de redacción que tuvieran agüíta con ese tema, que no dieran ideas”.

Manolis Glezos, héroe griego de la Segunda Guerra Mundial agredido por la policía

Repaso mentalmente los noticiarios que he visto esta semana y me quedo sin poder llevarle la contraria. El lunes Grecia ardía en las portadas y los sumarios. El martes desapareció de los titulares. De hecho, ese día pude ver en el Telediario un  reportaje sobre ictioterapia (un minuto y pico, que en un Telediario es bastante tiempo) y otro sobre San Valentín, San Cirilo y San Metodio (no calculé el tiempo, pero se me hizo interminable). No obstante, ni una sola noticia sobre el país que estaba asolado por las revueltas tan solo 24 horas antes. Luego, a lo largo de la semana, ha habido más noticias sobre lo que ocurre en las altas esferas, pero no sobre si los griegos están protestando o no.

“Yo también vi el reportaje de los pescados de marras: unos longorones jediondos que se te comen la mierda de los pies”, dice Monroy con su proverbial diplomacia. “Parece que son turcos, pero caros, y los chinos ya tienen su versión de baratillo. Pero ¿sabes qué? Que me resbala lo de los pescados comemierda; yo quiero saber qué carajo pasa en Grecia y, sobre todo, qué carajo va a pasar aquí”.

Yo, que llevo un par de días pensando en la reforma laboral que se nos viene encima, le digo poco más o menos lo que le escuché a Soraya Sáenz de Santamaría: favorecerá la contratación, para lo cual es necesaria la flexibilización del mercado laboral. Es entonces cuando Eladio se me calienta:

“Pero, vamos a ver, melón: lo único que se está flexibilizando aquí es la espalda del obrero, que se la están doblando hasta ver adónde llega sin partirse. Y en cuanto a la contratación, ¿cómo coño va a favorecer la contratación un Gobierno que se está dedicando a echar a la calle, directa o indirectamente, a un montón de trabajadores?”. Vale, puede que ahí tenga razón. Pero yo soy de los que continúan confiando en los agentes sociales. Le digo que los sindicatos ya preparan movilizaciones, que la sociedad no permitirá que ocurra aquí lo mismo que en Grecia.

“Sí, ya me he enterado: hay convocada una manifestación este domingo. Fítetú: ¡un domingo! Mientras Joan Rosell, Arturo Fernández, Fátima Báñez y Rajoy se echan la partida de dominó en el chalecito. De hecho, la están convocando a las 12:00, para que el personal pueda ir primero a misa”. Pues también ahí va a tener razón mi cojo y malhablado amigo. Pienso en la tibieza de los líderes sindicales, en su tradicional costumbre de transigir, en el entusiasmo de sus bases, que no les merecen. Parece que hoy mismo hay gente que se va a movilizar de otra manera, pero me he enterado a última hora y no sé si podré ir. Eladio sí, Eladio afirma que sí que piensa ir, vaya si lo piensa. “Qué carajo, allí pienso estar, a las doce en punto, en San Telmo, con el mechero preparado. La gasolina la pone el Gobierno. A ver si le prendemos fuego de paso a toda la mierda esta”.

Ahora sí que está realmente cabreado. Como me lo conozco y sé que de un momento a otro se marchará, enfofernado como un cochino, aprovecho su último momento comunicativo para recomendarle un libro de Márkaris que acabo de leerme y que está ambientado en Grecia en el verano de 2010, cuando Grecia estaba tomando medidas similares a las que ahora toma España. En él se habla de las movilizaciones ante las imposiciones de la troika comunitaria, pero también del Mundial de Fútbol. “¿Ves? Eso es lo que jode: ahora empieza la Liga de Champiñones y todo el mundo a hacer el gilipollas delante de la tele. Si es que siempre somos los mismos: nos la meten doblada y todos tan contentos”, me grita, encaminándose hacia la puerta (eso sí, después de cambiarme por su periódico manoseado el libro de Márkaris, que sé que jamás volveré a ver). Yo le digo que a su edad ya debería estar acostumbrado a que los de arriba lo jodieran. Como todo el mundo. Justo antes de salir da una última muestra de su verbo elegante:

“A mí no me molesta que me den por el culo. Lo que me jode es que me echen el aliento en la espalda”.

Cuando Eladio ya se ha ido, me pongo a pensar en la ausencia de noticias sobre lo que pasa en las calles griegas y, de pronto, caigo en la cuenta de que hace mucho que en televisión no dan noticias sobre Islandia. Fítetú, que diría Eladio.








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