Para leer en la guagua

25 02 2009

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La ve cada día y, cada día, se siente fascinado por su presencia de gacela, su mirada luminosa y profunda, su perfume de fresas allá, unos asientos más adelante, o en la plataforma, agarrada al tubo con una mano mientras la otra sostiene el infaltable libro. A lo largo de semanas, de meses, ha ido acostumbrándose a verla subir en la parada del muelle, buscar un hueco donde continuar leyendo durante el trayecto y apearse siempre en la parada del parque, marcando su libro y guardándolo en el bolso mientras se encamina, casi con toda seguridad, al trabajo. Y también a lo largo de ese tiempo, ha observado los cambios en su peinado, en su maquillaje, en su vestimenta. Sus gustos lectores (tan amplios que caben en ellos Samuel Beckett, Marguerite Yourcenar, Yasunari Kawabata y Juana Inés de la Cruz), sus ligeros constipados, sus sonrisas estivales, sus seriedades de otoño. Alguna vez, en sus atardeceres de divorciado ya no tan reciente, fantasea con la posibilidad de abordarla, utilizando el título del libro que ella lleve en la mano como excusa. Qué bien, Rayuela… Apenas él le amalaba el noema… O, Sostiene Pereira, qué libro tan triste y delicioso… O, ¿Lees La insoportable levedad del ser? Es mi novela preferida. Yo me llamo Tomás. No tendré la suerte de que te llames Teresa, ¿verdad?

Sin embargo, luego se mira al espejo, piensa en ella, y, finalmente, decide quedarse en la fantasía. Ella tendrá diez años menos y un cuerpo elástico que la obedece. Tendrá una vida y unos gustos muy distintos a los suyos. Tendrá, incluso, un novio, un amante, un marido. Una pareja, en todo caso: un tipo más joven, más guapo, menos gris, más divertido que él. Se sentiría amenazada si él se atreviese a decirle algo. O, en el peor de los casos, jugaría un rato con él, coqueteando, y él se ilusionaría y volaría alto como un Ícaro venido a menos, sólo para caer en picado hacia el mar del desengaño y morir ahogado tras perder las pocas fuerzas que aún le quedan. Por eso no se atreve. Por eso no se atreverá nunca y se conforma con observarla por encima de su propio libro (que hoy es El azul del cielo), hasta que se acercan a la parada del parque y ella toca el timbre y se levanta y se dirige a la salida marcando su ejemplar de El astillero y baja a la acera pensando (eso él no lo sabrá nunca) en cómo le hubiera gustado que ese tipo que va siempre leyendo le dirigiera de una vez la palabra, preguntándose si ella misma será capaz en alguna ocasión de dirigírsela a él, llamándose tonta, diciéndose que ha perdido una oportunidad de oro, precisamente hoy, con él leyendo a Bataille, cuya obra ella conoce y ama profundamente.   

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