El despertar, mucho más que una novela zombi

23 03 2013

Cuando se habla de Elio Quiroga se piensa, eminentemente, en cine, en Fotos, en La hora fría, en No-Do. Ayer mismo, Quiroga inauguró, en la Galería Manuel Ojeda, Cartelera, su primera exposición pictórica, compuesta por quince obras de técnica mixta inspiradas en carteles de proyectos cinematográficos que nunca llegaron (o aún no han llegado) a la gran pantalla.

Sin embargo, hablar de Elio Quiroga no solo es hablar de cine, porque él ya había publicado dos libros de poemas, Mar de hombres (Ediciones Funámbula) y Ática (Nuevas Escrituras Canarias). Lo que pasa es que luego se nos torció y se nos fue para el cine, aunque no dejó de escribir ensayo. De hecho, en 2004 obtuvo el accésit del Premio Everis con La materia de los sueños, publicado por Ediciones Deusto. Y el año pasado volvió al mal camino de la letra impresa con esta novela que te traigo hoy, El despertar, que se presenta como una novela zombi pero es bastante más que eso (y que no deberías perderte si te gustaron películas como Bienvenidos a Zombieland, Zombies Party y Juan de los muertos).

El despertar, de Elio Quiroga-Rodríguez, Barcelona, Timun Mas, 253 páginas.

El despertar, de Elio Quiroga-Rodríguez, Barcelona, Timun Mas, 253 páginas.

La cosa va de una epidemia zombi que llegó a la Tierra a bordo de un meteorito y tras extenderse rápidamente por todo el planeta, se estabilizó. Quiroga nos presenta un nuevo mundo en el que, tras la alarma inicial, los no-muertos son tratados como personas con una enfermedad crónica que, convenientemente controlados y medicados, no solo pueden convivir perfectamente con los vivos, sino que constituyen un importante nicho de mercado para las multinacionales farmacéuticas, cosméticas, alimentarias y de ocio. Un cliente que no muere y tiene un hambre irreprimible, necesita constantemente afeites para disimular los rigores de la muerte resulta perfecto. Por otro lado, el sistema tampoco deja escapar la ocasión de sacar partido de sus cualidades productivas: los zombis son soldados perfectos y mano de obra muy barata y efectiva para la industria.

En este contexto, es en el que Amelia, una mera ama de casa, es infectada y tiene que aprender a vivir su no-vida como zombi. Y, curiosamente, como reza en la sinopsis, justo cuando se convierte en no-muerta es cuando Amelia comienza realmente a vivir, a crecer como persona.

Al principio, los logros son pequeños: se librará de un marido egoísta y manipulador y se liará con su médico, un sujeto muy peculiar a quien le ponen las zombis (luego vamos a averiguar que es una parafilia bastante habitual en este mundo parcialmente zombificado), y pronto se va a ver en medio de una trama de trata de mujeres no-muertas, tráfico de linfa, la nueva sustancia prohibida. Pero luego dará pasos de gigante, hasta convertirse en una auténtica heroína.

El universo zombi está tan poblado de películas, libros y cómics que resulta difícil ser eficaz a la hora de atraer y mantener la atención al lector. Y, sin embargo, Quiroga lo consigue. En mi opinión, por dos motivos: el primero, que emprende la tarea asumiendo toda una tradición y teniendo claro, como lo tenían los grandes de la ciencia ficción, que la novela distópica no habla del futuro, sino del presente. Y, segundo (y más importante), porque, al contrario de muchos de los autores de novelas sobre zombis actuales, Elio sí que sabe escribir y contar historias.

Lo que construye gracias a estas dos cualidades es mucho más que una novela de zombis. Se da mucha maña para releer varios géneros que maneja desde la tradición y la ironía, combinando muy bien el terror, la sátira, la parodia, el Sci-Fi, la novela de aventuras, el género negro, la novela de educación sentimental, y hasta la novela social de manera muy equilibrada. Muy gore, muy ácida, pero también muy inteligente y reflexiva en algunos momentos, no nos da sorpresas al final, sino que nos sorprende a la vuelta de cada página, porque su argumento presenta numerosos giros y abunda en breves digresiones que plantean subtramas divertidísimas, como la del primer presidente zombi-gay de los Estados Unidos o la del crecimiento de la industria porno-zombie.

Yo debo confesar que me lo he pasado como un niño chico con esta novela rápida, contada con rapidez voltaireana, y que me recuerda a autores tan dispares como Stepehen King, Stanislav Lem o John Wyndham. Y la originalidad está ahí, en releer toda esa tradición y crear algo completamente nuevo, epatante y divertidísimo, donde la carcajada, el escalofrío y la reflexión se mezclan en un argumento dominado por una intriga novelesca que fluye incesantemente.

(Si quieres escuchar el podcast de la sección, solo has de hacer clic aquí. Esta vez no vino Fortunata, porque está haciendo ayuno de cuaresma, pero sí que estuvieron Francisco Melo Junior y Verónica Iglesias, y el propio Elio Quiroga, además de, espontáneamente, el gran Emilio González Déniz. También tuvimos una visita muy especial: Cintu, el perezoso Cliffhanger).

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Las crisálidas, intolerancia versus evolución

21 10 2011

Los libros de ciencia ficción que hay en mi biblioteca podrían dividirse en dos grandes categorías: unos son el producto de la fascinación ante la ciencia y la tecnología y juegan a adivinar el futuro, buscando, sobre todo, la diversión y el asombro; otros, en cambio, responden a una indagación en el humán moderno y sus preocupaciones, a la pregunta por Dios, por la ética, por la condición humana, por las relaciones entre individuo y sociedad, entre nuestra especie y la naturaleza. No tengo nada en contra de los libros de la primera categoría, pero siempre me han interesado más aquellos que pertenecen a la segunda. Principalmente porque suelen están escritos de manera más cuidadosa y me hacen plantearme preguntas de esas que no caducan. Por eso no me desprendo de mis ejemplares de H. G. Wells, Ray Bradbury, Stanislav Lem, Isaac Asimov, Georges Orwell, Joan Perucho, Phillip K. Dick o Anthony Burguess (sé que en la lista no hay mujeres y sé que hay un único español, pero esa lista la han elaborado el tiempo y un caótico gusto de lector, porque de ambos soy esclavo). Algunos de ellos hicieron pocas incursiones en el género, guiados, probablemente, por propósitos más bien políticos; otros lo cultivaron con furia o abnegación rayana en la locura, pero todos nos cuentan en sus títulos “de ciencia y adelantación” (como se decía antes) algo importante acerca de mi propia realidad.

Las crisálidas, de John Wyndham, Duomo Ediciones, 245 páginas.

Las crisálidas, de John Wyndham, Duomo Ediciones, 245 páginas.

 

A esta lista no me queda más remedio que añadir Las crisálidas, del británico John Wyndham, una novela que he descubierto hace poco y prácticamente por casualidad.

El protagonista es David, un adolescente que vive en una población rural llamada Waknuk, en el seno de una sociedad agrícola decimonónica y puritana. Es hijo del patriarca local, un verdadero fanático religioso que defiende a ultranza la doctrina de la pureza. Pero no hablamos de esa pureza de la virtud (que también) sino de pureza biológica. Porque hay que decir que en Waknuk crecen o nacen de vez en cuando plantas, animales y personas que sufren extrañas y caprichosas mutaciones genéticas, debidas, según la doctrina, a lo que ellos llaman la Tribulación, un gran desastre que Dios envió al Viejo Mundo para castigarlo por sus pecados. Claro está, en pocas páginas nos vamos dando cuenta de que Waknuk no es un sitio del Siglo XIX, sino del futuro, cientos de años después de un gran cataclismo, seguramente de origen nuclear.

En todo caso, esta sociedad es muy intolerante con las mutaciones: los animales y las plantas son destruidos; las personas son desterradas y así los habitantes de Waknuk continúan manteniéndose “puros”, erradicando todo aquello que ellos consideran fuera de “la normalidad”. El problema está en que David y otros chicos y chicas de su edad, tienen la habilidad de comunicarse a larga distancia por medio de la mente. Saben que son mutantes (un nuevo tipo de mutantes, una raza intelectualmente superior a la de sus progenitores) y por eso intentan a toda costa mantener su secreto, ya que serán eliminados de la ecuación en cuanto se sospeche que son diferentes a los demás.

Este es el planteamiento inicial de Las crisálidas. Solo el planteamiento inicial, pues luego van a ocurrir muchísimas cosas en el libro, que desembocará en su último tercio en un relato de aventuras en el sentido más clásico. Personalmente, prefiero los dos primeros tercios, pero el último también está contado de forma eficaz y no hace mella en la valoración general de esta novela que, como dice Christopher Priest en el prólogo, nos habla “de cómo las fuerzas reaccionarias se alían en contra de la razón”, un fenómeno habitual (y hasta lógico, si se quiere) en toda sociedad.

La elegancia del estilo de Wyndham reside en su sobriedad, en su forma de manejar la intriga evitando los aspavientos y en cómo nos habla sin sermonearnos acerca de la lealtad, la tolerancia, el derecho a la diferencia y la búsqueda de la libertad, produciendo algunas páginas realmente deliciosas, especialmente recomendables, en mi opinión, para lectores jóvenes.

No sé si John Wyndham es demasiado conocido entre nosotros. Murió en 1969, a los 66 años. En su juventud probó con todo tipo de oficios hasta que en los años treinta comenzó a publicar historias de ciencia ficción en revistas estadounidenses, en su mayoría cuentos de puro entretenimiento. Hace un paréntesis durante la Segunda Guerra Mundial, porque se alista en el ejército y, cuando vuelve de la guerra, es un escritor muy distinto. El éxito le viene en 1951, con El día de los trífidos (una novela sobre una invasión extraterrestre), y continúa con Kraken acecha (aquí la amenaza es la de un monstruo submarino), que, al parecer (yo aún no he podido leerlas) reflejaban los horrores que Wyndham había vivido durante la guerra. Tras Las crisálidas, publicará también Los cuclillos de Midwich, donde retoma el asunto de una generación de niños con extraordinarios poderes mentales en el seno de una comunidad cerrada, aunque en este caso los chicos son de procedencia extraterrestre, gastan muy mala leche y no nos caen tan bien como los de Las crisálidas. Los cuclillos de Midwich inspiró El pueblo de los malditos, una película muy clásica que tiene una secuela y un remake bastante respetable.

De la última novela de Wyndham, Chocky, se sabe, al parecer, que Spielberg ha comprado los derechos, así que seguramente volveremos a oír hablar de él.

De Las crisálidas no hay adaptación, aunque si uno ve El bosque, la película de M. Night Shyamalan, es fácil pensar que este muchacho leyó esta novela y se copió unas cuantas cosas para el guión de la peli.

Pero cuando se va al cine se va al cine y cuando se lee se lee y, en ocasiones uno prefiere imaginar las cosas a que se las muestren. Las crisálidas, de John Wyndham, en Duomo Ediciones, 245 páginas, ciencia ficción de la buena, de la que divierte y hace pensar al mismo tiempo.








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