Juego de amantes

9 12 2008

Jugarán a encontrarse. Se separarán una mañana y tomarán, cada uno, una dirección para el otro desconocida. Así, en sentidos distintos, recorrerán sus caminos. Procurarán cambiarse nombres, rostros, vestimentas, peinados, apariencias. Mudarán oficios, amistades, aficiones. Harán siempre aquello que el otro nunca sospecharía que hicieran, para evitar la más mínima posibilidad de seguirse los rastros, de husmearse las huellas, de propiciar, ni siquiera inconscientemente, ningún tipo de contacto. Y así, después de mucho tiempo arrastrado en sus soledades, de tantas noches de sexo ahogado y cama fría, un día, acaso un atardecer de noviembre, se encontrarán en una calle solitaria, entre la multitud de un distrito comercial o en la última mesa del último café. Se mirarán fijamente, se sonreirán como si ayer mismo, aproximarán sus rostros para devolverse ese beso que se deberán hará tanto y entonces, sólo entonces, tras estar seguros de que ganarían cualquier partida de cualquier juego en el que se apostaran a ellos mismos, volverán a casa.





Juego de la gallina ciega

9 12 2008

Jugamos a la gallina ciega. Me venda los ojos, me hace girar sobre mí mismo para desorientarme, y me suelta. Yo, a ciegas, con las manos extendidas, la busco aquí y allá, más lejos o más cerca, allí donde su olor, su risa, la sospecha de su presencia me llevan. Cuando al fin la rozo, cuando estoy a punto de aferrarla, ella se escabulle irremediablemente, dejándome solo con la pobre esperanza de su premio: su aceptación placentera, su beso amable, su permiso para quitarme, al fin, la venda de los ojos. Pese a mi contrariedad, pese a que estoy, incluso, a punto de olvidar su rostro, prosigo, sin embargo, buscándola, persiguiéndola, siguiendo su rastro de frambuesa y risa como bandada de alondras, mientras mis dedos, mis oídos, mi olfato la distinguen entre todas las demás personas del mundo. Siempre.





Juego del escondite

7 12 2008

 

Jugaban al escondite.

Él la buscaba por todos los rincones de la casa: en el comedor, en el trastero, tras la nevera, junto a las flores del jarrón, en la bañera, bajo la cama. Finalmente, aparecía en un cuadro de Munch, en un disco de Leonard Cohen, en una novela de Stephan Zweig.

Pero le resultaba difícil y a veces tardaba demasiado. Más que encontrarla, sospechaba que era ella quien se hacía descubrir. Por supuesto, ella se divertía mucho con los apuros de su amante. Le parecía encantador su aire infantil cuando, tras horas, días, incluso semanas de búsqueda, comenzaba a desesperar, a sentir que ya no estaba, que la había perdido para siempre; y era un sentimiento que tenía algo de lástima y mucho de orgullo el que la hacía esperarle, enternecida y maternal, en aquellos lugares insospechados para, de pronto, dejarse ver por sorpresa. Él se sentía aliviado cuando el juego acababa y recibía el premio de la caricia, el beso, la tibia carne de mujer palpitando al contacto de sus manos, la noche dejándose transcurrir sobre sus cuerpos inmersos en una batalla que ambos ansiaban perder.

Luego reanudaban el juego y él volvía a buscarla durante mucho tiempo, hasta que nuevamente ella reaparecía (estaba seguro de que era ella quien se mostraba) en un aire de Bach, en la sonrisa de un niño, en las postales que reproducían cuadros de Lempicka o Frida Kahlo. 

Un día le tocó a él esconderse. Ella buscó por toda la casa, en el comedor, en el trastero, tras la nevera, junto a las flores del jarrón, en la bañera, bajo la cama. Tampoco estaba en los armarios ni en el cuarto de la lavadora, ni en la biblioteca. Después de mucho tiempo, ha conseguido entender que él ya no está, que no juega, que, simplemente, se cansó del juego y abandonó la partida. Pero no acaba de hacerse a la idea. Aún sigue buscando en cada rincón, cada melodía, cada verso.








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