Pequeñas grandes historias: La entrega, de Dennis Lehane

22 09 2016

«Los triunfadores pueden esconder su pasado, mientras que los fracasados se pasan el resto de la vida intentando no ahogarse en el suyo».

Dennis Lehane. La entrega.

 

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La entrega, de Dennis Lehane, 2014, Barcelona, Salamandra, 190 páginas.

Con algunas de sus historias, Dennis Lehane es capaz no solo de encogerte el estómago, sino, además, de conmoverte. Eso lo sabe cualquiera que se haya acercado a Desapareció una noche o Mystic River. Con La entrega vuelve a demostrarlo, en muchas menos páginas y de forma igualmente brillante.

Uno sigue con curiosidad casi cariñosa los pasos de Bob Saginowski, ese solterón grandote y algo simple que trabaja con su primo Marv en el bar que ya no es de Marv, sino del clan checheno de los Umarov, quienes lo utilizan, como otros tantos garitos, para recaudar los beneficios de apuestas ilegales. Lo sigue en su extraña relación con Nadia, la chica a la que conoce al mismo tiempo que al cachorro al que cree salvar la vida y que, en realidad, lo está salvando a él. Y cuando los pasos de Bob se adentran en terreno pantanoso, cuando el peligro le ronda personificado en las figuras del inquietante Eric Deeds, el inspector Evandro Torres y el propio primo Marv (cada uno de ellos propietario de su propia parcela en el infierno), la curiosidad se convierte en verdadero interés y el cariño en inquietud por lo que pueda pasarle a Bob, tan buena gente, tan asiduo a la misa semanal, tan tierno con las ancianas y los cachorros. Hasta que vamos descubriendo que Bob sabe cuidarse solo, que por algo, aunque vaya a misa, no comulga jamás.

Una historia pequeña, de barrio, que le sucede a gente de barrio, pequeña; gente inculta y no demasiado inteligente a la que aprendemos a amar u odiar (a veces ambas cosas a la vez) mientras aprendemos a entender sus motivos. Una historia pequeña que se convierte en una gran historia cuando descubrimos que lo importante es el juego entre lo que se muestra y lo que se oculta, no lo que se dice explícitamente. Con todo su discurso sobre la compasión, la culpa, la religión, la identidad, la injusticia, la búsqueda de la felicidad y las trampas de la memoria, esta novela aparentemente menor acaba convirtiéndose en una de esas historias que uno no olvida fácilmente.

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Por supuesto, novela negra, con todos los ingredientes habituales: violencia, engaños, atracos, tiroteos, negocios sucios, corrupción y tipos peligrosos. Intriga, suspense y giros sorprendentes. Pero puede que eso no me parezca lo más importante en esta novela. Quizá se deba a que estoy haciéndome mayor, pues algo similar me ocurre con Galveston, de Nick Pizzolatto, o con la relectura de las novelas Ross Macdonald.

Como sabrás si eres de los informados, La entrega está muy unida a su versión cinematográfica (escrita por el propio Lehane, dirigida por Michael R. Roskam, interpretada por Tom Hardy, Noomy Rapace y, en su última aparición, James Gandolfini), ya que debió de ir naciendo al mismo tiempo como guion cinematográfico (inspirado en «Protectora de animales», un relato corto del mismo autor) y como novela. Nada que objetar. Pese a que ese método ha dado origen a cosas muy flojas (Raylan, de Elmore Leonard), también hay notables precedentes de textos literarios con el mismo origen (2001. Una odisea del espacio, de Arthur C. Clarke y La promesa, de Friedrich Dürrenmatt).

Opino que es indiferente el origen más o menos alimenticio de los textos. Lo que cuenta es el resultado. Y, en este caso, otros autores con más pretensiones no habrían podido volar tan alto como lo hace Dennis Lehane. Para eso hacen falta oficio, sensibilidad, inteligencia y, sobre todo, disponer de una buena historia que contar, de las que revuelven el estómago y, al mismo tiempo, conmueven.

 





El viajero involuntario

29 07 2016

Acostumbrado a la habilidad de Navona para ofrecernos pequeñas joyas no me sorprende que sea esta editorial la que publica en España El viajero involuntario, de Minh Tran Huy, una historia susurrada a través de tres continentes y de todo un siglo.

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El viajero involuntario, de Minh Tran Huy, Barcelona, Navona, 2016

La anécdota comienza en 2012, cuando Line, una francesa hija de vietnamitas cuyo oficio consiste en grabar sonidos de ambiente —aunque prefiere grabar silencios—, se topa en una exposición neoyorquina con la historia de Albert Dadas, el primer dromomaníaco diagnosticado: ese humilde gasista de Burdeos se hizo célebre a finales del siglo XIX, cuando fue estudiado por el raro trastorno mental que lo obligaba a viajar compulsivamente. Interesada por su caso, Line le dedicará el resto de sus vacaciones neoyorquinas y, según indague en su historia, la irá entendiendo como metáfora de otros viajeros y viajeras involuntarios, como la atleta somalí Safia Yusuf Omar, ejemplo célebre y paradigmático de tantos migrantes desesperados tragados por el mar. Y, mientras cruza el Atlántico de regreso a su París natal, hará ella misma un viaje hacia sus recuerdos y su historia familiar, marcada por la guerra, la injusticia y la diáspora.

A partir de esta premisa —el interés de su protagonista y narradora por la vida singular de un personaje real— Minh Tran Huy va moviéndose desde lo histórico a lo global y de ahí a lo íntimo de las conmovedoras peripecias —que adivinamos de origen autobiográfico— de una familia rota por los diferentes conflictos que sacudieron Vietnam desde el comienzo de su periodo postcolonial. Perspectiva interesante, por cierto, para un lector occidental acostumbrado a ver la historia de ese país desde una perspectiva muy diferente que, en el mejor de los casos, desemboca en el paternalismo. Pero, más allá de coordenadas espaciotemporales, me interesan en El viajero involuntario la exploración de la nostalgia, el desarraigo y la búsqueda de un hogar, la indagación en torno a cómo los fenómenos que la Historia archiva fríamente en sus anales afectan a miles de seres humanos con nombre y rostro, lo dramáticamente sencillo que puede llegar a ser para cualquiera llegar a convertirse en extranjero en su propio país.

Inteligente, sentimental, tierna a ratos, con un estilo amable que huye de jardines y fuegos de artificio, El viajero involuntario es uno de esos textos que se gozan sufriéndolos, entre la curiosidad y el reencuentro con viejos temas caros a toda buena literatura.





Donde los Pirineos tocan el crimen

17 07 2016

Vuelvo a estas Ceremonias que tenía tan abandonadas. Y lo hago reseñando el más reciente de los muchos libros que tengo pendientes de comentar. En fechas próximas iré dando fe de algunas joyitas que he podido disfrutar entre viaje y viaje, entre texto y texto, entre trabajo y trabajo. Hoy toca El país de los crepúsculos, de Sebastià Bennasar.

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El país de los crepúsculos, de Sebastià Bennasar, Barcelona, Alrevés, 203 páginas.

Los que vivimos cerquita de África llevamos ya unos días bizcochándonos por mor de la fotosíntesis y los vientos saharianos. Apetecen la playa, la piscina y los manguerazos o baldazos, la sombra de un árbol, la cervecita y algún texto refrescante. Por ejemplo, esta novela policíaca que lleva al inspector Jaume Fuster (sí: su nombre coincide con el del escritor catalán y, evidentemente, no puede ser una casualidad) al invierno de Vall de Boí, donde los Pirineos tocan el cielo. Allí, en el Pont de Suert, se encontrará el policía, impartiendo un cursillo sobre técnicas de investigación a los mossos de la zona y aprovechando para hacer un poco de turismo en los ratos libres, cuando comience una serie de brutales asesinatos rituales relacionados con las iglesias de la zona, declaradas Patrimonio de la Humanidad.

A través de una intriga policial conducida de forma meticulosa, Bennasar nos acerca a un territorio bellísimo que es también tierra de frontera en la que el eco de los contrabandistas y los maquis convive con los últimos pastores; donde cabe el ecoterrorismo y terrorismo del de siempre, sin dejarse fuera al de Estado; donde los sádicos se tutean con los taberneros y los nuevos eremitas buscan un lugar donde ocultarse de los pecados cuya penitencia, sin embargo, no dejará de alcanzarles.

Un mundo de rencillas ocultas y lealtades sin aspavientos, marcado por el frío y el aullido de un lobo, en el que se nos muestra que en los amables pueblecitos que los ecoturistas descubren con arrobada admiración también ha de esconderse la maldad, haciendo bueno el proverbio que afirma que todo pueblo chico es un infierno grande.

Esta no es la primera novela de Sebastià Bennasar, y se nota. Sin embargo, sí es la primera en verterse al castellano. Se inserta el autor mallorquín en la nómina creciente de autores que escriben desde la periferia geográfica, la cual es, asimismo, periferia cultural, enriqueciendo el discurso colectivo con su peculiar mirada.

Esto, la mirada, es asunto crucial: no se trata de buscar un paraje hermoso y contar desde él. Eso puede hacerlo cualquier turista. Se trata de hablar de lugares que se han respirado, de la forma de ver el mundo que tienen sus habitantes, de captar aquellos hechos universales que subyacen a sus peculiaridades y contárnoslos con honestidad.

El país de los crepúsculos consigue lo que algunos diletantes intentan: convertir parajes bellísimos en escenarios dignos de una buena historia de crímenes, sin traicionarlos y sin convertirse en una guía turística. Y, al contrario que esos diletantes, lo hace de manera elegante, inteligente y misericordiosamente breve.

Así pues, con su primera novela traducida al castellano (esperemos que no la última), Sebastià Bennasar consigue uno de esos libros perfectos para combatir el calor durante un fin de semana. No te durará más.





La violencia justa: vuelve Andreu Martín

14 02 2016

Andreu Martín debe de llevar, calculo, unos cuarenta años escribiendo sin cesar, haciendo incursiones en casi todos los géneros y tendencias (sin dejarse atrás el erotismo, la ciencia ficción, la novela histórica y la literatura juvenil), pero ha destacado siempre como referente de la novela negra y policiaca. Desde que en 1979 publicara Aprende y calla ha deslumbrado a los aficionados al género con novelas como Prótesis, A navajazos, Bellísimas personas, Piel de policía o Barcelona connection, por citar de memoria y sin orden cronológico algunas novelas de entre las varias decenas que ha publicado. Por ello, es ineludible citar su nombre entre los de los autores que nos trajeron el género (y lo hicieron nuevo) entre los años setenta y los noventa. Pero no ha cesado de crear, de contar las historias que cuenta tan bien sin perder ni un ápice de actualidad, sin dejar de buscar nuevos modos para trazar sus argumentos sorprendentes, verosímiles y magnéticos.

En los últimos años nos ha dado novelas estupendas, como Sociedad negra y Los escupitajos de las cucarachas. En ellas el lector encuentra siempre lo que se espera: historias de alto voltaje que van hacia delante tras arranques que son siempre una patada en la cara, con personajes que huelen a cenicero y exponen diálogos certeros, equilibrados e inteligentes, con un erotismo que ya quisiera más de un sello dedicado al género y humor de todos los colores (desde el más blanco y familiar a los chistes negrísimos que pueden hacerse mientras uno intenta hacer desaparecer un cadáver), con coreografías de acción cuidadas al milímetro y, sobre todo, diferentes planos de lectura en los que, a poco que se escarbe en el contenido, aparecen los asuntos más caros a la condición humana.

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La violencia justa, de Andreu Martín, Barcelona, RBA, 447 páginas

En La violencia justa, su novela más reciente, Andreu Martín aborda un problema con el que nuestra sociedad tiene una cuenta pendiente: nuestra relación con la violencia. La pregunta por cuándo es justo saltarse el contrato social (aquel mediante el cual los miembros de la sociedad se someten a un gobierno que pone el monopolio de la violencia en manos de quienes representan la ley), cuándo llega el momento en que un individuo está legitimado por las circunstancias para ejercer como juez y verdugo. Y, sobre todo, en esos casos, dónde está la fina línea, que separa la justicia de la venganza, el preciso castigo del desencadenamiento de la bestia que todos llevamos dentro, domesticada por la educación, tal y como finamente la analizó Freud en El malestar en la cultura.

La violencia justa plantea estas preguntas (y otras relacionadas con ellas), a partir de un argumento en el que se cruzan dos dramas personales: el de Teresa Olivella (que intenta rehacer su vida tras una tragedia personal en la que desempeñó el papel de víctima absoluta) y el de Alexis Rodón (jefe de seguridad de unos grandes almacenes que antes fue sargento de los mossos y debió abandonar el cuerpo acusado de torturar al secuestrador y asesino de una niña). Ambos personajes se encontrarán no por casualidad, sino porque ella, atraída por la leyenda de torturador de Rodón, lo buscará para intentar hacer lo que ella entiende por justicia. Pero Teresa llega a la vida del ex policía en mal momento, cuando acaba de interesarse por una repugnante organización de proxenetas infantiles.

No puedo explicar nada más del argumento sin estropear la lectura, pero sí me gustaría hacer hincapié en la habilidad compositiva de Andreu Martín. Contada en presente, casi exclusivamente en las primeras personas de sus dos protagonistas en capítulos que alternan sus voces (la única excepción es un capítulo necesario casi en la conclusión), La violencia justa nos va mostrando las diferentes caras de esa novela de pasados dolorosos y futuros inciertos, el lector asiste al desarrollo de la pasión entre Teresa y Alexis, a la forma en que cada uno oculta al otro los verdaderos problemas que le obsesionan, sus más secretos temores, sus cuentas pendientes, manejando la intriga novelesca con una brillantez que solo es posible gracias a la combinación del talento y la experiencia.

A lo largo de poco más de un mes (la acción comienza el 8 de enero y finaliza el 14 de febrero de 2014), Teresa Olivella y Alexis Rodón viven una tormenta en sus respectivas existencias y no pueden encomendarse a Dios y aguantar el chaparrón: han de buscar soluciones a los conflictos que la vida les pone por delante. Ambos (y el lector con ellos) habrán de tomar decisiones en las que se juegan sus propias creencias, hacerse nuevas preguntas y buscar nuevas respuestas a las preguntas viejas. Y, en cada una de sus acciones, sentirán que a cada paso cambian de forma de ser, se apuestan a sí mismos como seres humanos. Eso mismo que hacemos, sin darnos cuenta, nosotros. Eso mismo que hacen siempre los héroes de las grandes historias.

Vale la pena seguir a Teresa y a Alexis en su itinerario hasta lo más hondo de sí mismos, ese camino que, al mismo tiempo, les lleva al centro del mismísimo infierno, ese que hacemos, cada día, entre todos.





La Wycherly, para redescubrir a Ross Macdonald

29 01 2016

En la página 181 de su Breve historia de la novela policiaca (Madrid, Taurus, 1962), Alberto del Monte, afirma:

Margaret Millar (1915), la actual presidenta de los Mystery Writers of America, publica también unas veces con su propio nombre (notables, entre otras novelas suyas, Beast in view, 1955, y The soft talkers, 1957), otras con el seudónimo de “Kenneth Millar” y otras con el de “John Ross Mac Donald”. En sus novelas (…), que tienen generalmente como detective a Lew Archer, ofrece ambientes corrompidos, psicologías morbosas; en una palabra, una humanidad mísera y tortuosa con polémica perspicacia y con dignidad literaria.

No va mal encaminado Alberto del Monte: Margaret Ellis Sturm, que firmaba con su apellido de casada como Margaret Millar era una fantástica escritora de novelas de misterio, como La bestia se acerca, cuyo argumento ha sido luego imitado hasta la saciedad. Pero Kenneth Millar no era un seudónimo, sino el nombre de su marido, quien comenzó a publicar cuando su esposa ya era una autora de éxito y acabó firmando como Ross Macdonald la mayoría de las novelas (calculo que unas dieciocho) y los relatos de la serie de Lew Archer, seguramente para evitar confusiones como la del pobre Del Monte.

Ross Macdonald, creator of Lew Archer, wearing a straw hat

Macdonald pertenece, creo, a la segunda oleada de grandes autores de hard boiled norteamericanos y lo leímos cuando éramos más jóvenes y queríamos presumir de haber leído a los que los mayores nos marcaban como imprescindibles. La lista siempre empezaba por Dashiell Hammett y Raymond Chandler y luego siempre incluía a MacDonald, James M. Cain, Horace McCoy, Mickey Spillane y Chester Himes. En medio, acaso en un puesto de honor, estaba siempre Ross Macdonald. Y por eso, acaso, porque lo da por clásico, porque lo da por evidente, porque hay muchas cosas nuevas que leer, o muchos descubrimientos de viejos maestros que se han quedado atrás y no están en los manuales (hace poco, sin ir más lejos, descubrí a Dorothy B. Hugues gracias a Eduardo García Rojas) uno a veces olvida lo estupendos que eran estos tipos.

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La Wycherly, de Ross Macconald, Barcelona, Navona, 2015, 365 páginas

Por eso es bueno que, de vez en cuando, ocurran cosas como esta: que una editorial, para el caso Navona, rescate alguna de sus novelas. para el caso La Wycherly, y te refresque no solo la memoria, sino también la mirada.

Me sucedió una cosa curiosa con La Wycherly: entró en casa durante la época navideña y la leí en los primeros días de año, que es justamente cuando transcurre esta historia tortuosa en la que Lew Archer debe encontrar a Phoebe, la hija del acaudalado Homer Wycherly, desaparecida hace semanas, investigación a lo largo de la cual va a encontrarse con las huellas de su madre, la explosiva Catherine, inmersa en un no menos explosivo divorcio de Homer. Y de paso, con una red de engaños. De extorsiones. De violencia. De corazones rotos poética y también literalmente.

Me sucedió también que redescubrí por qué me habían gustado las novelas que había leído de Macdonald (cosas como El caso Galton o El martillo azul), por qué otros amigos cuyo criterio respeto (como José Luis Ibáñez Ridao) vuelven a mencionármelo una y otra vez, por qué siempre recordaba a Macdonald como a un Hammett, pero con menos prisa, como a un Chandler, pero con más estructura. Sí: Macdonald cuenta con eficiencia, pero no sacrifica el estilo ni un hilo de reflexión sobre un tema de enjundia si cree que vale la pena. Y nunca le ocurrió aquello de que él mismo no supiera quién había matado a un determinado personaje secundario. Sus novelas funcionan como mecanismos de relojería, máquinas perfectamente engrasadas.

Macdonald supo convertirse en un clásico en el género respetando una clave ya instaurada unas décadas antes (su detective no se apellida Archer por casualidad) y prolongándola en novelas lúcidas y pesimistas, crueles y compasivas, brutales y poéticas, plagadas de pasajes dignos de recitar a viva voz y de diálogos vibrantes, inteligentes y llenos de verdad. Todo ello en historias en las que la intriga novelesca se pone al servicio de una humanidad a la que mira con ironía, pero también con conmiseración.

Así pues, leer hoy a Macdonald es volver a lo mejor de la buena novela negra, esa que indaga en las pasiones humanas mediante argumentos cuidados contados con estilo, y vale la pena hacerle un hueco entre fenómeno de ventas y fenómeno de ventas (esos que nos asedian hoy desde todas las mesas de novedades y los expositores y que dentro de cincuenta años no valdrán nada) para comprobar que novelas como La Wycherly continúan tan vivas como en 1961 y diciéndonos más y más cosas a cada lectura.





El giro (los giros) de Marcos Hormiga

15 12 2015

Mi primer contacto con el trabajo creativo de Marcos Hormiga fue, creo, musical, gracias a las hermosas canciones que Javier Cerpa había compuesto a partir de algunos de sus poemas y que él y Beatriz Alonso interpretaban en De soledumbres. En aquel disco aparecían cortes en los que la voz de Hormiga creaba una atmósfera llena de colores y de falsa serenidad, muy parecida al paisaje majorero que evocaban sus poemas. Luego, cuando me hice con el libro, comprobé que la perfección de esa voz se correspondía a la perfección del texto.

Gracias también a Javier y Beatriz pude conocer a Hormiga personalmente. Y luego, el azar o el destino ha hecho que nuestros caminos se crucen en diversas ocasiones, haciéndonos compañeros de viaje, de disco o de escenario. Marcos es un buen, un estupendo poeta, mucho mejor que muchos sobre los que se escriben tesis doctorales. Domina motivos, ritmos e imágenes y suele salir vencedor en la batalla contra el lenguaje que entabla todo aquel que elige contar el mundo a través de sus versos. Pero como todo verdadero creador, nunca se ha conformado con dominar una sola disciplina y, así ha explorado otros caminos, que incluyen el repentismo y la poesía popular.

Ahora, Marcos Hormiga da un giro en su labor haciendo una incursión en la narrativa. O, mejor, dos giros, porque aparecen, en el mercado, dos libros muy diferentes: una novela y un libro de relatos.

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La novela lleva por título Dentro de la piedra (Turat-è) y es una historia de corte fantástico orientada al público juvenil que cuenta las aventuras de dos adolescentes que hacen un viaje en el tiempo a la Canarias prehispánica, viviendo diversas aventuras e intrigas tanto con los aborígenes como con la tripulación de un barco esclavista. Esto es: a partir del eco de Un yanqui en la Corte del Rey Arturo, de Mark Twain, Hormiga aprovecha para acercar a los jóvenes a la vida diaria y los problemas de una comunidad sobre la que aún se extienden amplias lagunas de conocimiento cierto.

El libro de cuentos, Micro r retratos, consta de veinticuatro cuentos literarios de varia invención y corte fantástico. Algunos de ellos recuerdan vagamente a los Cuentos de un minuto, del húngaro Istvan Örkény. Otros hacen pensar en Virgilio Piñera, en Juan José Arreola, en diversos bestiarios. Todos se internan en el mágico territorio del absurdo, tan caro a los grandes cuentistas, y muestran un sentido del humor feroz tras una sólida estructura que es mostrada solo a leves pinceladas.

Ambos libros, que nacen a la vez, publicados por Mercurio Editorial, se presentarán también al mismo tiempo en un único acto, que tendrá lugar este viernes, 18 de diciembre, a las 19:00, en la Sala de Grados de Humanidades (en el Campus del Obelisco). Marcos Hormiga estará acompañado en esta ocasión por el también polifacético Yeray Rodríguez y por el arriba firmante. Allí nos vemos.





Los poetas suicidas: sobre «Fin de poema», de Juan Tallón.

5 11 2015

Albert Camus inicia El mito de Sísifo afirmando que solo hay un pensamiento filosófico verdaderamente serio: el suicidio; que antes de decidir sobre los grandes temas del espíritu y el ser, está la pregunta sobre si la vida vale la pena o no de ser vivida. Un planteamiento provocador que obliga al lector seguir sus evoluciones a lo largo de ese ensayo magistral que tiene un sentido indudablemente vitalista. Y es que Camus no es nada tonto y sabe que la muerte por mano propia es un asunto que nos atrae como el abismo.

Aunque es problema que ha ocupado a muchos pensadores —desde Durkheim a Castilla del Pino—, entre nosotros, el suicidio continúa, lógicamente, siendo un tabú. Probablemente porque lo entendemos como un fracaso de la sociedad, porque nos sentimos culpables, porque siempre pensamos que podríamos haber hecho algo para evitar el suicidio de nuestro familiar o amigo. De ahí ese frecuente travestir la muerte autolítica con ropajes de accidente fatal o enfermedad repentina.

Larga es la nómina de poetas que pusieron fin a sus días. Amén de motivaciones ligadas a estados patológicos —los más frecuentes— o circunstancias sociopolíticas —que también las hubo—, abunda entre los casos más célebres una sensación —explícita o implícita en sus últimos actos o declaraciones—, de haber dicho todo lo que creían que debían o podían decir, de haber agotado ya el pozo del cual surgía su poesía, como si la actividad poética abarcara la existencia entera, y el final del poeta supusiese inevitablemente el final del ser humano.

Fin de poema, de Juan Tallón, Barcelona, Alrevés, 158 páginas

Fin de poema, de Juan Tallón, Barcelona, Alrevés, 158 páginas

Reflexiono sobre esto porque durante un viaje reciente he podido leer un libro estupendo que aborda el asunto: Fin de poema, de Juan Tallón. De entre la larga nómina de poetas autolíticos —en la que figuran voces tan diversas como las de LucrecioSylvia Plath o Mário de Sá Carneiro—, Tallón escoge a Cesare Pavese, Anne Sexton, Alejandra Pizarnik y Gabriel Ferrater para contarnos el último día de cada uno de ellos, indagando en las coordenadas de sus muertes pero también, y sobre todo, en las de sus vidas y poéticas.

Hermanando el ensayo biográfico y la narrativa, Fin de poema combina anécdotas que sabemos ciertas con momentos y acciones surgidas desde la ficción pero absolutamente plausibles teniendo en cuenta aquello que sabemos sobre sus protagonistas. Pavese, en sus últimos momentos, escribiendo una nota a sus amantes, deseándoles un cáncer, antes de prenderle fuego; Anne Sexton intentando escuchar la voz de su vagina; Alejandra proyectando sin éxito escribir a Julio Cortázar una nota de agradecimiento por los últimos libros que le envió —uno de Gil de Biedma, otro de Ferrater—; o una pesadilla del propio Ferrater, digna de un Escher diabólico. Estos momentos se alternan con otros en los que asistimos a las largas conversaciones entre Anne Sexton y Maxine Kumin; a la aventura etílica de Gabriel Ferrater en el Túnez de 1967; a la célebre pérdida durante semanas del manuscrito de Rayuela por parte de Alejandra Pizarnik y a su encuentro con Oliverio Girondo; a los desamores de Cesare Pavese, sus gozos en su trabajo con los Einaudi, su camino hacia la absoluta soledad paralelo al de la gloria literaria.

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Con sobriedad, con inteligencia, con un fino olfato para las elecciones compositivas, Juan Tallón —de quien no había leído nada antes, pero a quien pienso continuar leyendo—, se adentra en la intimidad de estos cuatro poetas cuyas obras se orientan hacia el silencio. Y lo hace sin aspavientos, sin morbo, indagando en los motivos de sus últimas elecciones estéticas y vitales, regalándonos 158 páginas de literatura sobre literatura, no exentas de humor, pero germinadoras de profundas reflexiones acerca de la vida, la palabra y las relaciones entre ambas, tomando como excusa narrativa los suicidios —esos «homicidios tímidos», como los llamó el propio Pavese en El oficio de vivir de cuatro poetas diversos y absolutamente peculiares unidos, sin embargo, por mucho más que por el hecho de haber muerto por propia mano. Un libro exquisito, en fin, que se lee estupendamente como novela, pero que supone una estupenda introducción para los neófitos en las obras respectivas de Pavese, Sexton, Pizarnik y Ferrater y que, por supuesto, disfrutarán mucho aquellos lectores que ya aman su poesía.








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