Leopoldo María Panero, el personaje y el poeta

6 03 2014

leopoldo

Para los habitantes de mi ciudad era el poeta loco, el que desde hacía un par de décadas estorbaba el paso a los viandantes, se reclinaba al sol en un banco de San Telmo, el que trasegaba ingentes cantidades de Coca Cola y quemaba cigarrillos, uno tras otro; con voz nasal, con mirada torva, con gestos de reojo a quienes no vivían en ese mundo en el que solo cabía él.

Para los habitantes de mi ciudad era, sí, un personaje, un hombre desconcertante que daba conferencias en garitos o publicaba libro tras libro, solo o a cuatro manos con poetas locales.

Muchos de los habitantes de mi ciudad no le han leído: para ellos es una leyenda, la presencia cercana en su mundo terrenal de semáforos y pasos de peatones de aquel que, según dicen los que entienden, ha descendido hasta el último sótano del Infierno y ha vuelto para contárnoslo.

Muchos ignoran el alcance, el tamaño de la obra de ese animal extraño y bello que es Leopoldo María Panero, quien falleció anoche, probablemente sin recibir los Santos Sacramentos ni la Bendición Apostólica porque maldita la falta que le hacían.

Leopoldo María, último de su estirpe, hijo mediano de Leopoldo Panero, hermano de Juan Luis y de Michi (el más desmedido de los desmedidos hijos de Felicidad Blanc), benjamín de los Nueve Novísimos antologados por José María Castellet en 1970 (José María Álvarez, Manuel Vázquez Montalbá, Pere Gimferrer, Vicente Molina Foix, Antonio Martínez Sarrión, Félix de Azúa, Guillermo Carnero y Ana María Moix, también recientemente fallecida) había continuado publicando incesantemente nuevas entregas de su obra poética desde 1968, además de hacer incursiones narrativas y ensayísticas y traducciones personalísimas (si eres amante de las curiosidades, no deberías perderte Matemática demente, la divertida selección de textos lógicos de Lewis Carroll que publicó en Anagrama).

Ambos, el personaje y el poeta, forman ya parte de nuestra memoria, acaso de nuestra biografía sentimental. El primero, humano, falleció hoy. El segundo, inmenso, sigue y seguirá vivo en su oficio ya para siempre. Si conocías al primero y nunca has frecuentado al segundo, ahora tienes una excusa perfecta para hacerlo (una lástima que no descubramos a algunos poetas hasta que mueren, pero seguro que no será la primera vez que te ocurre). Su Obra Completa consta de dos entregas publicada en Visor por Túa Blesa, pero también hay una cantidad ingente de libros suyos editados por Lumen, Huerga y Fierro, El Ángel Caído, Hyperión, Valdemar o Calambur. Ahí están los Poemas del manicomio de Mondragón, Tango o Sombra, esperándote. Si aún no sabes si te interesará, te dejo aquí una muestra, antigua y leve:

A FRANCISCO
Suave como el peligro atravesaste un día
con tu mano imposible la frágil medianoche
y tu mano valía mi vida, y muchas vidas
y tus labios casi mudos decían lo que era el pensamiento.
Pasé una noche a ti pegado como a un árbol de vida
porque eras suave como el peligro,
como el peligro de vivir de nuevo.
 
“Last night together” 1980
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Poemas para el cuadrilátero

5 02 2012

El libro más reciente de Pedro Flores se titula El último gancho de Kid Fracaso y consta de 27 poemas que toman como excusa uno de los deportes más literarios que existen: el boxeo.


Se trata de un tema muy recurrente en literatura y por él han transitado autores como Jack London, Aldecoa, Cortázar o Roberto Bolaño, de quien hablamos hace poco. Dejando a un lado Young Sánchez o Por un bistec (uno de cuyos pasajes se cita al comienzo de El último gancho de Kid Fracaso), solo Cortázar ya tiene cuentos pugilísticos realmente antológicos, como Torito o La noche de Mantequilla. Pero lo más habitual es que se aborde el asunto desde la narrativa. En este caso (y eso lo convierte en un libro singular) Flores ha elegido la poesía; se ha metido en la piel de un boxeador y ha utilizado el pugilismo como metáfora de la vida, con toda la tópica habitual: la ética del perdedor, el tema del boxeador viejo y fracasado, la rabia de los golpes o el sabor de la caída, la fatalidad de la derrota o el aprendizaje de la vida. A partir de ahí nos encontraremos con un verdadero y completo paseo por el amor y la muerte, que, al fin, según dicen los que saben de esto, son los dos únicos temas que realmente vale la pena tratar.
Del estilo de Pedro Flores ya hemos hablado en alguna ocasión: suele trabajar el poema breve, en un lenguaje muy sencillo que convoca igualmente a la ironía, las paradojas de lo cotidiano y un erotismo muy acentuado, estableciendo un código muy claro con el lector a partir de la remisión a la frases de uso frecuente, el imaginario pop y también a la alta cultura, la política y la Historia. Por utilizar el lenguaje pugilístico, en El último gancho de Kid Fracaso nos encontramos a Flores en plena forma, aunque no busca el Knock Out, sino una victoria a los puntos, con un ágil juego de pies, mucho fondo y combinaciones limpias y elegantes. El resultado es un libro de los que nos gustan: para leerlo, en principio, de un tirón y volver luego de vez en cuando a él, y volver a disfrutarlo, paladeándolo.
Por cierto, y a propósito de disfrutes, debo decir que me encanta la edición, que es de El ángel caído, una editorial que ha sacado pocos, pero muy bien escogidos libros de Ángel Petisme y de Leopoldo María Panero. En este caso, el volumen aparece con unas llamativas ilustraciones de la zaragozana Agnes Daroca y es de esos que apetece tener entre las manos, porque, además, huele muy bien (algo que, dicho sea de paso, echo de menos en los libros digitales).
Así pues, para esta semana, dos cosas que a mí me gustan mucho: boxeo y poesía con El último gancho de Kid Fracaso, de Pedro Flores, en El ángel caído ediciones, 45 páginas a golpe de versos con los que vale la pena subirse al ring.








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