Esa ingenuidad occidental

26 02 2011

Fuente: eldescodificador.wordpress.com

Los líderes políticos, militares y económicos occidentales no salen de su asombro. Se han enterado de que Gadafi es un dictador. Por ejemplo, España no lo sabía cuando le vendía armas. Tampoco tenía ni idea cuando le permitía venir de visita, con su serrallo ambulante, cuando sus líderes aceptaban sus caballos como regalo. Y los de Repsol no dan crédito a sus ojos. Después de instalar allí sus empresas, de extraer su petróleo durante años, han venido a descubrir que Gadafi tiranizaba a su pueblo. Nadie lo sabía antes, por supuesto.

Fuente: zaragozaciudad.net

Pero, ahora que los libios se han rebelado, ahora que la opinión pública internacional sabe de sus tácticas represoras, ellos, que llevaban tanto tiempo entrando y saliendo de aquel país, negociando con él, nos hemos dado cuenta de que no tenían ni idea: por lo visto, se han enterado por la tele y el periódico de esa verdad que ellos, claro, centrados en sus negocios, no habían tenido tiempo ni oportunidad de ver. Pobres hombres de estado, pobres hombres de negocios, ellos no sabían, no tenían ni idea, Gadafi se aprovechó de su ingenuidad.

Fuente: javiermadrazo.wordpress.com

Y ahora (ahora que es la hora, ahora que un huracán de libertad se abate sobre la miseria petrificada, sobre la ignominia institucionalizada durante décadas con su connivencia, cuando no con su franco apoyo económico, político y militar) Occidente teme que los pueblos de otros países se rebelen también y los mass media occidentales le pongan delante del hocico a la opinión pública esas verdades que tampoco nadie ha querido ver, y que andan salpicando todo Oriente Próximo.

Los inversores, los analistas bursátiles, toda esa panda de cobardones que solo sirven para empobrecer a la gente, y a quienes les da igual si el dinero que manejan está manchado de sangre, ya han comenzado a temerse lo peor. Esos llorones infaustos ya han comenzado a vaticinar desastres. Ellos son así: cuando algo les saca de la meliflua estabilidad que la opresión de los más débiles les permite, cuando a su mano invisible le entra el tembleque, siempre dan la espalda a la justicia y se dedican a cacarear que los precios van a subir, hasta que, efectivamente, los precios suben (de hecho son ellos quienes los hacen subir). En estos días cacarean más que de costumbre. Pretenden introducir en nuestra mente la idea de que a los ciudadanos occidentales no nos conviene que los de Oriente Próximo defiendan sus libertades.

Personalmente, no pienso hacerles caso. Me da igual que los automóviles tengan que reducir su velocidad. Me da igual tener que apagar las luces de vez en cuando. Me da igual que suban los precios todavía un poco más. Yo no soy rico. Las subidas de los precios me afectan. Pero no me importa tener que apretarme un poco más el cinturón si eso sirve para que alguien, en otro lado del mundo, sea un poco más libre.

Mañana, cuando toque hacer caer al siguiente opresor (sobre todo si gobierna o des-gobierna un país que interesa a los inversores) los líderes políticos y económicos volverán a mostrar su sorpresa, a hacer declaraciones a favor de la democracia que sus socios llevan años pisoteando. Y los cobardones bursátiles, esa chusma que no ha trabajado en su vida, volverán a cacarear y a pronosticar desgracias económicas para conseguir que sucedan y sus márgenes de beneficios se conserven impolutos.

Es lo mismo. A mi cinturón aún le quedan agujeros. Y todavía puedo hacerle alguno más. Pero prefiero eso a vivir en un mundo sin justicia ni esperanza de tenerla, donde se apoya a criminales para que la gasolina no sea tan cara.

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