Calmas aparentes y bombas de relojería

23 06 2015

[Si quieres escuchar La Buena Letra de la semana pasada y, amén esta reseña, escuchar cómo Fortunata devora Cincuenta sombras de Grey, solo has de hacer clic aquí]

Las calmas aparentes, de Federico J. Silva, Tenerife, Baile del Sol, 89 páginas.

Las calmas aparentes, de Federico J. Silva, Tenerife, Baile del Sol, 89 páginas.

En La Buena Letra de la semana pasada hablamos sobre un libro que aparecerá esta en tu librería: Las calmas aparentes, un verdadero acontecimiento porque es, nada más y nada menos, la primera novela de uno de nuestros mejores poetas: Federico J. Silva. La presentación oficial tendrá lugar este viernes, 26 de junio, a las 19:30 en el Museo Poeta Domingo Rivero (calle Torres, 10, 1º). Y acompañando al autor tendremos el placer de estar Antonio Becerra y yo mismo.

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A Silva le bastan 89 páginas para construir una novela caleidoscópica, en la que se cruzan personajes, argumentos y temas como en una bomba de relojería que está a punto de estallar. Por un lado, la aventura sexual con visos de convertirse en amorosa (ya sabes: son amigos con derecho a roce o, follamigos, como quiere ahora la RAE) entre una funcionaria de mediana edad y un periodista desencantado, y el triángulo que se establece cuando este último comienza a flirtear con Maica, una joven compañera de redacción. Por otro, la amistad entre la funcionaria y su amiga Asun, casada con un político con quien no tiene una vida sexual demasiado normal. Y, last but not least, la guerra que mantiene con su periódico otro periodista aún más desencantado que el primero, ingobernable e izquierdoso, de nombre Manu, que no piensa callarse ni debajo del agua en su denuncia de los males del sistema. Todos estos argumentos, todas estas historias, todos estos personajes, están sólidamente entrelazados (en ocasiones en una telaraña carnal, mostrada en pasajes de un marcado erotismo) para formar una historia que transcurre en una sociedad corrupta, de doble moral, en la que está a punto de estallar una revuelta. Una sociedad que podría ser la nuestra. Y que quizás lo sea.

Como en sus libros de poesía, Federico J. Silva también resulta aquí transgresor y juguetón en las formas. Para empezar, plantea un homenaje a Cortázar proponiendo al lector dos formas distintas de leer la novela: una lineal, siguiendo las convenciones, y otra según un orden que establece en un tablero de dirección. Pero, aparte de ese guiño, la novela está contada en capítulos muy breves, que son fragmentos de monólogos interiores de los personajes, los cuales vierten los diálogos en estilo indirecto libre, conformando así un texto que se lee, sin embargo, de una manera muy clara pero con toda la complejidad de lo que podríamos denominar una novela potencial (Maica está a su vez escribiendo una novela que, descrita usando la narratología de Genette, coincide estructuralmente con Las calmas aparentes) que será el lector quien acabe construyendo cuando entre a formar parte de estos juegos.

Y esa novela no trata sobre cualquier cosa: trata sobre nosotros, sobre nuestra soledad oculta, nuestra confusión en un mundo en el que la información que nos llega de forma atropellada está, normalmente, llena de falsedad o de verdad a medias, que es la forma más eficiente que puede adoptar la falsedad.

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No me canso de decir que Federico J. Silva es una de las voces poéticas más interesantes surgidas a mediados de los años noventa. Ha firmado libros fascinantes, como Sea de quien la mar no teme airada, El crimen perfecto, Era Pompeia y, el más reciente, Palabrota poeta. Todos ellos libros-juego, libros que se plantean romper con la mediocridad estilística a través de juegos que imponen a su autor reglas muy estrictas. Ahora que se estrena como narrador, creo que vale la pena seguirlo y estoy seguro de que quien se acerque a esta novela de urgencia escrita para entender estos días convulsos, no se va a sentir defraudado. Se encontrará con uno de esos libros que nos gustan a ti y a mí: para leer rápido y pensar despacio.

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La última Buena Letra del año en que murió Lou Reed

27 12 2013

Fortunata y yo pensábamos hacer hoy el habitual repaso al año literario, recordando aquellos libros que nos gustaron y de los que hablamos en La Buena Letra, esa sección algo golfa en la que hablamos de libros cada viernes en el Hoy por Hoy de Cadena Ser Las Palmas de Gran Canaria, a las órdenes de Eva Marrero o Verónica Iglesias y flanqueados por Francisco Melo Junior, que hace lo propio con el cine desde La Butaca. Además, íbamos a instituir los Premios Fortunata. Pero por los lazos del demonio, a nuestro Presidente le ha dado por fijar para la misma hora y día su primera comparecencia sin límite de preguntas del año (sí, es 27 de diciembre, casi 28).

La Butaca y La Buena Letra en plena desrecomendación de un libro (por llamarlo de alguna manera) de Isabel Allende. Foto: Eva Marrero.

La Butaca y La Buena Letra en plena desrecomendación de un libro (por llamarlo de alguna manera) de Isabel Allende. Foto: Eva Marrero.

Así pues, mientras Rajoy presume del tamaño de sus ‘reformas’ y llama “ese asunto” a la cuestión del aborto, mi baifita y yo vamos a hacer este repaso igualmente. Los Premios Fortunata habrán de esperar al próximo año, porque eso de destruir libros sobrevalorados en silencio, en casa y sin Junior no tiene la misma gracia.

Haciendo balance, veo, en primer lugar, que el número de libros publicados en España que hemos comentado es muy superior al de los extranjeros. ¿Y sabes qué? Que me parece estupendo. Este ha sido para mí el año de descubrir a muchos buenos autores o reencontrarme con otros que se habían hecho desear. En La Buena Letra, este año, comentamos estupendas novelas españolas, sobre todo de género negro, a saber: La mala espera (Marcelo Luján), Don de lenguas (Rosa Ribas y Sabine Hofmann), El Chef ha muerto (Yanet Acosta), 612 euros (Jon Arretxe), y alguna más que no es exactamente negra, pero coquetea con el género, como La tristeza del samurái (Víctor del Árbol). Se nos quedaron atrás cosas estupendas, como Un buen invierno para Garrapata (Leo Coyote), Cien años de perdón (Claudio Cerdán) o La última batalla (José Javier Abasolo). Qué se le va a hacer. No siempre hay tiempo de hablar de todo lo que a uno le gusta. Como tampoco lo hubo para hablar de un estupendo ensayo sobre la novela negra, Literatura del dolor, poética de la verdad, de Eugenio Fuentes, que este año, tras mucho hacerse esperar, hizo doblete con este ensayo y una fantástica novela sobre la Guerra Civil, Si mañana muero, publicada por Tusquets. Ni lo hubo para comentar los nuevos lanzamientos de Javier Hernández Velázquez (Un camino a través del infierno), José Luis Correa (Blue Christmas), Juan Ramón Tramunt (La piel de la lefaa) o Mariano Gambín (La casa Lercaro).

La pluma del arcángel, de Carlos Álvarez. Hora Antes Editorial, 220 páginas

La pluma del arcángel, de Carlos Álvarez. Hora Antes Editorial, 220 páginas

No todo fue semen y sangre, por supuesto. Este año hablamos de La pluma del Arcángel, estupenda novela histórica de Carlos Álvarez que reapareció este año, El despertar, la divertidísima novela de zombis de Elio Quiroga y Brevísima relación de la destrucción de June Evon, el western poético de la gran Tina Suárez. Me corrijo: estas tres novelas también están llenas de semen y de sangre.

El despertar, de Elio Quiroga-Rodríguez, Barcelona, Timun Mas, 253 páginas.

El despertar, de Elio Quiroga-Rodríguez, Barcelona, Timun Mas, 253 páginas.

Como en La Buena Letra no estamos obligados a la actualidad y recomendamos lo que nos place a Fortunata y a mí, también aprovechamos para hablar de algunos libros que tienen unos añitos pero son imprescindibles: Dersu Uzala (Vladímir Arséniev), El camino del tabaco (Erskine Caldwell), El ruido y la furia (William Faulkner), Matadero Cinco (Kurt Vonegutt), o El llano en llamas (Juan Rulfo), libro que en 2013 cumplió, nada menos, sesenta añitos.

Este fue también año de rescates. Alfaguara recordó a John Berger con las reediciones de Hacia la boda, y Fama y soledad de Picasso, y rescató también Intruso en el polvo, de Faulkner. Nórdica hizo lo propio con Elling, de Ingvar Ambjorsen.

Cuentos prohibidos. Para leer en la intimidad, de D. H. Lawrence, Barcelona, Navona, 171 páginas

Cuentos prohibidos. Para leer en la intimidad, de D. H. Lawrence, Barcelona, Navona, 171 páginas

Y para rescatadores, los de Navona, esa gente con buen ojo, que este año iniciaron su colección de novela negra en la que han aparecido textos muy olvidados e interesantes, como La promesa (Frederich Dürrenmatt), Drama en la cacería (Antón Chejov) o El viento y la sangre (M. A. West). Y no se quedan ahí, porque nos han traído cosas exquisitas, entre las cuales están Malentendido en Moscú (Beauvoir), Los caminos que no llevan a Roma (Brassens), las Novelas bálticas (Keyserling) o Cuentos prohibidos para leer en la intimidad (Lawrence).

Como ves, un año completito (y hablo solo de lo que he podido leer yo y de lo que me ha gustado). Sin embargo, no todo es bueno. Este año nos dejaron grandes escritores: José Luis Sampedro, Álvaro Mutis, Tom Sharpe y el estudioso de la literatura canaria El Hadji Amadou Ndoye. Especialmente para la poesía fue un año nefasto, en el que fallecieron mi estimado Luis Natera, Juan Luis Panero, Rubén Bonifaz Nuño (sí, ese autor mexicano a quien citaba tanto Monterroso), Seamus Heany (Premio Nobel de Literatura 1995), Antidio Cabal y Olegario Marrero. No siempre me enteré a tiempo de recordarlos cumplidamente en el espacio radiofónico, y puede que muchos de ellos ni te suenen, pero nunca es tarde para buscar sus libros y hacer que revivan en las páginas que nos dejaron.

Más o menos así fue este año en La Buena Letra. Acaba ya, y es tiempo de arrepentirse de las cosas que dejamos por hacer. Yo, por ejemplo, me arrepiento de no haber tenido tiempo para comentar las nuevas obras de los más jóvenes, por ejemplo, Consejera nocturna (Leandro Pinto), El silencio de Sara (Rayco Cruz), Red Zone (Macu Marrero), Caminarán sobre la tierra (Miguel Aguerralde) o Los sueños de la muerte (Paula Lizarza). Ellas y ellos se atreven con géneros oscuros y son un soplo de aire fresco en este ámbito, el literario, que a veces se viste con demasiada solemnidad.

Fortunata, en cambio, se arrepiente de no haber devorado aún la poesía de José María Pemán, algún libro de César Vidal y el libro de Belén Estéban. Me los ha pedido para Reyes. Pero los Reyes, este año, vienen pobrecitos y yo, por otra parte, cada vez ando más republicano.

Me adentro en el final de año sabiendo que habrá libros, buenos y malos, mejores o peores, leves o densos, en papel o en digital. Da igual: libros, al fin, porque uno los necesita como el aire. Si me preguntas el motivo, citaré Malentendido en Moscú, de Simone de Beauvoir, cuyo personaje se dice a sí misma cuál es la ventaja de la literatura:

Las palabras se las lleva una consigo. Las imágenes se marchitan, se deforman, se apagan. Pero ella volvía a encontrar las viejas palabras en su garganta, tal como habían sido escritas. La unían a los siglos antiguos en los que los astros brillaban exactamente como hoy. Y ese renacimiento y esa permanencia le daban una impresión de eternidad.

Me quedo, hasta que llegue 2014, con esa cita de Beauvoir y con el recuerdo de un grande que también nos dejó en el año que acaba. Sí, porque, para mí, 2013, siempre será el año en que murió Lou Reed.

[Con este repaso a los libros de los que hablamos este año, espero haberle dado, de paso, alguna idea a Baltasar (ya sabes que cada vez que alguien no incluye un libro en su carta a los Reyes Magos, muere un cachorrito de labrador). Como seguramente se me han escapado muchos títulos, no estaría mal que aportaras, en los comentarios, tu propuesta de regalo literario, entre los libros que más te hayan gustado en los últimos doce meses. ¿Qué libro regalarías tú este año?]





Gallina que canta, gallina que pone

21 04 2013

Es domingo por la noche y mi pareja no está. Así que me voy a poner un poco autobiográfico. No demasiado. Diez minutitos. No más. Lo prometo.

Imagen original de Fernando Montecruz.

Imagen original de Fernando Montecruz*.

Nací en 1971 en el barrio de Escaleritas (en la zona más humilde, la de los bloques del Patronato Francisco Franco) de Las Palmas de Gran Canaria. Soy el menor de los tres hijos de Josefa Betancor Santana y José Ravelo del Rosario, una modista y un recepcionista de hostal (él antes había sido cambista de novelas, escribiente y hasta marinero). Ya sabes, aquellas familias que tenían una Biblia y una enciclopedia Acta 2000 comprada a plazos, esas familias de bocadillo de aceite y azúcar y cine de barrio cuando se podía.

Cuando acabé la Educación General Básica yo quería estudiar periodismo (había visto Lou Grant). Pero en mi ciudad no había universidad aún y mi familia nunca hubiera podido pagarme una carrera. Así que mis padres me sentaron en el recibidor y me dijeron que no podía estudiar BUP y COU, que sería mejor que estudiara FP, construcciones metálicas. Si me convertía en un buen soldador, mi padre quizá podría conseguirme un trabajo en los muelles, como calderero. Yo también había visto Calderero, sastre, soldado, espía, así que lo intenté. Igual me reclutaba el Foreign Office. Pero los reclutadores no aparecieron, mi torpeza alimentó mi desinterés y poco tiempo más tarde ya estaba trabajando en bares, poniendo copas y metiendo dinero en una casa que abandoné antes de cumplir los 18. Lo único que me llevé siempre de una casa a otra en las muchas mudanzas que siguieron fueron mis libros, comprados de segunda mano o robados. Eso y el cariño de mis amigos, porque unos y otros eran lo único que me sacaba espiritualmente de la miseria material que me rodeaba.

Durante años, procuré darme una formación mientras ponía copas (no voy a mentir: también me bebí algunas, mezcladas con otras sustancias igualmente deleznables). Hice mi bachillerato, oposité (aprobé alguna oposición, pero jamás conseguí plaza) y asistía a talleres siempre que podía. Finalmente, accedí a hacer la carrera de Filosofía Pura en la UNED. No la acabé, por diversos motivos entre los que se incluyen los económicos, pero me encantaba.

Al mismo tiempo (para mi desgracia) iba aprendiendo que más vale decir lo que tienes que decir aunque eso suponga que vas a morirte de hambre; que a los poderosos no se les repeta, se les vigila; que no valía la pena dedicarte a este oficio si tenías que ir por ahí lamiendo culos y mendigando subvenciones, y agarrándote pataletas si no te las daban, que era lo que se estilaba en épocas pasadas. En los últimos 15 años en la hostelería, conocí a muchos escritores mayores que yo que fueron muy benévolos y generosos conmigo. Muchos de ellos me ayudaron: me permitían participar en las revistas que ponían en marcha, me animaban a continuar, o se ofrecían a presentar mis primeros pinitos literarios. Carlos Álvarez, Dolores Campos-Herrero (ella, hoy fallecida, una vez me llamó francotirador, y ese ha sido el elogio más lindo que nadie me haya hecho), Emilio González Déniz, Antolín Dávila, Eugenio Padorno o Alicia Llarena (Alicia no es mucho mayor que yo, pero ya gozaba de prestigio), se cuentan entre otros muchos.

Al fin, tuve suerte: gracias a la intermediación de Antonio Becerra (que me ha enseñado las mejores cosas que he aprendido) un día publiqué una novela con una pequeña editorial que empezaba. No teníamos (ni el editor ni yo) dinero para promociones, ni hubo gran impacto en los medios de comunicación ni contábamos con apoyo institucional. Sin embargo, la novela se vendió bien y empezó a tener buenas críticas. El público la respaldó y, sin que nosotros lo supiéramos, los profesores de enseñanza media comenzaron a recomendarla como lectura a alumnos a quienes además les gustaba. No había trampa ni cartón, no había apoyo institucional, sino una comunicación inmediata entre texto y lectores. Si hay algo de lo que esté orgulloso es precisamente de eso.

A partir de entonces, seguí publicando libros. Unos con mayor éxito que otros. Pero uno nunca ha de quejarse: hay que tener humildad para aceptar los fracasos. Igual que hay que tener humildad cuando algún gestor no cuenta contigo para un evento: a veces es cuestión de medios materiales; otras se trata, simplemente, de que no das la talla (y hay que aceptarlo). Hubo, por ejemplo, algún encuentro de novela negra al cual no fui invitado. Hubo, también, campañas institucionales en las que se usaba dinero público para traducir a autores canarios a otros idiomas. Nunca me quejé, porque quizá alguien hubiera podido decirme (acaso no sin razón) que mis obras no estaban a la altura.

En cualquier caso, a partir de que dejé la hostelería para dedicarme a la escritura, muchas veces las instituciones me hicieron encargos. No muchos, pero sí interesantes: talleres literarios, actividades de animación a la lectura, etc. Cosas en mi opinión útiles a la ciudadanía. Jamás en mi vida pedí una subvención o una beca “para desarrollar mi obra” o solicité que alguien publicara mis obras con dinero público. Siempre he pensado que ese uso del dinero público para el lucimiento personal es muy poco serio y mucho menos ético.

Tampoco tuve nunca que dejar de decir lo que pensaba en política para que una determinada institución me hiciera un determinado encargo. Nunca fui vocero de partido alguno ni mentí sobre mis convicciones para que me dieran trabajo.  Y, si sigues este blog, sabrás cuáles son esas convicciones políticas. Eso supuso que algunas instituciones no me llamaran para trabajar, pero que, cuando alguna solicitaba mis servicios para aportar un texto a un volumen, impartir un taller o diseñar una actividad de dinamización lectora, era porque realmente pensaba que era una persona competente para esos fines y, en cualquier caso, sabía que llamaba a una persona independiente que no se callaba ni debajo del agua. Y en esto incluyo a la izquierda, a la derecha, al nacionalismo, a los Rosacruces y a la Santa Inquisición.

Hace un par de semanas, Cristian Jorge Millares, de la Librería del Cabildo Insular de Gran Canaria, se puso en contacto conmigo para invitarme a una firma colectiva de libros el 23 de abril. Me consta que el año pasado, en ocasión similar, intentó contar conmigo, pero no le fue posible porque yo no entraba en el programa. Eso no me molesta. De hecho, esos días son días de locos para mí, como para la mayoría de mis compañeros. Estar activo, trabajando y creando tiene esos inconvenientes que, por otro lado, aparejan el agradable contacto directo con los lectores, esas personas que deciden emplear su tiempo en escuchar lo que dices. Este año, en concreto, tengo un taller, una entrevista radiofónica y otra firma de libros en otra librería. Pero acepté gustoso la invitación, porque Librería del Cabildo solo tenemos una y porque, qué carajo, hay invitados compañeros a los que hace mucho que no veo.

Sin embargo, hoy me sorprendo al leer este texto de Luis León Barreto. Precisamente de Luis León Barreto. Al parecer, está molesto porque no ha sido invitado a firmar. Habla de sectas, de elegidos, de cainismo y de no sé qué problema que tuvo con Luz Caballero. Personalmente, creo que Luis se equivoca.

Es más, este exabrupto suyo (y otros recientes) me recuerdan a aquellas malicias infantiles, cuando a alguien se le escapaba un gas en la fila y, para ahuyentar sospechas, procedía a quejarse del mal olor. En esos casos, el resto de la clase ponía en evidencia su argucia  con un sencillo y eficaz estribillo: “Gallina que canta, gallina que pone”. Porque la verdad es que entre mis compañeros de generación y entre otros autores mayores (los antes mencionados y muchos otros más) no observo esas luchas cainitas, muy características, eso sí, de la época en que él estaba en la cima.

De hecho, observo todo lo contrario: un trato cordial y bastante generoso. Nos alegramos de los éxitos ajenos e incluso, si podemos, contribuimos a ellos. Apoyamos, siempre que podemos, a los que van empezando y respetamos muchísimo el trabajo de los demás. Por mi parte, desde estas y otras tribunas, hablo siempre que puedo de libros canarios y hablo bien de ellos si se lo merecen. Si no se lo merecen, prefiero siempre guardar un discreto silencio, porque no me gusta mentir a mis lectores, pero también sé (me atrevería a decir que lo sé mejor que nadie) lo difícil que es abrirse camino en la vida disparando letras.

No obstante, como ya le he comentado al interesado en su propio blog, creo que la polémica tiene fácil solución. Ya que el problema es un problema de espacio físico, cedo muy gustosamente mi turno a Luis León Barreto. Es el turno de 17:30 a 18:30. En la Librería del Cabildo. Así yo dispondré de una hora libre en ese día tan ajetreado para repasar mis clases o incluso tomarme un café con algún amigo y Luis disfrutará de ese puesto que, al parecer, él se merece.

Se me han acabado los diez minutos de autobiografía. Para cotilleos, ya ha habido de sobra. Ahora leeré un rato antes de dormir. Hoy me apetece algo canario. Algo de Santiago Gil, de Ángeles Jurado, de Pepe Correa, de Antolín Dávila, de Paula Nogales, de Carlos Álvarez, de Antonio Lozano, de González Déniz, de Leandro Pinto, de González Ascanio, de Víctor Ramírez… No lo sé, hay tanto y tan bueno donde elegir.

* La imagen que ilustra este post es del gran Fernando Montecruz, quien me la regaló hace unas semanas y me autorizó a utilizarla si yo lo creía oportuno y se daba una oportunidad conveniente. Sí, fue un regalo. Para que luego hablemos de cainismo entre creadores canarios.




No sea tonto: ponga un canario en su biblioteca*

15 12 2011

Mi querido amigo /querida amiga:

Usted, que descubrió con ojo avezado el realismo mágico antes que nadie y maneja con facilidad varias generaciones narrativas, no sólo peruanas, argentinas y mexicanas, sino también cubanas, venezolanas, paraguayas, brasileñas.

Usted, persona de hábitos sibaritas, que ha mostrado a sus amigos y amigas las excelencias de escritores de lugares como Armenia, Congo Belga, Albania, Bosnia, Turquía y Eslovaquia.

Usted, lector o lectora perfectamente al día, que ya leía a los autores suecos antes de que llegara Larsson, que ya había asistido a la edificación de los pilares de la tierra antes de que se implantara su marina franquicia catalana y ya sabía de todos los secretos vaticanos antes de que el cine los expusiera al vulgo.

¿Va a dejar pasar la oportunidad de ser el primero o la primera entre los suyos en descubrir el nuevo fenómeno literario periférico? ¿Va a permitir que sea ese compañero de oficina estirado, esa vecina “moderna”, ese cuñado pedante, o esa primita resabiada quienes le descubran a estos nuevos e interesantísimos autores?

Piense que en este mundo global, en el que todo lo excéntrico parece tan céntrico y tan explorado, en el que parecen no quedar ya flores salvajes, existe aún una literatura periférica por descubrir, la cual, sin embargo, resulta intelectualmente asequible a su idioma y su cultura sin dejar de ser un producto genuinamente exótico. Me refiero (si está bien informado, lo habrá adivinado ya), a la literatura canaria.

Repare en las evidentes ventajas: alejamiento de la Metrópoli pero cercanía intelectual; africanidad pero en español; referentes americanos pero giros léxicos mucho más familiares para el lector ibérico; crisol de culturas, pero sin necesidad de viajar a Nueva York (carísimo), en caso de querer visitar el escenario de su novela preferida. Y, en cuanto a la moda sueca, recuerde que los canarios fueron los primeros españoles en plantar su semilla en el frío norte (Muchas veces, en sentido literal. Una demanda colectiva de paternidad en los años ochenta lo demuestra).

Y una vez pensado todo esto, no piense más y ponga a un canario en su biblioteca.

Después podrá hablar de la prosa recia de González Déniz, del rico universo de Antolín Dávila, de los deliciosos bocados narrativos de Dolores Campos-Herrero, de los grises ambientes de González Ascanio y las elegantes ficciones de José Manuel Brito.

Podrá hablar, también, de temas de candente actualidad: del polémico asunto de la memoria histórica, con las novelas de Miguel Ángel Sosa Machín como excusa; del pequeño drama de las anónimas víctimas de la crisis, haciendo lo propio con las de Santiago Gil.

Podrá hacer sonreír a sus amistades con los juegos naif de Juan Carlos de Sancho. O presumir de haber constatado primero que nadie la valía de relatistas y microrrelatistas, como la joven Ángeles Jurado o la todavía más joven Judith Bosch.

Si es amante de intrigas y violencias, tiene varios escritores negros entre los que elegir: algunos autóctonos, como Correa o Ravelo; otros afincados hace años en las Islas, como Lozano o Carlos Álvarez (no confundir con el cantante lírico).

Incluso dispone usted de varios ejemplares de canarios afincados en grandes ciudades, como Sabas Martín o José Carlos Cataño (una de cuyas novelas tiene como ganancia secundaria proporcionar un tema originalísimo de conversación, olvidado entre nosotros desde Leopoldo Azancot: el erotismo y el judaísmo).

Y la poesía… Ah, la poesía. Canarias, por si usted desconoce el dato, es tradicional territorio de poetas. Puede empezar por los más jóvenes: Pedro Flores, Tina Suárez, Federico J. Silva, Alicia Llarena, Verónica García, Silvia Rodríguez (no confundir con el cantautor), Cecilia Domínguez, Marcos Hormiga… Son tantos y tan interesantes que usted podrá hablar de uno cada día sin repetirse en mucho tiempo.

Imagínese en medio de esa reunión social en la que ya hace rato que corren el vino y la cerveza, captando la atención de todos al decir: “Recuerdo un poema de un poeta de Lanzarote que…”. Se convertirá enseguida en el centro de interés de sus potenciales amantes y en la envidia de sus rivales amorosos.

Pero, ya que será el primero o la primera en descubrirlos, aproveche su ventaja. Usted, que cuando apareció Mankell olisqueó enseguida a Sjöwall-Wahlöö, no pierda el tiempo y encuentre cuanto antes a los Millares y los Padorno y los de La Torre, a Arozarena y a Isaac de Vega, a Agustín Espinosa y García Cabrera, a Alonso Quesada y Domingo Rivero.

En esta tarea (puede que algo laboriosa, pero de indudable provecho) podrá ayudarse de utilísimos estudios de Jorge Rodríguez Padrón, Eugenio Padorno, Oswaldo Guerra, Antonio Becerra o Nilo Palenzuela, entre otros, sin olvidar a la decana de los estudiosos de la literatura canaria: doña María Rosa Alonso.

Piense en cómo presumirá de haber llegado antes que nadie a los protagonistas de la nueva ola canaria; en la soltura con la que transmitirá sus conocimientos acerca del mestizaje cultural, de la influencia del paisaje en la poética insular; piense en el asombro que despertará al decir a los neófitos: “Pero si los tenías ahí, ante tus narices: justo enfrente de África. Y no los conocías”.

No espere más. Ponga a un canario en su biblioteca.

Quizá al principio le cueste un poco y tenga que dirigirle la palabra a su librero o librera de confianza, porque tal vez (pequeñas desventajas de ser un pionero) hasta dentro de un tiempo no figuren en mesa de novedades. Mucho menos en supermercados, aeropuertos o en esa cadena de negocios que llevan nombre de maniobra textil (o de gesto insultante, si usted quiere) y apellido de gentilicio británico. Esos sitios, como bien sabe, van siempre en el furgón de cola de la cultura, a remolque de lo que ya otros han descubierto. No sea vulgar. Usted tiene demasiada clase para eso. Acuda a los sitios donde re-al-men-te están los libros y solicite a alguno de los autores mencionados en este aviso (que es también advertencia) o a otros canarios que su librero acaso ya conozca.

Porque sí, ya varios editores (ellos no son tontos) han puesto los ojos en diversos canarios y los han fichado. Y, por otro lado, desde hace tiempo los distribuidores (ellos tampoco son miopes) hacen llegar regularmente a cualquier rincón de España los libros de las editoriales canarias (sí, las hay: alguna tienen incluso luz eléctrica y teléfono).

Así pues, no espere más. Que cuando Babelia o El cultural lleguen, usted lleve ya un buen  rato ahí. Conviértase en un precursor, en un pionero, en un experto. No deje que se le eche encima lo irremediable y le coja despistado lo que ya se veía venir.

No dude un instante más. Ponga a un canario en su biblioteca. Hágalo hoy y enorgullézcase mañana. No sea esta vez de los últimos en enterarse.  Hágalo sin demora. Comparta, además, este mensaje entre personas de su círculo más íntimo. No se lo envíe a todas: sólo a aquellas que lo merecen. Se lo aseguro: se lo agradecerán.

Sin otro particular que comunicarle y esperando que la información proporcionada le sea de utilidad, aprovecha para enviarle un cordial saludo:

Bernardo Betancor

(Becario Adjunto a la Cátedra de Pirobiología y Concatenaciones Diversas de la Universidad de Patafísica de San Expósito).

*Nota para el lector canario: Este texto pertenece a una entrada antigua que, en su momento, tuvo bastante éxito. Ahora, dado que Ceremonias ha renacido de sus cenizas en WordPress tras la desaparición de Canariblogs (plataforma que, al menos los isleños, echaremos de menos). Vuelvo a colgarlo, pensando especialmente, como en la ocasión anterior, en el público peninsular, que también tiene derecho a enterarse de dónde está lo bueno. Lo reproduzco sin añadir ni quitar ni una coma, con todos sus defectos. Por supuesto (y también como la vez anterior), faltan nombres, porque la memoria es injusta y el espacio es limitado. En su momento, por ejemplo, olvidé mencionar a Álamo de la Rosa, a Galloway, a Marcos Arvelo y a Melini. En esta ocasión, omito los de las autoras y autores cuyos títulos han aparecido en los últimos meses: Antonio Cabrera, Javier Hernández, Noel Olivares, Rayco Cruz o Nisa Arce, entre otros. Si uno pretendiera, como mínimo, mencionar a todos aquellos y aquellas que lo merecen, este post sería interminable.





Sobre el magnetismo de las letras canarias

10 02 2011

Esta es la noticia. Me la envió un amigo ayer. Esta es una de las opiniones que ha provocado. Esta es otra. Durante todo el día ha levantado una tormenta de emails e intervenciones en diversos foros. En muchos de ellos he tomado parte en el debate. Pero, para que no se diga que hablo en corrillos o en voz baja (o en Facebook, que viene a ser lo mismo), expreso, a continuación, la mía.

Alguna vez ya he contado cómo comencé a leer libros de autores canarios por insistencia de algunos buenos amigos que me fueron descubriendo (quizá sin pretenderlo) que también en las Islas había libros dignos de atención. Así que mis encuentros con buenos libros escritos por canarios y canarias (que malos también los hubo) fueron posibles gracias al boca a oreja, porque en la educación de aquellos años, salvo Tomás de Iriarte, Pérez Galdós, Tomás Morales y Alonso Quesada, las Islas parecían no existir. Así que los hallazgos (inducidos o casuales) con Espinosa, Arozarena, Trujillo, De Vega, Pino Betancor, Agustín y José María Millares, Pino Ojeda, Claudio y Josefina de la Torre, Emeterio Gutiérrez Arbelo, Domingo López Torres y tantos otros, los cuales me llevarían, además (junto a la persistencia de algunos otros amigos, mejor documentados), a descubrir a Viera, a Graciliano Afonso y a Cairasco o a ese relámpago de poesía que fue Domingo Rivero fueron fruto del azar, de la propia curiosidad y, sobre todo, de los consejos de otros lectores que, como yo, ya habían explorado esos territorios. Ese caos me permitía la sorpresa continua, pero también suponía la necesaria existencia de lagunas.

Hace unos años, cuando lo que entonces era la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas promovió la institución del Día de las Letras Canarias en recuerdo de Viera y Clavijo (y dedicado cada año a uno o más escritores de la tradición insular) pensé que lo mejor no sería el homenaje (ya que no se trataba de un mero acto para académicos e iniciados) sino la divulgación que, con medios públicos, se haría entre los más jóvenes de aquellos libros y autores que conformaban toda una tradición y que los de mi generación nos habríamos perdido si no hubiera sido por un afortunado azar. Esto es: lo principal era la vindicación y la popularización de una serie de firmas de calidad que habían permanecido ocultas durante mucho tiempo. Por ejemplo, este año, gracias al Día de las Letras Canarias, es muy posible que muchos chicos y chicas de Canarias descubran que Tomás Morales es mucho más que el nombre de una calle.

Por supuesto, se me podría decir que esto no vale para Galdós, quien ya es bastante popular. De acuerdo. Pero sí para Mercedes Pinto o para muchos otros que quedan en la lista de los autores que aún no han sido homenajeados. Yo espero pacientemente (desde que se instituyó esta efeméride y sin criticar jamás la elección de turno cada año, porque pienso que lo importante es que se celebre a los escritores y escritoras canarios, más allá de los gustos o preferencias de cada cual) la celebración (cada una a su hora) de quienes cité antes y aun de otros que olvidé mencionar, como Padorno, Sarmiento, Nicolás Estévanez, Pedro Perdomo Acedo o Ángel Guerra. Y sí, sé bien que, como me ha recordado un amigo, el Día de Canarias “tiene por objetivo reconocer la labor llevada a cabo históricamente por los autores canarios dedicados a cualquier faceta de la cultura”, y que, ateniéndonos a la letra (que no al espíritu) ahí caben muchas cosas que no son estrictamente literatura. Pero no puedo sentir más que desencanto (tras el desconcierto inicial) cuando leo la noticia de que el Día de las Letras Canarias del próximo año va a estar dedicado muy probablemente, a Blas Cabrera Felipe (cuyos libros te invito a buscar, como hice yo al leer la primera noticia que cito, en la base de datos del ISBN). Y no sentí ese desencanto, esa, digamos, desazón porque Cabrera Felipe no se merezca un homenaje. No dudo que se lo merezca como científico. No dudo de su importancia. No dudo de que se trate de un canario ilustre que nos ha paseado por el mundo. Pero no creo que deba ocupar el lugar que, se supone, corresponde a alguno de los escritores cuyo nombre se rescata poco a poco del olvido gracias a esta festividad anual. No creo que sea justo que algún joven (o algún no tan joven) de nuestra comunidad deje de conocer el año próximo a, por ejemplo, Pedro García Cabrera, simplemente porque algún asesor ha hecho mal su trabajo, porque algún político se ha dejado asesorar mal y porque todos los demás (por unánime ignorancia) le hayan seguido el juego.

Porque, recordémoslo, la denominación de la efeméride no es Día de la Cultura Canaria, sino Día de las Letras Canarias. Y, con el debido respeto, quedan suficientes canarios ilustres (o no tanto, pero sí ilustrados) que se dedicaron a las letras y no han sido reivindicados como para dedicar a los físicos los pocos medios destinados a ello.

Estamos en febrero de 2011. De aquí a 2012 hay tiempo de rectificar, de tirar de las orejas a algún asesor (corriendo los tiempos que corren, no pediré el despido para nadie), de pensar en el precedente que abre esa elección, pues, si ya era controvertida la elección de cada año, pensemos en el laberinto de nombres que pueden ser postulados como representantes de la “cultura” canaria en general, desde don Juan Negrín a Valentina la de Sabinosa.

Eso sí, si la Proposición sale adelante, hago una propuesta a los escritores de las Islas: que nos comprometamos, cada uno, a leer uno de los libros de Blas Cabrera Felipe y a escribir y publicar una crítica estrictamente literaria del mismo. Será bastante absurdo juzgar literariamente un libro sobre física, pero quizá no lo sea menos dedicar a un físico un día dedicado a la literatura. Para que no me lo pisen otros compañeros, me comprometo formalmente, si esta elección no es rectificada, a publicar, tal día como hoy del año que viene, una crítica literaria de La teoría de los magnetones y la magnetoxquímica de los compuestos férricos, contenido en el Volumen 1 de las Obras Completas de Blas Cabrera Felipe y cuyo solo título me ha parecido ya fascinante, no por su tamaño, sino porque irradia magnetismo.

Fe de erratas y P.S.: Observo que se me coló una errata en el título del libro. En concreto, donde dice “magnetoxquímica”, debe decir “magnetoquímica”. Podría atribuirse a mi ignorancia literaria acerca de la Bibliografía de Blas Cabrera Felipe, pero lo cierto es que constaba así en la Base de Datos del ISBN. Me he dado cuenta de esta circunstancia buscando el libro, porque finalmente he decidido no esperar hasta el año que viene y leerlo y reseñarlo literariamente. Quién sabe, quizá sea una especie de Vida secreta de las abejas en el campo de la Física y deba tragarme mis palabras…

 





¿Lo hacemos?

15 04 2010

El amigo Daniel Martín Castellano, después de leer una entrada de este blog, titulada Ponga un canario en su biblioteca, ha tenido la siguiente idea: crear esta imagen po-un-canario, colgarla en sus sitios web y hacerse una camiseta con ella. A mí me parece una buena idea y un buen regalo, en esta víspera de la feria del libro. Así que me apunto a colgar esta imagen que ha diseñado Dani y en próximos días me haré una camiseta con ella, para pasearla por la Feria del Libro y demás eventos. Además, le pongo otra norma al juego: haré una para mí y otra para otra persona de mi entorno, a quien la regalaré con la condición de que haga otra para otra persona. La imagen, si quieres hacer lo mismo, puedes tomarla de aquí mismo.

Se me ocurre que no estaría mal que quienes nos dedicamos a esto de emborronar cuartillas y juntar letras paseáramos esta imagen por ahí. Quizá recordaríamos a alguien que la literatura canaria también existe. Así que ya sabes, la campaña no-institucional Pon un canario en tu biblioteca ya ha dado comienzo. No tenemos presupuesto ni objetivos ni temporalización ni infraestructura. Tenemos, eso sí, ganas de reírnos y grandes dosis de socarrona y canarísima mala leche. ¿Te apuntas?





Ponga a un canario en su biblioteca

5 03 2010

canario

Mi querido amigo /querida amiga:

Usted, que descubrió con ojo avezado el realismo mágico antes que nadie y maneja con facilidad varias generaciones narrativas, no sólo peruanas, argentinas y mexicanas, sino también cubanas, venezolanas, paraguayas, brasileñas.

Usted, persona de hábitos sibaritas, que ha mostrado a sus amigos y amigas las excelencias de escritores de lugares como Armenia, Congo Belga, Albania, Bosnia, Turquía y Eslovaquia.

Usted, lector o lectora perfectamente al día, que ya leía a los autores suecos antes de que llegara Larsson, que ya había asistido a la edificación de los pilares de la tierra antes de que se implantara su marina franquicia catalana y ya sabía de todos los secretos vaticanos antes de que el cine los expusiera al vulgo.

¿Va a dejar pasar la oportunidad de ser el primero o la primera entre los suyos en descubrir el nuevo fenómeno literario periférico? ¿Va a permitir que sea ese compañero de oficina estirado, esa vecina “moderna”, ese cuñado pedante, o esa primita resabiada quienes le descubran a estos nuevos e interesantísimos autores?

Piense que en este mundo global, en el que todo lo excéntrico parece tan céntrico y tan explorado, en el que parecen no quedar ya flores salvajes, existe aún una literatura periférica por descubrir, la cual, sin embargo, resulta intelectualmente asequible a su idioma y su cultura sin dejar de ser un producto genuinamente exótico. Me refiero (si está bien informado, lo habrá adivinado ya), a la literatura canaria.

Repare en las evidentes ventajas: alejamiento de la Metrópoli pero cercanía intelectual; africanidad pero en español; referentes americanos pero giros léxicos mucho más familiares para el lector ibérico; crisol de culturas, pero sin necesidad de viajar a Nueva York (carísimo), en caso de querer visitar el escenario de su novela preferida. Y, en cuanto a la moda sueca, recuerde que los canarios fueron los primeros españoles en plantar su semilla en el frío norte (Muchas veces, en sentido literal. Una demanda colectiva de paternidad en los años ochenta lo demuestra).

Y una vez pensado todo esto, no piense más y ponga a un canario en su biblioteca.

Después podrá hablar de la prosa recia de González Déniz, del rico universo de Antolín Dávila, de los deliciosos bocados narrativos de Dolores Campos-Herrero, de los grises ambientes de González Ascanio y las elegantes ficciones de José Manuel Brito.

Podrá hablar, también, de temas de candente actualidad: del polémico asunto de la memoria histórica, con las novelas de Miguel Ángel Sosa Machín como excusa; del pequeño drama de las anónimas víctimas de la crisis, haciendo lo propio con las de Santiago Gil.

Podrá hacer sonreír a sus amistades con los juegos naif de Juan Carlos de Sancho. O presumir de haber constatado primero que nadie la valía de relatistas y microrrelatistas, como la joven Ángeles Jurado o la todavía más joven Judith Bosch.

Si es amante de intrigas y violencias, tiene varios escritores negros entre los que elegir: algunos autóctonos, como Correa o Ravelo; otros afincados hace años en las Islas, como Lozano o Carlos Álvarez (no confundir con el cantante lírico).

Incluso dispone usted de varios ejemplares de canarios afincados en grandes ciudades, como Sabas Martín o José Carlos Cataño (una de cuyas novelas tiene como ganancia secundaria proporcionar un tema originalísimo de conversación, olvidado entre nosotros desde Leopoldo Azancot: el erotismo y el judaísmo).

Y la poesía… Ah, la poesía. Canarias, por si usted desconoce el dato, es tradicional territorio de poetas. Puede empezar por los más jóvenes: Pedro Flores, Tina Suárez, Federico J. Silva, Alicia Llarena, Verónica García, Silvia Rodríguez (no confundir con el cantautor), Cecilia Domínguez, Marcos Hormiga… Son tantos y tan interesantes que usted podrá hablar de uno cada día sin repetirse en mucho tiempo.

Imagínese en medio de esa reunión social en la que ya hace rato que corren el vino y la cerveza, captando la atención de todos al decir: “Recuerdo un poema de un poeta de Lanzarote que…”. Se convertirá enseguida en el centro de interés de sus potenciales amantes y en la envidia de sus rivales amorosos.

Pero, ya que será el primero o la primera en descubrirlos, aproveche su ventaja. Usted, que cuando apareció Mankell olisqueó enseguida a Sjöwall-Wahlöö, no pierda el tiempo y encuentre cuanto antes a los Millares y los Padorno y los de La Torre, a Arozarena y a Isaac de Vega, a Agustín Espinosa y García Cabrera, a Alonso Quesada y Domingo Rivero.

En esta tarea (puede que algo laboriosa, pero de indudable provecho) podrá ayudarse de utilísimos estudios de Jorge Rodríguez Padrón, Eugenio Padorno, Oswaldo Guerra, Antonio Becerra o Nilo Palenzuela, entre otros, sin olvidar a la decana de los estudiosos de la literatura canaria: doña María Rosa Alonso.

Piense en cómo presumirá de haber llegado antes que nadie a los protagonistas de la nueva ola canaria; en la soltura con la que transmitirá sus conocimientos acerca del mestizaje cultural, de la influencia del paisaje en la poética insular; piense en el asombro que despertará al decir a los neófitos: “Pero si los tenías ahí, ante tus narices: justo enfrente de África. Y no los conocías”.

No espere más. Ponga a un canario en su biblioteca.

Quizá al principio le cueste un poco y tenga que dirigirle la palabra a su librero o librera de confianza, porque tal vez (pequeñas desventajas de ser un pionero) hasta dentro de un tiempo no figuren en mesa de novedades. Mucho menos en supermercados, aeropuertos o en esa cadena de negocios que llevan nombre de maniobra textil (o de gesto insultante, si usted quiere) y apellido de gentilicio británico. Esos sitios, como bien sabe, van siempre en el furgón de cola de la cultura, a remolque de lo que ya otros han descubierto. No sea vulgar. Usted tiene demasiada clase para eso. Acuda a los sitios donde re-al-men-te están los libros y solicite a alguno de los autores mencionados en este aviso (que es también advertencia) o a otros canarios que su librero acaso ya conozca.

Porque sí, ya varios editores (ellos no son tontos) han puesto los ojos en diversos canarios y los han fichado. Y, por otro lado, desde hace tiempo los distribuidores (ellos tampoco son miopes) hacen llegar regularmente a cualquier rincón de España los libros de las editoriales canarias (sí, las hay: alguna tienen incluso luz eléctrica y teléfono).

Así pues, no espere más. Que cuando Babelia o El cultural lleguen, usted lleve ya un buen  rato ahí. Conviértase en un precursor, en un pionero, en un experto. No deje que se le eche encima lo irremediable y le coja despistado lo que ya se veía venir.

No dude un instante más. Ponga a un canario en su biblioteca. Hágalo hoy y enorgullézcase mañana. No sea esta vez de los últimos en enterarse.  Hágalo sin demora. Comparta, además, este mensaje entre personas de su círculo más íntimo. No se lo envíe a todas: sólo a aquellas que lo merecen. Se lo aseguro: se lo agradecerán.

Sin otro particular que comunicarle y esperando que la información proporcionada le sea de utilidad, aprovecha para enviarle un cordial saludo:

Bernardo Betancor.

(Becario Adjunto a la Cátedra de Pirobiología y Concatenaciones Diversas de la Universidad de Patafísica de San Expósito).








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