Libros que me enseñaron algo

1 04 2013

Es fama que Borges escribió: “Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer”. Una participante en el Taller de Narrativa de Unibelia me ha puesto en un aprieto: me ha pedido que, al margen de la bibliografía esencial que suministro a lo largo de cada taller, les proporcione a ella y a sus compañeros una lista de aquellos libros que yo creo que me han sido útiles en esa tarea de aprender a contar historias. Esto es tanto como preguntarme cuáles son los libros que me han influido. Y (si aceptamos que todo aquello que lees, te influye), tanto como preguntarme qué libros he leído.

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Pero como quiera que alguna vez suelen preguntarme qué autores me han influido y hasta ahora no había elaborado una nómina que me sirviera para salir del paso, he decidido aprovechar la excusa para pararme a pensar y anotar. Además, soy de los que piensan que muchas veces se llega a los mejores libros porque un amigo te los recomendó o porque leíste un artículo o un libro en los que se los mencionaba. Y a ti, que lees este blog, te considero persona amiga.

Así que, sin ánimo de ejercer como prescriptor, y, claro está, sin afán canónico alguno, ofrezco aquí esa nómina siempre incompleta de autores y textos que (yo creo que) me marcaron de alguna manera, que me enseñaron algo (si es que algo aprendí) sobre el oficio de la escritura. Y lo hago con algo de pudor, pero con gusto, porque eso me ha proporcionado excusa para pasar la tarde del domingo recordando a algunos viejos amigos impresos en todo tipo de papel, formato y dimensiones, aunque abunden entre ellos las ediciones baratas o de bolsillo, compradas de segunda o tercera mano, no devueltas a sus legítimos propietarios o, incluso, hurtadas en centros comerciales y bibliotecas que ya no existen.

Casi todos los títulos te serán conocidos. Los que no, puede que despierten tu curiosidad o lleguen a merecer tu atención.

En cualquier caso, fueron llegando a mis manos por cauces y motivos dispares: como lecturas de estudiante, por recomendación, por mera curiosidad o por azar. La mayoría los leí siendo joven (con los años he descubierto que los libros realmente importantes en tu vida son aquellos que lees antes de los treinta). Otros, unos pocos, son nuevos amigos de la última década. En cuanto a géneros, hay absolutamente de todo, aunque menos abundante es la poesía, acaso porque soy de aquellos que leen poesía por mero vicio, por puro y genuino placer. Lo único que puedo decir con seguridad es que todos y cada uno de ellos me hicieron disfrutar y me han hecho pensar, y que todos contribuyeron en una u otra medida a este aprendizaje, que no cesa.

Antes, algunas advertencias: como cito de memoria, puede que haya alguna inexactitud en la correcta transcripción de nombre y títulos. Y no hay orden ni concierto, salvo el alfabético, pues si atendiéramos a la cronología, yo habría de confesar que, por ejemplo, Kafka apareció en mi biblioteca antes que Virgilio. Tampoco hay corrección política: siempre me ha dado igual de dónde sea un autor o de qué época, si es hombre o mujer, de derechas o de izquierdas. Por último, esta lista no pretende ser exhaustiva. La fue haciendo el tiempo y ahora la recoge la memoria: si aquel es inexorable, esta no es infalible. Por consiguiente, el tintero quedará abarrotado de nombres y de títulos que hoy no han querido aflorar a mi maltratado córtex.

Así pues, ahí van esos libros que me enseñaron algo:

1.               Abagnano: Historia de la Filosofía.

2.               Adolfo Bioy Casares: La invención y la trama.

3.               Adorno: Notas sobre literatura.

4.               Agnes Heller: Sociología de la vida cotidiana.

5.               Akutagawa: Rasomon.

6.               Alberto Manguel: Una historia de la lectura.

7.               Alejandro Dumas: El Conde de Montecristo.

8.               Anaïs Nin: Delta de Venus. Diarios.

9.               Andreiev: Los espectros. Cuentos.

10.            Apollinaire-Dalizé: La Roma de los Borgia.

11.            Ariwara No-Narihira: Cuentos del Ise.

12.            Arozarena: Mararía. Caravane.

13.            Asimov: Fundación. Yo, Robot.

14.            Bárbara Jacobs: Doce cuentos en contra. Vida con mi amigo.

15.            Baricco: Seda. Noveccento. Tierras de cristal. Homero, Ilíada.

16.            Barrie: Peter Pan.

17.            Beckett: Fin de partida. Esperando a Godot. Malone muere. Molloy.

18.            Bierce: El clan de los parricidas. Diccionario del Diablo.

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19.            Bolaño: 2666. Los detectives salvajes.

20.            Böll: Opiniones de un payaso. Billar a las nueve y media. Casa sin amo. El honor perdido de Katharina Blum.

21.            Boris Vian: El Lobo-Hombre. La espuma de los días. La hierba roja. El otoño en Pekín. El arrancacorazones. Escupiré sobre vuestra tumba.

22.            Bradbury: Fahrenheit 451. Crónicas marcianas. Remedio para melancólicos.

23.            Bram Stocker: Drácula.

24.            Broch: Los inocentes.

25.            Bulgakov: El maestro y Margarita.

26.            Burgess: La naranja mecánica.

27.            Buzzati: El desierto de los tártaros. Cuentos completos.

28.            Cain: Pacto de sangre. El cartero siempre llama dos veces.

29.            Campos-Herrero: Fieras y ángeles. Ficciones mínimas.

30.            Camus: El extranjero. La peste. La caída. El mito de Sísifo. El hombre rebelde. Calígula.

31.            Cantar de Mío Cid.

32.            Capote: Cuentos completos. Otras voces, otros ámbitos. A sangre fría.

33.            Carmen Laforet: Nada.

34.            Carson McCullers: El corazón es un cazador solitario.

35.            Carver: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

36.            Cela: La familia de Pascual Duarte. La colmena. Mazurca para dos muertos.

37.            Cervantes: El Quijote. Novelas ejemplares.

38.            Cesare Pavese: El oficio de vivir / El oficio de poeta. Trabajar cansa. Vendrá la noche y tendrá tus ojos.

39.            Chejov: Cuentos. Tío Vania.

40.            Chesterton: El candor del Padre Brown.

41.            Cioran: Breviario de podredumbre. En las cimas de la desesperación.

42.            Clarín: La Regenta.

43.            Copleston: Historia de la Filosofía.

44.            Cormac McCarthy: Hijo de Dios. La carretera.

45.            Danilo Kis: Una tumba para Boris Davidóvich.

46.            David Markson: La amante de Wittgenstein.

47.            Delibes: El camino. Cinco horas con Mario. Los santos inocentes. 377-A, Madera de héroe. El príncipe destronado. El hereje.

48.            Djuna Barnes: El bosque de la noche.

49.            Dostoyevski: El idiota. El jugador. Crimen y Castigo.

50.            Dürrenmatt: Justicia. La promesa. El juez y su verdugo. La visita de la vieja dama.

51.            Elias Canetti: Auto de fe. El testigo escuchón.

52.            Ende: Momo. La historia interminable.

53.            Espinosa: Crimen. Lancelot 28º-7º. Media hora jugando a los dados. Artículos y ensayos.

54.            Faucault: El orden del discurso.

55.            Faulkner: Santuario. El ruido y la furia. Luz de agosto. Cuentos de Nueva Orleans.

56.            Fernández Santos: Extramuros.

57.            Fernando de Rojas: La Celestina.

58.            Flaubert: Madame Bovary. Cuentos.

59.            Francois Rabelais: Gargantúa y Pantagruel.

60.            Freud: El malestar en la cultura. El yo y el ello. La interpretación de los sueños. Ensayos sobre sexualidad.

61.            Frisch: No soy Stiller.

62.            Gadamer: Estética y hermenéutica.

63.            García Cabrera: Romancero cautivo. Elegías muertas de hambre. El hombre en función del paisaje. Transparencias fugadas. La rodilla en el agua.

64.            García Gual: La secta del perro. Epicuro.

65.            García Márquez: Crónica de una muerte anunciada. Cien años de soledad. El otoño del patriarca. La hojarasca. El coronel no tiene quien le escriba. El amor en los tiempos del cólera.

66.            Gide: El inmoralista. La secuestrada de Poitiers.

67.            Gilson: El pensamiento en la Edad Media.

68.            González Ledesma: Crónica sentimental en rojo. Una novela de barrio.

69.            Graham Greene: El poder y la gloria.

70.            Grass: El tambor de hojalata. El rodaballo.

71.            Graves: Yo, Claudio. Claudio el Dios y su esposa Mesalina.

72.            H. G. Wells: El hombre invisible. La guerra de los mundos. La isla del doctor Moreau.

73.            Harper Lee: Matar un ruiseñor.

74.            Harris: Introducción a la Antropología General.

75.            Heidegger: Ser y Tiempo.

76.            Helene Hanff: 84, Charing Cross Road.

77.            Henry James: Otra vuelta de tuerca. Los papeles de Aspern.

78.            Henry Miller: Sexus. Plexus. Nexus.

79.            Herman Melville: Moby Dick. Bartleby, el escribiente. Billy Budd. Benito Cereno.

80.            Hesse: El lobo estepario.

81.            Highsmith: El talento de Mr. Ripley. El juego de Ripley. Extraños en un tren. Pequeños cuentos misóginos.

82.            H. P. Lovecraft: Los mitos de Ctulhu. El color surgido del espacio.

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83.            Homero: Odisea e Ilíada.

84.            Horacio Güiraldes: Don Segundo Sombra.

85.            Ibsen: Un enemigo del pueblo.

86.            Ignacio Aldecoa: Cuentos completos.

87.            Isidore Ducasse: Cantos de Maldoror.

88.            Italo Calvino: Nuestros antepasados. Marcovaldo. La nube de Smog. Si una noche de invierno un viajero. Las cosmicómicas. Las ciudades invisibles. ¿Por qué leer los clásicos? Seis propuestas para el próximo milenio.

89.            John Berger: G.

90.            Jorge Luis Borges: Obra completa.

91.            José Hernández: Martín Fierro.

92.            Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas. La línea de sombra. El Duelo. Lord Jim. Gaspar Ruiz.

93.            Joyce: Dublineses. Ulises.

94.            Juan Carlos Onetti: Juntacadáveres. El astillero. Dejemos hablar al viento. La muerte y la niña. Los adioses. Cuando ya no importe.

95.            Juan José Arreola: Confabulario.

96.            Juan Marsé: Últimas tardes con Teresa. El embrujo de Shangai.

97.            Juan Perucho: El caballero Cosmas.

98.            Julián Marías: Biografía de la filosofía.

99.            Julio Cortázar: Los relatos (4 volúmenes). Rayuela. Historias de cronopios y de famas. Los premios. Libro de Manuel. 62, modelo para armar. La vuelta al día en ochenta mundos. Último Round.

100.         K. Dick: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Cuentos.

101.         Kadaré: El palacio de los sueños.

102.         Kafka: Obra Completa.

103.         Kawabata: Una grulla en la taza de té. Lo bello y lo triste. La casa de las bellas durmientes.

104.         Kenneth Rexroth: 100 poemas japoneses.

105.         Kirk y Raven: Los filósofos presocráticos.

106.         Kundera: La insoportable levedad del ser. La inmortalidad. El arte de la novela.

107.         Laurence Sterne: Tristram Shandy.

108.         Lazarillo de Tormes.

109.         Lem: Solaris.

110.         Lledó e Íñigo: Lenguaje e Historia.

111.         Lucrecio: De la naturaleza de las cosas.

112.         Madrid: Días contados. Serie de Toni Romano.

113.         Malraux: La condición humana. La esperanza. La Vía Real.

114.         Mansfield: Cuentos completos.

115.         Márai: La amante de Bolzano. El último encuentro. La herencia de Eszter. Diarios.

116.         Martín Santos: Tiempo de silencio.

117.         Marx: Manuscritos de economía y filosofía. El capital.

118.         Matute: Algunos muchachos.

119.         Maupassant: Bola de sebo. Cuentos de guerra.

120.         Max Aub: Las buenas intenciones. Crímenes ejemplares.

121.         Mendoza: La verdad sobre el caso Savolta.

122.         Meyrink: El Golem.

123.         Milorad Pavic: Diccionario jázaro.

124.         Monterroso: Movimiento perpetuo. Obras completas y otros cuentos. La oveja negra y demás fábulas. Lo demás es silencio. La letra e. Los buscadores de oro.

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125.         Muñoz Molina: El invierno en Lisboa. Beltenebros. En ausencia de Blanca.

126.         Murasaki Shikibu: La novela de Genji.

127.         Musil: El joven Törless.

128.         Nabokov: Lolita. La defensa Lutzin. Curso de literatura europea.

129.         Nathaniel Hawthorne: La letra escarlata.

130.         Oliverio Girondo: Poesía completa.

131.         Orwell: 1984.

Fotograma de la versión cinematográfica dirigida por Michael Radford.
Fotograma de la versión cinematográfica dirigida por Michael Radford.

132.         Papini: Un hombre acabado.

133.         Pauline Rèage: Historia de O.

134.         Pedro Lezcano: Cuentos sin geografía.

135.         Perec: La vida, instrucciones de uso.

136.         Pérez Galdós: Misericordia. Trafalgar. Tormento. Marianela. Miau.

137.         Poe: Narraciones extraordinarias.

138.         Puig: El beso de la mujer araña. Boquitas pintadas.

139.         Queneau: Zazie en el metro. Ejercicios de estilo.

140.         Roald Dahl: Relatos de lo inesperado. Las brujas. Charlie y la fábrica de chocolate. Los cretinos. James y el melocotón gigante. Matilda.

141.         Roberto Arlt: El juguete rabioso. Los siete locos. Cuentos.

142.         Rodari: Gramática de la fantasía. Cuentos por teléfono. Cuentos para jugar.

143.         Romancero Castellano.

144.         Sábato: Sobre héroes y tumbas.

145.         Saki: Cuentos.

Doce cuentos malévolos, de Saki, Barcelona, Navona, 106 páginas.
Doce cuentos malévolos, de Saki, Barcelona, Navona, 106 páginas.

146.         Saramago: Todos los nombres. Ensayo sobre la ceguera. La balsa de piedra. Historia del cerco de Lisboa.

147.         Sartre: La náusea. El existencialismo es un humanismo. El Ser y la Nada. Las moscas. A puerta cerrada. La puta respetuosa.

148.         Sciascia: El contexto. Una historia sencilla. Los apuñaladores. El caballero y la muerte.

149.         Shakespeare: Macbeth. Rey Lear. Ricardo III. Hamlet. Titus Andronicus. Julio César.

150.         Solschentzin: Un día en la vida de Iván Denisovich.

151.         Sontag: La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas. Bajo el signo de Saturno. Al mismo tiempo.  

152.         Spinoza: Ética.

153.         Stendhal: La cartuja de Parma.

154.         Stevenson: La isla del tesoro. Las nuevas noches árabes.

155.         Tabucchi: Réquiem. Sostiene Pereira. Dama de Porto Pim.

156.         Thompson: 1280 almas. El asesino dentro de mí. Los timadores.

157.         Tolstoi: Anna Karenina.

158.         Torrente Ballester: La saga / Fuga de J. B.

159.         Umberto Eco: El péndulo de Foucault.

160.         Unamuno: La tía Tula. Niebla. San Manuel Bueno, Mártir. Abel Sánchez. Del sentimiento trágico de la vida.

161.         Victor Hugo: Los miserables.

162.         Viera y Clavijo: Noticias de la historia general de las Islas de Canaria.

163.         Virgilio Piñera: Cuentos Completos.

164.         Virgilio: Eneida. Metamorfosis. El arte de amar.

165.         Vladimir Propp: Las raíces históricas del cuento.

166.         Wilde: Cuentos completos. De profundis.

167.         Wilkie Collins: La piedra lunar.

168.         Woolf: La señora Dalloway. Las olas. Orlando. Una habitación propia. Cuentos completos.

169.         Yourcenar: Memorias de Adriano. Alexis, o el Tratado del inútil combate. El tiro de gracia. Cuentos orientales.

170.         Zweig: Calidoscopio. Fuché. María Estuardo. Veinticuatro horas en la vida de una mujer. Carta de una desconocida.

A todo esto habría que añadir lecturas parciales de la Biblia y los Upanishads, antologías de cuentos anónimos chinos, europeos, japoneses, indios, rusos, del África Negra, de Marruecos, de la América Prehispánica. Así como antologías de cuentos contemporáneos de Perú,  México, EEUU, Alemania, Cuba, Argentina, Canarias, España, o el ámbito hispano en general. Y, finalmente, pero siempre al principio, el Poema de Gilgamesh, porque, al fin y al cabo, ¿qué libro no proviene de él?

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Memoria de lector

6 05 2012

Recuerdas que robaste en unos grandes almacenes tu primer ejemplar de Rayuela y que La metamorfosis llegó una tarde en que librabas en el mísero bar donde perdías tus mejores años para alimentarte y te encerraste en tu habitación como el protagonista y ya todo fue Gregorio Samsa y traducción de Borges y comentario de Nabokov y las ilustraciones de José Hernández en aquella edición de Círculo de Lectores. Recuerdas que tu ejemplar de bolsillo de Ulises vino a tus manos en una tienda de souvenirs de Agaete, donde, vaya a saber por qué, aún tenían a la venta el Libro Amigo que tú no encontrabas en las librerías, donde Ulises solo estaba disponible en ediciones que no podías pagar. Y, puestos a recordar, recuerdas cómo fue que quisiste leer esos libros y, ahí, aparece Movimiento perpetuo, ese libro editado en rústica por Seix Barral que un marinero se dejó en el hostal donde trabajaba tu padre y que te fue entregado por este como un objeto mágico, misterioso, la puerta a un universo de arcana sabiduría. Él no lo sabía, tampoco tú, pero, en efecto, aquel era un objeto mágico, la entrada a un laberinto edificado con palabras, plagado de ideas, de emociones, de preguntas que dibujaban la forma del mundo.

Tu memoria de lector está poblada por guaguas que se retrasaban o tardaban demasiado en hacer su trayecto, por tardes en la playa, por largas noches en las que el sueño era un lujo, por horas robadas al trabajo tras sórdidos mostradores, por jornadas de domingo en las que no había ningún dinero que gastar. Así te recuerdas leyendo Juntacadáveres, Los miserables o Memorias de Adriano, así te ves a ti mismo la primera vez que conociste la historia de Lord-Lady Orlando, las disparatadas y tristes aventuras de los personajes de Vian, el largo viaje de Eneas.

Y, sin embargo, no estuviste solo: estaban las personas que un día te quisieron y te regalaron los libros que deseabas leer y no podías permitirte; estaban los amigos de quienes heredabas los libros o te los prestaban (que es casi lo mismo, porque sabes que hay dos clases de tontos); estaban, incluso, aquellos que, simplemente, fueron generosos (como Mario Merlino, que te hizo llegar desde Madrid un ejemplar de aquel libro de Yourcenar que tenía tu nombre y que tú no conocías; como un cliente que un día se tomó la molestia de fotocopiar para ti su ejemplar inconseguible de El hombre que atravesaba las paredes, de Marcel Aymé).

Por supuesto, la memoria es frágil: se ha perdido en sus pantanos el día en que comenzaste a interesarte por Susan Sontag, por Stendhal, por Italo Calvino. Pero, entre tanta sombra que el tiempo va tragándose, aún quedan muchas imágenes: la noche insomne en que devoraste una vieja edición de Tito Andrónico, la ocasión en que intentaste robar a un amigo su Tristram Shandy y este no se dejó, el día en que descubriste con asombro que los cuentos de Borges son imprescindibles y peligrosos, la mañana en que Domingo Rivero te saltó a los ojos o la tarde en que comenzaste a amar la obra inclasificable de Agustín Espinosa, el ejemplar de Arreola que otro amigo te trajo desde México. Y las charlas. Las largas charlas en terrazas donde los cafés, las cervezas o los whiskys se alargaban hasta enfriarse, calentarse o aguarse, respectivamente, los intercambios de libros con otros locos que, como tú, atesoraban su propia memoria y la compartían contigo y te regalaban, de palabra o de obra, a Chejov, a Nicanor Parra, a Bolaño, a Alejandra Pizarnik, a Rabelais, a Safo.

Ahora los días son cada vez más breves, los inviernos más largos, los veranos más oscuros. Ahora tu memoria de lector se cansa de buscar nuevo alimento y vuelve sobre los viejos libros, esos que llevas ya siempre en tu cabeza como un Peter Kien (menos erudito pero menos tonto) expulsado de su paraíso. Y añora aquellos días en que todo era asombroso y nuevo e inocente y bueno, cuando sentías que había tanto por leer, que cada libro que aún no habías leído era una injuria, cuando pensabas que todo cuanto estaba impreso valía la pena y no existía el hastío del déjà vu, de los libros vendidos al peso, de las páginas innecesarias.

Entonces, rebuscas en tu biblioteca y aparece una estropeada edición en Austral de La tía Tula o un viejo ejemplar de Misericordia o un castigado volumen que lleva por título Las ciudades invisibles para curarte del hastío, de la sensación de anticipo de la muerte que te sale al paso en cada hora de aburrimiento, para recordarte que mientras puedas recordar, el silencio definitivo será incapaz de alcanzarte.





Lugares comunes: El héroe confuso

27 12 2011

Gilgamesh está confuso: al ser testigo de la muerte de su amigo Enkidu acaba descubriendo su propia mortalidad. “La pena ha entrado en mi corazón”, dice.

Puede optar por permitir que todo siga como hasta ahora o por intentar hacer algo. Por supuesto, elige la acción y sale a buscar a Uta-napishti, quien posee el secreto de la inmortalidad. Así, Gilgamesh gastará un tiempo precioso (un tiempo de plenitud que podría haber empleado en amar y disfrutar de los placeres de la existencia) en encontrar al sabio en los confines de la Tierra y, después, en hallar la Planta de los Latidos, la cual, finalmente, le será arrebatada por una sierpe, haciéndole regresar a Uruk la Cercada exclamando: “¡Ojalá hubiera regresado y dejado la barca en la orilla!”. El viaje ha sido inútil; la elección, equivocada. Gilgamesh descubre su error (el último error que viene a coronar una vida de errores), descubre que hubiera sido mejor quedarse en Uruk y no desperdiciar sus mejores años en una entelequia. Y, sin embargo, si Gilgamesh no hubiera experimentado esa confusión ante el hecho de la muerte, si no se hubiera visto en la encrucijada entre partir o no hacer nada, si no hubiera optado por el viaje, su epopeya se habría truncado justo antes de comunicarle (y comunicarnos) su sentido último.

Los escritores menos diestros suelen dejar a su Gilgamesh en casa; sus héroes no experimentan la confusión, no sufren, no se enfrentan a encrucijadas ni se ven obligados a elegir. Así, olvidan el consejo de Vonnegut, que propone que a los personajes les ocurran cosas horribles, para que el lector sepa de qué pasta están hechos.

De la confusión, del contraste entre su percepción y la realidad, esto es, de la oposición entre cómo los personajes creen que es y cómo es realmente el mundo, provienen muchos de los grandes argumentos de la novela moderna y contemporánea. Don Quijote, Raskolnikov, Leopold Bloom, Mistress Dalloway, Peter Kien.

Da igual el ejemplo; cualquiera nos servirá para ilustrar esto: el héroe, en algún momento, descubrirá la verdad del viejo adagio según el cual las cosas no son lo que parecen y, consecuentemente, habrá de elegir entre continuar viviendo en un mundo de sombras o zambullirse en la realidad, esa realidad que es dolor, pero también lucidez, experiencia, la vida total en toda su indescriptible policromía, en ocasiones insoportable.

Pero a esta lucidez final no se llega sin la previa confusión, sin esa pena que entra en el corazón cuando el propio mundo, el estado de cosas inicial, se tambalea. Así, los héroes salen a desfacer entuertos, a cometer un crimen, a recorrer Dublín, a comprar unas flores o a deambular por la ciudad con una biblioteca a cuestas. Da igual adónde vayan y, tal vez, más les convendría quedarse en casa, pero, al fin, todo héroe que se precie sale a buscar a Uta-napishti, a rebelarse contra una realidad que jamás podrá burlar, aunque valga la pena intentarlo.





Cuidado de las flores

1 05 2009

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Aunque no es supersticioso, siente verdadero pánico, porque en la vida se dan casualidades llamativas: cada vez que regaló flores a una mujer amada, ésta dejó de sentir amor por él justo el día en que esa flor se marchitó. La solución a un problema de estas características podría resultar groseramente sencilla: abstenerse de hacer tales regalos a su pareja.

Sí, pero ¿cómo esquivar cumpleaños, sanvalentines, sanjordis, peticiones tácitas con la mirada cuando una vendedora de rosas china pulula alrededor de la mesa en el restaurante donde se está celebrando la velada más hermosa?

Por eso está aterrado. Ahora, a punto de cumplirse el segundo año de sus relaciones con Andrea, ella, después de que él le hable de la posibilidad de vivir juntos, le ha expresado sus reticencias, aludiendo a una supuesta ausencia de pasión por su parte, poniendo como ejemplo el hecho de que nunca haya tenido un detalle en forma vegetal.

Desesperado, intenta una torpe maniobra: acude a su cita de aniversario con una orquídea de papel, fingiendo que se trata de una íntima ocurrencia, de una broma secreta entre ellos. Andrea finge reírla, pero no consigue ocultar del todo su desilusión.

Esa noche, con el cálido cuerpo desnudo de Andrea contra el suyo, no consigue conciliar el sueño. Con dedos melancólicos recorre su piel provocando algún suspiro y aprovecha que ella se vuelve para olerle el cabello, acaso por última vez.

A primera hora de la mañana, entra en la floristería más exclusiva de la ciudad y compra una orquídea, rogando al destino que Andrea sea capaz de hacerla sobrevivir.





Lugares comunes: Al principio

26 11 2008

Anzuelos, patadas en la cara, trampas mortales, escotes sugerentes que te obligan a querer ver más. Son los comienzos. Quien golpea antes, golpea dos veces. La historia de la literatura está llena de buenos primeros golpes. Para empezar, el título de esta entrada, Al principio, es el comienzo de un libro de libros, la Biblia. Sabes que tengo de cristiano lo que un numerario del Opus de progresista, pero nunca he dejado de ser un lector fascinado (aunque laico) de ese libro.

Hay muchos comienzos, tantos como libros. Incluso hay comienzos magníficos de libros que luego no están tan bien ejecutados. También hay libros estupendos que no empiezan tan bien (Ulises, de James Joyce, pido perdón a los puristas, es un ejemplo de ello). Sin embargo, nunca ha dejado de impresionarme la habilidad de quien logra sumergirnos en la trama desde las primeras líneas. Aquí van algunos ejemplos elegidos casi al azar. Seguro que conoces la mayoría. En caso contrario, dime si resistirás la tentación de zambullirte en esos textos tras leer estos arranques. Me salto algunos eminentes, como El Quijote, e incluyo indistintamente cuentos, novelas y ensayos. Ahí van:

Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un horrible insecto.

Franz Kafka. La metamorfosis.

Desde detrás de la hilera de arbustos que rodeaba el manantial, Popeye contempló al hombre que bebía. Una senda apenas marcada llevaba desde el camino hasta el manantial. Popeye había visto cómo el forastero –delgado y alto, sin sombrero, con unos gastados pantalones grises de franela y una chaqueta de tweed cruzada sobre el brazo- avanzaba por la senda y se arrodillaba a beber.

William Faulkner. Santuario.

Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra.

Jorge Luis Borges. Las ruinas circulares.   

Estaba casado con una mujer lo arbitrariamente hermosa para que, a pesar de su juventud insultante, fuera superior a su juventud su hermosura. Ella se masturbaba cotidianamente sobre él, mientras besaba el retrato de un muchacho de suave bigote oscuro.

Agustín Espinosa. Crimen.

Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar el dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta de que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, ningún carro celular en las esquinas próximas, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote enseguida.

Julio Cortázar. Grafitti.

La señora Dalloway dijo que ella misma se encargaría de comprar las flores.

Virginia Woolf. La señora Dalloway.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en su padre lo llevó a conocer el hielo.

Gabriel García Márquez. Cien años de soledad.

No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio.

Albert Camus. Lo absurdo y el suicidio.

En la ciudad había dos mudos, y siempre estaban juntos. Cada mañana a primera hora salían de la casa en que vivían y, cogidos del brazo, bajaban por la calle en dirección al trabajo. Los dos amigos eran muy diferentes.

Carson McCullers. El corazón es un cazador solitario.

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo.

Juan Rulfo. Pedro Páramo.

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en ves de destruirlos o embotarlos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno.

Edgar Allan Poe. El corazón delator.

Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca. Me dijeron su nombre, el auténtico, y también algunos de los nombres falsos que había usado a lo largo de su vida secreta…

Antonio Muñoz Molina. Beltenebros.

Hace una quincena o un mes que mi mujer de ahora eligió vivir en otro país. No hubo reproches ni quejas. Ella es dueña de su estómago y de su vagina.

Juan Carlos Onetti. Cuando ya no importe.

Esta carta, amiga mía, será muy larga. He leído con frecuencia que las palabras traicionan al pensamiento, pero me parece que las palabras escritas lo traicionan todavía más.

Marguerite Yourcenar. Alexis, o el Tratado del inútil combate.

Hasta aquí. El resto en tu biblioteca. Esto no es más que el principio.





Lugares comunes: Perdedores

3 01 2008

Están ahí, poco más o menos, desde Edipo. Sí, es muy posible que Edipo Rey sea el primer perdedor de la historia de la literatura. Un ser marcado por un destino terrible, el cual intenta evitar pero que acabará alcanzándole ineluctablemente. Por supuesto, el asunto del mortal que se rebela contra lo que los dioses imponen (Prometeo, Sísifo, Casandra) es un lugar clásico en el pensamiento occidental. Sin embargo, cuando mueren los dioses y/o son sustituidos por otros, el destino se trasviste en sociedad, en situación política o, más sencilla (y universalmente) en tormenta de humanas pasiones. Así que, pese a cambiar la forma del drama y la manera en que van vestidos sus protagonistas (pese a cambiar incluso la motivación aparente que les empuja a intentar salir del laberinto de circunstancias que les conduce inexorablemente a la desgracia), lo cierto es que hay una línea que recorre nuestra tradición y que parte desde Edipo. Y en esa línea caben muchos personajes que han despertado nuestra empatía. ¿O existe mucha diferencia entre Edipo y Frank Chambers (El cartero siempre llama dos veces), y, por tanto, entre aquél y el Mersault de El extranjero? Si opinas que no caben estos ejemplos, puedes pensar en Jean Valjean, en Lord Jim, en Peter Kien, en el propio Don Quijote de la Mancha, el Rey Lear. Todos ellos perdedores perfectos, soportadores profesionales de la incomprensión y el escarnio (por defectos propios o ajenos), con finales más o menos felices, con más o menos suerte, pero todos, indefectiblemente, perdedores. Y todos, sin excepción, despiertan nuestra simpatía. Cosa que a veces no es fácil. Por ejemplo, en Kien nos saca de quicio que sea tan erudito en lenguas orientales y tan ignorante  con respecto a la condición humana. Y Lear está en la situación en la que está únicamente a causa de su soberbia, su orgullo de estirpe, su miopía sentimental y su amor a las formalidades. Entonces, por qué nos caen simpáticos, por qué, para ser más exactos, despiertan estos perdedores nuestra empatía, por qué (además de por haber sido creados por autores imprescindibles) sentimos con ellos. Quizá sea porque nosotros somos también, cada uno a nuestro modo, perdedores. Con respecto a la sociedad puede. En el plano familiar, amoroso o fraternal, es posible también. Pero somos, además, perdedores en un más alto y fundamental sentido: somos perdedores exactamente en el mismo sentido que aquel primer perdedor que Edipo representa. Sabemos que vamos a perder la partida, esa partida contra el destino que comienza con el nacimiento y en el que la muerte juega con las cartas marcadas. Y, sin embargo, nos rebelamos y pretendemos continuar con el juego hasta el final, pese a que conozcamos de antemano el resultado. Como Don Quijote nos revelamos contra nuestra condición (la mortalidad) y nos lanzamos a los caminos de la vida sin ignorar quiénes y qué somos, pero pretendiendo ser otra cosa porque nos negamos a rendirnos. Es posible que por eso nos atraigan tanto los perdedores. Todos somos un poco Sísifo, Edipo, Mersault, Don Quijote, K.








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