Luis Natera Mayor, poeta del alba, la bruma y el naufragio

15 01 2013

Por Berbel y por Antonio Arroyo Silva, de N.A.C.E., me entero de una triste noticia: el fallecimiento de Luis Natera Mayor, poeta, profesor, activista cultural y, sobre todo, uno de esos hombres cuya cercanía enriquece. Descubrí su poesía en los años ochenta, con un libro breve, sensual y vitalista (y, para mí, aún hoy día, exquisito) titulado Únicamente el alba. Cuando años más tarde le conocí personalmente  por mediación de Domingo Fernández Agis, de quien yo era alumno y él buen amigo, Luis era un poeta mucho mayor, había obtenido el Premio de poesía Tomás Morales, por su excelente Agrimensores de la bruma, y llevaba ya cierto tiempo vinculado a proyectos de divulgación cultural como las revistas Doxa y Cendro o las jornadas de literatura y pensamiento que se celebraban anualmente en la Casa de la Cultura de Telde.

Luis Natera Mayor con Adolfo García en la presentación de su libro "Náufrago, muerto". Foto: Luis Ruiz Mesa. Fuente: http://www.teldeactualidad.com

Luis Natera Mayor con Adolfo García en la presentación de su libro “Náufrago, muerto”. Foto: Luis Ruiz Mesa. Fuente: http://www.teldeactualidad.com

Decía Monterroso que el conocimiento directo de los escritores es decepcionante. Si eso es una regla, Luis era una excepción. Su afabilidad, su inteligencia, su discrección, esa cordialidad suya que le llevaba a situarse automáticamente a la altura de sus interlocutores te hacían pensar que no todo es infierno, que hay personas cuyo trato siempre te enriquecerá.

Con Luis tuve el honor de participar en muchos actos públicos y de colaborar como editor de un volumen en el que estudiantes y profesores indagábamos en la obra de Pedro García Cabrera. A mí, en aquellos tiempos en que yo iba descubriendo (gracias a Domingo y a él) autores, ideas, herramientas útiles para escribir y para pensar, tratar a Luis Natera me resultó benéfico y fecundo. Recibí tanto de él que tenía la sensación (sigo teniéndola ahora) de que jamás podría corresponder a su generosidad intelectual y a su calidez humana. A él le debo, de entre muchos descubrimientos, el de Lautréamont. Y los lectores de los Cantos de Maldoror lo sabemos: a quien te descubre a Lautréamont le debes la vida.

Desafortunadamente, en los últimos años nuestros caminos se habían separado. Sin embargo, siempre que me encontré con él (en paseos casuales, en la playa o, sobre todo, haciendo lo que más parecía gustarle: divulgar conocimiento y literatura en actos públicos) me saludaron su sonrisa y su gesto cariñoso.

Ayer se nos fue este poeta necesario, este activista de las letras que con sutileza y a media voz hacía mejores a aquellas personas que tenían la suerte de tratarle, pero también a sus lectores, a quienes mostraba cuáles son los resortes abren los vasos comunicantes entre la geografía, el cuerpo y el espíritu, esos resortes que solo se activan mediante la palabra.

Ojalá esta nota dedicada a Luis no fuera tan apresurada; ojalá no estuviera dictada por esta muerte inesperada. Sé que a él, amigo del rigor, le hubiera resultado incompleta e inexacta. Pero sé, también, que luego la hubiera visto con buenos ojos, porque era de los que saben encontrar siempre una buena intención tras las acciones más imperfectas.

Anuncios







A %d blogueros les gusta esto: