El penúltimo rebuzno

30 07 2013

“Las bibliotecas no dan dinero y hay 14 personas trabajando en ellas”, ha afirmado Mari Carmen Castellano, alcaldesa de Telde, hablando de la posibilidad de ahorrar gastos.

Si lo que pretendía la ilustre alcaldesa era lanzar un globo sonda, hay que decir que este le ha estallado en la cara, porque sus declaraciones han despertado la indignación de los usuarios de las redes. Seguro que no comprende a qué viene el enfado de los internautas. Lógico: los ignorantes siempre ignoran que los demás no lo son.

Claro que las bibliotecas no dan dinero. Si lo dieran, empresarios corruptores y políticos corruptibles hubieran corrido ya a señalar su importancia, la necesaria eficiencia de estas para el normal funcionamiento de la sociedad, la imprescindible privatización de sus servicios (previo cobro de la correspondiente comisión, por supuesto). Por eso, porque las bibliotecas no dan dinero, los politicastros de medio pelo y los chorizos de cuello blanco las ignoran sistemáticamente y uno puede entrar en ellas y disfrutar de la compañía de gentes honradas que quieren ser, no más ricas, sino mejores personas.

Me resulta completamente indiferente el partido político al que pertenezca Castellano (en este caso, es el Partido Popular, pero me consta que hay energúmenos capaces de soltar barbaridades semejantes en casi todos los partidos y, por otro lado, también me consta que en el Partido Popular hay militantes y cargos que, por suerte, no piensan como ella). También me da igual el hedor a corruptela que la ha rodeado desde hace tiempo, las acusaciones por malversación, fraude, falsedad y blanqueo que han llevado a la Fiscalía a pedir cinco años de trena para ella.

Lo que no soporto es que alguien que ostenta un cargo público suelte esa lindeza en nuestro ámbito geográfico, donde educadores, bibliotecarios, gestores culturales y ciudadanos anónimos entablamos cada día una lucha por promover los hábitos de lectura y el acceso a la cultura como herramientas que permitan a los individuos enriquecerse espiritualmente, convertirse en mejores personas, en mejores ciudadanos, en seres algo más libres y un poco mejor formados, lo cual posibilitará, por ejemplo, que si un día, por mor de la fortuna o por su astucia a la hora de saber trepar, llegan a militar en un partido político y a alcanzar una concejalía o una alcaldía, tengan el necesario sentido común y el mínimo de sensibilidad suficiente para no escupir ante un micrófono barbaridades de este calibre.

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