El Nobel, el Planeta, la novela negra y la Benemérita

21 10 2012

Dejamos de hacer La buena letra una semana y el trabajo se acumula: le dan el premio Nobel de Literatura a Mo Yan y el Planeta a Lorenzo Silva. Sé que hay quien se ha cabreado porque el Nobel no le ha caído a Murakami, a Roth o a Munroe. Pero a mí me alegra mucho que el premio más prestigioso del oficio recaiga en un autor poco conocido aquí, editado por una editorial independiente. A Roth, a Munroe, a Murakami ya los conozco; a Mo Yan no y eso me va a dar la oportunidad de acercarme y leer a un autor nuevo. Ya me ocurrió el año pasado con Tomas Tranströmer (de quien te debo una reseña) y el resultado fue que me llevé una grata sorpresa. De Mo Yan, El Aleph editó El sorgo rojo, que dio pie a la película de Zhang Yimou. Lo demás lo edita Kailas, una editorial, como te dije, pequeña e independiente, que son las que editan a muchos autores interesantes que no conoce el gran público.

En cuanto a la concesión del Premio Planeta a Lorenzo Silva, es algo que también me alegra, porque no solo ha recaído en uno de los nuestros, sino en un tipo agradable, cercano y generoso que, además, no ha ingresado en la literatura por ser presentador de televisión ni famosete habitual, sino por la vía del trabajo duro, constante y riguroso.  La marca del meridiano será el séptimo libro (y sexta novela) protagonizado por Bevilacqua y Chamorro, que van por segunda vez a Barcelona. Por cierto, estos dos guardias civiles se han paseado medio país, incluidas Tenerife y la Gomera, en la cuarta novela de la serie: La niebla y la doncella.

Y, como esta es la actualidad, yo me estuve devanando los sesos y pensando a ver qué podía traerte hoy que fuera de un Premio Nobel, novela negra y, a poder ser, que saliera la Guardia Civil. Y créeme que la cosa está complicada, porque, por ejemplo, en Camilo José Cela sale la Benemérita pero nunca escribió novela negra.

Después de mucho pensar, descubrí que siempre hay un rinconcito en el que el azar dejar de serlo. El rincón, en este caso, es una novela de Mario Vargas Llosa, titulada ¿Quién mató a Palomino Molero?, una novela negra escrita en los años ochenta por el Premio Nobel 2010, y protagonizada por Lituma, un guardia civil. Eso sí, no hablo de la Guardia Civil española sino de su homónima peruana, un cuerpo que ya no existe pero que también era denominado calificado de benemérito.

¿Quién mató a Palomino Molero?, de Mario Vargas Llosa, Madrid, Punto de Lectura, 166 páginas.

La historia transcurre en Talara, una localidad del departamento del Piura, al noroeste de Perú, una región semidesértica donde la actividad económica se movía en los años cincuenta en torno a los pozos petrolíferos y donde había bases militares. Vargas Llosa construye la novela a partir del brutal asesinato de un joven avionero, que aparece torturado, empalado y semicapado. (No busques “avionero” en el diccionario porque no viene: el término se refiere a los soldados rasos del ejército del aire peruano). A partir de ahí, Lituma y su jefe, el teniente Silva, con muy poquitos medios y muy poca colaboración por parte del ejército, comenzarán a escarbar en la biografía de la víctima, Palomino Molero, que era un muchacho que, cual Orfeo rural, alelaba a todo el mundo dando serenatas con su guitarra. Lo primero que descubren es que Palomino era de origen humilde, parecía ser muy buena persona y se había metido en el ejército voluntario, aunque estaba exento de hacer la mili por ser hijo de viuda. Como suele ocurrir en este tipo de novelas, el teniente Silva y Lituma pronto se encontrarán con una conspiración de silencio que apunta bastante alto, en este caso, dentro de la jerarquía militar.

Vargas Llosa nos introduce en el centro de la novela con dos capítulos muy breves, después de los cuales ya no podemos dejar de seguirle. Portentoso es su manejo del ritmo y la manera en que lleva la indagación en el léxico hasta las últimas consecuencias, haciendo alta literatura con el habla popular, como hacen los grandes (Rulfo, Fuentes, Onetti), en diálogos rápidos y chispeantes. En ¿Quién mató a Palomino Molero? los acontecimientos se suceden al ritmo al mismo tiempo denso y vertiginoso de una pesadilla, y las imágenes que van salpicando el relato, los juegos con el tiempo y el punto de vista hacen que sea de vital importancia el fuera de plano, aquello que no se cuenta.

Esta no es la única novela en la que aparece Lituma. De hecho, aparecía ya como uno de los personajes importantes de La casa verde, uno de sus primeros grandes éxitos, de 1966. Pero no fue hasta veinte años más tarde, para descansar, según él mismo sugiere, de La guerra del fin del mundo, cuando Vargas volvió a retomar a Lituma, uno de los inconquistables del Piura, personajes de La casa verde que aparecen aquí, igual que otros, como La Chunga, que también les sonará a los seguidores del maestro de Arequipa. Aún escribiría otra novela más, inmediata continuación de esta, Lituma en los Andes, que, por cierto, obtuvo el Premio Planeta en 1993. (Así que ya ves, el círculo se cierra).

Yo estoy contento por todas estas casualidades, porque me han servido de excusa para hablar de Vargas Llosa, de quien todavía no habíamos recomendado nada. Aclaro, para sus fans (sé que son muchos): por supuesto que Vargas Llosa ha escrito novelas seguramente más grandes y mejores: Conversación en la catedral, La tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras, La casa verde o La guerra del fin del mundo, sin ir más lejos. Yo, en concreto, si tuviera que quedarme con una, me quedaría con su primera y deslumbrante novela, La ciudad y los perros, que, por cierto, la Real Academia de la Lengua ha lanzado este año en una edición conmemorativa de las bodas de oro.

No obstante, ¿Quién mató a Palomino Molero? presenta un par de ventajas. La primera, que se trata de un texto muy breve y asequible, lo cual puede contribuir a hacer una cata en la obra de Vargas a alguna de esas personas (también sé que son muchas) que no lo han leído, por falta de oportunidad o porque, sencillamente, no les caiga bien el personaje. Una segunda ventaja es que en este novela aparecen, en mi opinión, muchas de las constantes que podemos encontrar en su narrativa: los ambientes rurales y prostibularios, la naturaleza desolada como expresión del mundo interior de los personajes, la ironía y el erotismo conviviendo en una prosa firme y consistente como una estatua de mármol. Todo eso está aquí, en esta novela del Premio Nobel 2010, novela negra y novela de guardias civiles: ¿Quién mató a Palomino Molero?, de Mario Vargas Llosa, Madrid, Punto de Lectura, 166 páginas de literatura excelente de esa que no podemos perdernos, porque viene de la mano de un maestro.

(Con la desrecomendación de esta semana intento demostrar dos cosas que no se excluyen mutuamente: que mi salud mental se está viendo seriamente afectada y que hasta los más grandes autores han firmado algún libro, pues el libro que desrecomendamos y destruimos esta semana fue La civilización del espectáculo, firmado, precisamente, por ya sabes quién).

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Vargas Llosa y la vindicación del elitismo

22 06 2012

Sobre mi mesa hay un ejemplar de La civilización del espectáculo (Madrid, Alfaguara, 2012), el nuevo y exitoso ensayo de Mario Vargas Llosa (agotó dos ediciones en solo un mes).

Por supuesto, Mario Vargas Llosa no necesita presentación. Es un novelista excelente, uno de los últimos representantes vivos de una importantísima e innovadora generación de autores, muchos de ellos imprescindibles, que revolucionaron la narrativa contemporánea. Ningún lector podrá olvidar fácilmente Conversación en la catedral, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor o La ciudad y los perros, cuyo cincuentenario, por cierto, acaba de conmemorar la Real Academia Española con una edición exquisita, donde el texto revisado por el autor se hace acompañar por estupendos estudios de José María Valverde y Víctor García de la Concha, entre otros (un buen amigo acaba de regalarme ese libro, que viene a reemplazar a mi viejo ejemplar de Seix Barral, extraviado en alguna de mis muchas mudanzas). Su palmarés es extenso y, posiblemente, inigualable: Premio Cervantes, Premio Príncipe de Asturias, Grinzane Cavour y, sobre todo, Premio Nobel de Literatura. Sus seguidores y lectores (no siempre coinciden ambas condiciones en las mismas personas, ya que, además, se trata de una figura muy mediática, que despierta filias y fobias a cada entrevista) son legión.

En La civilización del espectáculo, Vargas Llosa parte de la inquietante idea de que la cultura está a punto de desaparecer y sostiene la tesis fundamental de que la democratización de la cultura, con la consecuente desactivación o desaparición de la elite cultural, supondrá el fin de la cultura (en el sentido en que él la entiende, añade el autor, con una frecuencia que hace que esa frase se me antoje un escudo).

Habla Vargas Llosa de algunos de los males de la cultura contemporánea: la desaparición del rigor crítico, la frivolización del arte, la identificación entre precio y valor de los productos culturales, propia de las sociedad capitalista (que, sin embargo, defiende a ultranza). Suscribo punto por punto su preocupación en torno a esos asuntos. De hecho, recuerdo haber atacado, por ejemplo, el ready made de Marcel Duchamp en los mismos términos que Vargas Llosa. Eso sí, no por escrito, sino en largas polémicas adobadas por la conversación de algunos amigos y la presencia persistente del alcohol, siempre en ese ámbito de intimidad en el cual puede arrojarse cualquier reflexión, por arbitraria que fuese.

Y esa es la fuente de la mayor parte de las deficiencias que el lector informado no podrá obviar en La civilización del espectáculo: la arbitrariedad. Claro está, nadie pretenderá objetividad por parte de un autor; ahí está esa verdad de Perogrullo que ya argüía Gracián: el autor es un sujeto y, por tanto, está condenado a ser subjetivo. Sin embargo, siempre he pensado que todo ensayista está obligado a la persecución (al menos como ideal), de cierto rigor, de cierta seriedad en su argumentación, jugando limpiamente a ese juego de la reflexión en la partida que juega con su inevitable lector.

Para empezar, en su ensayo, para fijar la noción de “cultura” sobre la cual reflexionará, Vargas Llosa parte de una bibliografía que confronta a T. S. Eliot, George Steiner, Guy Debord, Lipovetski-Serroy y, por último, Frédéric Martel, que firmó el polémico Cultura Mainstream (texto que, dado el catálogo de banalidades que presenta, sospecho será muy útil a quien quiera escribir un ensayo contra y no sobre el estado actual de la cultura). Como lector, detecto ausencias notables en esa bibliografía (en el caso de que se busque algo de seriedad y rigor en la investigación). De entre ellas, para no cansar al lector con una nómina de textos canónicos, me referiré solamente a una sorprendente: la de El mito de la cultura, del profesor Gustavo Bueno; libro que no ha pasado precisamente desapercibido y autor de quien no se puede decir que sea poco conocido. Una ausencia notable por cuanto, en algunas ocasiones, las tesis de Bueno le hubieran resultado útiles a Vargas Llosa como apoyo a sus argumentos.

En general, La civilización del espectáculo supone una decidida vindicación de lo que el autor entiende por “cultura tradicional”, en la cual la alta cultura es custodiada por una exclusiva y reducida elite, mientras que el resto de la ciudadanía, incapaz de valorar apropiadamente los productos de aquella, se conformará con el consumo de una llamada “cultura popular”. Según esta imagen estratificada del hecho cultural, los verdaderos productos de la alta cultura son los que esa elite atesora herméticamente; de hecho, la difusión masiva de estos, su consumo por parte del pueblo, incapaz de disfrutar realmente de ellos, acabará anulando sus condiciones de posibilidad. Anclado en su optimismo con respecto a la democracia liberal, Vargas Llosa sortea los problemas de clase, sosteniendo que esa elite viene “conformada no por la razón de nacimiento ni el poder económico o político sino por el esfuerzo, el talento y la obra realizada” (ob. cit., p. 73). Obviaré este aspecto de la cuestión (sobre el que cualquier sociólogo o, incluso, un trabajador social, un maestro o un profesor de instituto podrían orientar a nuestro autor mejor que yo) y pasaré a otros, acaso, menos ideológicos: la escasa perspectiva histórica y la forma en que se hurta en la argumentación de Vargas el mecanismo de constante y mutua retroalimentación de ambos ámbitos (siguiendo a Vargas, he estado a punto de denominarlos “estamentos”) de la cultura.

Empezando por ese último, parece ignorar el autor la interrelación entre el canon y lo popular: muchos productos y géneros artísticos y literarios de raíz popular pasan, si sus méritos y el tiempo (ese juez implacable) lo permiten a formar parte del canon. Si, siguiendo al autor de La casa verde, todo producto cultural de origen popular resulta espurio, indigno de la alta cultura, ¿qué habríamos de hacer con el romancero, con la novela picaresca, con Shakespeare, con Rabelais, con el propio Cervantes o con las obras de Víctor Hugo, de Galdós, con la novela del XIX en general, que, o bien nacieron del pueblo o se convirtieron rápidamente en productos culturales de gran consumo por parte del pueblo en su momento? Podría argüirse que lo que se entendía por “consumo masivo” en la Edad Media, el Renacimiento o el Siglo XIX no es lo mismo que entendemos hoy; cuestión cuantitativa, en mi opinión, pero no de proporciones.

Y, al mismo tiempo que los productos culturales que tienen que ver con lo popular pasan, si lo merecen, a formar parte de ese canon que la elite intelectual acepta como válido, muchas de las manifestaciones de la alta cultura pueden pasar perfectamente a convertirse en productos de consumo masivo, sin que por ello pierdan ni un ápice de su validez. Creer lo contrario se me antoja una directa incursión en el territorio del mito, ese pantano fabuloso donde uno podría llegar a pensar, por ejemplo, que las letras de un ejemplar de La peste se borrarán si un camionero intenta leerlos o que mi nuevo y flamante ejemplar de La ciudad y los perros se convertirá en un montón de cenizas si se lo presto a mi vecina, cajera de un supermercado.

Los sentidos de una obra literaria o artística no son unívocos (Gadamer dixit) y sus distintos niveles de significado podrán ser aprehendidos en diferentes grados dependiendo de su lector o espectador, pero eso no invalida la pertinencia de la posibilidad de acercarlas a la ciudadanía; es más, las consecuencias de ese acercamiento son, en general, socialmente benéficas y ello contribuye a la “formación del espíritu” (que a Vargas tanto parece preocuparle) de forma, en mi opinión, bastante más eficaz y razonable que la religión, tal y como él propone. Nunca ha sido nociva la difusión de la cultura, salvo para quienes intentaban proteger sus privilegios de clase.

En cuanto a la perspectiva histórica (o la inexistencia de ella en La civilización del espectáculo) bastará con recordar las invectivas en contra de la aparición del cinematógrafo, de la fotografía o de la invención del tipo móvil. Se me ocurre, por ejemplo, que a los copistas que habían dedicado su vida a transcribir el saber de su época, de forma esforzada y artesanal, no debió de sentarles demasiado bien la popularización de la imprenta. Análogamente, en las páginas finales, Vargas Llosa muestra su desorientación acerca de la tecnología del libro digital, tomando como punto de partida un artículo (todo hay que decirlo: demasiado optimista) de Jorge Volpi.

Pero no acaban aquí los aspectos problemáticos de La civilización del espectáculo. Por el contrario, este ensayo presenta serios defectos formales desde el punto de vista de la argumentación. Y un defecto formal, en ese terreno, evidencia la debilidad del fondo. Entre otras cosas, Vargas utiliza con frecuencia la generalización apresurada: como algunos blogueros manejan mal la sintaxis, todos lo harán; como los blockbusters son de baja calidad, todo el cine actual es de baja calidad; como la educación sexual hace que se pierda el “misterio” en torno al sexo, los jóvenes se sentirán inducidos (conclusión sorprendente) “a buscar el placer en otra parte, probablemente en el alcohol, la violencia y las drogas”, (ob. cit., p. 116). También hace, en algunos pasajes, una presentación grotesca de las ideas que critica. Esto resulta muy llamativo en el capítulo que dedica a los filósofos de la posmodernidad, Deleuze, Guattari o Foucault, a quienes ataca apoyándose en Gertrude Himmelfarb (¿?) y, en el caso del autor de Las palabras y las cosas, utilizando, en algún momento, un argumento ad hominem de muy mal gusto, en mi opinión.

No profundizaré (este texto ya es suficientemente largo) en otros problemas del ensayo en cuestión, como, sin ir más lejos, su etnocentrismo, que se evidencia (para muestra, basta con un botón) en la doble vara de medir que utiliza para referirse a las relaciones entre religión y educación, asunto en el cual el autor opina (muy razonablemente, creo) que el velo islámico no tiene cabida en la escuela laica, para, casi al mismo tiempo, hacer una defensa de la obligatoriedad (por motivos culturales, arguye) de la religión como asignatura en esa misma escuela laica.

Tampoco traeré aquí a colación la evidente paradoja de este ataque furibundo a la cultura masiva por parte de alguien que forma parte evidente del fenómeno, en su calidad de autor tremendamente popular y cuyos artículos periodísticos y declaraciones a los mass media surcan, fulgurantes, todos los cables de fibra óptica que atraviesan el mundo. Ni haré notar que apelar a la tradición supone la mera remisión a un mito como criterio de validez. Ni siquiera diré que alguien de la altura intelectual de Vargas Llosa debería entender que la existencia de una cultura de masas (siempre las hubo, solo que con otros soportes tecnológicos) no excluye la posibilidad de la existencia de una elite cultural (también las hubo siempre; también él mismo forma parte de la actual). En ese sentido, el maestro puede estar tranquilo: la cultura cambiará de soportes, pero continuará existiendo, porque nuestro ámbito de existencia, como individuos y como especie, no puede prescindir de ese animal monstruosamente complejo que es nuestro universo simbólico.

Lo que haré, simplemente, en cuanto acabe esta entrada (desacostumbradamente larga), será reflexionar sobre cómo podría explicar a un grupo de internos de un centro penitenciario o a un aula de estudiantes de enseñanza media en claro riesgo de exclusión social, ávidos de acercarse a la literatura y a la cultura (acaso porque las emociones que estas despiertan en ellos pueden salvarles como seres humanos) que es peligroso para la cultura que sus productos sean divulgados masivamente; que estos solo tienen sentido si existen para el consumo de unos pocos, entre los cuales, supongo, ellos no tienen derecho a contarse.

PS: Por aquello de que lo urgente se impone a lo importante, no había leído, antes de escribir esta entrada, la reseña que escribió sobre el mismo libro el amigo Rubén Benítez Florido. Hoy, tras hacerlo, añado aquí el enlace, para quien quiera contrastar el mío con otro punto de vista, costumbre generalmente sana.





Línea de crédito o puesta de largo: un rescate es un rescate

11 06 2012

Tengo a Monroy muy mal acostumbrado. O quizá se cobra con intereses el partido que le saco. Me explico: como últimamente lo llamo para que me cuente sus últimas batallitas (qué le voy a hacer, me he quedado sin historias suyas, necesito que me renueve el repertorio para escribir otra novela sobre las cosas que le pasan), se cree con derecho a presentarse en mi casa cuando le viene en gana y arrasar con todo. Supongo que, en el fondo, su temperamento es similar al de la troika comunitaria.

Monroy visto por Montecruz.

Ayer domingo, sin ir más lejos, llegó sin avisar, a la hora torera. Traía, eso sí, un pack de seis cervezas, una bolsa de papas fritas y un ejemplar de La civilización del espectáculo de Mario Vargas Llosa (que sabe que mi bolsillo no me permite comprar). Sin embargo, cuando se fue, se llevó dos difíciles de conseguir y que sé que no volveré a ver: La hija del aparcero de Bruno Rodríguez y Entre amorosos desamores de Patricia Rojas de Leunda. El primero lo guardó en cuanto lo vio. Del segundo no le gustó el título pero, mientras charlábamos, leyó algunos de los micorrelatos que contiene y, cuando me quise dar cuenta, ya lo había deslizado hacia el interior de su bolso bandolera.

Preguntado por los motivos de su visita, la respuesta fue vaga como guardián de obra: Gloria había ido a ver a su madre; él se había quedado sin libros; en el Casablanca se habían juntado para ver la Eurocopa y, sabido es, a él el fútbol le resbala.

No esperó a la segunda cerveza para preguntarme qué opinaba yo sobre el rescate. Me apresuré a aclararle que no se trata de un rescate, sino de la apertura de una línea de crédito por parte del eurogrupo, que lo había dicho el presidente.

—Mira, mi hijo –me dijo con ese tonito molesto y rencilloso que gasta con gente como yo–, el presidente lo puede llamar “línea de crédito”, “puesta de largo” o “la larga sombra de mis huevos al amanecer”, pero es un rescate en toda regla. Y estos del eurogrupo son como las ratas: primero meten el rabo; si cabe el rabo, se cuelan ellos detrás. Y te digo otra cosa: cuando uno pide un crédito, lo primero que tiene que aclarar son las condiciones. Escuché la comparecencia de Rajoy de esta mañana: no dijo absolutamente nada sobre eso. Lo que sí dijo fue que se iba al fútbol.

Le dije que no sabía qué quería decir.

—Pues está facilito: tú les aceptas el préstamo ahora y, cuando menos te lo esperas, ya están aquí diciéndote lo que tienes que hacer con el empleo, con la seguridad social y las pensiones.

—Bueno, este país sigue siendo soberano –argüí.

—Mientras haga lo que le diga la troika.

—No hay troika.

—Espérate a la semana que viene. A lo mejor mañana mismo. Y, una vez venga la troika, se acabó la soberanía. Si hacemos algo que no les guste, nos castigan. Si nos ponemos chulitos, nos castigan.  Y, si nos pasamos mucho, nos dirán hasta quién tiene que gobernar. Aunque, en este caso, no creo que encuentren en este país tecnócratas mayores que estos.

Intenté cortarle el rollo diciéndole que ni él ni yo entendíamos de macroeconomía y que estas cosas hay que dejarlas en manos de quienes entienden; que los ministros y el presidente saben, seguramente, lo que hacen; que la solución a estos asuntos es siempre difícil; que no acababa de creerme lo de la troika; que esto no es Grecia y, como dice Mariano Rajoy, no es Uganda.

—No. No es Uganda, seguro. De hecho, entre los bantúes, a majaderos como estos les hubieran ya dado una patada en el culo y los hubieran expulsado de la tribu.

Preguntándome a mí mismo por qué estaba cayendo en la trampa de Eladio (a quien lo que le apetecía era discutir, como siempre) y si la escritura de una novelucha merecía perder el ocio de un domingo por la tarde de aquella manera, puse la tele para ahuyentarlo.

Justo en ese momento, España marcaba un gol y Mariano Rajoy, Jorge Moragas y los príncipes lo celebraban como si lo de la tarde anterior no hubiera ocurrido.

—Ahí los tienes: los jefes de la tribu, celebrando la Danza de las Cosechas -dijo mientras se levantaba y se apoderaba, con disimulo, de lo último de Miguel Aguerralde, Última parada: la casa de muñecas. Él creyó que no me daba cuenta, pero me la di.

Cuando se marchó me dejó como casi siempre: con la palabra en la boca y una incipiente cefalea.

Hoy, al levantarme, he leído las declaraciones de Schäuble y he llamado a Eladio para preguntarle dónde carajo guarda su bola de cristal.

—No me hace maldita falta. Mientras tú ves el fútbol, yo leo los periódicos.





Carlos Fuentes y la omnisciencia

16 05 2012

Anoche, al llegar a casa, recibí una llamada de mi pareja, quien me contaba que había fallecido Carlos Fuentes. No sé si las casualidades existen, pero la semana pasada, después de haber estado mucho tiempo sin frecuentar sus libros o acordarme de él, me encontré, estando en otra isla, con un señor que se le parece mucho y a quien le hice notar esa semejanza física y con quien hablamos sobre la grandeza de Fuentes (una coincidencia que podría parecer extraída de un cuento de Cortázar, pero que para mí es más frecuente de lo que parece; de hecho tengo un amigo escritor que me ruega constantemente que no me acuerde de él).

He pensado mucho sobre la utilidad o no de escribir esta entrada. Mientras lo hacía, ya otros mejores que yo, que conocen su obra con mayor profundidad o que, incluso, le conocieron personalmente y hasta fueron amigos suyos (Juan Goytisolo, Juan Cruz o Mario Vargas Llosa, quien, por cierto, hoy está en esta ciudad en la que habito) ya poblaban las redes con sus opiniones y sus recuerdos. Incluso con su dolor, en el caso de los amigos.

Yo no conocí personalmente a Carlos Fuentes. Incluso, en los últimos años, no lo he leído con demasiada frecuencia: hay muchos autores, hay muchos libros, hay mucho afán por evitar que se nos queden títulos en el tintero, hay demasiado poco tiempo. Y, no obstante, Fuentes tiene algún lugar especial en mi memoria de lector, donde le guardo un viejo ejemplar de Club Bruguera de La muerte de Artemio Cruz, el descubrimiento (por intercesión de Eduardo González Ascanio) de Ambrose Bierce, algunas reflexiones sobre Juana Inés de la Cruz y sobre Onetti y sobre Rulfo.

Hoy he leído la justa vindicación de su obra, especialmente de La muerte de Artemio Cruz, Aura, La región más transparente, Gringo Viejo o Terra Nostra. Sin embargo, anoche, tras conocer la noticia, recordé el primer libro de Fuentes que leí (y del cual, por desgracia, no conservo ningún ejemplar). Debió de ser en 1987, el año en que le concedieron el Premio Cervantes, o al año siguiente, cuando me hice, Círculo de Lectores mediante, con Cristóbal Nonato, aquella novela compleja, irreverente, futurista e implacable que desorientó completamente a aquel lector joven que yo era y con la que mantuve una lucha de varias semanas hasta que logré domesticarla o, más exactamente, hasta que ella me domesticó a mí. Contada por un personaje que estaba destinado a nacer el 12 de octubre de 1992 y que, por tanto, aún no había nacido, lo hacía, a partir de esa circunstancia, dueño de un dominio del tiempo y una omnisciencia de los cuales quienes vivimos en el tiempo, en la sucesión, carecemos.

En El naranjo, de 1994, otro libro del que quizá no se hable en estos días (porque en este país tenemos la manía de olvidar los libros de cuentos), hay más ejemplos, todos fascinantes, de este recurso. Inolvidable ha sido siempre para mí uno de los relatos que lo integran: “Apolo y las putas”, en el cual el narrador es el cadáver de un norteamericano cuyo corazón no ha resistido a una orgía con siete legendarias rameras.

El nonato, el ya fallecido, el que está en trance de muerte, el que sobrevive reencarnado en la tierra, en una piedra, en la savia de un árbol, viven en el instante, fuera de la cronología y, por tanto, son amos del tiempo. Ese es el territorio que Fuentes exploró como nadie: la totalidad de la experiencia humana aprehendida mediante la intuición (en sentido metafísico) que confiere el hecho de estar más allá de la vida, más allá del tiempo.

Esa clave de escritura (que estaba ya, acaso, en Rulfo) fue explorada con fantásticos y, en muchos casos, inigualables resultados por Fuentes a través de una obra en la cual su inteligencia a la hora de construir argumentos, su lucidez al abordar la mezcla y el choque de culturas, valga el término por mundos (ese tema que Fuentes convirtió en su tema), su habilidad para el erotismo y para la imagen poderosa, lo convirtió en uno de los más grandes narradores de su tiempo, ese tiempo que ahora abandona para ingresar ya, como algunos de sus personajes, en el territorio de la omnisciencia.








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