Ah, Joe Bonham. Ah, humanidad

28 02 2015

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… oh no no seremos nosotros los que mueran. Seréis vosotros. 

Seréis vosotros sí vosotros que nos llamáis a la batalla vosotros que nos incitáis contra nosotros mismos vosotros que hacéis que un zapatero mate a otro zapatero vosotros que hacéis que un trabajador mate a otro trabajador y que hacéis que un ser humano que solo quiere vivir mate a otro ser humano que solo quiere vivir. Recordad esto. Recordad bien esto vosotros los que hacéis planes para la guerra. Recordad esto vosotros los patriotas vosotros los feroces vosotros los sembradores de odio los inventores de consignas.

Johnny empuñó su fusil, de Dalton Trumbo, Barcelona, Navona, 271 páginas

Johnny empuñó su fusil, de Dalton Trumbo, Barcelona, Navona, 271 páginas

El timbre de un teléfono hace despertar a Joe Bonham a una espantosa resaca. Nadie descuelga el maldito aparato, que suena y suena durante toda la noche. Pero él no puede responder, porque está cansado y tiene la cabeza loca. «Podrían meterle el aparato entero por la oreja y ni siquiera se enteraría. Debió de haber bebido dinamita». Poco a poco, Joe se va dando cuenta de que los timbrazos solo en el interior de su cabeza: es el recuerdo del timbre del teléfono que tiempo atrás le anunció la muerte de su padre. De haber estado sonando realmente un teléfono cerca de él, no hubiese podido oírlo. Porque él carece ya de oídos. Tampoco tiene boca, ojos o nariz. Ha perdido, además, todas las extremidades. Porque es 1918 y, en algún lugar de Francia, un obús ha reducido a Joe Bonham a un tronco con cerebro. Artificialmente, tubos y sondas y cuidados diarios mantienen la vida vegetativa de este despojo al que ha sido reducido Joe. Pero, trágicamente, su mente aún funciona, es consciente y carece de estímulos sensoriales, salvo los provenientes del tacto en la poca piel que el obús dejó intacta.

Este es el planteamiento de Johnny Got his Gun, de Dalton Trumbo, traducido en su momento como Johnny cogió su fusil y que ahora, por aquellas cosas de la distribución para Hispanoamérica, Navona nos trae editado como Johnny empuñó su fusil. Lo coja, lo empuñe o lo agarre, lo cierto es que da igual, porque la historia de ese chico de Colorado emigrado a Los Ángeles, reclutado a los 19 años para ir a la Gran Guerra y terriblemente mutilado por la explosión de un obús, es la base de una novela fascinante de esas que se convierten en inolvidables. Una novela que se convirtió en una novela de culto y en uno de los más tremendos alegatos antibelicistas y que incluso inspiró una canción de Metallica, One, incluida en su mítico … And Justice for All. Pero que es muchísimo más que eso.

Joe es mantenido con vida en lo que se supone es un hospital militar, y quienes le cuidan no saben, al parecer, que su mente consciente ha sobrevivido. Digo “se supone” y digo “al parecer” porque la novela, pese a estar contada en tercera persona, está absolutamente focalizada en el protagonista: transcurre absolutamente en su mente.

Así, en el despertar terrible tras la explosión del obús, el lector va a hacer con Joe un doble recorrido: hacia el pasado, a través de sus recuerdos y sus sueños (en los que se nos cuentan su infancia y juventud, sus amores y relaciones familiares, sus experiencias laborales y bélicas) y hacia el exterior, intentando medir el paso del tiempo y comunicarse con quienes le están cuidando, para explicarles que los movimientos de su cabeza no son meros espasmos, sino actos deliberados de un hombre consciente.

Por supuesto, es una novela angustiosa, pero también terriblemente bella, en por su escritura y su composición, por el modo en que maneja tiempos y temas, por la cruel exactitud con la que recorre la psique del protagonista en un recorrido por la amplia variedad experiencias humanas, contraponiendo a las situaciones más duras el recuerdo de momentos de inusitada ternura, en los que una caña de pescar, un huerto o una madre recitando un poema navideño son símbolos de un mundo en el que no son necesarios los fusiles, la patria o los héroes.

Y todo esto con dos constantes de estilo: la primera, el léxico utilizado es el de un chico de diecinueve años, un chico de pueblo que luego ha trabajado en la gran ciudad en una panadería industrial y que, por tanto, pese a poseer una fina sensibilidad no es una persona muy cultivada. La segunda, el paso cada vez más progresivo desde la tercera persona al monólogo interior, captando el flujo interno de la conciencia del personaje. Para esto, Dalton Trumbo se sirve de hábiles herramientas, como el uso del diálogo indirecto libre o la ausencia de comas.

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Dalton Trumbo (1905–1976) publicó Johnny empuñó su fusil en 1939. Con mucha puntería, porque poco después comenzó la Segunda Guerra Mundial. Volvería a publicarla en 1959, cuando ya era uno de los represalidos de la Caza de Brujas del senador Joseph McCarthy. Y de nuevo en 1970, justo antes del estreno de la película, que él mismo dirigió y que en 1971 obtuvo el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes.

Trumbo tuvo una larga y fructífera carrera como guionista. En los cuarenta, fue autor de guiones exitosos, como Treinta segundos sobre Tokio, pero en 1947 fue llamado por el Comité de Actividades Norteamericanas y fue uno de los Diez de Hollywood. Tras once meses en prisión se exilió a México. Y, desde allí, continuó escribiendo guiones con seudónimo, circunstancia de la que se aprovecharon muchos. Curiosamente, aunque tenía que ocultar su nombre, en esta época ganó dos oscars: uno por Vacaciones en Roma (le había cubierto Ian McLellan Hunter) y otro por El Bravo, que había firmado como Robert Rich.

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Volvió a firmar con su nombre a partir de 1960, cuando escribió Espartaco (basada en la novela de otro represaliado, Howard Fast). Y luego escribiría algunos otros guiones interesantes, como los de Papillon y Acción ejecutiva.

Póstumamente, se publicaría otra novela suya, La noche del Uro, que también resultó polémica, porque cuenta en primera persona la vida de un criminal de guerra nazi, algo que solo haría, muchos años después, Jonathan Littell en Las benévolas.

Muy interesante, si te interesa saber más sobre su vida y su obra, es un documental de Peter Askin, titulado Trumbo y la lista negra. Como tampoco hay que perderse esta maravilla que nos trae Navona, muy bien traducida, por cierto, por José Luis Piquero: Johnny empuñó su fusil, Barcelona, Navona, 271 páginas, una novela de culto para la que no pasan los años.

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Una radiografía del dolor

2 02 2015

[Con algo de retraso (ando de viaje), cuelgo la entrada correspondiente a La Buena Letra de la semana pasada]

El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle, Barcelona, Navona, 90 páginas.

El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle, Barcelona, Navona, 90 páginas.

El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle, es una novela muy breve, muy dura, muy tierna y muy atípica en la producción de su autor. Se trata de uno de esos fogonazos de verdadera maestría que solo se dan en muy raras ocasiones y que acaban dando libros absolutamente inolvidables.

William Kotzwinkle es un autor norteamericano especializado en libros infantiles, en novelas Sci–Fi y en novelizaciones de películas. Esto se hacía mucho antes: cuando una película tenía éxito, se encargaba a algún autor artesanal que escribiera una novela a partir del guion original. Kotzwinkle firmó varias cosas infames, como ET, el extraterrestre o Supeman III, además de ser el guionista de la no menos infame Pesadilla en Elm Street 4. Sin embargo, en 1975, tras una amarga experiencia pérdida, supo enterrar su dolor y su rabia en esta nouvelle, El nadador en el mar secreto.

El argumento es sencillo y brutal: una pareja de artistas neoyorquinos que se ha ido a vivir a los montes de la frontera con Canadá va a tener su primer hijo. Algo sale mal y el bebé nace muerto.

Sin alharacas, sin melodrama, sin grandes artificios, Kotzwinkle nos cuenta cómo afronta un padre esta durísima experiencia, en medio de un bello paisaje dominado por la nieve y el frío; cómo una pareja que no es creyente y que además tiene lejos a todos sus familiares y casi todos sus amigos afronta la pérdida de aquel ser en el que tenían puestas todas sus ilusiones.

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Yo no lo sabía (lo he averiguado hace poco), pero esta novela surgió, al parecer, a raíz de la experiencia personal del propio William Kotzwinkle y su mujer, la también autora de libros infantiles Elizabeth Gundy. Al parecer, justo después de enterrar a su hijo, Kotzwinkle se encerró y escribió prácticamente de un tirón este bello y triste relato que, publicado en una revista, fue olvidado durante muchos años, hasta que volvió a ser editado para Estados Unidos y Gran Bretaña en 2010.

Y ahora lo publican en España los guerrilleros de Navona, esos especialistas en rescates fascinantes, para inaugurar la colección Los ineludibles, en la que aparecerá pronto también Golowin, una exquisita novela de Jacob Wasserman de la que ya hemos hablado alguna vez.

El nadador en el mar secreto es uno de esos libros que se leen con emoción contenida y que a mí me ha puesto el nudo en la garganta en algún momento. Sin embargo, no es premeditadamente lacrimógeno: al contrario, se trata de un libro sobrio y sincero, acerca del tiempo, el amor y el luto, sobre cómo nos enfrentamos los seres humanos al dolor de la pérdida. Un libro, en fin, de esos que nos hacen preguntas importantes y que, por tanto, no deberíamos perdernos si somos de las personas que tienen los pies en la tierra. Así pues, para esta semana, El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle, editado en Barcelona por Navona editorial, 90 páginas de dolorosa e imprescindible belleza.





Pedaleando hacia 2014

30 12 2013

No sé quién dijo que la vida es como montar en bicicleta: mientras está pedaleando, te tienes en pie; si te paras, te caes.

Sea quien fuere, el dicho se ha hecho proverbio y continúa siendo una verdad del tamaño del puño de Joe Frazer. Yo he pedaleado bastante en este 2013 y me acerco al fin de etapa (que no de competición) con un sentimiento agridulce.

Lo dulce lo ponen los lugares que he podido recorrer este año en el que me han nacido tres criaturitas. La primera pasó ciertamente desapercibida pero me llenó de alegría su aparición. Es un libro infantil, Las pruebas de Maguncia, en el que un hada prima segunda (suspendió los exámenes para hada madrina y anda de becaria) se enfrenta a los trols con la ayuda de personas de buena voluntad.

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De las otras dos ya tendrás noticia porque, para mi fortuna, no se ha dejado de hablar de ellas en las redes. Una, La estrategia del pequinés, publicada por Alrevés en febrero, agotó pronto su primera edición. Y uno de sus personajes, Cora, fue elegida, además, mejor personaje femenino en los Premios LeeMisterio. La otra, La última tumba, que apareció publicada por EDAF en octubre, con el sello del Premio Ciudad de Getafe de Novela Negra 2013.

También fue dulce participar en otros alumbramientos: Dácil, princesa de Taoro, una adaptación de un fragmento de las Historia de Canarias… de Viera y Clavijo, El viento y la sangre, una novela del desconocido en nuestro ámbito M. A. West, la aparición en Navona Negra de Epitafio para un espía, de Eric Ambler, la compilación de cuentos reunidos en Voces al tiempo. Todos ellos hechos editoriales felices.

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Con algunos buenos amigos, muchos de ellos novelistas canallas, en la Semana Negra de Gijón

Como felices fueron los viajes a Bilbao, Gijón, Barcelona, Cuenca, Madrid y todos los demás lugares donde he podido conocer o reencontrar a gente estupenda que escribe, lee o hace de intermediaria entre quienes escriben y quienes leen. Hay ahí objetos (una camiseta con la cara de Paco Gómez Escribano, un bloc de notas fabricado por Juan Carlos González Montes, un búho obsequio de Espe Moreno, botellitas de resolí y de aceite de oliva, libros firmados respectivamente por Andreu Martín y Pedro Salmerón, otro de Gutiérrez Maluenda sin firmar) que atestiguan que esos y otros momentos se dieron en la realidad, que no fueron sueños vividos entre la embriaguez y la resaca.

También tienen relación con la literatura otros buenos momentos que he podido vivir este año: las muchas horas de contacto con talleristas en Unibelia y en el Museo Poeta Domingo Rivero (y aun en institutos y bibliotecas, tanto de Gran Canaria como de Tenerife o Fuerteventura). No hay nada tan sano y edificante como el encuentro con el talento ajeno y, lo confieso, no hay nada que me guste tanto como compartir con un grupo de personas la lectura de textos y más textos de una lista inacabable.

Y el contacto (personal y a través de las redes) de los muchos lectores y lectoras que nunca dejan pasar la oportunidad de transmitirme su afecto, de alegrarse por mis alegrías y animarme en esta tarea tan solitaria como pública.

Pero, como dije, no todo fue dulce. Durante este año en el que me pasaron tantas cosas buenas, a este país le ocurrieron muchas cosas malas. No voy a detenerme a enumerarlas todas (de hecho, no recuerdo ahora mismo cuántos consejos de ministros ha habido este año), y además, tú ya sabes cuáles son, porque has asistido, como yo, a la depauperación económica, política y social de esto que habíamos construido entre todos y que está siendo atacado por unos pocos.

En lo personal, perdí a algunos buenos amigos: a algunos, porque se los llevó la muerte; a otros, porque se los llevó la crisis y tuvieron que poner tierra de por medio para no morirse de hambre a los pies de instituciones gestionadas por otros menos preparados y sin duda más mediocres que ellos.

Y tengo que anotar algunas cosas en el “debe”, cosas que se han quedado por hacer única y exclusivamente por mi culpa (¿verdad, Míchel?), porque lo urgente se impone a lo importante, y uno no siempre tiene tiempo y vigor para sacar adelante al mismo tiempo todos los proyectos que desea llevar a cabo.

Y también tengo que recriminarme a mí mismo el no prestar más tiempo y atención a mis amigos más cercanos y a mi pareja, Thalía Rodríguez, que soporta con paciencia de cátaro mis horas de trabajo, mis viajes no avisados, mis ausencias de autor neurótico.

Así, pedaleando, como siempre, se cumple al fin esta etapa. La siguiente empieza con un par de ascensos fuertes: la puesta en escena de Clara y las sombras, la ópera de Juan Manuel Marrero, otro proyecto dramático-musical en colaboración con amigos tan queridos como Marrero, o una nueva novela que aparecerá en el catálogo de Alrevés. Y también nuevos talleres en Unibelia, en el Domingo Rivero o allá donde tengan a bien reclamarme.

Y así sigue uno, dándole al pedal, agradeciendo la posibilidad de disponer de la vía de escape que constituye este blog, en el que tú y yo nos encontramos una o dos veces a la semana para hablar de estas y otras cosas y que me sirve, por ejemplo, para aprovechar la oportunidad y desearte que tengas un próspero y feliz año 2014, lleno de lecturas y de gratos contactos con personas que te ayuden a seguir pedaleando.





Un tipo escandaloso

8 10 2013

Un tipo escandaloso, D. H. Lawrence,  y sus Cuentos prohibidos, editados en los rescates de Navona, con el subtítulo “Para leer en la intimidad”, una delicatessen y un acercamiento perfecto a este autor que se pasó la vida sacándole los colores a la sociedad británica de las primeras décadas del Siglo XX, un francotirador del que, para mi vergüenza infinita, todavía no había hablado en La Buena Letra.

Cuentos prohibidos. Para leer en la intimidad, de D. H. Lawrence, Barcelona, Navona, 171 páginas

Cuentos prohibidos. Para leer en la intimidad, de D. H. Lawrence, Barcelona, Navona, 171 páginas

Cuentos prohibidos viene a ser una selección de cinco cuentos escritos entre 1925 y 1930, una especie de menú degustación de su época de madurez narrativa en el que vemos las líneas temáticas que recorren su obra: el contraste entre lo que te pide el cuerpo (o el alma) y lo que la sociedad te dice que debes hacer; la complejidad de las relaciones de pareja; la imposición de roles que tanto hombres como mujeres asumen en un sociedad tradicionalmente patriarcal, una imposición que, cuando nos revelamos contra ella, nos pone la etiqueta de indecentes.

Los personajes de Lawrence son frecuentemente insumisos ante lo que la moral oficial les dicta. Esta rebelión es a veces secreta, a veces explícita, pero siempre está ahí la negación a lo que la tradición y el estatus nos dicen que tenemos que hacer o pensar en determinadas situaciones.

Así, en estos Cuentos prohibidos hay damas que practican el nudismo y desean tener hijos con campesinos que no son sus maridos, caballeros que desean sigilosamente a la misma mujer hasta que llega un momento en que no pueden continuar disimulando y faltan a la etiqueta y la elegancia dándose de galletas por cualquier motivo menor, chicas que experimentan una fuerte pasión animal por hombres que las han secuestrado o mujeres que han decidido vivir libremente y con alegría y sin complejos su libertad sexual.

Profundidad psicológica, tolerancia, búsqueda de la libertad, rebelión contra los roles de género: esas son, entre otras, las cosas que vamos a encontrar en estos cuentos, igual que en el resto de la obra de Lawrence, quien con seriedad, pero con un sutil sentido del humor, despliega situaciones inusitadas y las cierra siempre con remates geniales.

D. H. Lawrence y Frieda Weekly

D. H. Lawrence y Frieda Weekly

David Herbert Richards Lawrence nació en Inglaterra en 1885 y murió en un pueblecito francés en 1930 (como podía haber muerto en cualquier lado, porque se pasó la mitad de su vida viajando). Las tres cuartas partes de su vida las vivió en la más absoluta pobreza. Era hijo de un minero, casi analfabeto y de una maestra, y a los 16 añitos tuvo que dejar los estudios y ponerse a trabajar en una fábrica, aunque luego conseguiría hacerse con algunos títulos y consiguió trabajo como maestro. Fue entonces cuando comenzó a publicar poemas y cuentos. En 1912, cuando ya había publicado dos novelas, conoció a Frieda Weekly (de soltera von Richtofen), a la sazón esposa de Ernest Weekly, profesor suyo en la universidad de Nottingham, una mujer algo mayor que él y que tenía tres hijos. Lawrence y Frieda se fugaron a Alemania, a la localidad natal de ella y se quedaron allí mientras se tramitaba el divorcio. Pero a él lo detuvieron las autoridades alemanas (eran los años previos a la Gran Guerra), acusándolo de espionaje. Les costó mucho que lo soltaran, y,  cuando lo consiguieron, volvieron a Inglaterra, donde, ya en plena guerra, los acusaron exactamente de lo mismo: de ser espías alemanes. Cosa que, unida al antimilitarismo de Lawrence, hizo que se fueran de Gran Bretaña y no volvieran sino en contadas ocasiones. Siempre con Frieda, Lawrence se pasaría luego la vida viajando de un lado a otro y, en sus últimos años, adquirieron un rancho en Nuevo México, donde proyectaban instaurar una comuna socialista.

Lawrence publicó en vida una treintena larga de libros, entre novelas, ensayos y cuentos. Los más célebres siguen siendo Hijos y amantes, Mujeres enamoradas y El amante de Lady Chatterley. Con su sutil erotismo y su franca tolerancia, escandalizó a su época y aún hoy sigue escandalizando a los guardianes del correctismo, porque sus personajes vivieron como él mismo vivió: como les dio la real gana y sin dar cuentas a nadie, aunque eso les condenara a la soledad, la pobreza y el oprobio.

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Libros para un verano

20 07 2013

Como era el último programa de la temporada y La Buena Letra se va de vacaciones (al menos en antena, porque en Ceremonias continuaré colgando reseñas cada semana) esta vez no traigo un solo libro, sino unos cuantos; así tendrás recomendaciones para todo el verano que puedan acompañarte en la piscina y la playa, después de hacer ejercicio, en las noches de tormenta veraniega, en la casa rural o en el viaje.

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Para la playa y la piscina:

Papiromanía, un libro firmado por cuatro autores: Ricardo Pérez García, Antonio Lino Rivero Chaparro, Rubén Benítez Florido y Juan José Rodríguez Barrera. Es un libro del que yo estoy particularmente orgulloso, porque estos cuatro señores se conocieron en el Laboratorio Creativo Anroart, hace cuatro años, y continuaron viéndose y haciendo tertulia hasta que todo eso cristalizó en esta canallada golfa y divertida que edita Anroart, con olor a fanzine, a patafísica y a cerveza derramada. Son veinticuatro textos breves de todo tipo: cuentos de humor delirante, cuentos escritos desde la memoria, parodias de las novelas de espías y la ciencia ficción y hasta algunos ensayos literarios firmados por Benítez Florido, que para algo es filósofo y ya ha publicado dos volúmenes de este género. Así que, para playa y piscina: Papiromanía, editado por Anroart Ediciones, 111 paginitas de risa y reflexión.

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Para después de hacer ejercicio:

Si eres de quienes prosiguen con Operación Bikini, aquí hay un ensayo estupendo sobre el deporte que tiene fama de ser el más duro: Del boxeo, de la norteamericana Joyce Carol Oates. Carol Oates es muy conocida por sus estupendas novelas, como Puro fuego o Mamá, pero algo que no todo el mundo sabe es que, desde niña, es muy aficionada al boxeo, que viene a ser, como hemos dicho otras veces, el deporte más literario que existe. Aquí Carol Oates sigue los pasos de Norman Mailer, Hemangway y otros muchos y hace una larga y profunda reflexión sobre el boxeo y sobre sus luces y sombras, repasando su historia, sus grandes hitos y obligándonos a hacernos preguntas sobre cómo el combate pugilístico simboliza el combate que todos sostenemos contra nosotros mismos. En mi opinión, este libro solo tiene un defecto: únicamente habla de boxeadores norteamericanos. Por lo demás, es perfecto: Del boxeo, de Joyce Carol Oates, publicado por Punto de lectura, 180 páginas de reflexiones bellamente escritas.

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Para las noches de tormenta veraniega:

Si el cielo de pronto se pone gris, se levanta el viento o empieza a granizar o a tronar y no hay manera de estar al aire libre, recuerda que Navona ha rescatado una de mis joyas preferidas y que no puede faltar en ninguna buena biblioteca: La promesa, del suizo Friedrich Dürrenmatt. Una novela inquietante y oscura de 1959, que trata sobre un policía obsesionado con atrapar a un asesino de niñas, y de cómo desciende a los infiernos de la moral por culpa de esa obsesión. Es una historia que ha sido llevada al cine dos veces (por Ladislao Vajda y por Sean Penn, respectivamente) y que Navona rescata en una nueva traducción, anotada, para quien no sea político o empresario corrupto y no esté, por tanto, familiarizado con los cantones suizos. En Navona Negra (que está convirtiéndose en una colección de lujo): La promesa, de Friedrich Dürrenmatt, 156 páginas inolvidables.

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Para leer en la casa rural:

Para esas tardes tranquilas en la casa rural, después de hacer senderismo con tu pareja, resulta muy recomendable otro rescate de Navona: Golowin, del alemán Jakob Wassermann. Una novela corta intensísima protagonizada por María Von Krüdener, una alemana, madre de familia, casada con un noble ruso desaparecido en la Gran Guerra y que se enfrenta sola con sus hijos a la Revolución Rusa. En su huida, va a conocer a una larga serie de personajes singulares, aunque el que más le llamará la atención es Golowin, el que da título a la novela, un joven capitán revolucionario tan peligroso como cautivador. Wassermann (1873–1934), uno de los grandes autores alemanes del periodo de entreguerras (y ahí, en alemán, están escribiendo monstruos como Canetti, Broch o Zweig), es autor de otras novelas muy célebres, como Gaspar Hauser, pero hoy en día está algo olvidado y esta novela, delicada e inteligente, es una pieza perfecta para acercarse a él: Golowin, de Jakob Wassermann, en Navona, 130 páginas de perfecta literatura.

 la tristeza

Para el viaje en barco, en tren o en avión:

Si el viaje es largo, vale la pena llevarse una de esas novelas ágiles pero complejas, que nos sumergen en un rico universo de muchos personajes que alimentan una intriga constante. Para eso, recomiendo La tristeza del samurái, de Víctor del Árbol. Fue la novela revelación en Francia en 2012 y no para de cosechar éxitos y elogios, en mi opinión merecidísimos. Se trata de una historia que transcurre en dos tiempos: la posguerra y la transición. La tristeza del samurái es el nombre de una espada que simboliza el conflicto entre muchos personajes que callan sus secretos a lo largo de los años y del dolor. Una de esas novelas en las que hay pasiones amorosas y odios viscerales, sin que falten sus buenas dosis de violencia y erotismo. Y con un estilo muy fino, que me abre el apetito para leer su siguiente novela, Respirar por la herida, que anda ya por casa para este verano. Pero, por ahora, La tristeza del samurái, de Víctor del Árbol, editada por Alrevés, 413 páginas de buena, muy buena novela.

Así cerramos esta cuarta temporada de La Buena Letra. Fortunata y yo le vamos a dar un descanso a Eva Marrero y a Cadena SER Las Palmas y nos vamos a quedar leyendo en casa. Tenemos muchos libros: 612 euros, de Jon Arretxe, La cabeza de Villa, de Pedro Salmerón, La última batalla, de José Javier Abasolo, Pequeños homenajes, de Gregorio Duque, las Novelas bálticas, de Keyserling… Y eso solo para empezar, porque siguen llegando libros y textos y cosas que apetecen mucho. Así que, en septiembre, volvemos con más libros, más calorcito y más cachondeo, que es lo que nos hace falta para aguantar el tirón.

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Para comenzar a descubrir a Erskine Caldwell

29 06 2013

La buena letra de esta semana es otra de sexo y violencia. Sexo larvado, sucio, nada sofisticado, animal, satisfecho como una necesidad fisiológica más. Y violencia igualmente inconsciente, esa del arrebato, la del hambre, la que tiene que ver con la otra, la invisible, la estructural. Una chica de cuerpo voluptuoso y labio leporino arrastrándose por el suelo hacia un tipo que tiene en sus manos un saco de nabos, ese saco de nabos cuya presencia desatará la violencia; una predicadora de mediana edad casándose con un adolescente al borde de la discapacidad psíquica; un automóvil en manos de un cretino que causa la muerte a quienes están a su alrededor. Y miseria y egoísmo y vileza, pero, al mismo tiempo, pura humanidad, siempre de la peor, en pequeñas explotaciones agrarias que salpican un vasto territorio olvidado por Dios y por el Capital hace mucho, mucho tiempo. Eso es, entre otras cosas, El camino del tabaco, de Erskine Caldwell. Una novela devastadora, brutal, escrita con elegante aridez y, en algunos momentos, con un humor y un erotismo salvajes.

El camino del tabaco, de Erskine Caldwell, Barcelona, Navona, 195 páginas

El camino del tabaco, de Erskine Caldwell, Barcelona, Navona, 195 páginas

Escrita en 1932 cuenta la última degeneración, los últimos pasos en la miseria de Jeeter Lester, un cultivador de algodón de Georgia que no cultiva nada desde hace unos años y que convive en su paupérrima hacienda con su mujer, Ada, y los dos últimos hijos que le quedan: un adolescente borderline  y una chica llena de volutuosidad, pero estigmatizada por su labio leporino. La otra hija que les quedaba en casa, Pearl, ha sido casada a los doce años con un carbonero. Pero no fue esta su única progenie:

Ada y Jeeter habían tenido diecisiete hijos. Cinco de ellos habían muerto y los restantes se habían dispersado en todas las direcciones, quedando en casa solamente Dude y Ellie May. Es cierto que Pearl estaba a solo tres kilómetros de allí, pero nunca había vuelto a visitar a sus padres y estos tampoco habían ido a verla. Los niños muertos habían sido enterrados en distintos lugares del campo y, como no se habían marcado sus tumbas y la tierra había sido arada después de ser enterrados, nadie hubiera sabido encontrarlos, de haberlo querido.

Como muchas otras familias de cultivadores, los Lester dejaron de poseer sus tierras cuando fueron adquiridas por grandes propietarios, y se convirtieron en paradójicos arrendatarios de sus propias granjas, pero fueron abandonados a su suerte por los latifundistas cuando el precio del algodón se desplomó a finales de los años veinte. Y ahora sobreviven ahí, en sus granjas aisladas a las que solo puede accederse a través de los caminos del tabaco trazados por sus antepasados, debatiéndose entre la indolencia, la miseria material y moral, la ignorancia y la pura apatía, que, combinadas, les impiden iniciar empresa alguna.

A lo largo de la novela, descubriremos que la vileza de Jeeter puede alcanzar límites insospechados, pero que su maldad no es ni siquiera productiva, sino que le depara un desastre tras otro, a él y a los que tiene a su alrededor, hasta adentrarse en el territorio de lo grotesco.

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Así las cosas, no es de extrañar que este libro fuera rápidamente prohibido en Georgia, como otros libros de Caldwell. Parece ser que allí, en su tierra, no podían ni ver a este individuo que, en sus novelas y cuentos, describía con pelos y señales la miseria, el machismo, el racismo y la vileza de una sociedad ignorante y prejuiciosa, envilecida por el hambre y la anomia.

Caldwell nació en 1903 en Moreland (Georgia), hijo de un pastor presbiteriano y pasó su infancia viajando con su padre por el Sur de Estados Unidos.

Trabajó en diferentes oficios manuales y eso le permitió conocer muy bien la vida de la clase trabajadora, que es la que plasma en sus novelas. Sus primeras novelas fueron El bastardo y Pobre loco (que ya tuvieron problemas con la censura), pero la que realmente le consagró fue esta, El camino del tabaco, que conocería una exitosa adaptación teatral y una cinematográfica, dirigida por John Ford.

Su siguiente novela, La parcela de Dios, vendió la friolera de 10 millones de ejemplares, pero también fue atacada y censurada. Éxitos y escándalos semejantes conocerían también Tumulto en Julio, El predicador o Tierra trágica.

Suele compararse a Caldwell con Steinbeck y con Faulkner. Los primeros amigos que me lo recomendaron (entre copas de vino y platos de jamón), me dijeron que era “una especie de Faulkner, pero con la puntuación en su sitio”. El estilo de Caldwell es, en efecto, más parco, más rápido, más convencional, sin grandes alardes formales: cuenta a los personajes desde fuera, con una frialdad que amplifica el patetismo de las vidas de estos.

Caldwell escribió unas cuarenta novelas, además de ensayos y libros de relatos. Conoció la admiración de Ezra Pound, Saul Bellow y el propio Faulkner.

Para quien ha leído a Faulkner, Steinbeck, Carson MacCullers, Flannery O’Connor o Truman Capote y gusta de novelas escritas con las tripas, con lucidez sorprendente, con sinceridad inmisericorde, adentrándose en el sótano de las pasiones humanas, se me antoja un autor imprescindible.

Así pues, esta semana de comienzos del verano, te propongo adentrarte en el deslumbrante y perturbador universo de Erskine Caldwell con El camino del tabaco, publicada en Barcelona por Navona (nunca les agradeceré lo suficiente sus rescates), 195 paginitas para leer rápido y pensar despacio que no dejarán indiferente a nadie.

[Si te perdiste el HXH, aquí tienes el podcast de La Buena Letra y La Butaca]





Doce cuentos malévolos, deliciosa mala baba

2 03 2013

Navona sigue con esa costumbre suya, tan beneficiosa para todos, de rescates interesantes, en su colección Reencuentros. Dentro de poco, en La Buena Letra, hablaremos de dos novelas cortas de Henry James (Compañeros de viaje e Historia de una obra maestra) y de una antología con nuevas traducciones de los cuentos de Poe, editadas bajo el título de La caída de la Casa Usher (buena solución para quien no pueda pagar volúmenes de lujo). Y, probablemente, de algunos títulos más, porque esta editorial-cronopio no deja de recuperar cosas de Conrad, Steinbeck, London, o Caldwell, algunas de ellas verdaderos descubrimientos para el lector español actual.

Entre estos descubrimientos, hay uno que te apetecerá especialmente, en estos tiempos en los que andamos tan necesitados de sonrisas: Doce cuentos malévolos, de Saki.

Doce cuentos malévolos, de Saki, Barcelona, Navona, 106 páginas.

Doce cuentos malévolos, de Saki, Barcelona, Navona, 106 páginas.

Alguna vez ya hemos hablado de la obra, la vida y la singular muerte de Saki, cuyo verdadero nombre era Hector Hugh Munro, un autor inglés que escribe con ingenio y con mucha perversidad sobre la burguesía y la gentry británica. Un autor con muy mala uva y mucho ingenio para burlarse de los convencionalismos y el esnobismo, pero dejándonos al mismo tiempo perlas de sabiduría, como que “no hay nada en el Cristianismo y el Budismo que pueda igualar la comprensiva generosidad de una ostra” o que “todas las personas decentes viven por encima de sus posibilidades y los que no son respetables viven por encima de las posibilidades de otros”.

Algunos de estos cuentos, todos muy breves, son realmente geniales. Te contaré solamente el argumento de uno de ellos, “El bastidor”. Es la historia de Henri Deplis, que se hizo tatuar la Caída de Ícaro en la espalda por Andreas Pincini, el tatuador más importante del país. Pero el maestro Pincini murió antes de cobrar y Deplis no saldó la deuda con la viuda del artista. Así que ella, con muy mala leche, donó el tatuaje al ayuntamiento de Bérgamo, con lo cual Deplis se convirtió en un marco viviente: le prohibían quitarse la camisa en la sauna o la playa sin permiso del ayuntamiento, no podía salir del país, porque las leyes sobre tráfico de arte lo prohibían, etc. En otro, un urbanita se va al campo para gozar de los paisajes bucólicos y, de pronto, se ve metido en una guerra entre dos brujas vecinas, que se dedican a lanzarse maldiciones y hechizos, con lo cual el pretendido relax se convierte en una experiencia completamente estresante.

En fin, historias absurdas, muy divertidas, y escritas con inteligente malicia que no solo nos hacen sonreír, sino también pensar en lo pobre que es esa gente que solo tiene dinero y posición.

Saki tiene seguidores a paletada y he podido comprobar que existen verdaderos fans de sus cuentos. Estos suelen estar conducidos por Clovis Sangrail o por Reginald, jovenes petrimetres que andan metidos en todos los saraos. Pero, aunque los cuentos de Clovis que hay en Doce cuentos malévolos son de un humor más bien blanco, también es capaz de contar historias muy macabras, como “Esmé” o “Sredni Vashtar”, uno de sus cuentos más conocidos. Cuentos perversos que no se olvidan fácilmente.

Así pues, para esta semana, este Reencuentro con el maestro Saki: Doce cuentos malévolos, publicado en Barcelona por Editorial Navona, 106 páginas de inteligente y fino humor, para leer rápido y pensar despacio.

 [Si te perdiste La buena letra y La Butaca y quieres oírlas, solo tienes que pinchar aquí. Podrás, además, averiguar qué libro devoró esta semana Fortunata, nuestra cabra galdosiana]








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