Envidiar a Pedro Flores

3 12 2016
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Salir rana, de Pedro Flores. Selección y prólogo de Vicente Gallego. Sevilla, Renacimiento, 136 páginas.

Renacimiento publica Salir rana, una antología poética realizada por Vicente Gallego sobre la obra poética de Pedro Flores desde 1998.

Durante años pensé que había conocido a Pedro Flores en la primera mitad de los años noventa. Entre el año noventa y tres y el noventa y cinco, comenzamos a encontrarnos en aquella experiencia pública, común e interdisciplinar que era el Centro Insular de Cultura, que hoy es un aparcamiento. Allí, un grupo de “escritores clandestinos”, como nos llamaba Carlos Álvarez, coordinador de Debates y Literatura por aquel entonces, y quien nos había abierto las puertas del Centro, nos empezamos a reunir y a tomar contacto con autores de la generación precedente en torno a un espacio de debate en el que fue germinando una revista. Ambos (espacio y revista) se llamaron La Plazuela de las Letras y aprendieron a suplir con el invento de la fotocopiadora láser y mucha imaginación la carencia de un mundo editorial que no existía ya y de un medio digital que no existía aún. En La Plazuela, la institución editaba cuadernillos numerados a mano que recogían las intervenciones de los poetas, narradores, ensayistas y filósofos que dictaban conferencias en el CIC. Pero también nos permitía a los jóvenes disponer de un ordenador de los de la época en el que tecleábamos los textos que nos iban llegando en papel y que daba luego lugar a una revista que se imprimía humilde pero más o menos dignamente. Fue allí, en aquel tabernáculo que era para nosotros el CIC, pero sobre todo en las tabernas a las que íbamos luego, donde se fue fraguando mi relación con Pedro Flores (un tipo melenudo y larguirucho), mientras iba asistiendo a sus recitales, individuales o colectivos, mientras iba leyendo los poemas que publicaba en la revista. Y debo confesar que esta relación estaba presidida por la envidia. No una envidia sana. La envidia nunca es sana. Yo siempre envidié (todavía envidio) la capacidad de Pedro para encontrar poesía en lo cotidiano, para hablar de cosas muy complejas, usando palabras comunes a las que hace recobrar aquellos sentidos que habían perdido. También envidié siempre (todavía envidio) su sentido del humor, la aparente sencillez con la que nos desvela las paradojas, con las que descubre la cara B del disco de la Historia (así, con mayúsculas) y la memoria chica de generaciones y generaciones en unas manos que lavan ropa o sirven la comida familiar. Envidié (y todavía envidio) su habilidad para desvelar las paradojas, para atacar a la injusticia sin parecer agresivo, sin aspavientos ni signos de exclamación, poniendo con sencillez ante el lector las más puras y duras verdades de los desheredados. Lo hechos de la vida, pero también los de la muerte, que, en el fondo, son los mismos.

Decía más arriba que yo pensaba que había conocido a Pedro Flores en los años noventa. Pero no era cierto. Un día, después de bastante tiempo tratándonos, descubrimos que su madre y mi madre eran amigas desde hacía mucho, que en la infancia él y yo debimos de vernos en muchas ocasiones, en las visitas que ellas se hacían. Descubrí así una cosa más que me unía a Pedro: ambos procedíamos de familias humildes, nos habíamos criado en barrios humildes de Canarias durante el tardofranquismo y la transición, y habíamos encontrado en la literatura una forma de huir de nuestras realidades para poder comprenderlas mejor. Y ambos debíamos, también, abrirnos paso entre quienes partían desde mejores posiciones socioeconómicas si queríamos que se oyeran nuestras voces.

Yo me reconozco en la poesía de Pedro. Reconozco a mi familia en la suya. Reconozco en su barrio el mío. Su pobreza material y la mía son la misma. Así como lo son las riquezas espirituales de las personas sencillas de las que ambos hablamos.

He seguido a Pedro Flores desde aquellos poemas primeros. He seguido envidiándolo como escritor en la misma medida en que lo gozaba como lector: constatando, a cada libro, casi a cada poema, que Pedro iba convirtiéndose en uno de nuestros mejores poetas (lo cual es mucho decir, porque su generación es, para mí, la mejor generación de poetas que hemos tenido desde hace mucho), que su voz iba madurando, afirmándose, buscando nuevos caminos y nuevos modos de transitarlos, pero sin perder ni un ápice de su frescura y de aquellas cualidades que me habían deslumbrado a mí en sus primeros textos.

pedroflores

Los nuevos lectores tienen la oportunidad de observar esa evolución en Salir rana. Gozarán de una estupenda muestra del trabajo de Pedro durante todos estos años y sabrán que vale la pena acercarse a todos y cada uno de esos libros. Quienes como yo, han admirado (o envidiado) a Pedro desde hace años, quienes no se han perdido ni uno de los libros que iban apareciendo (al mismo tiempo, por cierto, que iba publicando interesantes libros de relatos o incluso libros para niños), se verán premiados con una muestra de su trabajo más reciente: doce poemas pertenecientes a El don de la pobreza, inéditos hasta la fecha. En ellos encontrarán a un señor de cuarenta y tantos, a ese Pedro Flores maduro, sin melena, pero con sus cualidades de juventud intactas, con el mismo talento de cuando era un “escritor clandestino”, acrecentado por la experiencia. Un Pedro Flores que nos habla de gentes sencillas y dolores complejos, que encuentra poesía en un anciano que se entretiene viendo obras públicas, en una anciana planchando o bajo la almohada de una prostituta, en una serie de poemas en los que hay humor, dolor y verdad, como los ha habido en todos y cada uno de los libros de Pedro que, al menos yo, he disfrutado y envidiado a lo largo de todos estos años.

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El otro derbi. O derbis

4 03 2015

El viernes 6 de marzo (pasado mañana), jugamos en Gran Canaria un nuevo derbi. Pero este de los buenos, porque es literario y por tanto da igual quién gane y quién pierda. O, para ser exactos, en este ganamos todos. Y además, nadie piensa pegarle a nadie.

Todo esto viene a que nos visita Javier Hernández Velázquez (papá literario de Mat Fernández) con su novela más reciente: Los ojos del puente (Premio Wilkie Collins de Novela Negra).

javierhernández

Javier estará en la Librería Sinopsis, a partir de las 18:30, acompañado por Mayte Martín y Jovanka Vaccari, para presentar esta novela, que edita MAR Ediciones.

pedro flores

Solo media hora después, a las 19:00, en el Museo Poeta Domingo Rivero, José Miguel Junco acompañará a Pedro Flores en la presentación de Como pasa el aire sobre lomo de una bestia, su último libro hasta el momento, que obtuvo el XXVI Premio Internacional de Poesía «Antonio Oliver Belmás».

Y a las 20:00, estaré yo mismo, sentándome en el Sillón de Canaima. Estaré solo. Bueno, no del todo: habrá vino. Si eres de los que se quedaron fuera en la primera presentación de Las flores no sangran, esta es la oportunidad. Leeré algunos fragmentos de la nueva criatura y, como propina, de El viento y la sangre. Sí, creo que ya es hora de que Ravelo y West se enfrenten en un duelo.

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Y, además, si eres de esos privilegiados que viven al sur de la capital y no te apetece llegar tan al norte, tampoco te quedas sin presentaciones, porque a las 19:00, Belkys Rodríguez presenta en la Biblioteca Arnao de Telde su Relatos en minifalda

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Así que, este viernes, derbi. Pero del bueno: Tenerife versus Gran Canaria. Las Palmas de Gran Canaria versus Telde. Poesía versus narrativa. Novela versus cuento. Escritor calvo versus escritor inexistente. Un derbi múltiple que, en el fondo, es solo uno: palabra versus silencio. ¿Te lo vas a perder?





Dos poetas, dos

22 11 2014

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La Buena Letra de esta semana es un dos por uno, porque me han llegado casi al mismo tiempo a las manos dos libros de dos poetas, canarios, publicados ambos en editoriales independientes. Sí, señor: hoy te traigo Trasmallos, de Santiago Gil, publicado en Madrid por La Discreta y El hombre que bebió con Dylan Thomas, de Pedro Flores, editado por El ángel caído y que viene con regalito.

Empiezo con Trasmallos, de Santiago Gil, que, por cierto, ahora mismo debe de estar llegando a México, donde participa junto con otros escritores canarios en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara.

trasmallos

Trasmallos es, creo, el cuarto libro de poesía de Santiago Gil, muy conocido por su actividad como narrador y su trabajo como periodista. Es autor de un buen puñado de novelas y libros de relatos, como Los años baldíos, Por si amanece y no me encuentras, El Parque, Cómo ganarse la vida con la literatura o Un hombre solo y sin sombra, y ha publicado volúmenes de aforismos y microrrelatos, como Equipaje de mano o Tierra de Nadie. Imparte, además, uno de los talleres literarios con más solera, aquel que comenzó impartiendo nada menos que Dolores Campos-Herrero.

Trasmallos recoge, como él mismo ha confesado en alguna entrevista, su poesía más madura. Se trata de una poemas de verso libre y con formas aparentemente muy sencillas y breves, con temas clásicos y aposentada por el tiempo y una visión intimista y emocional de la actividad poética. Una de las ideas que presiden el libro es aquella de que la palabra es aquello que te queda cuando ya no te queda nada, y así muchos de los versos ofrecen interesantes reflexiones acerca, no solo del oficio del poeta, sino de la relación de los seres humanos con el lenguaje. Así, el poeta recorre temas clásicos (el amor y la muerte, la relación entre ser humano y paisaje, el paso del tiempo, la nostalgia o el extrañamiento frente a la sociedad) haciendo siempre esas preguntas y reflexiones y estableciendo un sutil diálogo con el lector acerca del sentido de la existencia.

Un libro para celebrarlo, como celebro yo poder recomendar algo de La Discreta, una editorial que hace honor a su nombre y que lleva diez años trayéndonos incesantemente buena literatura en muy buenas ediciones.

 978849406811

Y vamos con El hombre que bebió con Dylan Thomas.

Edita, repito, El Ángel Caído, que tiene una estupenda colección de poesía que incluye libros de Ángel Petisme o Leopoldo María Panero. Y es de Pedro Flores. Flores es, probablemente, nuestro poeta más premiado y uno de los más populares. Hace una poesía cercana, que hermana la cita culta y el lenguaje coloquial y está dotado de un fino sentido del humor. El resultado es un combinado muy interesante, que llega al lector de forma inmediata con juegos y guiños constantes a la cultura Pop y con temáticas y formas muy atrevidas. Por poner el ejemplo más reciente: en 2012 publicó un libro que comentamos aquí, El último gancho de Kid Fracaso, un libro que tomaba como tema el mundo del boxeo, cosa poco frecuente en poesía. Y ahora, después de un largo recorrido por la transgresión formal, nos ofrece una sorpresa: un libro de sonetos que alternan la ternura y la sonrisa. Pero te dije que este libro (que es ya en sí mismo el regalo perfecto) venía con regalo. Yo diría más bien «regalos», porque incluye un cedé y un deuvedé, dando cuenta del trabajo de Andrés Molina, quien musicalizó veinte de los treinta y seis sonetos que forman e este libro, editado por viene con cedé y con deuvedé. Tanto el cedé como el deuvedé dan cuenta de la sesión del año pasado en el Teatro Leal de La Laguna en la que Flores y Molina ofrecieron un espectáculo acompañados del pianista Samuel Labrador (no hago crítica musical, pero el trabajo de Labrador merece mención aparte).

Así pues, esta semana, poesía por partida doble y poesía canaria, de la buena y editada por editoriales independientes: Trasmallos, de Santiago Gil, Madrid, Ediciones de La Discreta, 90 páginas y El hombre que bebió con Dylan Thomas, de Pedro Flores (libro–disco con Andrés Molina y Samuel Labrador), El Ángel Caído Ediciones, 38 páginas, que además trae disco y deuvedé.





Las imposibles mariposas de González Déniz

21 09 2014

Emilio González Déniz comenzó a escribir y a cosechar éxitos cuando yo aún no había empezado a leer a Kafka (esto es mucho tiempo, porque empecé con Kafka muy joven) y es de esos que jamás se durmieron en los laureles, de los que han procurado siempre que cada libro sea un aprendizaje que le lleve a escribir mejor el siguiente. Novelista y cuentista, articulista y entrevistador, biógrafo y autor de libros infantiles, algunas de sus catorce novelas son memorables, aunque inconseguibles (ya se sabe que el mundo editorial a veces tiene que ver poco con el literario). Cito, de memoria, El Obelisco, Tiritaña, Bastardos de Bardinia o las tres nouvelles que conforman Tríptico de fuego. Cuando este polígrafo impenitente, que además es un tertuliano interesante e irónico, me comentó en una ocasión (ante un café improvisado tras un encuentro callejero) que llevaba tiempo escribiendo poesía pensé, por un lado, que me apetecía mucho leerla y, por otro, que, como ocurre con los libros de otros amigos principalmente dedicados a la narrativa, se trataría de algunos poemas dispersos que serían reunidos en un libro–colección, con motivos y estilos diversos y poca unidad.

21-09-2014 23;41;20

Mariposas imposibles, de Emilio González Déniz, Las Palmas de Gran Canaria, Gas Editions, 66 páginas.

 

Ahora, al leer Mariposas imposibles (Las Palmas de Gran Canaria, Gas Editions), González Déniz ha vuelto a darme una patada en la boca y a decirme, como tantas otras veces, que por bien intencionados que sean, debería meterme mis prejuicios en cualquiera de los bolsillos que uso últimamente.

La niña de las mariposas, 1950, Óleo sobre cartón, 49 x 43 cm. de Antonio Padrón.

La niña de las mariposas, 1950, Óleo sobre cartón, 49 x 43 cm. de Antonio Padrón.

Se trata, como reza su subtítulo, de un poemario en dos libros, pero que son, en realidad, y en mi opinión, correlato el uno del otro. El primero, mariposas, no oculta su origen: a partir de la contemplación de La niña de las mariposas, de Antonio Padrón, el autor presenta 14 poemas dedicados a otras tantas mujeres que han estado en la primera línea de la Historia o en el cuarto trasero, ocultas pero imprescindibles: Diana Spencer, Ana Bolena o María Callas comparten aquí con Vailima (la esposa samoana de Stevenson), Wan Jung (la última emperatriz de China) o la mítica Malinche. Muchos autores canarios (por no decir casi todos) hemos trabajado sobre la obra de Antonio Padrón (a causa de un proyecto que llevó a cabo su Casa Museo en Gáldar hace años), pero muy pocos, en mi opinión, le han sacado el partido que le ha sacado el autor de La mitad de un credo y con resultados tan interesantes. El segundo libro, cromática, se me antoja hijo (y necesario complemento) del anterior, pero ha huido de la semblanza biográfica y ha retornado a ese territorio en el que lírica y plástica se funden consistente y fructíferamente. El continuo juego de palabras, el constante doble sentido, es llevado aquí hasta sus últimas posibilidades, ampliándose en el neologismo (“Re–vuelves encarnado con azul y sales / malva. / Impertinentemente malva sales”) o extrayendo paradojas ocultas (“el alba con ser alba se ve roja”), invocando, con engañosa sencillez, un sutil erotismo (“el rosa endeble se incrementa / y el morado se expande. / Los besos atraviesan el aire de tu cuerpo, / aureola violácea que / al tacto de tu aliento / se viene amaneciendo en la noche / morada. / Matiz que viene del calor / de tus poros abiertos”). Cierto es que en la parte final del libro aparecen algunos poemas precapitulares a sus primeras novelas o un ingenioso caligrama, “Brindis” (que deja, por cierto, un resabio agridulce), pero estos se insertan perfectamente en el estilo y temas generales del volumen.

Si a esto añadimos las hipnóticas (y entomológicas) ilustraciones de Fernando Álamo (Mariposas imposibles es de esos libros que no pueden circular en e–book porque dejarían de ser lo que son), la consecuencia es un breve y exquisito volumen, de esos que uno desea continuar llevando en el bolsillo, tenerlos cerca, que le acompañen siempre.





Palabrota poeta, ese juego tan serio

30 06 2014

[Si no pudiste escuchar La Buena Letra el pasado viernes, solo tienes que hacer clic aquí]

Palabrota poeta, de Federico J. Silva, Madrid, Vitruvio, 56 páginas

Palabrota poeta, de Federico J. Silva, Madrid, Vitruvio, 56 páginas

La semana pasada se presentó en Las Palmas Palabrota poeta, de Federico J. Silva. Alguna vez ya hemos hablado aquí de Federico J. Silva, uno de los mejores autores de una de las mejores generaciones de poetas que ha conocido la literatura insular. Francotirador inteligente, irónico y lúdico, mas tierno al fin, nos trae ahora su último experimento: un libro de tautogramas escritos mediante una técnica combinatoria.

Te explico el palabro: un tautograma es un poema o verso formado por palabras que comienzan por la misma letra. Las técnicas combinatorias (tan características de las Vanguardias y de la literatura potencial) consisten en establecer juegos lingüísticos con reglas más o menos fijas a partir de las cuales el autor se propone hacer literatura, sometiéndose a esas reglas y extrayendo la estética oculta que hay tras las palabras.

En este caso, Federico J. Silva eligió al azar una serie de listas de palabras y, a partir de ellas (y a lo largo de diez años), fue componiendo poemas tautogramáticos (en general, de tema amoroso) desvelando o creando sentidos nuevos para viejas palabras o construyendo neologismos a partir de palabras que parecían gastadas. Digamos que es un juego. Pero un juego practicado con los elementos con los que los seres humanos nos jugamos la forma del mundo. Puede que no haya ningún juego tan serio.

Aun tomándose algunas licencias (introducción de artículos, conectores, etc.), el resultado es como una cachetada de aire fresco para un lector que agradece la acidez, la inteligencia y el espíritu lúdico que preside los 34 poemas que componen el libro y que tiene momentos estupendos, como estas estrofas del primer poema:

Te apostrofo en mi aun apócrifa, ay, adversidad:

adverbia mía, antagonista mía, adversidad adversativa.

Adviérteme aulaga asterisca, audaz seda,

acerca de mi afección y afanes,

que, adyacido, te advoco.

Sin ardites, sin argucias,

absorto amén de abstruso y abyecto,

abalorios afuera y ajorcas,

anónimo, andrajoso anhelo

te acucio acezante

alucinaria augusta.

Aquí en tu ardentía me abismo, abdicado de mí te abordo,

me apocopo, te acato, me acabas asaz,

me aglutinas, me artefactas, ah, el acabose.

Parece fácil, ¿verdad? Pues intenta hacerlo tú.

Por páginas así me parece que este, que huele (y muy bien) a Oliverio Girondo, a Guillaume Apollinaire y a Raymond Queneau, es uno de esos libros perfectos para iniciar el verano. Poesía de la buena y recién salida del horno: Palabrota poeta, de Federico J. Silva, publicada en Madrid por Ediciones Vitruvio, 56 páginas para pasárselo estupendamente jugando con la palabra, esto es, jugando con el mundo.





Pizarnik: un rayo de enloquecida lucidez

22 03 2014

[Si te perdiste la sección esta semana y quieres averiguar qué libro devoró Fortunata, solo has de hacer clic aquí]

Ayer fue 21 de marzo, equinoccio de primavera y, por tanto, Día Mundial de la Poesía, según la UNESCO. Y ¿quiénes somos nosotros para contradecir a la UNESCO? Así que esta semana toca poesía y poesía de la buena, yo diría que de la imprescindible.
En La buena letra, hemos hablado de grandes poetas, pero, repasando los archivos, he descubierto que no habíamos hablado de una de mis preferidas, ese rayo de enloquecida lucidez que fue Alejandra Pizarnik. Así que, aprovechando la fecha, hablemos, por ejemplo, de su Poesía Completa, editada por Lumen al cuidado de Anna Becciu. Una compilación, como dice su editora, hecha “con lealtad a Alejandra Pizarnik, y devoción a su obra, única e irrepetible”.

Poesía completa, de Alejandra Pizarnik, Barcelona, Lumen, 470 páginas

Poesía completa, de Alejandra Pizarnik, Barcelona, Lumen, 470 páginas

Pizarnik vivió poco. Nació en 1936 y se suicidó en 1972, a los 36 años, ingiriendo 50 píldoras de Seconal. Hija de inmigrantes judíos y eslovacos, nació y se crió en el barrio bonaerense de Avellaneda, y cursó estudios de letras en la Universidad de Buenos Aires sin acabarlos. Luego iría a estudiar a París, donde tomaría contacto con Julio Cortázar, Rosa Chacel y Octavio Paz, además de traducir a autores como Antonin Artaud o Henry Michaux, antes de volver a Buenos Aires en 1964.
Pero todo esto no evitó que los graves problemas de autoestima que arrastraba desde la infancia se fueran agravando en una espiral de depresión, abuso de las anfetaminas e insomnio que agravó el trastorno límite de la personalidad que al parecer sufría.

pizarnik

Publicó en vida nueve libros de poesía, algunos de los cuales habían deslumbrado a sus contemporáneos. El primero, de 1955, es La tierra más ajena. El último, El infierno musical, de 1971. En medio, otros libros fascinantes como Extracción de la piedra de locura o, mi preferido, Los trabajos y las noches. Pero, además, dejó carpetas completas de poemas mecanografiados y corregidos luego a mano, que Olga Orozco y la propia Anna Becciu editarían póstumamente.
La poesía de Pizarnik tiende al minimalismo, al poema breve influido por el simbolismo, pero con una tendencia al surrealismo que convoca asociaciones inesperadas. A veces es oscura y feroz, o tierna y triste, pero jamás deja indiferente al lector. La voz de Pizarnik ya era madura, creo, en 1955. Y con ella habla en susurros, con una poética que tiende al silencio, internándose en las zonas más oscuras del ser humano: la soledad, el dolor, la infancia, la muerte, la sensualidad, la relación entre el cuerpo y la identidad, o la reflexión sobre el propio lenguaje.
Además de todo esto (que ya vale para tener un lugar privilegiado en la historia de la literatura), Pizarnik dejó un diario de casi un millar de páginas y algunos textos en prosa, como La condesa sangrienta.
Pero yo te recomendaría, si aún no la has leído, una zambullida de golpe en su obra poética, por ejemplo, con esta Poesía Completa editada por Lumen en Barcelona en 2000 y que no deja de reeditarse casi cada año, acaso porque se trata de 470 páginas absolutamente adictivas, de esas que uno lee y relee continuamente sin que sepa exactamente por qué, pero de forma inevitable.





Luis Natera Mayor, poeta del alba, la bruma y el naufragio

15 01 2013

Por Berbel y por Antonio Arroyo Silva, de N.A.C.E., me entero de una triste noticia: el fallecimiento de Luis Natera Mayor, poeta, profesor, activista cultural y, sobre todo, uno de esos hombres cuya cercanía enriquece. Descubrí su poesía en los años ochenta, con un libro breve, sensual y vitalista (y, para mí, aún hoy día, exquisito) titulado Únicamente el alba. Cuando años más tarde le conocí personalmente  por mediación de Domingo Fernández Agis, de quien yo era alumno y él buen amigo, Luis era un poeta mucho mayor, había obtenido el Premio de poesía Tomás Morales, por su excelente Agrimensores de la bruma, y llevaba ya cierto tiempo vinculado a proyectos de divulgación cultural como las revistas Doxa y Cendro o las jornadas de literatura y pensamiento que se celebraban anualmente en la Casa de la Cultura de Telde.

Luis Natera Mayor con Adolfo García en la presentación de su libro "Náufrago, muerto". Foto: Luis Ruiz Mesa. Fuente: http://www.teldeactualidad.com

Luis Natera Mayor con Adolfo García en la presentación de su libro “Náufrago, muerto”. Foto: Luis Ruiz Mesa. Fuente: http://www.teldeactualidad.com

Decía Monterroso que el conocimiento directo de los escritores es decepcionante. Si eso es una regla, Luis era una excepción. Su afabilidad, su inteligencia, su discrección, esa cordialidad suya que le llevaba a situarse automáticamente a la altura de sus interlocutores te hacían pensar que no todo es infierno, que hay personas cuyo trato siempre te enriquecerá.

Con Luis tuve el honor de participar en muchos actos públicos y de colaborar como editor de un volumen en el que estudiantes y profesores indagábamos en la obra de Pedro García Cabrera. A mí, en aquellos tiempos en que yo iba descubriendo (gracias a Domingo y a él) autores, ideas, herramientas útiles para escribir y para pensar, tratar a Luis Natera me resultó benéfico y fecundo. Recibí tanto de él que tenía la sensación (sigo teniéndola ahora) de que jamás podría corresponder a su generosidad intelectual y a su calidez humana. A él le debo, de entre muchos descubrimientos, el de Lautréamont. Y los lectores de los Cantos de Maldoror lo sabemos: a quien te descubre a Lautréamont le debes la vida.

Desafortunadamente, en los últimos años nuestros caminos se habían separado. Sin embargo, siempre que me encontré con él (en paseos casuales, en la playa o, sobre todo, haciendo lo que más parecía gustarle: divulgar conocimiento y literatura en actos públicos) me saludaron su sonrisa y su gesto cariñoso.

Ayer se nos fue este poeta necesario, este activista de las letras que con sutileza y a media voz hacía mejores a aquellas personas que tenían la suerte de tratarle, pero también a sus lectores, a quienes mostraba cuáles son los resortes abren los vasos comunicantes entre la geografía, el cuerpo y el espíritu, esos resortes que solo se activan mediante la palabra.

Ojalá esta nota dedicada a Luis no fuera tan apresurada; ojalá no estuviera dictada por esta muerte inesperada. Sé que a él, amigo del rigor, le hubiera resultado incompleta e inexacta. Pero sé, también, que luego la hubiera visto con buenos ojos, porque era de los que saben encontrar siempre una buena intención tras las acciones más imperfectas.








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