Otra de premios

27 10 2012

Otro día habrá que hablar de Philip Roth, nuevo Premio Príncipe de Asturias.

Ahora me preocupa cómo las hienas de la caverna mediática se están dedicando a cebarse con Javier Marías por su rechazo del Premio Nacional de Literatura. Los argumentos que leo en distintos medios de comunicación, desde aquellos que lo son a aquellos que lo parecen sin serlo (como Periodista Digital) han vuelto a sacar su arsenal de falacias para empañar el gesto de Marías: desde la demagógica opinión de que Marías, cual Amancio Ortega literario debería aceptar el premio y donarlo a la beneficencia (es curioso que nadie se pregunte por qué en este país supuestamente organizado son organizaciones como Cáritas y no el Estado las que asumen la tarea de atender a los colectivos en situaciones de precariedad) al recuerdo (su amnesia no es total, su memoria funciona cuando les conviene) de que ya obtuvo el Premio Nacional de Traducción por su versión en español de Tristram Shandy (en 1978, en tiempos de Adolfo Suárez). Todas ellas igualmente demagógicas, ignorantes de los datos que a los autores firmantes (cuando firman) les interesa ignorar, todas ellas disfrazadas de argumento inteligente cuando, en realidad, no son más que el balbuceo de alguien que se queda boquiabierto ante algo a lo que no está acostumbrado: la ética.

De entre todos, uno de los más divertidos es aquel que sugiere que Marías ha rechazado este premio por motivos comerciales; que las ventas de Los enamoramientos se dispararán, que Marías, con este puñetazo en la mesa, ingresará mucho más dinero en concepto de regalías que esos 20 000 euros. Por supuesto, quien eso piensa, probablemente no ha leído un contrato editorial en toda su vida, ni se para a pensar que el libro ya se ha vendido muchísimo y que podría haberse vendido aún más si en posteriores ediciones ostentará la consabida fajita: “Premio Nacional de Narrativa”.

No soy un seguidor incondicional de Javier Marías. De hecho, Los enamoramientos anda por mi biblioteca desde el año pasado sin que yo haya encontrado aún el momento de hincarle el diente, porque Marías no es de mis preferidos (en mi opinión, siempre le ha faltado sentido del humor y su repertorio es poco variado). Sin embargo, nunca he negado (carecería de argumentos para ello) la consistencia, la validez de su obra narrativa.

Ni siquiera la persona me produce simpatía, probablemente porque pertenecemos a mundos muy distintos. Pero nadie que carezca de motivos espurios, nadie que no esté guiado por la envidia o el rencor, nadie que no pertenezca a la prensa del Movimiento (sí, la he denominado así porque eso es lo que es, porque últimamente este país parece un NODO interminable) podría negar que su decisión de rechazar el Premio Nacional de Narrativa es perfectamente coherente con las convicciones que ya hace mucho había afirmado poseer.

Javier Marías ha antepuesto la ética al lucro. Y eso es tan raro en este país que los columnistas de la caverna deberían aceptar que Marías no es un ladino mercachifle, ni un personaje que se cree más allá del bien y del mal, ni un insolidario, sino, sencillamente, un hombre serio y coherente. Así pues, quizá ellos, por una vez, deberían cerrar sus bocazas y no buscarle tres pies al gato y dejar en paz a este señor, cuyo gesto demuestra que para los hombres de verdad hay cosas más importantes que el dinero.

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