Tengo un SMS para ti

14 07 2013

Mariano Rajoy es incapaz de pronunciar el nombre de Bárcenas. Sin embargo, ha estado cruzando SMS con él hasta hace bien poco (marzo de este mismo año, al parecer). En esos mensajes, le enviaba ánimo, le ofrecía su apoyo y, sobre todo, le pedía que no hiciera públicas las cuentas de la caja B.

rajoy

Lo desvela El Mundo. La fuente de la información es, con toda seguridad el propio Bárcenas. A nadie se le esconde que esto le viene muy bien a aquellos miembros del partido que quieren pescar aprovechando el río revuelto (verbigracia, Esperanza Aguirre, sin ir más lejos). Tampoco es difícil entender que no menos bien le viene al líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, quien no hace mucho le hizo un cariñito a Rajoy, pues lo llevan igual de mal en un país que cada vez confía menos en el bipartidismo y también debe protegerse de la tormenta de estiércol que está esparciendo el ventilador de los ERE de Andalucía. Todo esto es verdad. Pero no menos verdad es el hecho (a estas alturas incontrovertible, porque ni siquiera Moncloa se ha atrevido a negarlo) de que esos SMS existen.

Cada vez lo tiene más difícil el Partido Popular para mantener su versión de que Bárcenas es una especie de Roldán, un chorizo que les creció en el jardín y que traicionó su confianza apropiándose de los fondos que administraba. Porque al famoso caso Bárcenas se ha llegado a partir de la trama Gürtel, y ambos (el caso grande y el pequeño, que ya no sabemos cuál es cuál), apestan a comisiones ilegales, a financiación irregular y a tomadura de pelo a un país que ahora está pagando los platos rotos de tanta sinvergüencería, mientras algunos de los que tomaron parte en aquel saqueo (no solo políticos, también empresarios) se afanan en proseguir con este de ahora, en el que están arrasando con lo poco que quedaba.

Carlos Floriano compareció hoy para entonar su eterno “y tú más” que esta vez no le sirve de nada, porque, pese a que en nuestra Historia reciente abundan los caraduras, jamás se supo hasta ahora de un presidente del Gobierno que intercambiara mensajes de apoyo con un imputado. Según Floriano, el hecho de que Bárcenas esté en la cárcel, prueba que no logró nada de Rajoy. Creo que lo único que prueba es que el Gobierno (por una vez en este país tan acostumbrado a mearse en los zapatos de la independencia del Poder Judicial), no ha podido pararle los pies a la Justicia, pese a que lo ha intentado por todos los medios.  En mi opinión, el vicesecretario de Organización del PP podrá cantar misa (imaginarlo cantando misa me hace sonreír, sobre todo si le pongo una peluca que le asemeje aún más a Carmen de Mairena, quien, por cierto, le aventaja en cualidades oratorias), pero lo que no puede hacer es negar lo evidente: su presidente y el nuestro ha tenido hasta marzo de este año comunicación directa con un presunto delincuente. Por mucho menos han caído gobiernos en países supuestamente menos civilizados que el nuestro.

A estas alturas, me es indiferente que Rajoy pronuncie o no el nombre de Bárcenas o que continúe teniendo su número en la agenda del móvil: me basta con que haga las maletas y se vaya de esa casa que pagamos todos.

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25 de septiembre: cuando un voto no es un cheque en blanco

25 09 2012

Un profesor de Historia de la Ética me dijo en cierta ocasión que, por propia lógica, la sociedad siempre va por delante de las leyes. Cuando surgen antinomias evidentes entre una y otra esfera y la ley se queda demasiado atrás, los individuos, para comportarse como ciudadanos, deben trascender la esfera privada y trabajar solidariamente para propiciar los cambios que acorten esa distancia.

En 1989, quienes hicieron caer los ladrillos que levantaban un muro de vergüenza en la RDA fueron etiquetados en los primeros momentos como grupos de incontrolados, agentes extranjeros y hasta fascistas por el aparato de propaganda de Honecker. Hoy son héroes de las libertades democráticas. Es solo un ejemplo. La Historia es populosa en momentos en los que una reunión de ciudadanos hizo avanzar a sus regímenes de gobierno hacia la democracia o hacia democracias más avanzadas.

Hoy, en España, la legalidad vigente se ha quedado atrás. La forma específica que adoptó nuestra democracia en su momento va quedando obsoleta, pues la legalidad que funda y, a su vez, la desarrolla se ha mostrado (como mínimo) permeable a oscuros intereses económicos que no tienen nada que ver con la democracia o la justicia y ha propiciado una pérdida de soberanía inédita hasta ahora, y un ataque (que no es el primero, pero no parece ser el último) a los derechos (que no privilegios) que a lo largo de 34 años la ciudadanía española fue conquistando.

Esa soberanía parece querer decir basta, pero, sobre todo, que este modelo de democracia es insuficiente, que es necesaria una verdadera regeneración democrática en este país y que ya no confía en que esta puede venir de la mano del bipartidismo inmovilista, de la sumisión ante los poderes económicos y de supuestos reformistas que traicionan sus propios programas, arrasando con un tornado de involucionismo todo aquello que es necesario y justo en cualquier Estado social y democrático de Derecho que propugne como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político, tal y como dice la Constitución.

Los ciudadanos que se dirigen hoy hacia Madrid (esos mismos cuyos autocares están siendo detenidos por la Policía, registrados o desviados a Getafe), no son violentos neonazis ni agresivos extremistas de izquierda. No pretenden asaltar el Congreso ni dar golpe de Estado alguno. No llevan armas ni tienen como objetivo quemar contenedores o cazar a los leones que hay a las puertas de la Cámara Baja.

Estoy seguro de que entre ellos no faltarán quienes sostengan posturas más o menos radicales. De hecho, lo mismo ocurre en algunos partidos políticos, porque nadie puede evitar que se le cuele en el grupo una oveja negra, ¿verdad, señor Rajoy? Pero, en su conjunto, lo que están queriendo decir a sus Señorías es que un voto no es un cheque en blanco para acabar con la democracia.

Ante esta situación caben, creo, dos posturas. La primera: asumir con normalidad democrática la existencia de esa reivindicación, escucharla y trabajar para paliar los errores que originan ese descontento. La segunda: sacar a la policía a la calle, crispar los ánimos hostigando a las asambleas pacíficas y públicas, demonizar a los manifestantes desde los medios de comunicación afines (cuyas informaciones de estos días abarcan el amplio arco que va desde el bloqueo informativo al mero insulto, pasando por los titulares manipulados o las noticias inventadas), compararlos con militares golpistas, con grupúsculos estalinistas y organizaciones neonazis.

El primer camino no es sencillo: requiere de ciertas dosis de tolerancia, humildad, esfuerzo y valentía. El segundo no es difícil: para tomarlo solo es necesario tener micrófonos, policías y el cinismo suficiente.

El Gobierno y la oposición han tomado el segundo. Salvo la de satanistas y la de francmasones, han utilizado todas las etiquetas que han podido recordar para descalificar a quienes acudirán a la convocatoria, sin privarse de apelar a las herramientas del miedo y la amenaza de la disuasión coercitiva.

Lo que no han hecho en ningún momento es reconocer que algo deben de estar haciendo muy mal para que el pueblo se eche a la calle en esta iniciativa sin precedentes. Y, sobre todo, lo que no han hecho es reconocer que quienes van hoy hacia Madrid (y quienes se reunirán en otras capitales de España, ante los símbolos de la legalidad vigente y obsoleta) no son fascistas, neonazis, terroristas, bolcheviques ni golpistas, sino ciudadanos y ciudadanas de este país que desean que la democracia avance.








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