Novelas que ganan por knockout: el ángel de Raúl Argemí

6 07 2012

El 22 de mayo de 1976, Billy Joiner, un portero del Mustang Ranch, dejó seco de un tiro a Oscar Natalio Ringo Bonavena ante el famoso burdel de Reno, Nevada.

Ringo Bonavena ya era tremendamente popular y polémico antes de su asesinato. Grande y torpón, de golpes desmañados y lentos pero imparables, había librado 68 combates, ganando 58 de ellos (44 por knockout) y quienes lograron derrotarle fueron púgiles como Floyd Patterson, Joe Frazer o el gran Muhammad Ali, a quien le aguantó 15 asaltos antes del KO técnico, e incluso llegó a derribar en el noveno. Pero también había protagonizado duelos mediáticos (eso que los promotores llaman “calentar la pelea”), aparecido en programas televisivos de humor, grabado discos de música ligera.

Sin embargo, cuando Joiner le atravesó el corazón de un balazo delante del puticlub, este boxeador nacido en un barrio humilde de Buenos Aires ingresó definitivamente en la leyenda. Es esta leyenda (y no la biografía real de la cual surge) la que Raúl Argemí cuenta en El ángel de Ringo Bonavena, en cuya nota preliminar nos advierte que “cuenta cuánto tuvo que ver con su ángel de la guarda, un ángel tan duro como él”.

El ángel de Ringo Bonavena, de Raúl Argemí, Barcelona, Edebé, 284 páginas.

Efectivamente, esta novela no está protagonizada exclusivamente por Ringo Bonavena, sino también (y sobre todo) por Ángel, el ángel de la guarda del boxeador, un arcángel pendenciero a quien Tatá Dios, en esa estancia que es el paraíso imaginado por Argemí, encarga la tarea de hacer que un niño que va a nacer en una familia humilde y populosa del barrio de La Quema, llegue a ser boxeador y a llamarse Ringo (Tatá Dios, que todo lo sabe, ya sabe que aparecerán Los Beatles, ya sabe que le gustarán, ya sabe que su favorito será Ringo Star).

Junto a Oscarcito, el futuro Ringo, crecerá el ángel, a quien la Minga, la madre de Oscarcito, alimentará tanto y con tanto énfasis que acabará haciéndose corpóreo y convirtiéndose en un miembro más de la familia, merced a la tácita solidaridad de los pobres. Y junto al niño crecerá, alentando y encauzando su carrera de boxeador, compartiendo (y a veces hurtando) el protagonismo al personaje que origina la novela, debido a su actitud ante el sexo, la violencia, la comida, la amistad o la lealtad, esas cosas que puntual o constantemente, conforman la existencia de cualquiera.

Cualquier lector informado sabe que la relación entre el boxeo y la literatura ha sido eminentemente benéfica: ha producido novelas y cuentos estupendos de firmas como Jack London, Norman Mailer, Ignacio Aldecoa, Julio Cortázar o Ernest Hemingway; lúcidos ensayos de la talla del sorprendente Del boxeo, de Joyce Carol Oates; incluso algún libro de poemas, como El último gancho de Kid Fracaso, de Pedro Flores.

Sin embargo, El ángel de Ringo Bonavena, pese a beneficiarse de esa fructífera combinación, va mucho más allá que la novela sobre perdedores, la metáfora de la vida como contienda que se esconde en esta exaltación del dolor que es el boxeo. Precisamente porque Argemí elige la narración mítico-fantástica antes que la realista y hace que observemos una época convulsa del mundo contemporáneo (desde los años cuarenta hasta mediados de los setenta del siglo pasado) a través de los ojos de un ángel que no entiende bien en qué consiste eso de “estar vivo” y se ve obligado a aprender la vida con el método poco científico del ensayo y el error.

El Ángel de Ringo Bonavena es una novela llena de verdad y reflexión. No obstante, también constituye un texto ágil, ameno, bien estructurado y con una composición que oculta perfectamente esa estructura, lo cual hace que el lector olvide rápidamente el alarde técnico y se abandone a la fruición que toda buena ficción debe ofrecerle (aspecto, por desgracia, tan descuidado por muchos autores), haciéndole reír y emocionarse, sorprenderse y sentirse cómplice en la peripecia de unos personajes a quienes, inevitablemente, sentirá como hermanos y seguirá a través de esas décadas marcadas por hechos históricos y personajes de la cultura pop que aún nos siguen influyendo.

De Raúl Argemí ya hemos hablado en otras ocasiones. Es ese escritor de La Plata que participó en la lucha armada contra la Junta Militar argentina, que pasó diez años en prisiones inmundas y, tras la amnistía, vivió en Río Negro (Patagonia), donde empezó a escribir y publicar las novelas que, desde el año 2000, publica en Barcelona, títulos como El gordo, el francés y el ratón Pérez, Penúltimo nombre de guerra, La última caravana o Retrato de familia con muerta.

Argemí es eso que no podemos llamar a todos los escritores: un narrador de casta. No solo sabe elegir buenas historias, sino que, además, las cuenta como nadie, otorgándoles profundidad y ligereza al mismo tiempo, manejando con sabiduría todas las herramientas (y los trucos) de un oficio que a veces pensamos (erróneamente) que puede llegar a ejercer cualquiera. Lo demuestra una vez más con esta novela que se lee fácilmente (quienes entienden algo de esto saben que cuando un texto se lee con tanta facilidad es porque ha resultado muy difícil escribirlo, porque la complejidad de un texto narrativo no debe estar en su superficie, sino en la multiplicidad de sus significados) y contribuye a prolongar su ranking novelístico, en el cual ha librado ya unos cuantos combates sin besar jamás la lona y ganando siempre por knockout.

Así pues, para esta semana, te invito a viajar al barrio de La Quema, a Nueva York, al Paraíso y a Reno con Ringo Bonavena y, sobre todo, con El ángel de Ringo Bonavena, de Raúl Argemí, publicada en Barcelona por Edebé, 284 páginas, 66 rounds y un epílogo que, entre tanta novedad efímera, te reconciliarán con la literatura.

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Una semana de abril

1 05 2010

Una semana y tantas cosas que contar, porque ha venido “cargadita” de actividades. Algunas de ellas se anunciaban en su momento aquí y en otros lugares igualmente indeseables, procelosos e incómodos. Si no he podido reseñarlas es, como ya supones, porque yo mismo estaba participando activamente en ellas. Así que voy a intentar dejar memoria de algunas, para que las recuerdes, si pudiste participar, o, en caso de que no asistieras, para que rabies por habértelas perdido y la próxima vez no las dejes pasar.

Lo primero es lo primero, y el sábado pasado, en la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria, se celebró el primer Sábado Negro, y los aficionados a la novela criminal llenaron de San Telmo.

Todo comenzó con un taller de escritura denominado Corazones Delatores, en el transcurso del cual alumnos del Colegio Iberia se acercaron a la obra de Edgar Allan Poe e hicieron sus pinitos, escribiendo sus propias historias de asesinos perturbados y crímenes perfectos que al final no lo son tanto.

Taller Corazones Delatores. Foto Rayco Arbelo.

Taller Corazones Delatores. Foto Rayco Arbelo.

Después fue presentado, por parte de Oswaldo Guerra, Un rastro de sirena, de José Luis Correa. Lamentablemente, no dispongo de imágenes, pero hubo una importante asistencia de público. Es lógico: Pepe ha cosechado el fervor de muchos fans con las aventuras de Ricardo Blanco, de las cuales esta novela es la cuarta entrega.

Tras el almuerzo, muchos se perdieron la siesta para encontrarse con el maestro Raúl Argemí, el tigre de Río Negro, que fue declarado Enemigo Público 2010 por las memorables ficciones que ha perpetrado a lo largo de los años. Su ficha policial, realizada por el dibujante e ilustrador Alberto Hernández, le fue entregada por Francisco Sarmiento, en nombre de los libreros de Gran Canaria.

Letras a Tiros, un concierto leído ofrecido por Carlos Álvarez y la Hard Boiled Jazz Band (liderada por el mago de las cuatro cuerdas, Javier Presa) acercó a los espectadores al género negro, haciendo un recorrido por su historia desde los pioneros de la revista Black Mask hasta Vázquez Montalbán, pasando por Thompson, Dürrenmatt, Manchette o David Goodis, al son de la música de otros magos como Ellington, Kurt Weill y Thelonious Monk.

Y esto terminó de caldear el ambiente para Sospechosos Habituales, una mesa redonda en la que participó nuestro invitado de honor, Raúl Argemí, junto con Marisol Llano Azcárate, José Luis Correa y el propio Carlos Álvarez. Nos faltó nuestro querido Antonio Lozano, que estaba en la isla hermana encontrándose con sus lectores.Y a propósito de la isla hermana, el Sábado Negro de la Feria del Libro de Santa Cruz ya tiene fecha: el próximo sábado 29 de mayo. Delinquiremos allí de manera similar, así que si te da rabia habértelo perdido porque vives allá, no te preocupes: te llevamos el Sábado Negro al parque García Sanabria.

Pero esta semana no sólo hubo Sábado Negro. El domingo se presentó Doce campanadas, el segundo libro de Nisa Arce, publicado por La Página Joven. Y el martes, en la Biblioteca Pública del Estado, se presentó un libro no venal (esto es: tendrás que buscarlo en las bibliotecas) titulado Taller de cuentos y que recoge eso mismo: una muestra de los cuentos surgidos a lo largo de la Primera Edición de Factoría de Ficciones, el taller que realizamos periódicamente en esa misma biblioteca. Viéndolo ahora, que ya es mayorcito y come solo, el libro es una excelente muestra de la narrativas que nos vienen (alguna ya ha llegado). Como soy el coordinador no puedo echarle demasiadas flores, pero te aseguro que si le echas un vistazo, te llevarás más de una sorpresa.

Como la que me llevé yo esta semana en Fuerteventura, adonde me trasladé para impartir un taller de cuentos y microrrelatos en la Biblioteca de Corralejo, dentro de su V Semana Literaria. Para empezar, encontré un equipo humano de esos que realizan su trabajo “más allá del estricto cumplimiento del deber” y eso es siempre una alegría cuando hablamos de bibliotecas. Pero, además de eso (y esto es lo mejor), me encontré una veintena de personas esforzadas e interesadísimas en la escritura (algunas de ellas condujeron cien kilómetros para poder asistir), muchas de las cuales escribieron cuentos fascinantes (y quienes asisten al Taller de Literatura Anroart y a Factoría de Ficciones saben bien que no suelo regalar los elogios).

Aparte de todo esto, ha habido muchas otras cosas esta semana: un ameno encuentro, dentro del proyecto Leyendo por Canarias, con los alumnos del CEO Pancho Guerra, de Castillo del Romeral, las representaciones que Entretíteres ha realizado de Cliqueando, una obra que intenta informar a los más peques acerca de las ventajas e inconvenientes de las TIC, y hermosos e improvisados encuentros con autores y lectores en la Feria del Libro de San Telmo. Por ello, me he perdido cosas interesantísimas, como el encuentro con una autora a la que admiro y que siempre me provoca una sonrisa: Maribel Lacave. Más oportunidades habrá, espero.

Por lo pronto, queda día y medio de Feria del Libro. Y sólo ha sido la primera en celebrarse este año en las Islas.

Así que ya lo ves: la semana ha dado para mucho. Por eso es por lo que he tenido tan abandonado este blog. Prometo intentar que no vuelva a suceder, pero, claro, ya se sabe que nunca se sabe.





Los días de mercurio se puso de largo

28 02 2010

Foto: Thalía Rodríguez

Foto: Thalía Rodríguez

Ya está, ahora sí: Los días de mercurio (La iniquidad II) ha sido presentada en sociedad. Ya existe públicamente.

Ocurrió ayer sábado, 27 de febrero a las 13:00, en Negra y Criminal, la emblemática librería de la calle Sal, en Barcelona. Hubo vino y mejillones al mojo rojo (cortesía de Montse Clavé, la librera, de quien estoy degustando Manual práctico de cocina Negra y criminal), palabras de aliento por parte del librero, Paco Camarasa (quien decidió acompañar la presentación con una proyección de Casablanca, porque decía no disponer de nada más africano, pese a que yo no me parezco a Bogart ni Raúl a la Bergman) y apadrinamiento de lujo por parte del maestro Raúl Argemí. Además, otros amigos (Cristina, Gloria, Ibáñez, Salva, Chiki) contribuyeron a que este escritor afro-canario (según término políticamente correcto acuñado para la ocasión) se sintiera como en casa, o, para ser exactos, mejor que en casa. En el hecho de que se presentara en Negra y Criminal influye una circunstancia: uno de los pasajes del libro se desarrolla justamente allí, en ese edificio que fue, durante la posguerra, vivienda y almacén de un contrabandista, anécdota que conozco gracias a José Luis Ibáñez, quien sabe más que nadie que yo conozca de la historia de esa ciudad única que es Barcelona (por cierto, José Luis anda preparando un nuevo Ferrer. Si no has leído los anteriores deberías ir poniéndote al día).

portada dias de mercurio 1

Así que Los días de mercurio ya está ahí. Esta semana llegará a las librerías de Canarias y, dentro de muy poco, se presentará en otras ciudades, comenzando por Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife.

Por si te has perdido noticias anteriores: es una novela publicada por Anroart Ediciones (esa editorial pequeña, pero valiente), la segunda de la serie que se inició con La noche de piedra, titulada La iniquidad. Se trata de una historia ambientada en una anónima ciudad de provincias durante los años cincuenta.  Su protagonista es un camarero de pasado turbio y presente agrio que extorsiona a un jefe local de Falange.

Aprovecho esta entrada para dar las gracias a todos aquellos que hicieron posible esta presentación (con la cual se cumple una de mis íntimas ilusiones): al Gabinete Literario de Las Palmas de Gran Canaria, que gestionó desinteresadamente la beca que hizo materialmente viable el viaje, a los amigos catalanes que me trataron tan bien como si yo fuera buena gente y a los canarios (Alberto, Rafa, Helba, Thalía) que también estuvieron allí, apoyando, como si yo les mereciera.  Hoy domingo, contento, orgulloso (y algo resacado) cuelgo esta entrada con agradecimiento, cariño y algo ya parecido a la nostalgia. También incluyo foto, con Paco y Raúl (y Salva y Casablanca al fondo) durante la presentación.





Comienza la cuenta atrás: Los días de mercurio (La iniquidad II), el próximo sábado en Negra y Criminal

20 02 2010

portada dias de mercurio 1

Soy un tipo con suerte. El próximo sábado, 27 de febrero, a las 13:00, se presenta Los días de mercurio (La iniquidad II) en un lugar emblemático para la novela negra en España: la librería Negra y Criminal, de Barcelona. Está en la calle de la Sal, número 5, muy cerca del mercado de la Barceloneta y, si visitas esa ciudad mágica no deberías dejar de acercarte a este rincón. Por supuesto, si lo haces el próximo sábado, a mediodía, mejor que mejor.

Pero no soy un tipo con suerte solamente por eso, sino porque, además, Los días de mercurio tiene un padrino de lujo: Raúl Argemí, fascinante escritor argentino afincado en España, de quien no deberías perderte libros como Retrato de familia con muerta y Penúltimo nombre de guerra.

Así que ya queda menos para que Los días de mercurio llegue a las librerías. Espero que, al menos, le eches un vistazo a las tapas, para ver si te interesa. Puedo adelantarte que es una historia de violencia en plena posguerra española. En ella hay chantajes, crímenes, sexo y mentiras, jefes de Falange homosexuales, maquis renegados y mujeres insaciables.

Si estás en Barcelona por esas fechas, estás invitado al festejo (suele haber vino y mejillones). Si no, Los días de mercurio te espera, dentro de muy pocos días, en tu librería. Puedes ir pidiéndola a tus libreros. Ellos te avisarán.





Testimonios del caos: Chester Himes

14 11 2009

Proponerte que leas Un ciego con una pistola, del escritor afroamericano Chester Himes, es proponerte un paseo el Harlem neoyorquino durante una semana de un caluroso verano de finales de los sesenta, un lugar y una época convulsos, violentos y caóticos. Por tanto, se trata de un viaje peligroso. Pero en el recorrido vamos bien acompañados, porque seguimos a dos policías negros que tienen patente de corso para recorrer las callejuelas repartiendo leña. Son Grave Digger Jones y Coffin Ed Johnson, esto es, Sepulturero Digger Jones y Ataúd Ed Johnson, dos polis negros que sirven a la policía blanca y que están siempre entre la simpatía hacia los criminales que persiguen y la presión que reciben desde arriba para que sí, investiguen los crímenes, pero silben mirando al techo si la trama lleva a las tramas de corrupción o crimen organizado relacionadas con el poder del hombre blanco. Aquí asistimos a varios crímenes sin relación aparente, que los dos polis tienen que investigar, mientras diferentes grupos de lucha contra la segregación se enfrentan entre sí en duras revueltas en las calles del Harlem. Por supuesto, alcanzan un par de buenas palizas. Aunque estos dos también reparten lo suyo.

Conocedores de un código que sus jefes blancos ignoran, Grave Digger y Coffin Ed miran con una sonrisa amarga la realidad de su gente, intentando, sin conseguirlo, deshacer entuertos con la impotente actitud de quien sabe que los oprimidos yerran constantemente en los mecanismos con los que se oponen al sistema, dada la invulnerabilidad de quienes detentan el verdadero poder, el económico.

En algún momento de la novela, Anderson, el jefe de los dos policías negros, les pregunta si saben quién es el responsable de los recientes disturbios. Ellos, socarronamente le responden que siempre lo han sabido, pero que no pueden hacer nada, ya que está muerto. El responsable, en su opinión, es Abraham Lincoln: “No debió liberarnos si no quería darnos de comer”.  Cuando Anderson insiste en quién es el culpable, quién incita esa “anarquía insensata”, Grave Digger, simplemente, responde: “La piel”.

Esta es la sexta de una serie de diez novelas con Sepulturero y Ataúd (hay otras estupendas, como Algodón en Harlem y Todos muertos) y la última que Himes escribió antes de trasladarse a Alicante (el viaje debía de estar en proyecto, porque hay ya algún guiño a esa región, en el nombre de un comercio), donde falleció en 1984. La edita RBA en su colección de bolsillo, en una traducción realizada por Ana Becciu en 1978 (y que quizá habría que renovar) y con prólogo de Raúl Argemí, que entiende y comenta a Himes como nadie.

La biografía de Himes es tan interesante como sus libros: hijo de una familia de clase media, fue a la universidad pero se desvió por el mal camino y comenzó a meterse en líos. Le cayeron 20 años de cárcel por atraco a mano armada y fue justamente ahí, en prisión, donde comenzó a escribir. Escribió novelas políticas, novelas carcelarias (Por el pasado llorarás) y novelas, como esta, de género negro, donde se le considera uno de los clásicos; pero, sea cual fuere la orientación, el problema de la desigualdad social (racial) está normalmente de por medio. Como les ocurrió a otros (por ejemplo, Jim Thompson), mientras en Estados Unidos publicaba en pulp, en Francia la crítica le situaba entre los grandes.

¿Por qué este libro se titula Un ciego con una pistola? Pues porque Himes parte de la siguiente anécdota real: un ciego que, en el metro, sospecha que le intentan robar la cartera, saca una pistola y se lía a tiros con todo el tren. A partir de ahí, Himes reflexiona acerca de los movimientos de ese momento (oposición a la guerra de Vietnam, terrorismo en Oriente Próximo, los Panteras Negras, Malcolm X, etc.) y llega a la conclusión de que “toda violencia indiscriminada es como un ciego con una pistola”.

Así que si quieres una novela que hable con crudeza y con sinceridad sobre el racismo, la desigualdad y la injusticia, mientras andas en el ojo de un huracán que no te da un respiro, nada mejor que esta estupenda, caótica y, sin embargo, bella novela. Diálogos lacerantes, ironía, humor negro, historias truculentas, radiografía social: Un ciego con una pistola. Novela negra en estado puro.

Un ciego con una pistola, de Chester Himes, Barcelona, RBA, 285 páginas.





Los 7 Magníficos

3 06 2009
Los 7 Magníficos

Los 7 Magníficos

Así ha bautizado Loly León a esta foto. Corresponde a la visita a la destilería de Arehucas (“un ron cojonudo”, según Eladio Monroy), durante el encuentro de novela negra que nos convocó a unos cuantos en el Festival de Primavera Flor de Mundo, en la ciudad de Arucas. De izquierda a derecha, Dulce González, Raúl Argemí, José Luis Correa, Rafael Méndez, José Luis Ibáñez, Elsa Plaza, lo que quedaba de mí, Domingo Villar y Francisco Sarmiento. Por desgracia, los 7 magníficos eran seis, porque aún no se había incorporado Antonio Lozano y, claro, sin nuestro Charles Bronson y con un Yul Brinner barrigón y desentrenado, los 7 magníficos pierden mucho.





Sobre Retrato de familia con muerta

6 03 2009

retrato-familia-muerta

Tengo sobre la mesa un libro, Retrato de familia con muerta, de Raúl Argemí, que obtuvo el Premio Internacional de Novela Negra L’H Confidencial 2008. Este premio lo promueve la Biblioteca La Bóbila, de L’Hospitalet y en la elección del ganador intervienen directamente sus clubes de lectura, esto es, los lectores. ¡Bien por esos lectores!

Retrato de familia con muerta, inspirado por un suceso real (no te equivoques, listillo: no es una novela-reportaje ni una non fiction story), cuenta la muerte en extrañas circunstancias de una señora de la sociedad acomodada, o, más exactamente, cuenta cómo su entorno se confabula (con ese descuido de quien está acostumbrado a la impunidad), para intentar hacer pasar por accidentada en la bañera a una mujer con seis balazos en la cabeza.

La obsesión del juez Juan Manuel Galván, alias Charquito (hombre físicamente disminuido y, según él mismo, con engañosa cara de idiota) no es averiguar quién o quiénes son los autores materiales del crimen, sino, antes bien, entender el cómo y el porqué, tanto de su ejecución como de su intento de ocultación.

La novela transcurre entre la nocturnidad del despacho del juez (quien, con su incondicional amigo Ritter, un “tipo duro”, inteligente y mordaz) y el eterno retorno al día de autos. A través de una multiplicidad de voces (las voces de Galván y del Ritter, los archivos de la instrucción e, incluso, un coro de Erinias), Argemí va pergeñando esta historia devastadora sobre los trapos sucios de las aparentemente impolutas zonas residenciales exclusivistas. Así, nos acerca al retrato en una sociedad plagada de contradicciones, donde la clase privilegiada, mercantilista y corrupta, aún no ha pagado (ni pagará) su alianza con la anterior dictadura y continúa beneficiándose de los privilegios que aquella asociación le otorgara, para buscar nuevos aliados, menos visibles pero igualmente despiadados. Es la clase de los “inocentes”, delincuentes de cuello blanco que acostumbran a salir bien parados de sus excursiones hacia el otro lado de los límites de la legalidad. No te escandalices, mi querido lector neoconservador: en esta ocasión, la novela transcurre en Argentina. Pero no me digas que no te suena la sociedad que describo.

Al margen de su lectura sociopolítica, Retrato de familia con muerta es, en mi opinión, una novela eficaz y lúcida, epatante y cruel (quizá porque el motor de la trama es, precisamente, la piedad), y presenta muchas otras cualidades: su uso del lenguaje, natural y eficiente, mas no exento de sentido poético; la cuidada construcción de personajes; la consistencia de su argumento; su agilidad, sobre todo en los diálogos, y, por último y sobre todo, un soberbio tratamiento del tiempo.

Una buena lectura para quienes gustan de textos atractivos y desasosegantes  que hacen pensar. Absténganse lectores de Agatha Christie y creyentes en la justicia. Podría ocurrirles que pasaran un mal rato. 








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