Zazie, Queneau, el verano

20 07 2012

Ya empieza el verano y apetece leer libros divertidos, de esos que podemos llevarnos a la playa y disfrutar como si fuéramos niños chicos. Así que hoy te traigo una virguería escrita en 1959: Zazie en el metro, de Raymond Queneau, una de las novelas más delirantes, golfas y divertidas que he leído, llena de absurdo, surrealismo y juegos de conceptos y de lenguaje. Quizá por esto último, porque juega muchísimo con la lengua (en este caso la francesa), pocos se han atrevido a traducirla. De hecho, la traducción que te traigo hoy, la que publica Marbot Ediciones, contiene la que hizo Sánchez Dragó en 1978.

Zazie en el metro, de Raymond Queneau, Barcelona, Marbot Ediciones, 211 páginas.

El argumento es el siguiente: Zazie viene a París a pasar el fin de semana con su tío Gabriel, mientras su madre se va a pasarlo con su “maromo”. Ocurre que Zazie no es una niña cualquiera. Para empezar, es completamente ingobernable. Y, en segundo lugar, viene empeñada en viajar en metro y comprarse unos bluyins en el Mercado de las Pulgas. Lo que ocurre es que hay una huelga en el metro y la pequeña rebelde se escapará a cada momento, haciendo que Gabriel, su mujer y sus amigos se pasen casi todo el tiempo persiguiéndola por París, donde Zazie se meterá en muchísimos líos. Llena de personajes y situaciones delirantes (un momento magnífico es ese en el que Zazie descubre que su tío Gabriel, un hombretón descomunal, se pinta las uñas antes de ir al trabajo), y de diálogos que nos hacen soltar la carcajada, sobre todo cuando Zazie, que gasta un desparpajo y una malcriadez a prueba de colegio de monjas, se dedica a hacer preguntas incómodas y a resaltar el absurdo de las cosas cotidianas que a los adultos les parecen normales, con una muletilla recurrente como respuesta: “me la suda”. Una novela deliciosa políticamente incorrecta; aunque el personaje central sea una niña, no se trata de un libro precisamente infantil; yo lo recomendaría para lectores mayores de quince años.

De Raymond Queneau ya hemos hablado, por sus Ejercicios de estilo, donde demostraba su maestría contando la misma historia de 99 formas diferentes. Nació en 1903 y falleció en 1976 y su biografía es la de los movimientos más interesantes del Siglo XX francés: formó parte del movimiento surrealista y de esa golfada genial que es la Patafísica, fue director de la Enciclopedia de la Pléiade y fundador del Taller de Literatura Experimental, la Oulipo, vinculada a autores como Georges Perec.

Zazie en el metro es un libro muy célebre: en Francia se vendió como rosquillas en los años 60 y se sigue leyendo mucho hoy por cualquiera que tenga su biblioteca bien amueblada. Dio pie a la primera película de Louis Malle, bastante floja, por desgracia, porque no logró captar los múltiples gags y los juegos conceptuales que hay en el libro, intentando sustituirlos por un slapstick y un humor blanco que no funcionan y la hacen eterna. Pero, al fin y al cabo, era su primera película y Zazie en el metro es, al fin y al cabo, una de esas obras maestras que es muy difícil adaptar.

Así pues, para esta semana en que necesitamos tanto reírnos, te propongo viajar a París en ese caluroso verano en el que los metros hacen huelga, con Zazie, con Gabriel, con Marceline, con su amigo taxista y todos los personajes deliciosos que les rodean en esta novela absurda, tierna y divertidísima: Zazie en el metro, de Raymond Queneau, que ha vuelto a editar ahora Marbot Ediciones (con frescas ilustraciones de Miguel Gallardo y el añadido de algunos pasajes descartados de las primeras versiones, traducidos por Ramón Vilà Vernis), 211 páginas de literatura brillante, deliciosa e imprescindible para leer a carcajada limpia.

Anuncios




Ejercicios de estilo

16 05 2009
Raymond Queneau

Raymond Queneau

En 1947, Raymond Queneau, surrealista, patafísico y miembro del Oulipo (grupo de investigaciones de literatura potencial), a quien el mundo debe, entre otras cosas importantes, la desternillante Zazie en el metro, publicó el inagotable Ejercicios de estilo, donde cuenta una misma anécdota, por lo demás, bastante pedestre, con 99 estilos diferentes.

La inspiración le había llegado a Queneau, según atestigua en el Prefacio a la edición de 1963, tras escuchar una interpretación del Arte de la Fuga, pensando en la obra de Bach “como construcción de una obra por medio de variaciones que proliferaran hasta el infinito en trono a un tema bastante nimio”.

En esa misma edición, Quenau añadía una lista de ejercicios de estilo posibles que él no había ejecutado y que lanzaba como propuesta al lector.

Caligrama de Carelman para la edición ilustrada de "Ejercicios de estilo"

Caligrama de Carelman para la edición ilustrada de "Ejercicios de estilo"

Hace unas semanas, en una de las sesiones de Factoría de Ficciones, tocamos el tema de este libro y leímos algunos de los ejercicios de Queneau. Luego surgió la propuesta, por parte de Andrés Sánchez Sanz, uno de los talleristas, de sortear algunos epígrafes de esa lista de ejercicios de estilo posibles entre los participantes de nuestro taller, para que cada uno elaborara un texto a partir de la premisa que le hubiera tocado en suerte. Los resultados fueron variados y divertidos. Hubo quien incluso elaboró caligramas y collages. Como homenaje a Raymond Queneau (a quien, creo, no se conoce suficiente en nuestro ámbito y nuestra época), inserto a continuación mi propio texto, escrito a partir de la premisa “Reglas de un juego”.

Para jugar al Juego de la Línea S

 

El juego se desarrollará en el autobús de la Línea S, preferentemente atestado y en horas de mediodía.

El objetivo del juego será encontrar y ocupar el último asiento libre.

Los jugadores subirán al vehículo ataviados de las más variadas formas.

Una vez alcanzado el objetivo se premiará al ganador con la posesión del mencionado asiento (por supuesto, sólo hasta el fin del trayecto. Los participantes se abstendrán, especialmente, de intentar desatornillarlo de sus anclajes con el fin de llevárselo a casa).

Obtendrá diez puntos adicionales aquel jugador de menos de treinta años que lleve sombrero de fieltro con cordón en lugar de cinta y abrigo llamativo. Sin embargo, si este jugador es cuellilargo y respondón, esos diez puntos se reducirán a ocho.

En el caso de que exista sospecha de que el jugador ha obtenido la victoria realizando maquiavélicas maniobras de distracción (por ejemplo, la de provocar una discusión con otro jugador, de mediana edad, a quien haya acusado de empujarlo) se le amonestará posteriormente con severidad la Plaza de Roma, frente a la estación de Saint Lazare, afeándole, además, cualquier fallo en su indumentaria, tal como la ausencia de un botón en su estrafalario atuendo.

 








A %d blogueros les gusta esto: