Doce cuentos malévolos, deliciosa mala baba

2 03 2013

Navona sigue con esa costumbre suya, tan beneficiosa para todos, de rescates interesantes, en su colección Reencuentros. Dentro de poco, en La Buena Letra, hablaremos de dos novelas cortas de Henry James (Compañeros de viaje e Historia de una obra maestra) y de una antología con nuevas traducciones de los cuentos de Poe, editadas bajo el título de La caída de la Casa Usher (buena solución para quien no pueda pagar volúmenes de lujo). Y, probablemente, de algunos títulos más, porque esta editorial-cronopio no deja de recuperar cosas de Conrad, Steinbeck, London, o Caldwell, algunas de ellas verdaderos descubrimientos para el lector español actual.

Entre estos descubrimientos, hay uno que te apetecerá especialmente, en estos tiempos en los que andamos tan necesitados de sonrisas: Doce cuentos malévolos, de Saki.

Doce cuentos malévolos, de Saki, Barcelona, Navona, 106 páginas.

Doce cuentos malévolos, de Saki, Barcelona, Navona, 106 páginas.

Alguna vez ya hemos hablado de la obra, la vida y la singular muerte de Saki, cuyo verdadero nombre era Hector Hugh Munro, un autor inglés que escribe con ingenio y con mucha perversidad sobre la burguesía y la gentry británica. Un autor con muy mala uva y mucho ingenio para burlarse de los convencionalismos y el esnobismo, pero dejándonos al mismo tiempo perlas de sabiduría, como que “no hay nada en el Cristianismo y el Budismo que pueda igualar la comprensiva generosidad de una ostra” o que “todas las personas decentes viven por encima de sus posibilidades y los que no son respetables viven por encima de las posibilidades de otros”.

Algunos de estos cuentos, todos muy breves, son realmente geniales. Te contaré solamente el argumento de uno de ellos, “El bastidor”. Es la historia de Henri Deplis, que se hizo tatuar la Caída de Ícaro en la espalda por Andreas Pincini, el tatuador más importante del país. Pero el maestro Pincini murió antes de cobrar y Deplis no saldó la deuda con la viuda del artista. Así que ella, con muy mala leche, donó el tatuaje al ayuntamiento de Bérgamo, con lo cual Deplis se convirtió en un marco viviente: le prohibían quitarse la camisa en la sauna o la playa sin permiso del ayuntamiento, no podía salir del país, porque las leyes sobre tráfico de arte lo prohibían, etc. En otro, un urbanita se va al campo para gozar de los paisajes bucólicos y, de pronto, se ve metido en una guerra entre dos brujas vecinas, que se dedican a lanzarse maldiciones y hechizos, con lo cual el pretendido relax se convierte en una experiencia completamente estresante.

En fin, historias absurdas, muy divertidas, y escritas con inteligente malicia que no solo nos hacen sonreír, sino también pensar en lo pobre que es esa gente que solo tiene dinero y posición.

Saki tiene seguidores a paletada y he podido comprobar que existen verdaderos fans de sus cuentos. Estos suelen estar conducidos por Clovis Sangrail o por Reginald, jovenes petrimetres que andan metidos en todos los saraos. Pero, aunque los cuentos de Clovis que hay en Doce cuentos malévolos son de un humor más bien blanco, también es capaz de contar historias muy macabras, como “Esmé” o “Sredni Vashtar”, uno de sus cuentos más conocidos. Cuentos perversos que no se olvidan fácilmente.

Así pues, para esta semana, este Reencuentro con el maestro Saki: Doce cuentos malévolos, publicado en Barcelona por Editorial Navona, 106 páginas de inteligente y fino humor, para leer rápido y pensar despacio.

 [Si te perdiste La buena letra y La Butaca y quieres oírlas, solo tienes que pinchar aquí. Podrás, además, averiguar qué libro devoró esta semana Fortunata, nuestra cabra galdosiana]

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Saki y la sonrisa de las bestias

7 10 2009

Se supone que los escritores, antes de morir, dejan una frase genial para la humanidad. Goethe, en su delirio, pidió, al parecer: “¡Luz, más luz!”. Y Cesare Pavese, justo antes de suicidarse, anotó en su diario: “No más palabras. Un gesto. No escribiré más”. La última frase que pronunció Hector Hugh Munro, el hombre que firmaba sus libros como Saki, la dijo en una trinchera de Beaumont-Hamel, en Francia, en la noche del 13 de noviembre de 1916 antes de que un tirador enemigo le pegara un tiro en la cabeza. Esa frase fue: “Put that damned cigarette out!”, que viene a ser, en román paladino, variedad canaria: “¡Apaguen el jodido cigarro!”.

Esta anécdota parece sacada de uno de sus propios cuentos, que suelen combinar lo macabro y lo horroroso con lo satírico y humorístico. Saki tiene un particular ingenio para el humor negro, así como para la intriga, que maneja soberbiamente. En sus cuentos hay continuas sorpresas, giros argumentales inesperados que provocan indistintamente la sonrisa y el escalofrío. Hay, además, una constante denuncia de la hipocresía de la sociedad victoriana, tan vacua como anquilosada.

Munro había nacido en 1870, en Birmania, donde su padre era policía colonial. Huérfano de madre (la corneó una vaca cuando él tenía dos años), lo enviaron más tarde a Inglaterra, donde fue educado por su abuela y sus tías, puritanas, ignorantes y severas. Quizá de ahí le vino el desprecio por las capas altas de la sociedad británica que recorre como un hilo conductor prácticamente toda su narrativa. Más tarde, a Munro le pareció buena idea volver a Birmania e ingresar, como su padre, en la policía. Pero a la malaria no le pareció tan buena idea y hubo de volver a Inglaterra, donde se dedicó plenamente a la literatura.

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Anagrama reúne en Cuentos de humor y de horror veinte de sus relatos más célebres, muchos de ellos con Clovis, su cínico y agudo observador, como personaje principal. Es una interesante reunión de fantasmas indolentes, caníbales, que sonríen mientras cuentan sus iniquidades, gatos que hablan más de lo conveniente, damas encopetadas, tan necias como malignas, señores circunspectos tan malignos como necios y, en general, seres que no están donde deben estar, y haciendo cosas que no deberían hacer, como, por ejemplo, una hiena en medio de la campiña británica zampándose gitanillos.

En resumen, Cuentos de humor y de horror proporciona lo que su título promete: inquietud y risas a partes iguales, pero, al mismo tiempo, una ácida crítica social que, en último término, se convierte en reflexión sobre la condición humana. Jorge Luis Borges, Graham Greene, Tom Sharpe y Roald Dahl han manifestado su admiración por Saki. Por algo será.

Cuentos de humor y de horror, de Saki, Barcelona, Anagrama, 142 páginas.








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