Dos poetas, dos

22 11 2014

[Si quieres escuchar La Buena Letra y La Butaca, solo has de hacer clic aquí]

La Buena Letra de esta semana es un dos por uno, porque me han llegado casi al mismo tiempo a las manos dos libros de dos poetas, canarios, publicados ambos en editoriales independientes. Sí, señor: hoy te traigo Trasmallos, de Santiago Gil, publicado en Madrid por La Discreta y El hombre que bebió con Dylan Thomas, de Pedro Flores, editado por El ángel caído y que viene con regalito.

Empiezo con Trasmallos, de Santiago Gil, que, por cierto, ahora mismo debe de estar llegando a México, donde participa junto con otros escritores canarios en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara.

trasmallos

Trasmallos es, creo, el cuarto libro de poesía de Santiago Gil, muy conocido por su actividad como narrador y su trabajo como periodista. Es autor de un buen puñado de novelas y libros de relatos, como Los años baldíos, Por si amanece y no me encuentras, El Parque, Cómo ganarse la vida con la literatura o Un hombre solo y sin sombra, y ha publicado volúmenes de aforismos y microrrelatos, como Equipaje de mano o Tierra de Nadie. Imparte, además, uno de los talleres literarios con más solera, aquel que comenzó impartiendo nada menos que Dolores Campos-Herrero.

Trasmallos recoge, como él mismo ha confesado en alguna entrevista, su poesía más madura. Se trata de una poemas de verso libre y con formas aparentemente muy sencillas y breves, con temas clásicos y aposentada por el tiempo y una visión intimista y emocional de la actividad poética. Una de las ideas que presiden el libro es aquella de que la palabra es aquello que te queda cuando ya no te queda nada, y así muchos de los versos ofrecen interesantes reflexiones acerca, no solo del oficio del poeta, sino de la relación de los seres humanos con el lenguaje. Así, el poeta recorre temas clásicos (el amor y la muerte, la relación entre ser humano y paisaje, el paso del tiempo, la nostalgia o el extrañamiento frente a la sociedad) haciendo siempre esas preguntas y reflexiones y estableciendo un sutil diálogo con el lector acerca del sentido de la existencia.

Un libro para celebrarlo, como celebro yo poder recomendar algo de La Discreta, una editorial que hace honor a su nombre y que lleva diez años trayéndonos incesantemente buena literatura en muy buenas ediciones.

 978849406811

Y vamos con El hombre que bebió con Dylan Thomas.

Edita, repito, El Ángel Caído, que tiene una estupenda colección de poesía que incluye libros de Ángel Petisme o Leopoldo María Panero. Y es de Pedro Flores. Flores es, probablemente, nuestro poeta más premiado y uno de los más populares. Hace una poesía cercana, que hermana la cita culta y el lenguaje coloquial y está dotado de un fino sentido del humor. El resultado es un combinado muy interesante, que llega al lector de forma inmediata con juegos y guiños constantes a la cultura Pop y con temáticas y formas muy atrevidas. Por poner el ejemplo más reciente: en 2012 publicó un libro que comentamos aquí, El último gancho de Kid Fracaso, un libro que tomaba como tema el mundo del boxeo, cosa poco frecuente en poesía. Y ahora, después de un largo recorrido por la transgresión formal, nos ofrece una sorpresa: un libro de sonetos que alternan la ternura y la sonrisa. Pero te dije que este libro (que es ya en sí mismo el regalo perfecto) venía con regalo. Yo diría más bien «regalos», porque incluye un cedé y un deuvedé, dando cuenta del trabajo de Andrés Molina, quien musicalizó veinte de los treinta y seis sonetos que forman e este libro, editado por viene con cedé y con deuvedé. Tanto el cedé como el deuvedé dan cuenta de la sesión del año pasado en el Teatro Leal de La Laguna en la que Flores y Molina ofrecieron un espectáculo acompañados del pianista Samuel Labrador (no hago crítica musical, pero el trabajo de Labrador merece mención aparte).

Así pues, esta semana, poesía por partida doble y poesía canaria, de la buena y editada por editoriales independientes: Trasmallos, de Santiago Gil, Madrid, Ediciones de La Discreta, 90 páginas y El hombre que bebió con Dylan Thomas, de Pedro Flores (libro–disco con Andrés Molina y Samuel Labrador), El Ángel Caído Ediciones, 38 páginas, que además trae disco y deuvedé.

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Gallina que canta, gallina que pone

21 04 2013

Es domingo por la noche y mi pareja no está. Así que me voy a poner un poco autobiográfico. No demasiado. Diez minutitos. No más. Lo prometo.

Imagen original de Fernando Montecruz.

Imagen original de Fernando Montecruz*.

Nací en 1971 en el barrio de Escaleritas (en la zona más humilde, la de los bloques del Patronato Francisco Franco) de Las Palmas de Gran Canaria. Soy el menor de los tres hijos de Josefa Betancor Santana y José Ravelo del Rosario, una modista y un recepcionista de hostal (él antes había sido cambista de novelas, escribiente y hasta marinero). Ya sabes, aquellas familias que tenían una Biblia y una enciclopedia Acta 2000 comprada a plazos, esas familias de bocadillo de aceite y azúcar y cine de barrio cuando se podía.

Cuando acabé la Educación General Básica yo quería estudiar periodismo (había visto Lou Grant). Pero en mi ciudad no había universidad aún y mi familia nunca hubiera podido pagarme una carrera. Así que mis padres me sentaron en el recibidor y me dijeron que no podía estudiar BUP y COU, que sería mejor que estudiara FP, construcciones metálicas. Si me convertía en un buen soldador, mi padre quizá podría conseguirme un trabajo en los muelles, como calderero. Yo también había visto Calderero, sastre, soldado, espía, así que lo intenté. Igual me reclutaba el Foreign Office. Pero los reclutadores no aparecieron, mi torpeza alimentó mi desinterés y poco tiempo más tarde ya estaba trabajando en bares, poniendo copas y metiendo dinero en una casa que abandoné antes de cumplir los 18. Lo único que me llevé siempre de una casa a otra en las muchas mudanzas que siguieron fueron mis libros, comprados de segunda mano o robados. Eso y el cariño de mis amigos, porque unos y otros eran lo único que me sacaba espiritualmente de la miseria material que me rodeaba.

Durante años, procuré darme una formación mientras ponía copas (no voy a mentir: también me bebí algunas, mezcladas con otras sustancias igualmente deleznables). Hice mi bachillerato, oposité (aprobé alguna oposición, pero jamás conseguí plaza) y asistía a talleres siempre que podía. Finalmente, accedí a hacer la carrera de Filosofía Pura en la UNED. No la acabé, por diversos motivos entre los que se incluyen los económicos, pero me encantaba.

Al mismo tiempo (para mi desgracia) iba aprendiendo que más vale decir lo que tienes que decir aunque eso suponga que vas a morirte de hambre; que a los poderosos no se les repeta, se les vigila; que no valía la pena dedicarte a este oficio si tenías que ir por ahí lamiendo culos y mendigando subvenciones, y agarrándote pataletas si no te las daban, que era lo que se estilaba en épocas pasadas. En los últimos 15 años en la hostelería, conocí a muchos escritores mayores que yo que fueron muy benévolos y generosos conmigo. Muchos de ellos me ayudaron: me permitían participar en las revistas que ponían en marcha, me animaban a continuar, o se ofrecían a presentar mis primeros pinitos literarios. Carlos Álvarez, Dolores Campos-Herrero (ella, hoy fallecida, una vez me llamó francotirador, y ese ha sido el elogio más lindo que nadie me haya hecho), Emilio González Déniz, Antolín Dávila, Eugenio Padorno o Alicia Llarena (Alicia no es mucho mayor que yo, pero ya gozaba de prestigio), se cuentan entre otros muchos.

Al fin, tuve suerte: gracias a la intermediación de Antonio Becerra (que me ha enseñado las mejores cosas que he aprendido) un día publiqué una novela con una pequeña editorial que empezaba. No teníamos (ni el editor ni yo) dinero para promociones, ni hubo gran impacto en los medios de comunicación ni contábamos con apoyo institucional. Sin embargo, la novela se vendió bien y empezó a tener buenas críticas. El público la respaldó y, sin que nosotros lo supiéramos, los profesores de enseñanza media comenzaron a recomendarla como lectura a alumnos a quienes además les gustaba. No había trampa ni cartón, no había apoyo institucional, sino una comunicación inmediata entre texto y lectores. Si hay algo de lo que esté orgulloso es precisamente de eso.

A partir de entonces, seguí publicando libros. Unos con mayor éxito que otros. Pero uno nunca ha de quejarse: hay que tener humildad para aceptar los fracasos. Igual que hay que tener humildad cuando algún gestor no cuenta contigo para un evento: a veces es cuestión de medios materiales; otras se trata, simplemente, de que no das la talla (y hay que aceptarlo). Hubo, por ejemplo, algún encuentro de novela negra al cual no fui invitado. Hubo, también, campañas institucionales en las que se usaba dinero público para traducir a autores canarios a otros idiomas. Nunca me quejé, porque quizá alguien hubiera podido decirme (acaso no sin razón) que mis obras no estaban a la altura.

En cualquier caso, a partir de que dejé la hostelería para dedicarme a la escritura, muchas veces las instituciones me hicieron encargos. No muchos, pero sí interesantes: talleres literarios, actividades de animación a la lectura, etc. Cosas en mi opinión útiles a la ciudadanía. Jamás en mi vida pedí una subvención o una beca “para desarrollar mi obra” o solicité que alguien publicara mis obras con dinero público. Siempre he pensado que ese uso del dinero público para el lucimiento personal es muy poco serio y mucho menos ético.

Tampoco tuve nunca que dejar de decir lo que pensaba en política para que una determinada institución me hiciera un determinado encargo. Nunca fui vocero de partido alguno ni mentí sobre mis convicciones para que me dieran trabajo.  Y, si sigues este blog, sabrás cuáles son esas convicciones políticas. Eso supuso que algunas instituciones no me llamaran para trabajar, pero que, cuando alguna solicitaba mis servicios para aportar un texto a un volumen, impartir un taller o diseñar una actividad de dinamización lectora, era porque realmente pensaba que era una persona competente para esos fines y, en cualquier caso, sabía que llamaba a una persona independiente que no se callaba ni debajo del agua. Y en esto incluyo a la izquierda, a la derecha, al nacionalismo, a los Rosacruces y a la Santa Inquisición.

Hace un par de semanas, Cristian Jorge Millares, de la Librería del Cabildo Insular de Gran Canaria, se puso en contacto conmigo para invitarme a una firma colectiva de libros el 23 de abril. Me consta que el año pasado, en ocasión similar, intentó contar conmigo, pero no le fue posible porque yo no entraba en el programa. Eso no me molesta. De hecho, esos días son días de locos para mí, como para la mayoría de mis compañeros. Estar activo, trabajando y creando tiene esos inconvenientes que, por otro lado, aparejan el agradable contacto directo con los lectores, esas personas que deciden emplear su tiempo en escuchar lo que dices. Este año, en concreto, tengo un taller, una entrevista radiofónica y otra firma de libros en otra librería. Pero acepté gustoso la invitación, porque Librería del Cabildo solo tenemos una y porque, qué carajo, hay invitados compañeros a los que hace mucho que no veo.

Sin embargo, hoy me sorprendo al leer este texto de Luis León Barreto. Precisamente de Luis León Barreto. Al parecer, está molesto porque no ha sido invitado a firmar. Habla de sectas, de elegidos, de cainismo y de no sé qué problema que tuvo con Luz Caballero. Personalmente, creo que Luis se equivoca.

Es más, este exabrupto suyo (y otros recientes) me recuerdan a aquellas malicias infantiles, cuando a alguien se le escapaba un gas en la fila y, para ahuyentar sospechas, procedía a quejarse del mal olor. En esos casos, el resto de la clase ponía en evidencia su argucia  con un sencillo y eficaz estribillo: “Gallina que canta, gallina que pone”. Porque la verdad es que entre mis compañeros de generación y entre otros autores mayores (los antes mencionados y muchos otros más) no observo esas luchas cainitas, muy características, eso sí, de la época en que él estaba en la cima.

De hecho, observo todo lo contrario: un trato cordial y bastante generoso. Nos alegramos de los éxitos ajenos e incluso, si podemos, contribuimos a ellos. Apoyamos, siempre que podemos, a los que van empezando y respetamos muchísimo el trabajo de los demás. Por mi parte, desde estas y otras tribunas, hablo siempre que puedo de libros canarios y hablo bien de ellos si se lo merecen. Si no se lo merecen, prefiero siempre guardar un discreto silencio, porque no me gusta mentir a mis lectores, pero también sé (me atrevería a decir que lo sé mejor que nadie) lo difícil que es abrirse camino en la vida disparando letras.

No obstante, como ya le he comentado al interesado en su propio blog, creo que la polémica tiene fácil solución. Ya que el problema es un problema de espacio físico, cedo muy gustosamente mi turno a Luis León Barreto. Es el turno de 17:30 a 18:30. En la Librería del Cabildo. Así yo dispondré de una hora libre en ese día tan ajetreado para repasar mis clases o incluso tomarme un café con algún amigo y Luis disfrutará de ese puesto que, al parecer, él se merece.

Se me han acabado los diez minutos de autobiografía. Para cotilleos, ya ha habido de sobra. Ahora leeré un rato antes de dormir. Hoy me apetece algo canario. Algo de Santiago Gil, de Ángeles Jurado, de Pepe Correa, de Antolín Dávila, de Paula Nogales, de Carlos Álvarez, de Antonio Lozano, de González Déniz, de Leandro Pinto, de González Ascanio, de Víctor Ramírez… No lo sé, hay tanto y tan bueno donde elegir.

* La imagen que ilustra este post es del gran Fernando Montecruz, quien me la regaló hace unas semanas y me autorizó a utilizarla si yo lo creía oportuno y se daba una oportunidad conveniente. Sí, fue un regalo. Para que luego hablemos de cainismo entre creadores canarios.




Media docena de libros

18 03 2013

Que la vieja guardia diga lo que quiera, pero los autores canarios que no viven de las rentas ni de premios ni subvenciones no se quedan callados. Esos, los que trabajan, los que se leen entre sí y no conocen la envidia más allá de la que les sirve para superarse desde el afecto, continúan produciendo y creando, sin bilis, con ingenio, con dedicación y esfuerzo.

Esta semana se presentan cinco (¡cinco!) nuevos títulos, coincidentes, además, con la aparición de El Quijote tuneado, una adaptación escolar de la novela imprescindible de Cervantes.

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Quienes conocemos a Victoriano Santana, sabemos que es un cervantófilo de pro y un educador de primera, así que si hay alguien capaz de enfrentar con éxito esta primera adaptación escolar del clásico en Canarias, ese es él. El volumen viene ilustrado por Nuria Santana. No he visto este trabajo aún, pero conociendo otros trabajos de esta ilustradora, sospecho que vale la pena.

En cuanto a las presentaciones, tenemos de todo. El jueves 21, nos invaden los tinerfeños, con dos novelas muy diferentes, y nosotros nos dejaremos invadir, porque siempre nos traen aire fresco y buen ambiente.

La primera, cronológicamente, es la presentación de La casa Lercaro, de la serie Ira Dei de Mariano Gambín. Será a las 19:30 en Ámbito Cultural. Gambín, abogado e historiador, comenzó la publicación de sus novelas de misterio histórico con Oristán y Grociano y ahora está en el mercado nacional con Roca Editorial. Por estos pagos se le aprecia, así que lo acompañará en la puesta de largo uno de nuestros tipos duros, José Luis Correa, que acaba de presentar Blue Christmas, lo más reciente de Ricardo Blanco.

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Y justo ese día, en el Gabinete Literario, el no menos querido Pablo Martín Carbajal nos trae su nueva novela (por mis cuentas, la tercera, pero bien puedo equivocarme, porque cito de memoria): La felicidad amarga. Publica Ediciones Irreverentes. El acto empezará a las 20:00 y en él no solo habrá literatura, porque Pablo cuenta, además de con la presencia de Ignacio del Valle, con la colaboración de Andrés Molina, ese señor que ha recorrido una larga trayectoria desde el Taller Canario hasta aquí, muchas de cuyas canciones no consigo quitarme de la cabeza.

Cartel Felicidad amarga

Eso será el jueves. Si sobrevivimos, el viernes 22 no hay dos citas, sino tres. Y estas también al mismo tiempo.

A las 20:00, en el Museo Poeta Domingo Rivero, Nira Rodríguez presenta su primer libro de poesía, editado por Vitruvio: Hacerse la muerta. De todos los libros que menciono en esta entrada, es el único que tengo ya entre las manos y puedo decir ya que huele y sabe estupendamente, con un aire a intimidad y a sutil erotismo. El presentador del libro es un tipo al que quiero, admiro y envidio en proporciones similares: Santiago Gil.

nira

Y también Vitruvio publica Ciento volando, un libro de mi no menos querida y admirada María del Pino Marrero Berbel, que últimamente no para de trabajar. Ella también va a estar bien acompañada, porque sus maestros de ceremonias son el biólogo Fernando Cabrera y ese gustazo de mujer que es Alicia Llarena.

invita berbel

Y, casi al mismo tiempo, a partir de las 19:30, en la Librería Sueños de Papel, algo completamente diferente, como hubiera dicho John Cleese en Flying Circus: Red Zone, de la joven, aunque sobradamente preparada Macu Marrero. Es la cuarta novela de esta chica sangrienta, que con su propio nombre o con el seudónimo de Greta Spaulding, escribe historias inquietantes o directamente terroríficas. Además, el presentador es uno de mis favoritos de entre los autores de la nueva hornada: Leandro Pinto, ese tipo sospechoso de leer a Faulkner. Edita Dolmen, que nada menos.

portada de Red Zone

Así pues, clásicos, zombis, poesía, misterios históricos y novela intimista. Y seguro que se me quedan libros y citas atrás, porque casi cada semana aparecen nuevas escrituras de nuevas firmas. Firmas jóvenes y firmas veteranas. Escrituras de género y escrituras inclasificables. Todo al mismo tiempo y todo digno. Porque, diga lo que diga la vieja guardia, en Canarias se produce mucho y se produce bien.





Vaya semanita que te espera

27 11 2012

“Luego me dirás que aquí nunca pasa nada”, acabo de soltarle a Eladio Monroy. Él se ha quedado un momento mirándome de perfil, como los loros, y ha continuado leyendo esos folletos que acabo de pasarle. Supongo que intenta ordenar la información, organizarse la agenda, calcular cómo va a compaginar todos esas actividades, a las que le apetece ir, con las citas que tenía ya apalabradas para esta semana, porque le debe una cena al Chapi y al Dudú, que le acaban de preparar a Naranjito para pasar la ITV, y además había quedado en ir al Monopol con Gloria para ver una peli francesa. Ahora a la Gloria le ha dado por el cine francés y Monroy se deja arrastrar al cine, siempre que la peli no sea de Eric Rohmer, que para ver pelis de ese tío, prefiere el vídeo de la boda de la hija de Matías, que por lo menos siempre saca una birra y una lata de berberechos.

-A ver si me aclaro: lo de Pepa Aurora es mañana, ¿no?

Le digo que así es. Mañana miércoles, a las ocho de la tarde, en el Club La Provincia (antiguo Club Prensa Canaria), se presenta un libro que ya tengo yo en casa, porque se lo robé a Gloria en un despiste: Literatura infantil y juvenil en Canarias.

El libro lleva el subtítulo “Apuntes para una historia” y, precisamente, eso es lo que es: un repaso a la literatura destinada a los más menudos en las Islas, desde los romances y estrofas que recitaban en las escuelas de la posguerra hasta los autores que han surgido en la última década. Pero este repaso ha sido realizado nada menos que por Pepa Aurora, maestra, escritora y cuentacuentos que lleva toda la vida entregada a esos tres oficios y, por tanto, los conoce como las líneas de sus manos.

Eladio asiente y yo puedo leer en su rostro que ya está seguro de ir mañana al Club Prensa (como él lo sigue llamando). Además, solo tiene que bajar a la calle y doblar la esquina, así que trabajo no le costará. Pienso que piensa eso, pero en realidad ya está pensando en el jueves.

El jueves 29 de noviembre, esto es, pasado mañana, en el Museo Domingo Rivero, Rafael Franquelo presenta Amador Onuba en Valladolid.

A Monroy los ojos se le espantan: “Carajo, ¡Rafael Franquelo! Dieciocho los ojos…”.
Y es que sí, yo también me llevé una sorpresa al enterarme, porque hacía mucho que no sabía de él. Sé que Monroy no va a perdérselo. Además, el Museo Domingo Rivero está en la mismísima calle Torres, en el número 10, y el acto es a las ocho de la tarde, como el de mañana. “Pasas a recoger a Gloria por la librería, te la llevas a la presentación y, cuando termine, puedes ir a la última sesión del cine”, le digo, adivinándole el pensamiento.

-Inútil eres e inútil vas a seguir siendo toda la vida -me dice a modo de respuesta-, pero para organizarme la tarde te das maña. Ahora: con lo del viernes tenemos un problemón.

Y, es cierto: el viernes 30 de noviembre, tenemos un problemón, porque se nos mezclan dos cosas: la Noche Bohemia de Schamann y la presentación del nuevo libro de Santiago Gil.

Santiago Gil presenta su última novela en Ámbito Cultural, a las 19:30. Lo nuevo de Gil se titula Yo debería estar muerto.

“¿Es la autobiografía de algún directivo de Bankia?”, me pregunta Monroy. No pienso ni contestarle, porque, además, sé que lo hace por joder, que no se pierde nada de lo que publica Santiago y que, seguramente, me pondrá los cuernos el viernes y se irá para Mesa y López después de pasarse por Schamann por cumplir, como en los velatorios. Lo sé porque, después de releer la información sobre el evento del viernes, dictamina:

-Chacho, lo de Schamann es un trifostio de nombres y de horarios.

Ahí no le puedo quitar la razón. En la Noche Bohemia de Schamann, el viernes, intervendremos muchos y hasta la medianoche.

La cosa será en el número 43 de la calle Pedro Infinito, y empezará a las 18:00, con un encuentro con Susy Alvarado y José Luis Correa. No se trata de la típica mesa redonda que al final resulta ser cuadrada, sino de una reunión informal y abierta con los lectores.

Luego, a las 20:30 será “Entorno a Galdós, en torno a Galdós”, el taller, impartido por Carlos Álvarez, y que durará hasta las 22:30.

-¿Y a este taller puede ir cualquiera? -me pregunta Monroy.

Le respondo que hay una inscripción previa, que hay un cupo de 20 talleristas, que hay que apuntarse antes del jueves enviando un correo a tallerliterario@schamannbohemia.es.

Por último, después de este taller, habrá un último encuentro con lectores que durará hasta medianoche (y que, conociéndome como me conozco al personal, puede que se prolongue en algún bar que dé cerveza fresquita). Ahí estaremos Alicia Llarena (de quien Eladio opina que es una de las cabecitas mejor amuebladas que hay por estos pagos), Carlos Álvarez y yo mismo, reuniéndonos con los lectores que podrán preguntar, opinar o, incluso, llegado el caso, ponernos a parir, si les apetece.  Vamos, que, como diría Monroy, echaremos un ratito y unas parrafiadas y, si se tercia, unos enyesques, que no todo va a ser darle a la sinhueso.

Monroy hace sus cálculos.

-La verdad es que puedo bajar a lo de Santiago Gil y luego subir para oír a Alicia.

Ahora sí que le pongo morros. ¿De modo que no vale la pena subirse a Schamann para oírnos a Carlos y a mí?

-Carajo, Ravelo, no te me pongas prima donna, que te tengo muy catao. Al flaco Álvarez y a ti los tengo muy oídos: que si la novela negra, que si la corrupción, que si Chandler y que si Jim Thompson. Está bien, pero para un ratito. Además, ¿tú sobre qué carajo piensas hablar?

-¿Sobre qué va a ser? Sobre ti, melón. Pensaba hablar Sobre ti y sobre cómo ves la ciudad.

-Pues eso.

Monroy visto por Montecruz





Domingo Rivero, visible poeta secreto

21 03 2012

Hoy, Día Mundial de la Poesía, me entero (por los amigos Santiago Gil y Juan Carlos de Sancho) de una buena noticia: ha sido inaugurada por fin la Casa Museo Domingo Rivero. Sabía de la existencia del proyecto, del esfuerzo de algunas personas, entre ellas Pepe Rivero, su descendiente directo, por conseguir que viera la luz. Se encuentra situada en el número 10 de la calle Torres y ahora ya está abierta (esta misma semana hay un ciclo de conferencias en ella).

Me resulta agradable pensar que está ahí (tan cerca del Gabinete Literario, de la Casa Museo Pérez Galdós, de algunas librerías que frecuento con avidez, del busto de Cairasco y el monumento a Juan Negrín), visibilizando al poeta invisible, al maestro tímido y humilde que el tiempo nos ocultó.

Si no sabes quién es Domingo Rivero (ay, esa cabecita, tan llena de vampiritos y best sellers suecos y tan vacía de la poesía cercana) te contaré que este señor nació en Arucas en 1852 y se dedicó profesionalmente al Derecho. Después de vivir en Sevilla, Madrid, París y Londres, se instaló en Las Palmas, donde entró a trabajar en la Audiencia Territorial, primero como relator y luego como Secretario de Gobierno.

Y un buen día, ya a los cuarenta y tantos años, publicó un pequeño poema en la prensa local y dejó fascinados a sus contemporáneos, que no tenían, en general, ni idea de que aquel señor tan serio fuera poeta y, mucho menos, un poeta tan interesante.

Al contrario de la mayoría de los poetas clandestinos (que en realidad no lo son, porque  aprovechan la menor oportunidad para atacarnos a traición con sus trabajos) Rivero era muy moroso en sus publicaciones. Aunque era contemporáneo y amigo (el amigo mayor) de Tomás Morales, Alonso Quesada y Saulo Torón, él no gozó de su fama. Antes bien, era un poeta secreto, que mantenía su trabajo en el ámbito de la intimidad, aunque de vez en cuando algún amigo o su propio hijo le robaban algún poema y lo publicaban en la prensa. Ya mayor, su hijo Juan le convenció para publicar una selección de sus poemas. Pero, justo cuando estaba a punto de acabarla, Juan murió. El proyecto fue desechado y el propio Rivero falleció en 1929 sin haber publicado más que algunos poemas sueltos en la prensa.

Por esos y otros motivos hemos tardado mucho en dar con él. Los canarios de mi generación lo conocimos gracias a los rescates que de su obra realizó Eugenio Padorno: una selección de Poesías en Biblioteca Básica Canaria y En el dolor humano, la edición de su poesía completa publicada por el ayuntamiento de su ciudad natal. El público nacional lo descubrió con Yo, a mi cuerpo, ese fogonazo de buena poesía formado por la treintena larga de poemas publicada bajo el título de su pieza más célebre. Ese pequeño y hermoso libro fue publicado por Acantilado en 2006 y deslumbró a los críticos de los suplementos culturales nacionales, esa gente que de ordinario ignora tanto a los canarios.

En mi opinión, la poesía de Domingo Rivero se caracteriza por dos rasgos sobresalientes: la sencillez y la profundidad. Con frecuencia, sus motivos son asuntos cercanos: una silla, el mobiliario de una casa, un muelle, el propio cuerpo. Pero el poeta los utiliza para explorar la relación del ser humano con el mundo, la corporeidad y la espiritualidad, el paso del tiempo y la necesidad de trascender ante la imposibilidad de evitar el fin biológico. Simplemente, y sin grandes alardes líricos, siempre nos comunica una emoción y una verdad inasibles.

El encuentro con Domingo Rivero es siempre el asombro, la fruición, el gozo de saber que aún existen versos que no conocías y que pueden reconciliarte con la poesía. Yo me encontré con Rivero por azar propiciado por los trabajos de Padorno. Tú, si aún no lo conoces, lo tienes todavía más fácil: hoy es el Día Mundial de la Poesía, el tiempo ha mejorado y tienes ahí, tan cerca, la Casa Museo Domingo Rivero. Pretextos no faltan. Buenos versos tampoco.





El Laboratorio Creativo de Anroart

12 07 2010

El pasado 8 de julio finalizó la primera edición del Taller de Literatura Anroart (TLA para los amigos). Hasta esa fecha y desde el pasado mes de octubre, una veintena larga de personas de ambos sexos y de todas las edades, se reunieron semanalmente durante dos horas (y trabajaron de forma individual muchas horas más) en este taller teórico-práctico de introducción a la narrativa.

Algunos de ellos son escritores en germen o autores clandestinos; otros ya han hecho sus primeras incursiones en el mundo literario, mediante volúmenes colectivos o premios de diversa índole. Pero a todos les une la misma curiosidad, el mismo afán formativo, la misma inquietud: la de crear mundos de ficción que se parezcan sospechosamente a este que transitamos juntos día a día.

Al hilo de mis peroratas interminables (y de algunas charlas interesantes, realizadas por profesionales de valía en sus respectivos campos) reflexionaron sobre algunos de los aspectos esenciales de la narrativa analizando textos eminentes, extrayendo las técnicas que les confieren singularidad y aplicándolas a sus propios trabajos.

El proyecto del TLA surgió el año pasado por estas fechas, de una conversación entre Jorge Alberto Liria, director de Anroart Ediciones y de quien esto escribe, en la que hablamos de dos necesidades importantes y complementarias:  la de proporcionar a los nuevos autores técnicas útiles para aumentar la calidad de sus originales y la de establecer un taller estable que permitiera profundizar en la materia que yo trato habitualmente en los talleres que imparto en otros foros.

El resultado de esa conversación fue un taller de ocho meses de duración, concebido como un curso de introducción a la escritura narrativa, siempre asumiendo una perspectiva no académica. Ese mismo taller que acaba ahora y en el cual se han tocado temas esenciales a partir de obras de importancia capital, desde el Poema de Gilgamesh a Veinticuatro horas en la vida de una mujer, pasando por El extranjero, Ficciones o La espuma de los días. Los aspectos estructurales del cuento y la novela (puntos de vista, desarrollo de conflictos, diseño de personajes, tratamiento del tiempo y del espacio, composición) se han combinado con algunos recursos que es imprescindible dominar (el diálogo, el monólogo, la organización argumental) y con diversas técnicas útiles (la prolepsis y la analepsis, la muñeca rusa y el cuento-receta, el Logo Rallye y el binomio fantástico), además de reflexionar sobre las especificidades técnicas de diversos subgéneros muy populares en la actualidad, como la novela negra o la novela histórica y todo ello complementado, además, por los seminarios ofrecidos por Sergio Hernández, Aitor Guezuraga, Ángeles Jurado, Nayra Pérez, Santiago Gil y Jorge Alberto Liria, sobre orto-tipografía, escritura cinematográfica, escritura en blog, poesía hispánica, periodismo literario y edición.

Ahora, al finalizar esta primera edición del TLA (esta experiencia piloto que no era más que el primer paso de un viaje que esperemos sea largo), hemos decidido no sólo que se trataba de algo útil, sino que además vale la pena continuar y ampliar la oferta. Por eso estamos trabajando en una programación más amplia y en un proyecto de más largo recorrido, que tenga como espina dorsal el TLA, pero englobe algunas otras materias: el Laboratorio Creativo Anroart. En breve inauguraremos un sitio web desde el cual informaremos de la programación de la próxima temporada y de las actividades previstas para el verano. Pero puedo adelantarte ya que la matrícula para la edición 2010-2011 del TLA se abrirá en la primera semana de septiembre.

Ha sido un curso de pequeñas satisfacciones semanales, de grandes sorpresas y de mucho aprendizaje, tanto para los participantes en el taller como para quien lo impartió. Sí, porque lo más importante de esta actividad ha sido, precisamente, la participación, el esfuerzo y la dedicación de quienes han hecho posible que este Laboratorio Creativo de Anroart (que aún no se llamaba así pero ya era lo que será) comenzara con tan buen pie. Desde aquí quiero expresar mi agradecimiento a todas y cada una de esas personas (incluidas las cinco que por motivos laborales o personales no pudieron finalizar la temporada). A quienes sí pudieron, aprovecho para decirles que nos veremos, espero, muy pronto, en el taller avanzado que comenzará en octubre, para continuar diciendo asombro donde los demás dicen solamente costumbre (conseguí llegar al final de esta entrada sin citar a Cortázar, pero ya saben que es difícil no citar a Borges).





Más para la egoteca

10 04 2010

Alexis Ravelo: Los días de mercurio (La iniquidad II), Anroart Ediciones, 185 páginas. ISBN: 978-84-92628-61-2

Alexis Ravelo: Los días de mercurio (La iniquidad II), Anroart Ediciones, 185 páginas. ISBN: 978-84-92628-61-2

Los días de mercurio lleva unas semanas en la calle y ya han aparecido algunas críticas y reseñas, además de una entrevista en .38.

Por si tienes un rato, por si te apetece, por si no tienes nada mejor que hacer o por si quieres saber qué opiniones hay sobre el libro antes de gastarte los cuartos en él, te adjunto enlaces a las entradas de blogs y páginas webs de los artículos o sus versiones digitales. Vaya desde aquí, además, mi agradecimiento a los autores, por tratarme así de bien.

Entrevista firmada por Jokin Ibáñez en .38.

Los días de mercurio según Santiago Gil (también aparecida en Pleamar, de Canarias 7, el miércoles 7 de abril de 2010).

Alexis Ravelo escribe novelas de amor, por Javier Doreste, en Canarias Social.

Los días de mercurio en Across The Universe, por Nisa Arce.








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