El susurro y la sonrisa: La palabra mágica

26 02 2017
lapalabramagica

La palabra mágica, Augusto Monterroso, Barcelona, Navona, 145 páginas

Navona recupera para Los ineludibles (esa colección hasta ahora casi perfecta) La palabra mágica del guatemalteco (nacido en Honduras y exiliado en Chile y México), Augusto Monterroso. Yo lo leí por primera vez, creo, hacia finales de los años noventa. Hoy he vuelto a disfrutarlo como en aquella ocasión. Supongo que más.

El maestro de lo breve, célebre por firmar uno de los microrrelatos más imitados de la historia («El dinosaurio») publicó originalmente en 1983 este libro que, como todos los suyos, es conciso, bello y luminoso, lleno de senderos que conducen a los grandes temas, pero también a rincones donde la erudición y la ironía se combinan para desenmascarar tanto la banalidad de los academicismos inútiles como la vacuidad del discurso de ciertos mercaderes de la palabra. Siempre con ese estilo suyo, leve y limpio, que es como un discurso susurrante y sonriente al mismo tiempo.

Reflexiones sobre el oficio de la traducción (o la imposibilidad de ejercerlo), sobre las obras y biografías de Horacio Quiroga, Ernesto Cardenal o William Shakespeare o sobre el auge de las novelas sobre dictadores durante el boom latinoamericano (con especial atención a Miguel Ángel Asturias) conviven en las páginas de este volumen con un hilarante texto acerca del «género obituario», con el relato sobre una cena soñada a la que habrían de asistir, entre otros, Bryce Echenique, Julio Ramón Ribeyro, Bárbara Jacobs y ¡Franz Kafka! o con algunos de esos cuentos de los que solo él era capaz («De lo circunstancial o lo efímero…» y «Las ilusiones perdidas»).

El resultado, como siempre que el lector se acerca a Monterroso, son unas cuantas horas de puro placer que abren la puerta a la lectura o relectura de otros muchos textos, mientras vuelve a mirar desde puntos de vista diferentes algunos problemas que le han preocupado o, al menos, ocupado, desde que comenzó a leer.

Cuando surge el asunto de Monterroso, de los textos de Monterroso, de las conferencias y las mesas de debate y las anécdotas de Monterroso, suelo convertirme (todavía más) en un pesado insoportable y hablo de él durante horas y horas, haciendo exactamente lo contrario de lo que solía hacer él. Al comenzar esta entrada me propuse lo contrario: ser (como decía Calvino que el propio Monterroso era) misericordiosamente breve, así que inserto aquí ya ese punto que él tanto odiaba y respetaba. Los lectores de Monterroso (esa secta que susurra y sonríe) me entenderán.





Un hombre que era cualquiera

1 12 2013

fuego

Ya han cesado las sirenas y los disparos. Solo se escuchan gritos, silbidos. A veces risas y hasta canciones. Abajo, en la calle, la muchedumbre bulle como un hormiguero que hubiera decidido una sacudida y se revolviera en oleadas de amor. Del hombre que provocó todo esto no sabemos mucho. Ni siquiera el nombre. Hay imágenes suyas que lo muestran borroso, uno más, una figura que podría ser la de cualquier hombre de mediana edad, vestido con pulcritud y discreción (las otras, las posteriores, he preferido siempre no examinarlas directamente: son solo un borrón indeseable). Y, en realidad, ese hombre era eso: cualquiera de nosotros, aunque hoy circulen sobre él leyendas que hablan de militancia juvenil o de una vida académica ejemplar rota por el disenso o de una esposa fallecida por una enfermedad que la sanidad que antes teníamos hubiese podido curar.

El mito, en ocasiones, es más útil al entendimiento que la información objetiva, porque hay cosas muy difícilmente comprensibles desde el rigor. Una de ellas es que aquel hombre no tenía nada de especial ni de heroico, que incluso podría habérsele descrito como un hombre gris y aburrido. Un hombre tirando a bajito y nada apuesto. Tampoco especialmente valiente ni brillante. Un hombre que no había sufrido más que cualquiera de nosotros, pero tampoco menos. Un hombre, en fin, como cualquier otro hombre o mujer del país, como tú, como yo, como todos.

Pero al día siguiente de la promulgación de la última de las muchas leyes injustas que el gobierno dictó, el hombre condujo su coche hasta el centro y aparcó en medio de la plaza de la Presidencia, justo ante el Palacio Presidencial. Nadie sospechó nada cuando el hombre descendió del vehículo. Nadie sospechó que lo que había sacado del asiento de atrás era, además de una sábana perfectamente doblada, una garrafa de gasolina.

Solo cuando el coche comenzó a arder, la guardia de palacio se dirigió hacia el lugar. Ya era tarde: el hombre desconocido, el hombre que era cualquiera, tras alejarse unos pasos ya había extendido ante sí, en el suelo, la sábana, y había retrocedido para inmolarse junto a la bola de fuego en la que se había convertido el auto.

En los partes oficiales se habló de locura, de radicalismo, de inadaptación. Pero las autoridades no pudieron evitar que un fotógrafo no menos anónimo retratara la escena y difundiera la imagen de los restos, junto a la sábana en la cual el hombre había rotulado su mensaje final, tan sencillo como claro.

En pocas horas, todo el mundo había leído ya ese mensaje.

Esa misma noche, comenzaron las primeras manifestaciones que, desautorizadas por el gobierno, pronto se convirtieron en revueltas.

Mientras escribo esto, los incendios que asolan los edificios del gobierno aún apuñalan la noche. Y los gritos, las risas, las canciones, no cesan.

Dentro de un momento me uniré a la marea que, incesante, se dirige hacia el centro de la ciudad gritando (como no ha dejado de gritar desde hace semanas), la última frase escrita por el hombre gris que se sacrificó para que fuera posible este nuevo mundo, aquel hombre que era cualquiera y que, mientras se prendía fuego a sí mismo, gritaba lo mismo que había escrito en la sábana, su último mensaje, ese grito que ahora nos iguala a todos: O la justicia o el fuego.





Entre la calima: seis cuentos made in Canarias

29 01 2013

En su momento, apareció en papel el volumen Taller de cuentos, un libro en el que recogíamos el trabajo de los participantes en el primer Factoría de Ficciones en la Biblioteca Pública del Estado (cuando las aguas vuelvan a sus cauces presupuestarios, seguramente será posible hacer algo similar con los talleristas de las siguientes ediciones); también, hace algún tiempo, publicamos digitalmente un curioso trabajo: Las voces de Lázaro, una relectura del clásico anónimo escrita colectivamente por la primera promoción del Laboratorio Creativo Anroart. Aunque este foro cesó en su actividad el curso pasado (por el momento) sus integrantes continúan trabajando y algunas talleristas de la segunda promoción andan aún enfrascadas en un proyecto ambicioso: la escritura de una novela que mantiene el título de Los rostros de Miranda. Mientras, hemos podido maquetar y publicar digitalmente (por el mismo medio empleado para difundir Las voces de Lázaro), Entre la calima, un volumen colectivo escrito por los integrantes del Taller de Introducción a la Narrativa de aquel Laboratorio.

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Entre la calima utiliza como pretexto narrativo ese periódico y notable fenómeno tan característico del ámbito geográfico que habitamos. Con ese leit motiv, seis autores de edades, formación y estilos muy distintos han hablado de paisaje, pero, sobre todo, de seres humanos,  ofreciendo, a través de sus ficciones, seis miradas distintas y peculiares a una misma realidad. El resultado final combina el humor, la intriga, el erotismo, la reflexión y la sorpresa, en cuentos que surgen del asombro frente al mundo, de la fascinación ante lo cotidiano.

Si quieres leer este libro breve pero intenso, solo has de hacer clic aquí. Algunos de sus autores ya han publicado textos e, incluso, recibido algún premio. Otros han sido hasta hoy escritores y escritoras clandestinos. Pero todos y cada uno se me antojan voces interesantes,  frescas y significativamente competentes, acaso mucho más que algunas firmas de las que pueblan los escaparates de las librerías.

Personalmente, me siento muy orgulloso de todos y cada uno de ellos, de su trabajo humilde, serio y constante a lo largo de los meses en los que trabajamos juntos y, sobre todo, me siento muy honrado por haber tenido la oportunidad de convivir con ellos en ese espacio lleno de análisis, debates y literatura.





Para imaginar cómo será

8 01 2012

Para imaginar cómo será tendría usted que sentarse en su sillón favorito, fijar cuidadosamente las plantas de los pies en el suelo, posar las palmas de las manos sobre los muslos, cerrar los ojos, respirar hondo, y soltar el aire lenta, muy lentamente. Y, cuando ya los pulmones se hayan vaciado y no quede aire que soltar, negarse a inspirar nuevamente y aguantar, aguantar la hondura de plomo en el pecho, la quemazón de la ausencia. Entonces, abrir los oídos y sentir el tictac del reloj, los recuerdos de infancia que vuelven (esa cicatriz del tobillo, aquella bicicleta roja de timbre metálico, los polvos de talco, las bolas de alcanfor del armario sentenciado a muerte por la carcoma), los recuerdos de adulto que se van, un gato que maúlla en algún rincón del barrio, la tos del vecino, las formas que se forman tras sus párpados: manchas verdes como esperanzas dormidas, manchas violetas como cardenales, manchas rojas como el jugo de una daga y azules como la muerte, porque la muerte es azul, finalmente, es azul, la muerte es azul. Y todo eso se irá alejando para siempre y dejará de existir porque usted habrá dejado de pensarlo y acaso de usted solo quede la ternura. Cuando vuelva a tomar aire y regrese al mundo, el mundo volverá a existir y usted sentirá consuelo, aunque habrá conseguido hacerse una idea, tener una representación a la que aferrarse si es usted de esas personas a quienes les gusta adelantar acontecimientos, porque será así, créame, así es como será.





Bossa nova

26 12 2011

Jan Gossaert: La metamorfosis de Hermafrodito y Salmacis

Si un hombre baja al centro de la ciudad y recorre una larga avenida que desemboca en los edificios más anónimos. Si una mujer sigue a cierta distancia sus pasos, oculta por la marea de automóviles y peatones de la soleada tarde de un jueves, apretando contra su cadera el bolso de piel que pende de su hombro. Si el hombre llega al portal de un edificio de apartamentos, abre con su propia llave y entra en el ascensor y pulsa con seguridad, casi automáticamente, el botón del tercer piso. Si la mujer se planta ante el mismo portal, preguntándose cómo hará para colarse en el edificio. Si entonces, cuando la mujer duda ante los pulsadores de los porteros automáticos, sale del edificio un señor de edad que, cortésmente, le cede el paso. Si la mujer entra en el ascensor, pulsa el botón del tercero con el índice de una mano que tiembla y se deja elevar mientras siente en el centro del pecho un vacío profundo, una esponja de aire sucio que la oprime. Si llega, finalmente, ante una puerta, esa puerta que ella ya sabía que estaría allí, esa puerta cuya letra lleva anotada en un papel que hay en su bolso, junto con la calle y el número del edificio y el número del piso, por la mano amiga que la ha puesto al día. Si en lugar de llamar al timbre acerca la cabeza, pega el oído a la puerta para escuchar y, en efecto, escucha al otro lado la música suave, probablemente bossa nova, y la voz reconocible del hombre a quien sigue y las risas y la otra voz, la voz algo aflautada de esa persona que aún no tiene rostro pero que lo tendrá, y será un rostro más joven, más hermoso, más apetecible que el suyo propio, todo lo cual lo hace, aun antes de verlo, abominable. Si al fin la mujer se decide a llamar a la puerta. Y si la puerta, tras unos momentos de duda, se abre y la mujer se enfrenta a ese rostro, que es un rostro de hombre, de hombre más joven que el hombre a quien ella ha seguido hasta esa puerta, un rostro desde el cual la miran unos ojos llenos de curiosidad que se torna incertidumbre cuando ella se queda helada, sin poder responder a la pregunta, sencilla y lógica, dada las circunstancias. Si ella se queda allí, parada, percibiendo la sequedad de sus labios que no pueden responder a esa pregunta, no pueden decir quién es ella y qué es lo que desea porque acaso ni siquiera ella misma lo sabe ya. Si del interior del apartamento surge una vaharada de música pensada para gozo de amantes, si ahora el rostro del hombre a quien la mujer ha seguido asoma también y reconoce a la mujer y comprende que ya no hay marcha atrás, que la verdad y el dolor se han adueñado del aire, si ya todo está perdido o todo está ganado en esa partida en la que ha apostado su vida y la de la mujer y la del otro hombre, si lo sabe cuando la mano temblorosa de la mujer se introduce en su bolso. Si la mujer ha vuelto a sacar la mano del bolso y ahora en ella hay un revólver.





Normas de conducta para encuentros casuales

11 05 2010

Es sólo cuestión de ser prudente, de adecuarse a las normas, de utilizar su sentido común.

Basta con no hablar con ese desconocido en la guagua. Con negarse a contestarle cuando él le pregunte cuál es la parada más cercana a la calle adonde usted se dirige. Por supuesto, no muestre su sorpresa y, mucho menos, se ofrezca a avisarle y a acompañarle hasta allí. Una mujer como usted, que aún no se ha acostumbrado a su recién reestrenada soltería es presa fácil para desaprensivos. Así que no continúe entablando conversación con el desconocido, aparentemente inofensivo y de rostro amable. No se interese cuando él le cuente que no es de la ciudad, que ha venido a participar en unas jornadas, a dictar una ponencia, que le sobran unas horas para visitar el museo que hay en esa misma calle a la que usted va. Y, por supuesto, ni se le ocurra decirle que tenía planeado ir precisamente a ese museo, que suele acudir allí, al menos una vez a la semana, desde que se separó. No le cuente que se hace acompañar de algún libro (esta semana es una antología de Miguel Hernández; está ahí mismo, oculta en su bolso, como un cachorro de koala) y que suele sentarse en una de sus salas, a disfrutar del libro y de ese cuadro en el que una mujer está a punto de despertarse. No le proponga acompañarle en la visita, ni se ofrezca a guiarle, por muchos mares caribeños que se escondan en las pupilas del forastero. No permita que las cosas lleguen hasta ahí. De lo contrario, cuando la conversación decaiga, se verá usted obligada a preguntar sobre qué trata su ponencia, a qué se dedica. Y cuando él confiese, con algo de embarazo, que es traductor y que hablará sobre la poesía de Hölderlin y la dificultad de verterla al castellano, se sentirá aun más interesada en ese treintañero que viste de forma tan sencilla como agradable. Corre, incluso, el riesgo, de fijarse en sus manos y de que le gusten. Además, a esas alturas ya se verá obligada a bajar de la guagua con él, a permitir que él la deje pasar con un gesto cortés, pero blandamente modesto, a caminar a su lado hablándole de esa zona de la ciudad, hasta que él se presente y pregunte su nombre. No se ría cuando él introduzca en la charla alguna gracia, algún chiste de buen gusto pero decididamente ingenioso. No lo haga, porque ahí reside otro peligro: en la risa.  Cuando note que a él le gusta su risa (su risa… hace tanto que no oye su propia risa), que le deslumbra el modo en que se le ilumina el rostro al reírse, estará perdida. Sentirá algo muy extraño en su interior y volverá a reír, pero ya sin gracia ni chiste; reirá porque habrá algo que hace que se sienta diferente; otra mujer distinta a la que subió a la guagua hace apenas quince minutos.

Otra cosa que no debería hacer es entrar con el desconocido en el museo. No debería recorrer sus salas, explicándole esos detalles que tan bien conoce, esas anécdotas sobre este y el otro artista. Ni siquiera debería mirarle, pero, si llegara a hacerlo, tendría que evitar esa forma de lanzarle la mirada, tan franca, tan interesada, con los ojos moviéndose tan velozmente mientras muestra los dientes en una sonrisa voraz. Parecerá una tal por cual, se lo aseguro. Y él le perderá el respeto. Se lo perderá, porque todos buscan lo mismo, especialmente cuando andan en una ciudad ajena. Luego vuelven junto a sus mujeres y les dicen que las han echado de menos. Si lo sabrá usted. Cuántas veces ha sentido usted en los besos de su ex marido cuando regresaba de sus viajes los labios de otra mujer, quizá una como usted misma, que se rendía a los encantos de ese encantador desconocido, tan conocido para usted. Este desconocido suyo tendrá a una mujer esperándole que la adivinará a usted como usted adivinaba a las otras y la odiará tan secreta y profundamente como usted a ellas.

Puede que sienta la tentación de, por una vez, ser usted la otra. No ceda a ella. No se deje llevar por ese adagio que afirma que caer en la tentación es la mejor manera de vencerla. Eso son sólo excusas para mentalidades débiles y morales corrompidas. Y, sobre todo, sobre todo, ni se le ocurra permitir el roce de esa mano contra la suya mientras observa ese cuadro de la mujer a punto de despertar. No se engañe con la idea de que ha sido una casualidad. Nada es casualidad. Nunca.

No pase la tarde con él en el museo. No escuche su voz hipnotizante. No se deje interesar más. Ni permita que él se interese. No deje que le pregunte acerca de asuntos que sólo a usted le incumben. Y, mucho menos, dé respuestas a esas preguntas. A ese señor no debería interesarle a qué se dedica, qué libros le gustan, por qué películas siente debilidad. Tampoco le cuente lo de su pasión por la número 10 de Sostakovich, ni su insano gusto por el chocolate. No ceda a su inclinación a abrirse a ese extraño, ni de jugar con la fantasía de tener una aventura con él. No sopese las posibles ventajas de un encuentro amoroso con un desconocido que abandonará la ciudad mañana mismo. No imagine cómo será ser acariciada por esas manos ni se pregunte cómo serán esos ojos en el instante del éxtasis. Y, cuando concluya su visita y se encuentren nuevamente en la calle y él estreche su mano como gesto de despedida, no se le ocurra retenerle y mirarle, incitante, seductora.

Si llega hasta ahí (cosa que no debería hacer), habrá de cargar con ello. Los actos realizados no pueden deshacerse. Sin embargo, será el momento de retirarse. Porque lo que jamás (jamás) debe hacer es preguntarle si tiene planes para cenar, pues entonces deberá enfrentarse al cambio en su mirada, al gesto de comprensión, al momento de apuro del hombre desconocido, que se da cuenta del equívoco y tartamudea una excusa, añadiendo que tendrá que madrugar para tomar su avión y que ha sido una tarde muy agradable y está muy agradecido, mientras retira de entre las suyas una mano en la que brilla una alianza.





El pan nuestro

27 01 2010

Pan_Rustico

Cuando era joven, el panadero no salía casi nunca. Levantarse en plena noche para trabajar no deja demasiado tiempo para diversiones. Pero una vez, a los veinte años, fue invitado a la boda de un primo lejano. Allí la conoció. Se llamaba Estela y bailó, bebió y conversó con él hasta el fin de la fiesta. El panadero volvió a su casa acariciando el trozo de papel en el que ella había anotado su número de teléfono con un lápiz de ojos. La llamaría al día siguiente. La invitaría al cine. Sería la madre de sus hijos.

El alcohol, el sudor y los números apuntados en trozos de papel con lápiz de ojos no son una buena combinación. El panadero pasó la mañana siguiente intentando descifrar los originarios guarismos aletargados en aquel borrón. Y la tarde telefoneando a familiares y amigos que habían asistido o podían haber asistido a la boda. Todo fue inútil. Nadie la conocía. Nadie la recordaba. Nadie había reparado en ella.

En la madrugada, mientras amasaba, se lamentó de su suerte: sus panes llegaban a toda la ciudad, casi a cada casa. Pero él no era capaz de localizar a aquella mujer fascinante. Si él pudiera viajar con aquel pan y franquear cada puerta de cada edificio de cada calle hasta dar con ella… De pronto, sin apenas pensarlo, escribió su propio nombre y su número de teléfono en un papel. Completó el billete con una sencilla frase, “Llámame, Estela”, y, doblándolo cuidadosamente, lo agregó a la masa. Hacia el amanecer, cuando comenzaron a llegar los repartidores, no sabía en cuál de aquellas barras iba el mensaje. Eso resultaba indiferente. La ciudad no era tan grande, pero, aunque lo hubiese sido, el mensaje, si había de llegar a su destinataria, llegaría. Era cuestión de estadística o de destino o, sencillamente, de suerte.

Durante semanas, durante meses, realizó la misma operación. Luego pasaba la tarde pendiente del teléfono. La llamada nunca era para él. O, si lo era, se trataba de alguno de sus primos o de los amigos del barrio.

Los meses se convirtieron en años, pero la costumbre no varió jamás. Metódica, secretamente, el panadero introducía cada día en la masa un papel con su nombre y su teléfono y un único, exacto e infaltable mensaje: “Llámame, Estela”.

En ocasiones, el panadero se decía que era momento de cesar en la búsqueda. Pero ¿y si precisamente era ese el día en que la nota debía llegar a manos de Estela? Esa pregunta le aterraba. En otros momentos, fantaseaba con los posibles receptores: un niño que comía el bocadillo en el recreo, una ancianita que hacía sopas de pan, otra mujer también llamada Estela que procuraba que su marido no llegase a ver el papel, un señor circunspecto que se indignaba y bajaba a protestar a la panadería o le telefoneaba directamente a él, advirtiéndole (iracundo como sólo un señor circunspecto puede llegar a estarlo) que iba a denunciarle a las instituciones sanitarias.

Pero jamás llamó nadie. Pasó el tiempo y el panadero encontró una mujer a la que aprendió a querer. Se casó y tuvo dos hijos. Se divorció de aquella misma mujer y aprendió a no quererla. Sus hijos crecieron y le dieron algún nieto. Y él continuó, cada día, introduciendo en la masa la nota con su nombre, su número (ahora de un teléfono móvil) y aquellas dos palabras. Ya sin esperanza. Ya por costumbre. Como un rito, una pequeña superstición que, al fin y al cabo, le había traído suerte en casi todo, menos en lo único en lo que realmente la necesitaba.

Hoy, al salir del trabajo, se ha encontrado con su primo en un puesto de flores. Es su aniversario de boda. Tal día como hoy, hace 35 años, el panadero y Estela se conocieron. Mañana hará 35 años que la busca infructuosamente. Tal vez sea el momento de dejarlo. Pero también hoy, justamente hoy, al abrir la puerta de casa, suena el teléfono móvil. El panadero lee la pantalla. Llaman desde un número que no tiene grabado en la memoria del aparato. El corazón le da un vuelco. No obstante, justo antes de descolgar, se mira instintivamente en el espejo de la entrada, reflexiona un momento y rechaza la llamada.





Revival

28 10 2009

Fue una sorpresa encontrármelo este martes, en medio del ajetreo matinal de la zona de los bancos, mientras yo me dirigía a hacer una gestión y él, simplemente, no sé adónde, aunque ahora lo imagino. Alguna vez, hace mucho, Tomás y yo desarrollamos una leve amistad, una relación tibia entre solitarios. Los divorciados recientes que éramos entonces mitigaban el vacío de las alcobas en el otro vacío, más amable y etílico, de la barra del Roxy. Solíamos vernos los miércoles o los jueves, en aquel local decadente donde pasábamos varias horas bebiendo con algún otro parroquiano o solos, esnifando cocaína y pidiendo a Berto que pinchara canciones de Pink Floid, Supertramp, los Rolling o los Creedence mientras charlábamos sobre lo humano y lo divino, intentando olvidar que a ambos nos esperaba una cama fría donde intentaríamos dormir unas horas antes de ir a trabajar. Los fines de semana no nos veíamos, porque siempre había un asadero o una cena con amigos de verdad, una salida al campo, una obra de teatro, con suerte una querida. Nunca intercambiamos números de teléfono o direcciones de correo electrónico. Ni siquiera supimos jamás nuestros apellidos. Yo sabía que era abogado, que había tocado la batería en un grupo de rock y que tenía un hijo o una hija a quien veía cada dos fines de semana. Poco más. Nuestro contacto era Berto y nuestro territorio común el Roxy. Y, sin embargo, creo que nos apreciábamos sinceramente y que él disfrutaba tanto de mis charletas sobre libros y cine (esos saberes de Trivial Pursuit que los demás confunden con erudición) como yo con sus anécdotas sobre los juzgados y sus conocimientos sobre la era dorada del rock sinfónico.

No obstante, eso había ocurrido hacía algunos años. Luego habíamos ido dejando la cocaína, la soltería y, finalmente, el Roxy. No recuerdo si fue él o si fui yo el primero en abandonar aquellos hábitos; sólo que cuando comencé a verme con Laura los encuentros en lo de Berto fueron haciéndose más esporádicos, más breves, más desganados, hasta que un día caí en la cuenta de que llevaba semanas sin ir al Roxy y que no tenía ganas de volver por allí, no porque me resultara desagradable, sino porque ya no sentía necesidad de hacerlo.

No solía pensar en Tomás, pero le recordaba con simpatía. Por eso cuando nos encontramos anteayer por la mañana en la zona de los bancos, me alegró reconocer en él al pelirrojo del traje gris que agitaba su mano en la acera de enfrente. Estaba algo más pálido, algo más hinchado, pero, por lo demás, era el mismo cuarentón de sonrisa afable y gesto abierto. Crucé la calle (el banco al que iba está en esa acera) y, tras el abrazo, intercambiamos algunas frases amables, rememorando una vieja intimidad que realmente jamás tuvimos. Me preguntó por mi vida y yo le pregunté por la suya. Al parecer, estaba más tranquilo que nunca. Todo le iba sobre ruedas y se sentía equilibrado, centrado. Ya no bebía ni perseguía lolitas ni iba al Roxy. De hecho, me pidió que, si pasaba por allí, diera recuerdos suyos a Berto. Le dije que yo tampoco iba hacía mucho y que, si por casualidad él lo hacía, le saludara también de mi parte. “El tiempo lo pone todo en su sitio”, me dijo poco antes de que nos separáramos. Fui yo quien se marchó, porque se me hacía tarde para mis gestiones. Él se quedó allí, parado entre la gente que iba y venía.  Pero, cuando había caminado unos metros en dirección al banco, me volví y no pude verle. Sencillamente, ya no estaba allí. Ahora pienso que quizá nunca había estado.

He pensado durante varios días en ese encuentro. En el hombre que fui y en el hombre que soy, justo ahora que empiezo a tener esta crisis con Laura. En aquella frase, por lo demás nada insólita: “El tiempo lo pone todo en su sitio”.

No sé exactamente lo que me impulsó a hacerlo, pero anoche me excusé con Laura y fui al Roxy. Por el local no habían pasado los años: las mismas guitarras eléctricas y los carteles de grupos de Rock decorando las paredes. El neón negro, ya pasado de moda en los viejos tiempos, con el nombre del local sobre la barra. La pesada figura de Berto moviéndose entre la caja registradora y la cabina incrustada delante del office. Me reconoció al instante. Algo más le costó recordar mi nombre. Pero conservaba frescos todos los demás detalles. Para él, yo era cerveza o etiqueta negra con agua sin gas, chistes políticos, libros que él no había leído y Money y Wish You Were Here. No había demasiada clientela, así que, en mi honor, Berto se permitió pinchar a Pink Floid y servirse un chupito de Jack Daniel’s para acompañarme. Durante un rato, charlamos sobre cómo le iba el negocio, sobre cómo me iba a mí. Luego pasamos a los viejos tiempos, que ambos recordábamos con fingida nostalgia. Finalmente, le hablé del encuentro con Tomás y le di recuerdos suyos. Al principio, pensó que le estaba tomando el pelo. Así me lo dijo. Eso me dejó completamente desconcertado. Quizá Tomás y él habían tenido algún desencuentro, alguna discusión, alguna cuenta sin pagar que había enfriado sus relaciones.

-No –dijo-. Tomás y yo siempre nos llevamos de puta madre. Lo que no puede ser es que le hayas visto. Tienes que haberte confundido.

-¿Cómo me voy a confundir? –insistí-. Era Tomás. El de siempre.

-¿Tomás el abogado? ¿El que tocaba la batería?

-Sí.

-Pues no puede ser.

-¿Y por qué no?

Durante unos momentos pareció buscar las palabras adecuadas para responderme pero, de pronto, pareció recordar algo, fue al office y volvió unos momentos después con un periódico algo estropeado que puso ante mí. Lo había abierto por la página de las esquelas y, señalándome una con el dedo, me pidió que leyera. Aunque yo nunca había sabido sus apellidos, todos los datos coincidían. No cabía duda. Además, por si la había, la fotografía de tamaño carné mostraba el rostro de Tomás, el mismo rostro regordete (ahora menos pálido, menos sonriente) del hombre con quien yo había conversado el martes por la mañana. Miré la fecha del periódico: era del viernes pasado.

-Parece que fue un cáncer –decía Berto mientras yo intentaba atar cabos, con los ojos clavados en el papel-. Me enteré así, por la prensa, porque hacía años que no venía. Pero fui al velatorio, y le vi metido en la caja. Así que tienes que estar equivocado. No puede ser de otra manera.

-Eso es cierto: no puede ser de otra manera. Tengo que estar equivocado –le dije al fin, porque las otras explicaciones eran tan imposibles como abominables.

En este mismo instante, tengo esa esquela ante mí. Berto me permitió recortarla y llevármela para tener así al menos un dato verificable al que aferrarme. Porque, aunque sé que es imposible, que Tomás murió la semana pasada, también que el martes por la mañana vi a ese mismo Tomás, le di un abrazo y conversamos durante unos minutos. La miro ahora que Laura acaba de marcharse dando un portazo tras la enésima discusión, una de las tantas que presagian el principio del fin. Y yo me pregunto por qué vi el martes por la mañana a ese hombre que un día compartió su soledad conmigo. Por qué precisamente yo y por qué precisamente ahora que estoy a punto de ingresar nuevamente en el territorio que ambos explorábamos juntos. Ahora que, como siempre, las piezas del puzzle se van colocando. Ahora que, como siempre, el tiempo lo pone todo en su sitio.





Imperfecciones 5

1 10 2009

Ahora vivimos los tres juntos y se supone que deberíamos ser felices. Pero, qué quieres que te diga, no me siento a gusto. Para empezar, estos dos son unos cerdos. Tienen la casa hecha un sindiós. Se ciscan en cualquier lado, desordenan mis libros y mis sellos. El otro día, vomitaron sobre mi ejemplar de las Sátiras de Juvenal. A la hora de comer, como soy el más tonto (eso es lo que insisten en afirmar), siempre voy el último en el reparto y tengo que conformarme con unas migajas. Mira cómo me he quedado. En los puros huesos.  Estoy de los nervios, además.Ya no puedo dedicar las veladas a leer o a ordenar mi colección de sellos, porque se pasan la sobremesa cantando y bailando como si toda la semana fuera un eterno sábado, como si existiera algún motivo en este mundo para ser feliz. Y, por la noche, la estancia se llena con sus ronquidos y otros ruidos (y olores) aun más desagradables, que son como la peor de las plagas. Como la casa había sido pensada para un solo habitante, el sofoco, el hedor, la incomodidad, en suma, son constantes, insoportables. Me paso la noche saliendo de la casa, entrando en el bosque, vagando por aquí y por allá, sumido en mis recuerdos y en mis pensamientos. Sé que se dice que soy el más tonto de los tres (probablemente lo sea), pero algo hay en esta cabeza. A veces me pregunto, por ejemplo, quién ha fabricado todas esas estrellas. O (esto puede que te sorprenda), pienso en ti. Sí, amigo mío, pienso en ti y me pregunto en por qué estamos hechos así: tú para perseguirnos, nosotros para huir. Fantaseo con la posible existencia de otro mundo, un mundo paralelo en el que tú seas tú y nosotros seamos nosotros, pero en el que tú no intentes hacernos daño y nosotros no temamos tu presencia. Sin embargo, sé que es una tontería. Después de todo, soy el más tonto de los tres. En este mundo, las cosas son como son. Y supongo que no hay más mundos que este. Cuando regreso a la casa, en los pocos instantes en que consigo conciliar el sueño antes de que me despierte un gruñido o una ventosidad, sueño con mi casa, mi verdadera casa, aquella humilde choza donde fui tan feliz. En fin, como ves, no eres el único que ha salido perdiendo. Están acabando conmigo. No aguanto más. Me están sacando de quicio y sé que pronto enloqueceré e intentaré cortar por lo sano. Estoy a punto de hacer una barbaridad. Pero, al fin y al cabo, son mis hermanos. Hay algo ahí, en mi interior, que me dice que en el último instante sería incapaz de consumar el crimen. Así que he pensado en esta solución. Mañana por la noche, aprovechando mi insomnio, me ausentaré, como tantas otras veces, internándome en el corazón del bosque. Te dejaré una llave bajo el felpudo. Podrás entrar y devorarlos con tranquilidad: sin testigos, sin prisas, sin más inconveniente que la posible saciedad. Volveré por la mañana y daré parte a la autoridad, que ya había sido informada de los antiguos sobresaltos que nos causaste. Nadie sospechará nada. Sé que esta forma de hacer las cosas no es, posiblemente, la mejor, pero piénsalo bien. Presenta ciertas ventajas: tú conseguirás casi todo lo que quieres. Yo, aunque no vuelva ya jamás a tener mi choza, no tardaré en acostumbrarme a habitar sin compañía esa hermosa casa de piedra que fue pensada sólo para uno.





Confusión onírica

23 07 2009

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El problema es el siguiente: si yo tengo los sueños de Esther y Esther tiene los de Marcos y Marcos está teniendo los que debería tener Paula y Paula sueña lo que tendría que estar soñando yo, ¿cómo podemos hacer para dejar de soñar, yo con bomberos musculosos, Esther con ancianitas que le intentan cortar el pene, Marcos con hombres con cabeza de gallina y Paula con gente que se intercambia los sueños?








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